Opinion

Una generación alza la mano

Entre entendimientos renovados y viejas memorias nos reconocimos como actores políticos capaces de comunicarnos, proponer y acordar

Es fácil echar una mirada retrospectiva y apreciar con claridad lo que ha pasado en Nicaragua, pero en abril del 2018, cuando corríamos de las balas no imaginábamos muchas de las cosas que viviríamos. Únicamente distinguíamos que el presente se confundía entre escenificaciones del pasado que nos contaban nuestros abuelos. Ante el desvanecimiento del presente, movidos por la indignación, la impotencia, el dolor, la solidaridad, llenamos las calles y las plazas exigiendo cambios y gritando “que se vaya”.

Un año ha pasado desde el inicio de todo y no hemos dejado de luchar por transformaciones, al contrario, conforme ha pasado el tiempo hemos asumido tareas más complejas, una de ellas ha sido construirnos como actores sociales que logren incidir en la reconfiguración del mapa político nacional, al mismo tiempo que velamos por preservar nuestra identidad fuertemente vinculada a nuestra lucha por universidades libres.  

Al enfrentarnos contra dos dictaduras (la de la Universidad y la del país) tuvimos que hacer un par de reconocimientos. El primero sobre nuestra condición humana que, en las formas actuales de desigualdad, discriminación y violencia, se encuentra frágil y vulnerable. El segundo, el reconocimiento del desafío ético, práctico y real que se presenta dentro de estas realidades y experiencias sociopolíticas; es un desafío hacer frente a la violencia institucionalizada que aplasta derechos humanos con acciones no violentas, comunicativas y cívicas que no alimenten la generación concatenada de terror.

Posteriormente, quizás el reconocimiento más importante fue el de nuestro deber, el deber de levantar la mano, tomar la palabra y reconocernos inmediatamente como actores políticos capaces de empujar sus propias demandas, su propia agenda de cambio. Señalo que es tal vez el más importante porque no solo nos obligó a confiar en nosotros, sino a introducirnos en espacios que “no son para chavalos” y en los cuales adoptaríamos tres tareas fundamentales: comunicarnos, proponer y acordar.

La primera tarea que asumimos al emerger como fuerza social, fue la acción social comunicativa; que puede ser entendida como aquella acción encaminada a que diferentes actores busquen razonar sobre determinada situación para así disponer de común acuerdo planes de acción. La acción comunicativa puede considerarse poco importante hasta que valoramos, en un sentido ontológico, que acceder a la palabra es configurar verdades sociales, islas de sentidos y objetos de pensamiento.  Comunicarnos nos lleva a la realización casi inmediata de nuestra segunda tarea, proponer.

Hasta el día de hoy siguen siendo muchas nuestras angustias e incertidumbres, por eso y de cualquier modo es realmente importante transformarlas en propuestas, porque a medida que llevamos proyectos a los espacios basados en nuestras preocupaciones, los grupos de interés empiezan a discutir alrededor de nuestras demandas que son normalmente las del pueblo.

Es bien importante impulsar desde nuestros sentires resoluciones en los espacios. No es una tarea fácil, principalmente si nuestras ideas no se orientan al tradicional pragmatismo político, pero en el reto mismo se constituye la primacía puesto que al alejarnos de las nociones preconcebidas, aportamos nuevas significancias en los procesos deliberativos.

De último encontramos la tarea más interesante, acordar. Debido a la heterogeneidad de intereses que se conjugan en los espacios a menudo tendremos que buscar acuerdos en vista que nuestra fuerza y compromiso tienen una mayor maximización de su utilidad cuando crecemos en capacidades para lograr acuerdos internos de manera integrativa, cuando nos unimos por lo común y facilitamos la superación de tensiones, estando claro que tenemos un fin común “que se vaya”.

Nuestra lucha actual es un sueño de paz y de garantías para vivir y desarrollarnos, es más, es un esfuerzo por encarnar ese sueño, constantemente nos preguntamos ¿Cuándo acabará el 19 de abril?  ¿Cuándo podremos dejar de correr? ¿Cuándo podremos volver a casa? ¿Cuándo dejaremos de ser un pueblo a merced de un poder único armado? Me gusta pensar que será más pronto de lo que espero, pero como sostenía el francés Maurice Durveger: “Para que las luchas se supriman definitivamente, será necesario destruir las causas mismas que la producen” y aún cuando las  causas de nuestra lucha tienen muchas formas (corrupción, abuso, tráfico de influencias, impunidad), solo tienen dos nombres: Daniel Ortega y Rosario Murillo, y hasta que ellos no salgan del poder, hasta que no dejen de secuestrar a Nicaragua, entonces seguiremos en lucha.

Claro está que con su salida no se eliminarán todos los factores de conflictos y es por eso que hoy, y los días venideros aún cuando asumimos estas tareas que pueden leerse un tanto componedoras, no debe caber la menor duda que como estudiantes, permanecemos siempre dispuestos y atentos a discrepar de las lógicas del poder y luchar por los ideales más básicos que todo ser humano debe tener presente: paz, libertad y justicia.

Cuando las causas inmediatas de nuestra lucha se suspendan entonces debemos encaminar nuevos entendimientos sobre la democracia, paz y justicia. La democracia de los años venideros debe ser una en que tras la construcción de mecanismos sólidos las mayorías seamos capaces de limitar y fiscalizar a las minorías en el poder, debemos cortar de raíz el cliché “de la voluntad popular” que acuña democracias representativas que se desentienden de los intereses del pueblo.

En términos de justicia, debemos empezar por una tarea muy simple “reconociendo lo injusto” sin condenarlo. En este sentido me refiero a que no podemos pedir condenas para los asesinatos, sin pedir pena para un tipo que abusa sexualmente de una chica; en sentido de paz el reconocer la alteridad sin reprobarla es muy simple, pero es hacer la paz. Todos los entendimientos ya escritos, se deben a que todo este último año hemos sido testigos de nuestra propia fuerza, pero también de la miseria humana.

Es nuestra herencia urdir los cambios. Los estudiantes siempre han  asumido compromisos con la historia, desde la reforma universitaria de Argentina en 1918, la derrota estudiantil de Franco en 1956, el movimiento estudiantil contra la guerra en Vietnam en 1964, hasta las revoluciones estudiantiles del 68, que iniciaron con el mayo francés en París y se extendieron por toda Europa, llegando incluso a México con el movimiento de 1968 en donde el Gobierno mexicano de aquel entonces denominó al movimiento  estudiantil como un intento comunista de derrocar al Gobierno, criminalizó a sus miembros, los calificó de terroristas, delincuentes como hoy se nos llama a nosotros. Nos muestran que hoy como nunca estamos a la puerta de la construcción de una fresca realidad, estamos a la altura de las convicciones que defendemos, considerando que no tenemos permiso de estar por debajo de, ya que nada de lo que hagamos dará suficiente honra a todos los nicaragüenses que dieron su vida luchando para que Nicaragua sea libre.

Hoy y aún cuando las cosas no parecen avanzar, nos toca a nosotros escribir un nuevo capítulo en la historia, no estamos armados, pero nos basta la tinta y el papel para llegar ahí donde las balas no pueden entrar: la conciencia.

*Estudiante. Miembro de la Coordinadora Universitaria por la Justicia y la Democracia.

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