Opinión

The Post

En un país que rinde culto a la libertad de expresión, no podrá fácilmente saltarse un derecho consagrado en la Primera Enmienda.



Una de las tantas peculiaridades del cine es y seguirá siendo su enorme capacidad para moldear sensibilidades. La respuesta de Hollywood a la prepotencia política de Trump fue fulminante. The Post, (Diciembre, 2017) solo tiene una lectura. La película constituye una réplica a las embestidas del mandatario estadounidense contra actrices y actores y a la virulencia de sus ataques contra medios y periodistas. Un reconocimiento explícito a los periodistas de The Washington Post, quienes a inicios de los setenta desafiaron y enfrentaron a la administración de Richard Nixon. Desnudaron los engaños de una larga lista de gobernantes: Eisenhower, Kennedy, Johnson y Nixon, empeñados en ofrecer versiones distorsionadas sobre la invasión militar en Vietnam. Los aplausos llegan en el preciso momento que Trump continúa volcando fuerzas y energías, dirigidas a minar el prestigio de periodistas y medios. No acepta ninguna forma de disentimiento. Una posición que mantiene inalterable.

Tres laureados actores del cine estadounidense —Steven Spielberg, Meryl Streep y Tom Hanks, ganadores del Oscar— dirigen y actúan en una película que reconoce a la prensa sus aportes en la defensa de la libertad de expresión. Especialmente Streep, objeto de burlas de Trump, por discrepar de la política migratoria excluyente y racista, impulsada por el magnate inmobiliario. The Post destaca las tensiones y exabruptos del presidente Nixon, empecinado en que no se conociera la verdad en torno al involucramiento de los gobernantes estadounidenses, en una guerra que cada día resultaba más impopular. Las amenazas y acciones legales de la Casa Blanca contra The New York Times —primero en desempolvar los Papeles del Pentágono, filtrados a este medio por Daniel Sllebeg, exanalista de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos al servicio de la Rand— se tradujo en un frenazo repentino. Los dueños del Times, se batieron en retirada. El Post salió en su relevo y se catapultó a la fama.

La heredera mayoritaria de las acciones del Post —Katherine Graham— resistió las embestidas de la Casa Blanca. La actuación de Streep resulta convincente. Imita a la perfección los titubeos, marchas y contramarchas, de la mujer que ubicó al diario washingtoniano en la cúspide de los medios escritos. Un logro jamás conseguido por su marido. Hanks interpreta el papel de Ben Bradlee. Su mediación fue decisiva. El prestigioso director general se plantó ante Graham. La presionó e indujo a tomar la decisión más importante de su vida. En una época que los medios empezaban a ser fagocitados por los accionistas de grandes corporaciones y prestidigitadores de Wall Street, Graham eludió las presiones de directivos del Post. Desoyó sus recomendaciones y la amenaza que los banqueros se retirarían de la compra de acciones. El estira y encoge entre las dos fuerzas en pugna se traduce en favor de Bradlee. Spielberg conduce con la maestría con que siempre lo ha hecho.

La película refleja un momento crucial en la lucha por la libertad de expresión y el derecho a saber de los lectores. Un episodio dramático en el discurrir del periodismo. El presidente Nixon arremetió con furia. Amenazó con imponer sanciones a la editora y al director del Post. La amistad de Graham con Robert McNamara no constituyó ningún impedimento. Sorteó con creces los dilemas éticos derivados de esta relación. Como sostiene el periodista y escritor Richard Remnick —excorresponsal del Post en Moscú y editor de la revista The New Yorker desde 1998— la reconversión de Graham es meritoria. El retrato que hace de La señora Graham —aparece en su libro Reportero (Editorial Debate, México, 2016, págs. 49-73)— subraya la reverencia institucional y política, no solo personal, que ella guardaba con el establishment fincado en Washington. En la hora definitiva inclinó su voto desoyendo las amenazas que pendían sobre el Post. Decidió publicar los Papeles del Pentágono.

La película refrenda principios básicos del periodismo enseñados en todas las escuelas que se precian de formar debidamente a sus estudiantes. Nociones puestas ahora en discusión por los propietarios de los grandes emporios mediáticos. Creen especialmente en las utilidades que genera el periodismo. El postulado más importante: la decisión de la Suprema Corte: “La prensa está para servir a los gobernados, no a los gobernantes”. El papel fundamental de la prensa consiste en servir de contrapoder. No plegarse a los poderes constituidos. Nunca complacer ni someterse a los dictados de los políticos, aun a riesgo de sufrir las consecuencias. En la medida que la prensa continúe deslizándose por esta pendiente, seguirá perdiendo eficacia y credibilidad. La banalización de las informaciones y la condescendencia que guarda en el presente, erosiona sus bases y corrompe premisas sobre los que se ha asentado históricamente. La tesis de la Suprema Corte es un recordatorio ineludible.

Bradlee logró convencer a la señora Graham. Se interesó en persuadirla de la importancia de la publicación de los Papeles del Pentágono. La catequizó para que pusiera en marcha otro principio esencial para la existencia de una prensa robusta. La mejor inversión debe ir encaminada a contratar periodistas de calidad, la calidad se traduce en una mayor circulación. La columna vertebral de los medios informativos la constituye su Staff periodístico. Joseph Pulitzer fue quizá el primero en destacar que la calidad genera lectores y adeptos. Con el apoyo de la señora Graham, Bradlee se encargó del “despido de holgazanes y mediocres, racistas y desganados, y se dispuso a rastrear a los mejores talentos de periódicos de alto vuelo de todo el país”, testimonia Remnick. El proceso de reinvención del periodismo, pasa igualmente por la reinvención de la noticia. Lectores, televidentes y radioescuchas, desean contar con un buen periódico, disponer de un informativo radial prestigioso y un telenoticiero de primera. Esta es la apuesta.

Otra enseñanza fue la ruptura de la entrega incondicional que mantenía el Post con buena parte del estamento político en Washington. Demasiado obsequioso. En su autobiografía, Una historia personal, Graham destaca que tuvo que aprender a ser editora. “Un ámbito que sorprendentemente, había empezado a tambalearse era la calidad editorial del Post. No me había dado cuenta de que no todo iba bien en el periódico”. Remnick confiesa —refiriéndose al relato condensado en este libro— no conocer una autobiografía más compleja de una figura del periodismo estadounidense. Expone frente a los demás, sus “momentos de debilidad, vergüenza y dolor”. El ganador del Pulitzer (2011), redondea la imagen que de Graham aparece en la película. “No es uno de esos momentos que cabría esperar un examen de conciencia de Andrew Carnegie o el coronel McCormick, y mucho menos de Bill Gates o Rupert Murdoch”. Existe un hiato profundo. El humanismo de Graham les sobrepasa. No están a su altura. Esconden sus cuitas.

Nadie debe sorprenderse de la sobre-reacción de Trump. No soporta los desmentidos efectuados por The Washington Post y The New York Times. Insólito sería que los políticos recibieran con beneplácito los cuestionamientos de la prensa. Son irritantes e inadmisibles. Siempre querrán un periodismo sumiso. Plegado a sus intereses. Toda forma de divergencia busca como ser contrarrestada de distintas maneras. Muchas veces eligen retirar los anuncios oficiales, en otras ocasiones deciden cancelarles las licencias o generar campañas de desprestigio y en la mayoría de los casos, cerrarles las puertas. Impiden el acceso a las fuentes oficiales. Niegan a lectores y audiencias el derecho a saber. No importan los tratados y convenios internacionales, ni la existencia de una legislación interna que lo prescriba. Richard Nixon recurrió al viejo expediente: ordenó cerrar el acceso a la Casa Blanca a los periodistas del Post. Eso mismo llegó a insinuar Donald Trump. Un disparate o una quimera.

La revirada radical de Graham al Post era urgente, de no haberla realizado hubiese seguido siendo un diario anodino. Lo subvirtió desde sus raíces. Redefinió su política informativa y dio por terminada la luna de miel con los políticos. Cambió ella misma. Los compromisos adquiridos por su marido —Philip Graham— mediatizaban al Post. La decisión de publicar los Papeles del Pentágono y del Watergate —espionaje ordenado por Nixon en las oficinas del Partido Demócrata, ¿les recuerda algo? — hizo que el Post dejase de ser un periódico local y se convirtiese en un medio de referencia nacional. Como explica Remnick, un periodista en el presente, no tendría reparos en publicar el material. Nada más que “en la primavera de 1971, el Tribunal Supremo todavía no había declarado su apoyo a la libertad de prensa”. En una sola jugada, la señora Graham se jugó el periódico y su futuro. Al hacerlo, allanó el camino para que The Washington Post se convirtiese en digno rival del Times.

The Post convoca los fantasmas del pasado. Es inevitable compararla con Todos los hombres del presidente (1976). La investigación realizada por los periodistas Carl Bernstein y Bob Woodward fue llevada al cine. Originó el escándalo del Watergate. Obligó a Nixon renunciar como presidente, el 9 de agosto de 1974. Las filtraciones de Mark Felt a Woodward, fueron providenciales. La tirantez entre la Casa Blanca y el FBI sirvió para que Felt —director adjunto del FBI— filtrara las escuchas telefónicas ilegales y violaciones a la correspondencia del Partido Demócrata, realizadas por instrucciones de los jerarcas del Partido Republicano. Trump no cesa en responsabilizar al FBI de hacer filtraciones a la prensa. La publicación de un memorándum, elaborado por los republicanos, no es más que un intento audaz para exonerar a Trump de estar implicado en el Rusiagate. Mientras tanto, Robert Mueller —exdirector del FBI— sigue adelante con las averiguaciones.

El cine continúa siendo una enorme máquina de encantamiento y seducción. El guiño de la película a favor de los periodistas resulta manifiesto. Su manera de plantear las cosas resulta atrayente. El mensaje enviado a Trump es adverso. The Post viene a refrescar la memoria de los olvidadizos. En un país que rinde culto a la libertad de expresión, no podrá fácilmente saltarse un derecho consagrado en la Primera Enmienda. El respeto al secreto profesional de los periodistas forma parte del credo estadounidense. Las fuentes merecen respeto. Medios y periodistas siguen bailando en la cuerda floja. En el futuro ninguna excusa resultará aceptable. Puestos en la mira del gobernante, no pueden exonerarse —cuando trasmiten noticias sin confirmar, otro principio fundamental— argumentando que se trata de simples errores. Nadie está más obligado de sujetarse a la verdad, que quienes la exigen como conducta irrenunciable de los gobernantes. ¿Verdad que sí? ¡Sin duda alguna!