Opinion

Un hombre más chiquito que el otro

Ya sea porque el poderoso aplasta al humilde como a una cucaracha, o porque el humilde no se resigna a ser una cucaracha.

Siempre hay un hombre más chiquito que el otro, y eso que el otro puede ser alguien de la estatura intelectual de Jorge Luis Borges. Él lo dijo en una ocasión, o si se prefiere, él lo escribió en su libro “El Otro” y ahí está: “Yo soy el otro”, repitió y lo probó como se prueban las afirmaciones irrefutables, hasta la saciedad. Los asesinos no pueden hacer eso nunca, ni chiquitos ni grandes. No pueden probar una inocencia inexistente. Si mienten, se empequeñecen aún más. Las evidencias los tiñen de sangre fosforescente.

Quienes ordenaron la muerte del marido y los hijos de doña Elea Valle -de tan chiquitos espiritualmente que son- tienen almas microscópicas. Sus sicarios, las viven dejando olvidadas en las escenas de su crímenes, y por más que las buscan no las encuentran. Sus víctimas, deben de pensar como Jean Paul Sartre: “No hay necesidad de fuego, el infierno son los otros.” Y entonces descubrimos, que aquí en Ninguna Parte nuevamente nos encontramos entre civilización y barbarie: Que la barbarie y el infierno está en los otros, y que la salvación, la civilización, está en aquellos otros que somos nosotros. Este tema me ha apasionado tanto, que en 1965 escribí dos “poemetes” sobre ello, que descifra, al menos para mí, el enigma:

NO

No, no, y no.

No.

Nosotros no.

No, no, no, no.

No y no. No-

sotros no.

 

OTROS

No.

No nos.

Otros.

No nosotros.

 

Para Jean Paul Sartre y doña Elea Valle, existe el infierno. Pensando en los demonios que lo habitan, Sartre afirma que no hay necesidad de fuego, pues ellos son el infierno. Hace algún tiempo vi a doña Elea entrevistada en el Canal CNN de EE. UU., y al final le preguntan por  el culpable del martirio y desaparición de su familia, y con toda convicción finaliza diciendo: “El aguijón del diablo”.  Ellos, los otros, no nosotros. Los que tienen por jefe a “El aguijón del diablo”.

Precisamente porque vivo en Ninguna Parte siento la imperiosa necesidad de saltarme los diablos que nos circundan. En el mundo de los escritores abundan diablos y exorcismos. Por ejemplo, doña Soberbia es cónyuge de un demonio que se llama Poder, y se dice que siendo gran amiga de Andrés Manuel López Obrador, este le preguntó por teléfono cual entre los tres grandes muralistas de México -Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, y José Clemente Orozco- era su preferido. Y ella, haciendo un mohín de autosuficiencia como si el mundo la estuviera viendo, le respondió: “Ay, don MANLO no sea tan malo, cuando bien sabe que los tres grandes muralistas de México, son dos: Orozco.” Y ya de acuerdo en este punto, ambos se pusieron a hablar de COVID-19 y de fumigar los campos agrícolas con el avión presidencial de México, para exterminar todos los virus.

Ya lo dijimos. Siempre hay un hombre más chiquito que el otro. Ya sea porque el poderoso aplasta al humilde como a una cucaracha, o porque el humilde no se resigna a ser una cucaracha. Hay quienes nacen con lo pequeñito en su espíritu y otros con lo grande en un corazón libérrimo. Hay chiquitos que sueñan con un país apretado en sus puños, y otros, los otros, que aunque la patria sea pequeña, saben que uno grande la sueña. Para terminar recordaremos este texto del peruano Alfredo Bryce Echenique,  “El encuentro de tamaños escritores” (2016):

“El escritor guatemalteco Augusto Monterroso es tan chiquito pero tan chiquito, que de él dicen sus amigos, en México, que no le cabe la menor duda. La frase, creo, es del extraordinario escritor e historiador peruano José Durand, hoy en día profesor de la Universidad de Berkeley, pero que hace muchos años residió en México y entabló amistad con el tamaño pequeño y la estatura gigante de Augusto “Tito” Monterroso, pues en México vive (vivía) exiliado desde hace (hacía) muchos años el escritor más chiquito que mis ojos hayan podido ver.

Refiriéndose al tamaño de su amigo José Durand, e interrogado a menudo por su estatura y peso, responde Monterroso:

-“Pues a Durand me lo paso por alto.”

Y así hay escritores de muy distintos pesos y estaturas pero, cuando son grandes escritores, todos tienen un sexto sentido que les permite reconocerse y quererse, y hasta plagiarse, sin querer, a larga distancia.”

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