Opinión

Una feminista de avanzada

Josefa Toledo de Aguerri

La chontaleña Josefa Toledo de Aguerri, mujer como pocas, se adelantó a su época y a sus circunstancias.



A los maestros, María Elba Villanueva
y Guillermo Rothschuh Tablada.

Cuando pocos lo creían y nadie lo esperaba, la chontaleña Josefa Toledo de Aguerri, mujer como pocas, se adelantó a su época y a sus circunstancias. Hace cien años publicó Revista femenina ilustrada (1918). La niña Chepita, como la llamamos sus coterráneos, tuvo el acierto de fundar una revista consagrada al tema de las mujeres. Su visión y sensibilidad la condujo a la creación de un dispositivo, cuya preocupación central consistía en ofrecer a las mujeres, una plataforma para que empezaran a irradiar su discurso en el páramo nicaragüense. Algo impensable.

El único propósito de la niña Chepita era compartir sueños y esperanzas con sus pares. Nadie hasta entonces había acometido una tarea similar. Una de las educadoras más destacadas en la historia nacional, mostró el camino. Su infatigable trajinar la condujo a llamar la atención —de manera temprana— acerca de la necesidad que tenían las mujeres de labrarse su propio destino. A conseguirlo a puro pulso. Sin ataduras ni dependencias, como había ocurrido históricamente. Sin sujetar su vida a las veleidades masculinas. A ser ellas mismas. A refrendar su condición humana.

Centenares de mujeres habían recibido sus sabias lecciones en el aula. Creyó que había llegado el momento de hacerlo por otras vías. Las primeras en ser reclutadas para impulsar la nueva iniciativa fueron sus alumnas. Todas conocían su interés por volverles seres de primera en un entorno hostil. El machismo caminaba a sus anchas por pueblos y ciudades. La Revista femenina ilustrada, nació para que encontraran su propia voz. Sin sujeciones con nada ni con nadie. Solo ateniéndose a sus virtudes y facultades. Ponía un nuevo horizonte ante sus ojos. Una luz que persiste.

La niña Chepita, objeto de culto familiar, maestra de mi madre en la Escuela Normal de Señoritas, supo insuflar en sus alumnas carácter y decisión. Una estrella que les alumbró el camino. Poseía el encanto de seducirlas para que no fuesen rémoras en sus hogares. Les inculcó con esmero romper amarras de toda índole y significado. La chontaleñita, cruzó el lago Cocibolca y en un gesto propio de su talento y talante, obligó a los granadinos —señores de horca y cuchillo en tierras chontaleñas— a verla con respeto y admiración. Vio, llegó y convenció con su sapiencia.

Una lección fecunda fue hacer del estudio su propio bastión. La emancipación femenina, en el credo de la niña Chepita, pasaba por adquirir una educación sólida y humanista. Les aconsejaba solo llegar al matrimonio si eran capaces de vivir de su propio quehacer. Insistía en hacerles ver la tragedia de casarse sin contar con una formación que les permitiese sobrevivir, en caso de que sus maridos muriesen o desertasen del matrimonio. La revista —tamaño tabloide— fue una ventana refrescante. La visión con que fue concebida trascendió el lar patrio.

La batalla empezada en las aulas, la proyectó en distintas direcciones. La niña Chepita tuvo la dicha de percatarse acerca de la necesidad de que sus enseñanzas fuesen integrales. La revista le permitió entrar directamente en decenas de hogares. De otra manera jamás habría podido compartir aspiraciones. Si las aulas le permitían formar una nueva pléyade de educadores, con la revista lograba acceder a un núcleo poblacional con el que de otra manera no hubiese compartido ambiciones. La revista era una extensión del aula de clases. Un mecanismo dúctil y efectivo.

La escuela paralela en que consistía la revista, tenía como fin irrenunciable, discutir de forma desembozada temas que por diversos motivos no podían debatirse en el aula. Era el complemento o sucedáneo para soliviantar ánimos y concientizar a muchísimas mujeres. La niña Chepita sabía que la revista era el vehículo adecuado para que las mujeres escucharan otras voces que no fuesen la suya. Congregar en sus páginas a mujeres de otras latitudes, fue siempre una de sus intenciones más explícitas. Así, las mujeres nicaragüenses podían enterarse que no estaban solas en sus luchas.

Después de un siglo de haber circulado, nos percatamos de la justeza de sus planteamientos. Imagínense ustedes, si ahora el enfrentamiento contra el machismo resulta una lucha diaria y tenaz, cómo sería en aquellos años, cuando la niña Chepita, decidió que parte de su compromiso con la sociedad nicaragüense, consistía en advertirle la importancia de los derechos que asistía a las mujeres. El camino de la emancipación humana pasa invariablemente por reconocer que las mujeres gozan de iguales prerrogativas que el hombre. Algo insultante para ciertas almas piadosas.

La niña Chepita fundó la revista en momentos que a las mujeres ni siquiera se le reconocía el derecho al voto. El ámbito privado era su hábitat. Dentro de un contexto signado por la ignorancia y el deseo manifiesto de los hombres, que las mujeres permanecieran recluidas en el seno del hogar, la niña Chepita logró que la Revista femenina ilustrada sobreviviese durante cuatro años. Para hacerlo tuvo que enfrentar el pensamiento más retrógrado. A los mismos políticos que le hicieron la vida imposible. Nunca cejaron de atacarla. Era mal vista. Pensaba. Eso les ofendía.

En acto de justicia, las mujeres han valorado y reconocido su labor, nadie le disputa su condición de pionera del feminismo nicaragüense. Se situó en primera fila a base de tenacidad. Con su ejemplo señaló a las mujeres el camino de su liberación. En jamás admitir la supuesta superioridad del hombre. Sería un acto de traición. Todo lo que hizo la niña Chepita lo realizó con serenidad y aplomo. Sus logros trascendieron Nicaragua. Por eso fue que se ganó el título Mujer de las Américas-1950. La educadora chontaleña Josefa Toledo de Aguerri, sigue marcando rutas. ¡Su pensamiento vive!