Opinion

Umberto Eco sigue vivo

Sus decenas de ensayos y novelas perpetúan su presencia en un mundo atrapado por lo banal

La noticia de la muerte de Umberto Eco me llegó a través de las redes sociales, una mala noticia pese a que mi relación con él no fue nunca de lo más afectiva. Descubrí su talento mientras estudiaba Sociología de la Comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Antes había tropezado con el texto inaugural Apocalípticos e Integrados (1965), ensayos que le abrieron las puertas de la fama. La burla y el escarnio figuran desde entonces como grandes atributos. Ambos tipos de lectores son abofeteados. El integrado goza sin empacho los bienes culturales que los periódicos, la radio, la televisión y selecciones de Reader’s Digest ponen a su disposición. Ni siquiera se pregunta de donde provienen y quienes configuran esos textos. El apocalíptico es su contracara. Una especie de superhombre —como el mismo lo definió— que creía estar a salvo elevándose por encima de la banalidad media.

Cómo ocurrió con grandes novelistas —tengo en mente a Marcel Proust y a José Saramago— se adentró por los caminos de la ficción cuando ya se enrumbaba a los cincuenta con En el nombre de la rosa (1980), obra que lo encumbró al estrellato. Acostumbrado a las creaciones de los latinoamericanos, donde la invención literaria prevalece sobre el uso hasta el cansancio de la erudición, comprobé al menos que en el campo de la ficción no sería su entusiasta seguidor. Una de las singularidades de su arte narrativo está soportada en su sapiencia. ¿Se percató que como lector macho podía traducir sus lecturas a otro lenguaje más dúctil y menos farragoso que los estudios semióticos? A mí me habían encantado los análisis donde expone la tensión existente entre comprensión y verbalización. Una distinción importante para entender la conducta de quienes comprendiendo lo dicho no saben expresarlo.

Tal vez la seducción se produjo porque a la par de estas lecturas me encontraba entregado a descubrir el universo gramsciano. El sardo llegó a las mismas conclusiones de Eco a través de su examen de la filosofía de la praxis. Los análisis de Gramsci acerca del sentido común, me resultaban atrayentes para entender el comportamiento de los obreros. Capaces de comprender a sus dirigentes no podían verbalizar sus intervenciones. Esto no impedía seguirles. Más bien sentían que sus expresiones eran iguales y hasta superiores a las de sus adversarios políticos. El aporte de la Escuela de Bolonia a la que perteneció Eco, sigue ilustrando de la mejor forma el hiato existente entre comprensión y verbalización. Hay que recordar que Gramsci tuvo en alto predicado el estudio de la lingüística y que Eco en Apocalípticos e Integrados tiene presente a su coterráneo. Todo un adelantado.

Se quiera o no tenemos la propensión de comparar textos o tesis de escritores con quienes nos sentimos identificados. Cuando cayó en mis manos Confesiones de un joven novelista (2011) yo ya me había sumergido varias veces en las aguas cristalinas de Cartas a un joven novelista (1997), de mi predilecto Mario Vargas Llosa. Dos textos complementarios, con la salvedad que el libro de Vargas Llosa resulta más amplio en sus pretensiones. Eco se siente atraído por explicar parte de su obra de ficción, no así el peruano. Si algo que detesto es que alguien me quiera decir que sabor tiene el caramelo que estoy masticando. Si un escritor insiste en explicarnos sus fuentes y abrevaderos para mí termina asfixiando su creación. No deja respirar al lector. Eco siempre tuvo la propensión de identificar de dónde provenían sus creaciones. Un mal que aquejaba a nuestro Carlos Martínez Rivas.

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Mis preferencias fueron determinantes para tomar distancia de la obra narrativa de Eco. Por mucho que lo intenté, sus intromisiones eruditas, impidieron que disfrutara a plenitud El cementerio de Praga (2010), un libro que mereció elogios de la crítica literaria. Ejemplifico. El parentesco o afinidades entre Alejo Carpentier y Umberto Eco lo determinan sus obsesiones librescas. Ambos son hijos de sus grandes lecturas. Con la salvedad que el cubano se empina y rehace a su antojo los diversos materiales tenidos enfrente para tejer sus bordados. No existe texto más libresco que El reino de este mundo (1949). La grandeza de Carpentier consiste en deshacer y rehacer la historia mudada en ficción, como acredita Vargas Llosa en su ensayo ¿Lo real maravilloso o artimañas literarias? ¡Que no congenie con la obra de ficción de Umberto Eco, no significa que sea un escritor menor! Solo apunto las razones de mi distanciamiento.

Los dos últimos textos que leí de Eco: La estrategia de la ilusión (2012) y Número Cero (2015), sirvieron para validar el goce inusitado que me producen sus ensayos. No así sus obras de ficción. Dos años antes de la lectura de La estrategia de la ilusión había leído Cultura Mainstream (2010), del sociólogo y periodista francés Frèdèric Martel. Para mi solaz, comprobé que Eco era testigo privilegiado de los cambios y transformaciones experimentadas por la cultura estadounidense. Por distintas vías a las de Martel, arriba a las mismas conclusiones. Observador perspicaz, capta los giros sorprendentes provocados por la realidad virtual. Disney World a la cabeza. Número Cero quedó sostenido entre la novela que quiso ser y el ensayo que en realidad es. No obstante, Umberto Eco sigue vivo entre nosotros. Sus decenas de ensayos y novelas perpetúan su presencia en un mundo atrapado por lo banal.

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