Opinión

Tres lecturas sobre el colapso de Ortega y FSLN

FSLN

La tentativa de construir un poder de neoautoritarismo, personalizado, salido de las entrañas de un partido en nombre de la revolución



Como en otras situaciones de nuestra vapuleada América lo que ocurre en Nicaragua ha abierto un debate vivido dramáticamente por quienes los sufren en carne propia. Es sorprendente que muchos analistas rara vez mencionen concretamente lo que vive la gente. Las tres lecturas que circulan, son clásicas, en algunos casos se prestan argumentos y en otros se diferencian en los elementos que citan como información, algunos manipulados con abierta deshonestidad intelectual.

Lectura uno: La conspiración de la derecha, CIA e imperialismo, el golpe blanco o golpe a secas. Lectura dos: Errores de un gobierno de izquierda, situación mal manejada, salidas de izquierda y/o revolucionarias. Lectura tres: Pacto entre elites tradicionales y la casta sandinista funcional a la deriva de un régimen autoritario y corrupto. Una nueva versión de otras experiencias políticas de Nicaragua. Crisis terminal y necesaria democratización.

Las lecturas uno y dos bordean ideas similares. Sin embargo hay varios supuestos sobre los que se debe dar evidencia. El primero es que hay efectivamente un gobierno de izquierdas con un proyecto social y que respeta principios básicos relacionados con la participación de los sectores populares, el incremento de derechos y una práctica de integridad o ética pública que lo diferencia de los denostados regímenes de derecha. En el caso de Nicaragua esto no existe. El segundo es que se trata de “errores” de un gobierno de izquierdas y no de un régimen que impulsa un modelo autoritario y corrupto.

El tercero es la conspiración de la derecha, CIA, etc. Que esto pueda ocurrir no está excluido. Pero es claro que no fue la CIA quien impulsó a Daniel Ortega a crear un régimen familiar clientelista, a robarse las elecciones, a usurpar las instituciones, a cooptar la policía como fuerza de represión para gubernamental, a privatizar la cooperación venezolana y dejarle la deuda al Estado cuando se acabó el negocio que instrumentalizaron privadamente; quedándose con los beneficios y constituyéndose en grupo económico familiar. El cuarto es que la protesta social en Nicaragua se relaciona con Honduras y la caída de Zelaya, la crisis de Venezuela, la caída de Lugo en Paraguay, la situación en Brasil en el marco de una estrategia común restauradora de la derecha y el imperialismo.

Esa amalgama simplificadora revela una construcción a priori y no un análisis. Que haya presiones externas, relaciones explícitas entre derechas y geopolítica norteamericana no es un secreto para nadie. Pero si esto se asume como determinismo absoluto mejor no hacer política en ninguna parte.

La lectura tres sostiene que el pacto intraélites se descompuso y que su cara política, el régimen de Ortega acumulaba descontento, particularmente en el campo y en sectores urbanos y juveniles. Su deriva opresiva, toda manifestación era reprimida, seguían habiendo asesinatos de campesinos, burócratas eternos en todos los puestos, acumulación y ostentación de riqueza personal etc., eran resentidos por la población, en uno de los países más pobres de América Latina. El conflicto en torno a la mafiosa concesión canalera, la represión de estudiantes, la negación de derechos, más que la reforma de la seguridad social como se ha pretendido, encendió la mecha ¿Cómo se llegó ahí?

Si se examinan los grandes temas que marcaron la evolución del país en los últimos 20 años, se puede establecer que el partido sandinista se desempeñó en constantes zigzag. Entre lo que se decía y se hacía la distancia fue cada vez mayor. En la fase de reformas económicas, catalogadas de neoliberales en el discurso, durante tres gobiernos conservadores, el partido sandinista no solo las compartió además se posicionó en ellas para obtener beneficios sin consideraciones programáticas o de reivindicaciones sociales.

Cuando afirmó estar comprometido con la democracia y la gobernabilidad en beneficio del país hizo un pacto secreto, hoy público, con la fracción más corrupta de la derecha con quien compartió practicas prebendarias y arduos conflictos por el reparto. A cambio obtuvo modificar la Ley Electoral para ser electo con 35% en primera vuelta si había 5% de distancia con el segundo. Cuando habló de reconciliación y democracia en su retorno al Gobierno, puso en marcha un sistema de alta discrecionalidad autoritaria que mezcla retórica y poder duro.

Cada una de esos zigzag le costó rupturas y la división pero en beneficio de una estructura de poder en desarrollo, que en cada oportunidad daba un paso más hacia su consolidación. Es obvio que la estructura de poder ya existía. Pero el grupo danielista era uno más entre otros aunque con más visibilidad, lo nuevo es que es que este grupo se personalizó más, se privatizó más y adquirió más base económica y familiar propia.

La democratización de los 90, posrevolución, y las diferencias políticas y económicas que generaron en la estructura del frente sandinista, condujeron a la formación de grupos de interés nuevos.

Los grupos originados en las estructuras militares, los empresarios, el aparato sindical y los diputados conformaban una situación interna movida imposible de cerrar. Estos sectores tenían una equivalencia de historia y militancia común que los hacía además legítimos aunque no iguales. Fue la oportunidad perdida para una renovación política y la creación de un régimen de partido democrático. El miedo a la exposición pública, a perder posiciones ganadas o por ganar y la ausencia de una propuesta de renovación programática integral y democrática en beneficio no solo del partido sino que del país, atrincheraron los intereses de grupo en una lucha fratricida.

La política al servicio de intereses de grupo cerrados sobre sí mismos, sustituyó al posible proyecto colectivo a proponer a la nación. Las malas artes aprendidas en los años de poder absoluto se consolidaron como una doctrina de reemplazo. De esta mezcla corrosiva surgió la eliminación sucesiva de cuadros históricos, en una hemorragia constante.

De aquí surgió también el grupo dominante de Daniel Ortega que de intermediador de las diversas facciones pasó a construir una estructura piramidal de subordinación. Del debate interno entre diversos grupos se pasó a los círculos de poder ordenados según la distancia con el líder. El primer círculo era naturalmente el del secretario general, luego el aparato y finalmente en disputa los empresarios y los sindicatos. Los militares habían salido del juego al consolidar su independencia corporativa.

Finalmente estos anillos también terminaron disueltos para ser sustituidos por relaciones personalizadas con el liderazgo en relación con el cual se puede caer en desgracia u obtener algún premio. Esto además ha refundado las líneas jerárquicas de la organización, de control y de ascenso, en detrimento de los pocos equilibrios de representación de la diversidad, de eventuales ajustes y debates y de algún nivel de institucionalidad interna independiente del liderazgo personal y de la cúpula del aparato.

Este era el esquema dominante, con alguna sobrevivencia de los anillos, hasta la llegada al Gobierno. El doble liderazgo del país y del partido en un esquema de partido-Estado, disparó el arribismo, la lucha de influencias y la corrupción, en un momento en que el partido carecía por completo ya de institucionalidad para resolver estas cuestiones.

En ese vacío por simple cercanía al poder y dependencia personal del líder ascendió la esposa de Ortega, Rosario Murillo. Pacto de manipulación perverso originado en oscuros ajustes de cuentas personales. El ascenso de Rosario Murillo marca la máxima personalización y ausencia de institucionalidad de eso que se llama partido FSLN. Este régimen de partido por su relación con el Estado, al que se lo ha transmitido, causó estragos en la ya débil institucionalidad del país. En el sentido que para esa práctica, la democracia no es un conjunto de normas e instituciones que hacen parte de un contrato que rige la vida social, son reglas utilitarias que se usan o se violan según la necesidad al igual que en el partido.

El modelo propuesto conduce a un poder vertical y que subordina a la sociedad, pero de paso acaba con la democracia deliberativa, es decir aquella que reconoce el conflicto y el disenso, la alternancia política y la sanción de la opinión.

Inevitablemente todo el discurso sobre el poder popular se vuelve retórica hueca. ¿Qué hacemos con los otros, con los que no están de acuerdo? Esos pasan, sean mayoría o minoría, a ser enemigos o inconscientes de la verdad proclamada.

Las consecuencias para la relación entre el Gobierno y la sociedad son evidentes y patológicas. El poder se vuelve paranoico y no se puede exponer a la luz pública. Y la diferencia entre la realidad y el discurso conduce a una hiperideologización y a una sobre exposición propagandística con la que se intenta ocultar la brecha, afirmar el liderazgo y aplastar a los enemigos. A la sociedad le queda obedecer u oponerse frente a esta lógica del poder con costos cada vez más altos si el sistema se consolida. Todos los regímenes totalitarios y de partido único terminan allí. Y eso es lo que ha ocurrido.

Nicaragua entró de lleno en una tentativa de construir un poder de neo autoritarismo, personalizado, esta vez salido de las entrañas mismas del partido que en nombre de la revolución pretendió enterrar la dictadura familiar del pasado. En 2008 se advertía sobre esto, en una carta dirigida al Gobierno de Nicaragua, presidido por Daniel Ortega del Frente Sandinista, firmada por un grupo de personas que han tenido una relación de apoyo y solidaridad con el proceso revolucionario que vivió en los 80 y guardaron lazos con el país. Entre los firmantes se encuentran militantes e intelectuales como Mario Benedetti, Eduardo Galeano y Noam Chomski. En la carta se pide el respeto de los derechos políticos en Nicaragua. Diez años después el diagnóstico se confirmó el poder omnímodo ha confundido su conservación con la apropiación del país a cualquier precio. Más de 365 muertos, 1800 heridos, secuestrados torturados y desaparecidos. ¿Aceptaría que ocurriera esto en su país? ¿En nombre de qué? La salida no puede ser más que democratización y justicia y luego que se diriman las opciones. Y la solución mágica hasta ese momento aparece como la más natural del mundo, hace falta refundar la legalidad y legitimidad del poder, es decir elecciones creíbles para la sociedad y regulación del poder.

*Fragmento de un artículo publicado en Le Monde Diplomatique – Chile