Nación

Efraín, Aura y Katherine, víctimas de la masacre policial de Las Jagüitas

Tres vidas truncadas por las balas de policías

Destacaban en el baile, en la iglesia, en el colegio y las canchas. Estas son sus historias



Aunque no era necesario que lo dijera ni una sola vez, Yelka Noemí Ramírez Delgadillo lo ha repetido todas las veces que el corazón se lo ha pedido: “No eran unos perros los que mataron ahí: eran mis hijos y mi hermana”.

Las 48 balas que impactaron el vehículo que conducía su compañero Milton Reyes acabaron con la vida de tres personas y los sueños de todos los que viajaban en ese carro la infausta noche del crimen, pero el recuerdo de Aura Marina, Efraín y Katherine Anielka los acompañará mientras vivan.

Las tías, hermanas y cuñadas, los primos y los amigos de las víctimas, narran a Confidencial quiénes eran ellos, qué hacían, qué anhelaban.

La niña que era una deportista escolar destacada

Aura Marina Reyes Gamboa sólo vivió 12 años, pero eso bastó para sorprender a sus amigos, su familia, sus profesores, sus hermanos de la iglesia, y sus colegas del equipo de fútbol con el que ganó el torneo del barrio, y donde la coronaron como la mejor jugadora de la liga, superando a sus competidores varones y mujeres.

Su amiga Jésica Pavón (14), que la veía jugar con garra y se sorprendía porque Aura nunca decía ‘no puedo’, recuerda que la niña era fanática del equipo blanco, el Real Madrid.

Su tía Valeska Ramírez por su parte, la define como una niña muy aplicada que fue la mejor alumna cuando estaba en primero o segundo grado en el Colegio ‘Verbo Divino’, en el que había terminado cuarto grado el año pasado.

“Era una niña muy popular, muy social y muy alegre, que parecía una persona adulta. Era una niña muy excepcional. Se destacaba por ser madura y muy activa. Sus maestros la querían mucho”, detalla.

Su tía Danelia Reyes la describe como una de las artistas del colegio, donde se involucraba en actividades de danza y juegos. “Le gustaba arreglar el local cuando había actividades en el colegio, y ayudar a entregar la comida que dan a los alumnos. En esos casos ella ayudaba a empacar y a repartir los paquetes”, explica.

El predicador laico Jaime Santos Carballo, de la Iglesia Apostólica de la Fe en Cristo Jesús, recuerda que Aura Marina destacaba por su entusiasmo al participar del servicio religioso, al cantar los coros, o al ofrecer las alabanzas.

Sus primos Richard y Nathaly Guevara narran que ese entusiasmo iba más allá: a Aura Marina le gustaba organizar cultos religiosos con otros niños del barrio. Era un juego que ella se tomaba muy en serio, al punto que recogía dinero para hacer refresco y venderlo a los niños que llegaban al servicio religioso que ella misma presidía.

“Ella cantaba, ella era la pastora. Se recogían ofrendas, repartía los refrescos que ella hacía y los cobraba a tres córdobas. Cantaba en el culto de juego con la misma alegría con que cantaba en el culto de verdad, donde participaba mucho, y pasaba a hacer especiales”, explican las tías.

Si la muerte de los niños y su tía Katherine Anielka fue cruel, las circunstancias en que la familia le dio el último adiós a Aura Marina fueron especialmente dolorosas.

Su tía Valeska relata cómo hace unos meses, doña Aura Marina Martínez, abuela de la niña, le compró un vestido blanco que la menor estrenaría en la celebración de los quince años de una amiga que le había pedido que actuara como ‘guía’ del desfile en el que caballeros y damas de compañía acompañan a la homenajeada cuando la comitiva se dirige a la iglesia.

“Aurita era muy solicitada para acompañar las fiestas de 15 años, pero no pudo estrenar el vestidito blanco porque la fiesta se hizo de otra manera, así que ya no pudo participar como guía”. El vestido se quedó guardado esperando una oportunidad adecuada que nunca llegó: Aurita Marina sólo pudo estrenarlo el día en que falleció. La familia decidió enterrarla con su vestido nuevo puesto.

El niño inquieto y comelón que amaba el fútbol

Efraín Pérez Ramírez vivió 11 años, y también fue campeón con su hermana Aura Marina en el equipo “ACS Junior”. Era el defensor de sus primos cuando alguien los agredía. Sus profesoras en el Colegio ‘Verbo Divino’ lo recuerdan inquieto y comelón. Sus tías cuentan de él, que costaba que se sentara a hacer tareas escolares en casa.

Heyner Zepeda y Johnny Pavón relatan que además de jugar en el torneo oficial del barrio, también se juntaban algunas tardes a jugar al futbol en la calle. Al equipo de Efraín a veces le llamaban en broma “los discapacitados”, porque se subían el pantalón hasta la altura del pecho, lo que les resultaba gracioso a todos.

Danelia asegura que “Efraín era un niño con una energía tremenda. A la profesora la sacaba de quicio, y aunque era muy aplicado en clase, costaba que hiciera tareas en casa. La mamá le pegaba unos grandes gritos para que hiciera caso”.

Su prima Nathaly recuerda que iban juntos a comprar los materiales que usaban para preparar algún trabajo escolar que tuviera que hacer cualquiera de los niños de la familia. “Si algún chavalo quería pegarme en el colegio o en la calle, él me defendía”, dice con orgullo.

Sin embargo, eso no significa que Efraín fuera un busca pleitos. Por el contrario: “Casi todos los niños eran amigos suyos en el aula. Sus compañeros de clase –y los de la Aurita- estuvieron en la vela y entierro”, y han visitado a los niños sobrevivientes en el hospital, aseguran sus primos.

Efraín era muy unido con Aura Marina: jugaban futbol en el mismo equipo, y bailaba con ella en grupos de danza. Los dos ayudaban a repartir frijoles, papas o cereales en el colegio, pero así como era de servicial, era de inquieto, de modo que cuando repartían comida, él se las arreglaba para poder comer dos veces.

“Su profesora mencionaba que era muy comelón, muy inquieto. Que a veces se molestaba pero al rato ya estaba sonriendo”, dice Danelia.

Gary Pavón, otro de los chavalos con los que Efraín (fiel seguidor del Barsa) jugaba en la calle, dice que el chavalo “era un zurdo que habría llegado lejos en el futbol, porque tenía una patada impresionante”. Los muchachos recuerdan que vieron a Efraín la tarde del sábado 11, y todos se pudieron de acuerdo para verse al día siguiente porque tenían un juego pendiente.

Efraín andaba buscando dinero para inscribir al equipo. En vez de eso, un grupo de policías “imprudentes” le causó la muerte a balazos. Ya no hay más futbol, ni danza, ni pedir más comida, ni capearse para no hacer tareas en casa. Sólo oscuridad y silencio en una fría tumba de un cementerio elegante de Managua.

La maestra de baile oficiosa

Katherine Anielka Ramírez Delgadillo alcanzó a cumplir los 25 años, y estaba a punto de graduarse de Administración Hotelera y Turística en la Universidad de las Américas (ULAM). Aunque su hija Miriam Natasha era su mundo y su amor, ella también tenía tiempo para compartir con sus numerosos sobrinos.

Su hermana Valeska y su cuñada Danelia la recuerdan como la maestra de baile oficiosa que montaba las coreografías que bailaban sus sobrinos Aura Marina y Efraín, en especial, cuando preparaban actos para el colegio. Eran reminiscencias de los tiempos en que la misma Katherine estuvo en un grupo de danza junto con otros muchachos que llegaron a darle el último adiós al cementerio.

Katherine se fue a la tumba con un temor que no pudo quitarse. La familia la describe como una muchacha alegre, que no le hablaba a nadie. No salía ni para ir a la venta. Prefería quedarse encerrada y pedirle a algún niño que le fuera a buscar sus cosas. No se sabe por qué.

Las mujeres recuerdan que Katherine vivía atemorizada, y les contaba que a veces la seguía un hombre en una moto. “Hace poco veníamos de dejar a la niña en el colegio, cuando pasó ese hombre en la moto y le agarró la nalga y luego se corrió. Eso a ella no le gustó. Por eso no salía a la calle, porque tenía miedo que ese hombre la anduviera espiando. Ella pensaba que siempre era el mismo hombre, y aunque no lo conocía, pensaba que era el mismo, por su apariencia, y porque siempre usaba el mismo casco”, detalla Danelia.

Sus compañeros de universidad estuvieron presentes durante sus honras fúnebres. Ya no podrá obtener su título de Administración Hotelera y Turística. Aunque no saben si el papá de la niña se hará cargo de Miriam Natasha, las cuñadas no están preocupadas por el futuro de la menor, porque saben que doña Miriam Delgadillo, madre de Katherine seguirá haciéndose cargo de la pequeña.

Lo que no se sabe es si alguna vez averiguarán quién es el misterioso abusador de la moto.