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Obispos y Nuncio fueron a Masaya para evitar otra masacre; población los recibe con lágrimas y banderas

Un nuevo repliegue en Masaya: “Ni un muerto más”, piden obispos

“Quiero hacerle un llamado al presidente Ortega y Rosario Murillo… ni un muerto más en Masaya”, dijo Monseñor Silvio Báez



Masaya, llamada “la ciudad mil veces heroica”, solicitó a gritos el auxilio de sus héroes. Ellos, vestidos de sotana blanca y traje negro, asistieron al llamado de un pueblo herido, erigido en símbolo de la resistencia ciudadana contra el Gobierno de Daniel Ortega. El Cardenal Leopoldo Brenes, Monseñor Silvio Báez y el nuevo Nuncio Apostólico,  Waldemar Stanilaw, junto a sacerdotes de la Arquidiócesis de Managua, se movilizaron en una caravana de doce vehículos. Su  misión: frenar un ataque que pudo haber terminado en una de las masacres más brutales que esta ciudad haya vivido.

El objetivo de los armados era “limpiar” la carretera que va de la rotonda de Las Flores hacia Catarina, y no dejar en pie ningún tranque ni barricada. Lograron derribar la primera muralla, ubicada doscientos metros adelante de la rotonda, buscando en dirección al sector conocido como Los Tanques; también la segunda, sin embargo, en la tercera, la resistencia de los masayas los enfrentó con morteros y piedras. Y uno que otro balín lanzado con resortera. La conclusión del operativo sería penetrar por esa zona hacia Monimbó, el barrio indígena que resiste a Daniel Ortega desde dos meses atrás.

Durante las primeras cinco horas de enfrentamiento, murió de un disparo en su pecho José Jarquín Flores, quien vivía en el barrio Las Malvinas, cerca de donde se realizaba el ataque. El hecho lo confirmó Álvaro Leiva, secretario de la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANPDH).

Los obispos salieron de la Catedral de Managua a eso de las 10:45 de la mañana. En ese momento el ataque de los policías y grupos paramilitares, se desarrollaba en el sector de la rotonda de Las Flores. Los masayas resistieron desde las 5:30, cuando fueron sorprendidos por unas 15 camionetas repletas de las fuerzas represoras.

La caravana avanzaba con rapidez sobre la carretera. Los vehículos que eran rebasados ya estaban al tanto de la presencia de los religiosos. Sonaban sus bocinas en señal de apoyo.

Cientos de ciudadanos, que estaban apostados a la orilla de la carretera, sacaron sus banderas azul y blanco, sus ollas de aluminio, sus pitos, en fin, sus gritos. Alentaban a la caravana. “Justicia, justicia, justicia”, decían algunos. “Vamos, vamos, que vivan los curas”, repetían otros. Los obispos sacaban sus manos en señal de aprobación. La escena se repitió hasta llegar a Nindirí, donde el recibimiento empezó a ser más cálido, lleno de sentimiento, con llantos de alegría y de ternura. Con sed de justicia y frases de esperanza.

Cerca de El Coyotepe, la velocidad de la caravana disminuyó. La gente se aglomeró sobre las aceras. “Que se vaya ese hijueputa, ya no lo queremos”, dijeron sobre Ortega. “Esa bruja nos está matando, se quiere chupar toda nuestra sangre”, aseguran en referencia a la esposa de Ortega y vicepresidenta Rosario Murillo. “Vayan a Monimbó, que los quieren matar, se quieren llevar sus almas”, insistieron los ciudadanos.

Ciudadanos encerrados, salen en grupo a recibir

Quienes salieron a las calles eran ciudadanos indignados, que han pasado en zozobra casi dos meses, temiendo ataques de policías y paramilitares. Huyendo de balas perdidas y disparos de francotiradores. Sin embargo, el paso de la caravana, por sus casas, fue una luz en medio de tanta oscuridad. Fue ese camino al final de un túnel de angustia. Una alegría que brotaba a través de lágrimas de felicidad.

La caravana entró sobre la calle que comúnmente “era” usada por el Gobierno de Ortega para la conmemoración del repliegue táctico a Masaya, de 1979. “Era”, así en pasado, porque los masayas, una y otra vez, han asegurado que “nunca más entrará ese hombre aquí”. Había gritos, risas, y llanto de alegría. Una mujer, arrodillada, saludaba a los obispos. Lloraban.

“Ay mi Diosito, gracias por esto, gracias porque llegaron los padrecitos a mi pueblo”, dijo en medio de lágrimas de alegría. La mirada de los religiosos se plantó en ella, sonrieron de emoción. Sonrieron porque sabían que el recibimiento no sólo era por ellos, sino porque llevaban consigo la posibilidad de frenar el ataque.

Miles siguieron la caravana. Fue un nuevo repliegue, con algarabía y fe. “Es el repliegue de la esperanza y la fe para el pueblo”, expresó un señor que estaba en la acera de su casa. Todos salieron de sus rincones. Las calles vacías y sin vida, se llenaron de colores, amarillos y azul y blanco. No eran sólo jóvenes, también había niños, chiquitos, medianos, grandes, de todas las edades. Mujeres, con sus ojos rojos, de tanto llorar. Ancianos, que movían la mano en señal de victoria.

El camino hacía Monimbó

Ya no había necesidad de ir en los vehículos. Los obispos se bajaron en el parque central para caminar junto a los fieles, los masayas, llenándose de esperanza. Todos siguieron a los obispos. Por cada paso, otros se sumaban. Las motos sonaban sus bocinas más fuerte y prolongado. Las personas regresaron a las calles, sus calles. Se las tomaron, y avanzaron con la libertad de hace unos meses, sin miedo, y sin temor de que una bala perdida destruyera su corazón.

Uno de los primeros en bajar fue el cardenal Brenes. Una mujer se acercó y besó su manos, Lo quería abrazar. “Padre, padre, ayúdenos, nos están matando, nos están matando a nuestros hijos”, solicitó incansablemente. “Polito”, como le llaman también al cardenal, sonrió y la abrazó. A medida que todos bajaron de los carros, los masayas formaron una cadena alrededor de la calle. No querían que nadie sofocara a los religiosos. Sus héroes habían llegado y el recibimiento estaba siendo cada vez más asombroso.

El recibimiento de Masaya fue la expresión pura de un pueblo que ha resistido los embates de la violencia, la destrucción y la muerte, y que a pesar de todo, no deja de creer en que volverá a ser libre, sin ataduras políticas ni policiales. Fue una bienvenida que puso los pelos de punta, porque esas calles, que han sido el escenario de asesinatos y muertes, este día estaban llenas de amor y esperanza, no de balas ni policías.

La multitud caminó con los obispos por las calles de Masaya. En sus brazos, el cardenal Leopoldo Brenes llevaba el Santísimo Sacramento, que es donde se guarda la hostia y que en contexto simboliza a Jesucristo. Por los caminos más mujeres salían al encuentro de los religiosos. Algunos sacaron las imágenes de la Virgen María y San Miguel de Arcángel, que tenían dentro de sus casas. Las pailas no dejaron de sonar, las vuvuzelas tampoco. Aquello era una manifestación de fe, de que regresara todo a la normalidad, pero “sin Daniel Ortega”.

Por cada cuadra, los aplausos para los párrocos se escuchaban. El atabal se sumó minutos más tarde, para dirigir el camino hacia la iglesia San Sebastián, en Monimbó. “Qué vivan los curas”. “Gracias monseñor, gracias… gracias por no dejar morir a tu pueblo”, le repitieron a Báez, quien nació en Masaya.

El cariño, el amor, la admiración fue transmitido a los obispos a través de abrazos, de besos, de saludos, de gritos, de lágrimas. De caras llenas de tristeza que miraban en esos héroes, una luz de esperanza. Las barricadas se abrieron para facilitar el paso. Los adoquines fueron retirados por los ciudadanos con mucho entusiasmo.

De las casas salían más personas a recibir a los obispos. Un hombre se acercó al Cardenal Brenes, cargando a su madre. Pidió la bendición para ella. La señora lloraba desconsoladamente. Sus hijos también. El derroche de fe lo sintieron hasta los que estaban al otro extremo de la calle. Fue imposible no sonreír ante semejante gesto de confianza y gratitud.

A pesar de que el sol y el calor, eran casi insoportables, todos caminaron con los pobladores. Esto fue admirado por muchos, que nunca habían tenido la oportunidad de ver a los obispos en sus calles, ni siquiera en época de Semana Santa. “Ahora sí, eso es lo que quería yo, que vinieran y nos ayudaran, que paren a esos hijueputas asesinos”, expresó un ciudadano.

Fue un repliegue, “el repliegue de la paz” que buscaba frenar una posible matanza. Fue un recorrido, que estuvo lleno de amor, y carente de balas y violencia, encabezado por los obispos, y también, por los miembros de la Alianza Cívica.

Fue tan memorable que el miedo desapareció junto con los paramilitares que “cuidaban” la rotonda de San Jerónimo, y la antigua Estación del ferrocarril. Ellos, los villanos, se escabulleron por ahí, para no recibir la bendición de alguno de los curas.

Los obispos llegaron a la Iglesia San Sebastián en medio de aplausos y mucha alegría. Explotaron morteros como forma de celebración. “Aquí vienen, están entrando, qué viva Masaya”, dijo uno de los presentes a través de los parlantes. “El pueblo unido jamás será vencido, el pueblo unido jamás será vencido”, repetían sin parar los ciudadanos.

“No matarás”

Báez, Brenes y Waldemar, salieron de San Sebastián y ofrecieron al pueblo sus palabras. El primero en hablar fue el Cardenal, quien alabó el espíritu de los masayas y pidió la paz para el pueblo indígena. “Voy a dejar hablar a Monseñor Báez, que quiere dirigir unas palabras para ustedes, él nació en esta ciudad”, expresó.

Báez tomó el micrófono. Y con fuerte voz dijo: “Viva Masaya, qué viva Monimbó”. Acto seguido los presentes celebraron el grito del hijo adorado, del niño que se marchó para regresar como el héroe amado de la ciudad.

“Esta ciudad tan amada, en la que mi madre me dio a luz, aquí nací y por eso sufría. Quiero decirles que los sufrimientos de Masaya en estas últimas semanas, los he sentido como si fueran los sufrimientos de mi madre. He estado cerca de ustedes, he llorado y rezado con ustedes”, dijo Báez.

Báez comparó al pueblo de Masaya con Jesucristo, quien fue crucificado por los poderes inhumanos, violentos y egoístas. Afirmó que la Iglesia estaba con los masayas porque eran un pueblo sufrido, martirizado, al que se le ha matado injustamente.

“Masaya ha sido crucificada, pero esta ciudad va a resucitar como Jesucristo”, dijo Báez, quien recordó el dolor de las madres y las familias que han perdido seres queridos, por quienes pidió consuelo y que sanara su herida y que los transformara en hombres y mujeres con esperanzas, pero que no cedieran y siguieran con valentía y paz.

Los masayas, en medio del discurso de Báez, gritaban “que se vayan, que se vayan”. También pedían “justicia, justicia”. El hijo amado de la ciudad para finalizar quería dejar claras dos cosas. La primera fue la cita de un mandamientos: “Noooo matarás”, dijo con gran euforia, en medio de aplausos de los presentes.

Los presentes contestaron con otro “no matarás, no matarás, no matarás, no matarás”. Todavía faltaba el mensaje directo para la pareja presidencial.

“Desde aquí, con todo mi corazón, sufriendo por mi ciudad, como creyente que creo en la vida y la paz… quiero hacerle un llamado al presidente Ortega y Rosario Murillo… NI UN MUERTO MÁS EN MASAYA”, expresó con aplomo.

El nuncio Waldemar continuó. “Voy a decir algo más sencillo. Hemos llegado aquí no detrás de un poder, hemos llegado detrás de Jesús Sacramentado, Jesús humilde, que quiere estar en medio de ustedes, por eso, me gustaron las palabras de Monseñor Silvio, que no podemos responder a las violencias con otras violencias. Porque cualquier muerto es un ultraje a la imagen de Dios”, afirmó.

Waldemar dijo que hacía un llamado a todos a ser responsables en un momento crítico y delicado. Reafirmó que los obispos estaban con Masaya porque comprendían el dolor y el sufrimiento del pueblo y las familias.

“Cada muerto es una ofensa a Dios por eso les pido oraciones, porque si no nos podemos en rodilla de frente al santísimo sacramento con humildad, hay que ser humildes frente a Dios, pidiendo que los responsables tomen sus responsabilidades seriamente. El santo padre está informado de lo que pasa en  Nicaragua sus oraciones llegan a nosotros, él desea estar presente con la presencia de su eminencia, de monseñor Silvio y mi presencia”, manifestó.

Para finalizar todos rezaron el Padre Nuestro. Al terminar la oración, de forma espontánea, un arcoiris se observó en el cielo. Todos los presentes miraron hacia él, y aplaudieron con mucha emoción. Algunos lloraron, porque aseguraron que era una señal de la presencia de Dios en el lugar. Los  más incrédulos quedaron viendo esa manifestación natural, con mucha curiosidad. En los párrocos las sonrisas de satisfacción se dejaron notar.

“En esos pequeños detalles, Dios está presente”, dijo el cardenal Brenes. Muchos aplaudieron. Parecía que la esperanza que se había disminuido, regresaba con más fuerza. La fe depositada en los obispos era notable. Todos los miraban como lo que eran en ese momento, héroes que llegaban a poner la calma en medio de la tempestad.

Todos entraron a tomar un respiro dentro de la Iglesia. Un recorrido aguardaba para los obispos.

La marcha hacia la Policía

Tras un breve descanso, el clero de Managua salió de la iglesia San Sebastián a realizar un recorrido por las calles de Masaya. Era casi la 1:00 de la tarde. El enfrentamiento en la zona del barrio Las Malvinas continuaba en lo fino. Se reportaron varios heridos y un camión de la empresa Cargill, quemado.

Esta vez el recorrido solo iban encabezado por el Nuncio y el Cardenal, con ellos el resto de obispos y ciudadanos, que un tanto desconcertados, caminaban a su lado. En este recorrido no había tanta algarabía.

Algunos creían que los obispos iban rumbo a sus vehículos. Otros que se dirigían a la zona roja, donde ocurría el enfrentamiento, para calmar el ataque de los paramilitares.

Detrás de ellos, miembros de la Alianza por la Democracia y la Justicia. Sortearon barricadas y llegaron hasta el barrio Las Malvinas, cerca del mercado municipal. Sin embargo, los obispos no se dirigieron donde estaba el enfrentamiento. Continuaron rumbo al mercado de artesanías, o lo poco que queda de él.

Luego de ver este cambio de ruta, algunas mujeres de este barrio reclamaron a los medios de comunicación, la “frialdad” de los obispos. “Si allá no hay nada, para qué vinieron hasta aquí si se van a ir”, reclamó una madre.

“Mi hijo anda huyendo, porque esos perros andan buscando para matarlo. Esos malditos que son mandados por el asesino y por esa mujer maldita, esa bruja maldita”, expresó otra señora.

Sandra Ramos, representante de la Alianza Cívica, fue increpada por un grupo de pobladores y solicitaron una explicación de por qué los párrocos iban hacia otra dirección y no donde estaba el conflicto. Ramos explicó que ella no sabía, sin embargo, iba a preguntar cuál era la ruta.

“Tranquilos, los obispos andan exponiendo sus vidas, ellos andan dirigiendo este recorrido. Hay que preguntar a ellos si van a regresar o dónde va a terminar todo esto”, indicó Ramos.

Ramos, junto a otras personas avanzaron rumbo a la Policía de Masaya, donde se suponía estaban los obispos. Sin embargo, al final el clero se instaló en la Iglesia La Asunción para dar un mensaje importante.

“Ahorita el Nuncio, los obispos y yo, vamos a ir a hablar con el Comisionado Avellán. Pero solo nosotros vamos a ir, ustedes quédense aquí, en la iglesia, orando por nosotros”, indicó Brenes.

Los obispos fueron hasta la delegación policial, ubicada a dos cuadras de la iglesia. Golpearon la puerta de metal de la estación y fueron recibidos por el comisionado Avellán. Esta vez, el jefe no se miraba cansado como hace un mes que lo visitamos. Estaba más repuesto.

Brenes, Wlademar, el padre Edwin Román, de la iglesia San Miguel, y Álvaro Leiva, de la ANPDH, entraron a negociar con Avellán por los detenidos en ataques anteriores y para solicitar el cese a la represión contra los masayas. Después de una hora, el clero salió del lugar y avanzó rumbo a la Asunción.

Antes de llegar a la iglesia, en medio de los curas, un niño, Ismael Hernández, de tan sólo diez años, se acercó al Cardenal y al Nuncio para mostrar en su mano seis casquillos de bala que se encargó de recoger en la calle principal del barrio San Jerónimo. Brenes la tomó y sonrió al muchacho.

—¿Por qué le diste un casquillo al cardenal?

— Porque quería que supiera con qué mataron a mi amigo.

El amigo de Ismael era Marcelo Mayorga, quien el martes 19 de junio, murió de un disparo en el pecho. Él se defendía de los paramilitares y oficiales con una resortera.

— También con una de esas balas me mataron a mi amigo Marvin. Él me llegaba a ver mucho a la casa.

Marvin López también falleció ese mismo día, en el barrio Fox, cerca de la entrada al pueblo.

De regreso en la iglesia, Brenes informó a los ciudadanos que la plática con Avellán había dado resultados. El jefe policial se comprometió a un cese a la violencia y a liberar a los presos que tiene en su delegación y en Nindirí.

“Esperamos que cumpla con su palabra y la represión sea definitiva. También que no exista hostigamiento”, dijo Brenes, quien afirmó que se comunicaron con las autoridades en Managua, para garantizar de que todo se cumpla, tal como se había acordado. El cardenal manifestó que los responsables en Masaya, que estarán pendientes de que se cumpliera con lo acordado, serían el padre Román y Álvaro Leiva, de la ANPDH.

Leiva manifestó que además de los detenidos en las delegaciones de Masaya, también serán liberados los ciudadanos que están presos en otras ciudades, y que este viernes se pondrían en marcha ese plan.

A las 3:00 de la tarde, la calma regresó a Masaya. Los ataques cesaron, y de momento Avellán si cumple su palabra. En las barricadas, los jóvenes que cuidan sus puntos, están alerta porque “de esos diablos uno no se puede confiar”. En las calles, por la noche, el ambiente estuvo tenso. Es que ya nadie cree en la palabra de Avellán.