Opinion

“Tiempos recios”: novela celebratoria

Una de las grandes cualidades de Vargas Llosa ha sido recrear sus novelas con personajes que terminaron siendo entrañables entre nosotros

“Lo más seguro es que Estados Unidos
seguirá decidiendo por nosotros”.
Hombres Recios-Mario Vargas-Llosa

 

I

Una mirada retrospectiva sobre la vasta producción literaria de Mario Vargas Llosa, permite verificar que su último parto, Tiempos recios (Alfaguara, octubre 2019), es una novela celebratoria. Su celebérrima Conversación en la catedral (1969), desde su aparición hace cincuenta años, no ha dejado de recibir elogios de parte de especialistas y lectores. Una novela política con la que propinó un severo golpe a militares y dictadores latinoamericanos. En estricta consideración, La ciudad y los perros (1963) lo encumbró. Los dos premios recibidos (Premio Biblioteca Breve y Premio de la Crítica española), hacían justicia al diseño arquitectónico, sus saltos en el tiempo, el manejo de la sintaxis y las puyas al estilo de vida enajenante de los oficiales y cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado. Desbrozó el camino de lo que sería después el boom. Mucho antes el novelista mexicano Carlos Fuentes había empezado su largo trajinar.

Treinta y un años después con La fiesta del Chivo (Alfaguara, 2000), ratificó su condición de laureado. Se metió en los entresijos de la dictadura del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo, para develar sus infamias y elaborar un denso mural donde dibuja —sin compasión alguna— el comportamiento avieso y criminal a que sometía al pueblo dominicano. Vargas Llosa destaca el machismo exacerbado del dictador, la brutalidad incondicional de Johnny Abbes García, jefe del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), un sátrapa encargado de matar y desaparecer a los disidentes del trujillismo; retrata la condescendencia infinita de Joaquín Balaguer, el presidente fantoche, como le nombra. Conocedor de la dinastía trujillista, en un alarde creativo al que nos tiene acostumbrado, trae de regreso en Hombres recios al coronel Abbes García. Un matón temible y sanguinario a quien encargaba todos sus chanchullos.

Una de las grandes cualidades de Vargas Llosa ha sido recrear sus novelas con personajes que terminaron siendo entrañables entre nosotros. En La Casa Verde (1966) aparecen por primera vez La Chunga y los Inconquistables, la dueña y los asiduos del putal con que él descubrió la vida sexual. Luego reaparecerán en Pantaleón y las visitadoras (1973), donde describe las peripecias del cuerpo de putas conformado por el Capitán Pantaleón Pantoja, bajo encargo del alto mando militar, con la intención satisfacer los desfogues de los soldados peruanos. Otro revés para los militares. El soldado Lituma su fiel acompañante, aparece retratado en La Casa Verde, pasando por ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986), Lituma en los Andes (Planeta, 1993) y El héroe discreto (Alfaguara, 2013). Ahora nos trae de la mano al coronel Abbes García, personaje siniestro en quien Trujillo puede confiar y asignar sus fechorías.

Los nexos de Trujillo con el golpe de Estado perpetrado en Guatemala en 1954, contra el presidente, coronel Jacobo Arbenz, permiten al novelista fundir historia y ficción. Abbes García, la mano larga de la que se valía Trujillo para cometer sus tropelías en el subcontinente americano —incluyendo las Antillas— logra su cometido. Los verdaderos artífices de la invasión fueron los estadounidenses Edward L. Bernays y Sam Zemurray, especialista en relaciones públicas el primero y dueño de la United Fruit Company, el segundo. Dos tramoyistas inescrupulosos calentaron los ánimos de la opinión pública estadounidense. Se dieron a la tarea de convencerles que Guatemala estaba siendo convertida —desde la época que Juan José Arévalo ocupaba la presidencia guatemalteca— en cabeza de playa de la Unión Soviética. La Guerra Fría asomaba su rostro instigada por los hermanos Allen y John Foster Dulles.

Con el retrato de Bernays y Zemurray descorre las cortinas, les pinta de pies a cabeza. El trabajo de zapa desarrollado con la prensa por parte Bernays fue exitoso. Ante sus infundios sucumbieron The New York Times, The Washington Post, con el aporte generoso de la United Press International (UPI). El periodista británico Kenneth De Courcy, afirmó que la Unión Soviética tenía la intención de construir una base de submarinos en Guatemala. La campaña de intoxicación informativa fue efectiva. Vargas Llosa devela la forma artera con que procede Bernays para emprender una cruzada de relaciones públicas, bajo contrato millonario con Zemurray. Ambos trataban de desfigurar la naturaleza democrática de los gobiernos de Arévalo y Árbenz, con el propósito de evitar que la United Fruit Company cumpliera sus compromisos impositivos y se sustrajera al proceso de reforma agraria.

II

Eran los tiempos aquellos que Estados Unidos había entronizado en el poder a una caterva de dictadores que respondían absolutamente a sus intereses. Salirse un milímetro de sus mandatos equivalía a granjearse su animadversión. Para comprender el fenómeno, siempre resultará valioso leer o releer a William Krehm, Democracias y dictaduras en el Caribe (1949). El desfile de las atrocidades cometidas por Ubico, Hernández Martínez, Carías, Somoza García, Trujillo, Duvalier, Batista, Odría, etc. eran del conocimiento de los gobernantes estadounidenses. El valor de Tiempos recios radica en la posición asumida por Vargas Llosa. Confirma su tesis. A través de la literatura se recrean mejor las vicisitudes, desengaños, aspiraciones, sueños y esperanzas de nuestras sociedades. Más que en los textos sociológicos. Vargas Llosa sabe combinar en justas proporciones, la historia verdadera con la ficción.

La incondicionalidad de Somoza García se ve reflejada de diversas maneras. No podía comportarse de otra forma. El apoyo brindado a la invasión para deponer a Árbenz fue una para congraciarse con los gobernantes estadounidenses. Ellos lo habían impuesto como Jefe Director de la Guardia Nacional después de haber asesinado a Sandino. Prestó el territorio nicaragüense para que las fuerzas mercenarias entrenaran. Al ser detectada en Honduras radio Liberación, su presidente Juan Manuel Gálvez, objeto su presencia. Somoza García accedió a que la CIA trasladara la emisora a Nicaragua. Sin dar razones a Cara de Hacha, mudó de nuevo la emisora a Key West, Florida. Desde allí emitía sus transmisiones clandestinas hacia Guatemala. Para deponer a Árbenz bombardearon Ciudad Guatemala matando a civiles, con aviones adquiridos expresamente por la CIA, algunos regalados después a Tacho Viejo.

El malabarista gusta desarrollar la trama de forma seductora, al romper la linealidad del relato —uno de sus recursos predilectos— obliga a fijar la atención. Un desliz equivaldría a perdernos en el laberinto de su creación. Tiempos recios reafirma su predilección por diseñar sus obras como un arquitecto dotado de una singularidad única. En el tejido de su bordado mezcla y alterna los diálogos. El contrapunto lo ofrece la larga conversación sostenida por Abbes García, enviado especial de Trujillo para asesinar al general Carlos Castillo Armas, con su contraparte y compinche, el teniente coronel Enrique Trinidad Oliva, director de Seguridad guatemalteco. Antes de emprender la cacería se meten a un burdel a tomarse sus tragos. Al realizar el magnicidio, Oliva corre una suerte distinta. Es hecho prisionero y degradado. Abbes García regresa a República Dominicana. Su buena estrella brillaba ante Trujillo.

Una mujer, Marta Borrero —una Miss Guatemala, que nunca lo fue— hace presencia en esta historia. Una persona de carne y hueso. ¿Su dualidad la salva? Reclutada por la Central de Inteligencia Americana (CIA), juega a dos bandas. Abbes García y el jefe de operaciones de la CIA en Guatemala, la enganchan. Siendo la mujer de Castillo Armas, juega su propio juego. ¿Una especie de Mata Hari? Por unos dólares más filtra información valiosa para deshacerse del dictador impuesto por la CIA. La CIA sufragó su invasión desde San Salvador, después se encarga de matarlo. Ya no resultaba útil a sus intereses. Castillo Armas había sido recibido con honores —igual que el viejo Tacho por Roosevelt— de parte del vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon. The New York Times aclamó al títere como salvador de la libertad en Centroamérica. Los congresistas lo aplaudieron. Cuanta hipocresía.

Con una estrategia narrativa similar a la que utiliza en La historia de Mayta (1984), Vargas Llosa decide visitar a Marta Borrero. Durante el encuentro con Mayta en la cárcel, aclara que este nunca fue homosexual. Yo me lo había creído. Él cree saberlo todo sobre la guatemalteca. Ella lo desconcierta. Le dice que su canción favorita es Alma, corazón y vida. ¿Fantasea? Evita juzgarla. No es ese su propósito. Aspira que Martita le cuente todo lo que sabe sobre el asesinato de Castillo Armas. Se sorprende al escucharle que fue el amor de su vida. A contrapelo de los datos históricos, dice que Abbes García no fue asesinado por los tonton macoutes. Se trató de un montaje. El dominicano siguió al servicio de la CIA. Fue trasladado a Estados Unidos con otro nombre. Una cirugía estética cambió su cara. No la voz. A Martita disgusta que le recuerden que estuvo al servicio de la CIA. ¡Qué cosas de la vida, verdad!

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