Opinion

Timbucos y calandracas

Política e historia marchan de la mano, contribuyen a forjar nuestra identidad. No hay historia sin tiempo.

“La historia es la ciencia de los hombres,

de los hombres en el tiempo”.

Nicolás Maquiavelo

 

Método y fuentes. El posmodernismo se ha esmerado por dar de baja a la historia. Solo una mala conciencia puede inducir a este objetivo. Política e historia son para ellos malas palabras. El viraje propuesto no ha sido lo suficientemente efectivo. Cada cierto tiempo aguafiestas empedernidos voltean su mirada para ofrecernos un vasto panorama de lo acontecido. Esta tarea emprendió Abelardo Baldizón. Su recorrido por la historia de Nicaragua inicia desde la ruptura del Pacto Colonial con España (1821), pasando por la anarquía social derivada de las luchas entre liberales y conservadores, el Gobierno de los Treinta Años, el ascenso al poder de José Santos Zelaya, la restauración conservadora, el Golpe de Estado de Emiliano Chamorro, hasta empalmar con la lucha guerrillera de Augusto C. Sandino (1933).

El libro podría ser un más sobre la historia nicaragüense, el método utilizado y las fuentes históricas consultadas lo convierten en un texto original. Baldizón disiente de los análisis realizados por Jaime Wheelock Román y Oscar-René Vargas. A lo largo de su investigación insiste en mostrar que en Nicaragua las diferencias políticas entre conservadores (Timbucos) y liberales (Calandracas), carecían de sustento ideológico y carácter social, excepto la lucha emprendida por Sandino. Se asiste de las propuestas del alemán Niklas Luhmann, quien postula que las sociedades existen gracias a la comunicación, “la operación social más básica y esencial a partir de la cual se estructuran las sociedades”. Subraya su importancia. Una premisa que se vuelve clave para entender cualquier situación social, debido a su carácter fundacional de las sociedades.

Insiste en plantear que los grandes sistemas sociales existen gracias a la comunicación. Sin comunicación la sociedad no existiría. Luhmann reafirma el carácter esencial de la comunicación en las relaciones entre los seres humanos. A eso obedece que Baldizón siente como premisa de su investigación del sistema político nicaragüense, que la comunicación hace posible que las personas logren interactuar, al atribuir a sus relaciones un sentido o significado compartido. El lenguaje utilizado por los actores políticos resulta crucial, dado que se trata del principal medio de interlocución. A través del lenguaje se comparten los significados de las interacciones sociales, hecho que permite coordinarlas y reproducirlas. El enfoque y visión de Baldizón son distintos. Un tanto diferente a los enfoques precedentes, absolutamente refrescante.

Baldizón pone especial interés en presentar el lenguaje utilizado para describir el quehacer político, especialmente el confrontamiento entre distintos actores. Indaga los conceptos e ideas “con las cuales establecen las diferencias sociales y sus implicaciones en las ideas de igualdad y desigualdad y sus consecuencias para generar inclusión/exclusión”. Las fuentes a las que recurre son múltiples: cartas y diarios personales, correspondencia diplomática, reportes oficiales, las memorias de los políticos relevantes de la época, reportes de viajeros, discursos, proclamas, manifiestos políticos, reportes de viajeros, periódicos, estudios académicos y obras literarias. En estos dos aspectos radica la singularidad de su estudio. Estamos frente al primer libro con estos atributos sobre un período político signado por guerras, muerte y violencia. Un clico que no termina.

II

Leer el libro desde el presente. Todo texto se presta a múltiples lecturas, los acontecimientos políticos analizados por Baldizón (Conflicto político e ideología en Nicaragua (1821- 1933. De “Timbucos y Calandracas” a “Las Partidas de Políticos”, 400 Elefantes, Managua, 2018), son muy conocidos. El giro metodológico y las fuentes utilizadas implican una propuesta novedosa. Leída desde el presente, me permitió encontrar demasiadas similitudes políticas entre el ayer y hoy. El uso de un lenguaje denigrante, la exclusión política, la intolerancia, la imposición de la censura de prensa, el carácter clientelar de nuestra política, la corrupción, el Estado botín, los fraudes electorales, la política como forma de enriquecimiento ilícito, la persecución, confiscación, cárcel y muerte de los adversarios son una constante histórica.

Con tales antecedes pareciera que nada ha cambiado, nuestra historia sigue empantanada, gira en círculos concéntricos. La lectura sugiere el entrelazamiento de los acontecimientos del pasado con el presente. Pasado y presente presentan aspectos de igual naturaleza, tienen muy pocas diferencias. No podemos seguir navegando a la deriva y tomar nota del acontecer político de un país que no acaba de librarse de los demonios que le atormentan. Me rendí ante una frase de mal gusto, el gramo de verdad que encierra una expresión atribuida a Napoleón Bonaparte: “Aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Ceder a las pretensiones de los posmodernistas sería una grandísima equivocación. Carlos Fuentes tiene razón. Presente y pasado determinan el futuro. Un futuro en nuestro caso incierto.

El uso sistemático de discursos, memorias y reportes periodísticos son aleccionadores. Muestra que los políticos han tenido especial inclinación por el uso de un lenguaje escatológico. Usaban (usan) apodos despectivos, timbucos (cerdos gordos) y calandracas (perros flacos, personas ridículas y despreciables) y llamaban indios a los estratos inferiores (incultos, ignorantes, salvajes, haraganes, maliciosos). Disiento de Baldizón, cree que la utilización de este lenguaje ofensivo desapareció cuando los dos partidos políticos tradicionales fueron etiquetados como liberales y conservadores. Hoy los llaman puchitos, comejenes, hongos, bacterias, chingaste, tóxicos, peleles, etc. En la Nicaragua del Siglo XXI, los políticos se valen del mismo recurso como elemento estratégico para difamar al adversario. ¿Está en su ADN?

Conservadores y liberales gustaban denostar unos contra otros, también eran proclives a las mismas corruptelas. La inseguridad en que vivía la población hacía posible una política clientelar. El caudillo local se convertía en la única fuente de protección. Hoy es igual. Justin Wolfe, citado por Baldizón, describe que después de la independencia, era normal que: “A donde existían vínculos políticos entre los miembros de la élite y el resto de la sociedad, estos tendían a formar largas líneas de relaciones clientelistas y caudillistas”. Algo de lo que no nos hemos podido librar, tampoco de la forma que los políticos reclutan al personal del Estado. El clientelismo político toma muy poco en cuenta la capacidad del funcionariado. Se trata de “un criterio de menor importancia en el reclutamiento de los nuevos burócratas”. Se atienen sobre todo a su fidelidad no a su sabiduría.

III

Confusión partido-ejército-caudillo. Lucrarse de los recursos del Estado sigue siendo una práctica generalizada. Un mal constante. Baldizón narra cómo el estrato superior aprovechaba el Estado para enriquecerse. El control del aparato estatal servía para repartir beneficios materiales, puestos de trabajo y adquirir propiedades. Vivían del erario público. Para Baldizón el clientelismo político explica las escasas diferencias ideológicas entre liberales y conservadores. Las candidaturas para presidente de la república se obtenían por lazos familiares, amistad y tratos comerciales. Eran relaciones endogámicas. El nepotismo se transformó desde entonces en vínculo decisivo para acceder a puestos de confianza. Endogamia y nepotismo continúan siendo todavía la dupla perfecta para enquistarse en el poder.

Desde aquella época los ejércitos obedecían al caudillo y al partido político que pertenecían. Eran ejércitos a su servicio. La confusión partido-ejército-caudillo viene desde aquellos años y se extiende en el tiempo. Igual confusión se generaba alrededor del Estado; quien detentaba el poder lo administraba como si se tratara de un bien personal. Ejército, caudillo y partido eran una mezcolanza. La personalización de la política no es reciente. La santísima trinidad tenía un solo padre verdadero: el caudillo. La burocracia se nombrada según quien ocupaba el poder. El resto era excluido. En el partido conservador el sector dominante provenía de Granada y en el partido liberal eran los leoneses. Durante el siglo veintiuno los lazos de parentesco han sido determinantes a la hora de escoger a los funcionarios públicos.

Con un patriarcado político inocultable, las mujeres recibían un trato excluyente. No tenían derecho al voto ni a participar en la esfera pública. El político liberal José María Moncada, sostiene en El gran ideal (Imprenta Nacional, 1929), una concepción idéntica a la de los conservadores. En “política y trabajos pesados”, Moncada deseaba que las mujeres se abstuvieran de participar. Si lo hacían había que “despedirse para siempre de la belleza y la moral”. Su ingreso a la esfera pública, cuenta Carlos Cuadra Pasos, constituyó una novedad. No sé porque razón Baldizón no tomó como fuente el pensamiento esclarecido de la chontaleña Josefa Toledo de Aguerri. En 1918 fundó la Revista femenina ilustrada y luchó por incorporar a las mujeres a la esfera pública. Para las feministas nicaragüenses es una de sus grandes pioneras.

Lo más destacable de la investigación de Baldizón es su insistencia por mostrar la exclusión política como norma. Una práctica reiterada. La intolerancia se practicaba como fe religiosa. Según quien estuviera en el poder, los actores políticos del partido contrario eran excluidos, muertos, perseguidos, apaleados, detenidos, confiscados o enviados al exilio. Consideraban el Estado como su propio feudo. Liberales y conservadores se atribuían de manera exclusiva el derecho soberano de ostentar el poder y controlar el Estado. Con el FSLN pasa igual. Poco ha cambiado. Los posmodernistas deben sentirse defraudados. No han logrado dar de baja a la historia, sería menospreciar las acciones políticas. Política e historia marchan de la mano, contribuyen a forjar nuestra identidad. No hay historia sin tiempo.

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