Opinion

Una novela salvaje

Me gustan las novelas cargadas de inventiva, llenas de truculencia, magia pura. "El Salvaje" es la mejor novela que he leído este año

Pensar que estuve a escasos minutos de privarme de su lectura, la insistencia de la jovencita fue la única razón para haber comprado una novela que no creí satisfaría mis gustos. Era el mes de abril de 2019. Andaba en búsqueda de El escándalo del siglo (2018) de García Márquez. Iba leerlo con un año de retraso. Las distintas librerías que hay en el aeropuerto de Ciudad México no tenían la obra. Cómo disponía de cinco horas antes de embarcarme para Tuxtla, Gutiérrez, compré Memorias de Adriano (2018), la obra majestuosa de Marguerite Yourcenar, una publicación miserable hecha por Gandhi. Mi padre me había ofrecido prestada la suya y le dije que deseaba releerla en una edición digna de su alcurnia. No tuve más alternativa que adquirirla. La había leído un montón de años atrás —en los ochenta— y deseaba transitar de nuevo por sus grandes avenidas. Las relecturas son fecundas. Ofrecen una riqueza sin igual.

En Chiapas no me atreví a buscar el libro de García Márquez, di por descontado que sus librerías lo tuviesen. En Gandhi de Puebla tampoco lo encontré. Indagué si estaba disponible en las librerías Gandhi de Ciudad de México. Preguntaron y tampoco estaba. La última posibilidad era la librería El Sótano. Otra incursión fallida. La jovencita que me atendía volvió a decirme que debía de leer El Salvaje (Alfaguara, 2017) de Guillermo Arriaga. Cuando me enseñó y hojeé el libro sentí una descorazonada. Un mamotreto de 693 páginas editado a 7 puntos. Para enfriar su ánimo pedí que me hablase de la novela. Se plantó frente a mí y comenzó a disertar. Son dos historias, una de ellas transcurre en Ciudad de México y la otra en Canadá. ¿Qué más? Es sobre un perro y un joven que se niega a que el veterinario lo duerma (mate). Tantas páginas para tan poco, pensé. Soy alérgico a los Long Sellers.

Cuando me dirigía a pagar los libros, la jovencita me siguió para decirme que todavía estaba a tiempo de no arrepentirme por haberle dicho que no. Me torció el brazo. Inclúyanla, dije a la cajera. A mí regreso a Nicaragua hice una selección de los libros que invitaban a una lectura inmediata. Desde luego que entre los libros escogidos excluí El Salvaje. En septiembre, cinco meses después, ya había leído la mayoría de libros comprados en Puebla. Fue hasta entonces que decidí acercarme al ladrillo. Mí renuencia se debía a que su lectura resultara un chasco. Apenas había avanzado unas cuantas páginas cuando pensé que se trataba de una historia similar a La noche de los alfileres (Alfaguara, 2016) de Santiago Roncagliolo. Un grupo de mozalbetes asomándose a la pubertad, ratificando los lazos de sangre que les unen y jalándose el pito por primera vez. A propósito, ¿qué ha sido de Roncagliolo? Tengo rato de no saber nada de él.

También la comparé con La ciudad y los perros (Seix-Barral, 1963), una novela en cuya lectura trastabillé. Vargas Llosa desde sus inicios mostró que era un escritor excepcional. El parentesco se debía que los cadetes del Leoncio Prado se masturban frenéticos igual que lo hace la tribu del Cinco, el Pato, el Jaibo y el Agüitas. Aunque comprobé que mayor la afinidad es con La noche de los alfileres. En la medida que me desplazaba por los predios de El Salvaje, descubría su trazado arquitectónico. A la altura de la pagina 48 ya era presa del encanto de su prosa. En la página 68 el vuelco del relato lo torna tan apetecible, comparable con un buen chocolate suizo o un bife argentino. El deleite crecía. Me gustan las novelas cargadas de inventiva, llenas de truculencia, magia pura sobre el entarimado, donde el hechicero parte en dos —frente a nuestros ojos— a la mujer que le acompaña, para luego mostrarla de cuerpo entero.

Un escritor resulta atractivo cuando es capaz de dominar las técnicas de las que echa mano. Cuando no encuentras fisuras en las paredes. Guillermo Arriaga resulta asombroso. El diseño de El Salvaje, es más que seductor. Levanta un edificio de varios pisos sin que jamás te canses de ir escalando grada por grada. Con holgura cruza mares y montañas, riscos escarpados, tormentas de nieve y persecución policial, con la certeza que vas a seguirle porque tienes la seguridad que arribará al puerto deseado. Las historias se suceden a ritmo vertiginoso. Unos tras otras se suceden en cascada.  Los numerosos intercalados son ambientaciones de las que se vale, convencido como está, que sabrá empalmar justamente los relatos. Cajas chinas llaman los entendidos a esta manera prodigiosa de abrir puertas y puertas, cuando creías que la narración había tocado fin. Desarrolla la trama como un virtuoso del oficio.

En El Salvaje hay dos estrategias narrativas, en primera persona en el caso de las angustias, muertes, tribulaciones, desengaños y firmeza que asume su vida Juan Guillermo. Arriaga le encomienda hacerse cargo de ofrecer las peripecias que debe pasar para vengar la muerte de su hermano Carlos. Un asesinato a manos de unos jovencitos convencidos por un sacerdote, que creía justo matar a los descarriados. Nunca hubo asomo de atraer a las ovejas negras hacia el redil. Estaban en una cruzada —santa desde luego— contra aquellas personas que consideraban no merecían entrar al reino de los cielos. Son los abanderados de Dios sobre la tierra. Esos mismos que un día Beltrán Morales dijo que aprendían a sacar punta a los crucifijos para matar comunistas. Una historia llena de encontronazos. Cruel. Hay más humanidad entre quienes merecían irse al infierno, que entre los apóstoles del desencanto.

La otra secuencia es asumida por un narrador omnisciente, un relato que forma parte sustantiva de la historia contada por Juan Guillermo. La unidad narrativa proviene de su oposición a que Colmillo, un lobo puro, fuese muerto por un veterinario. El lobo es hijo de Nujuaqtutuq, jefe de la manada, a quien dio caza Amarut, hijo de Chuck Mackenzie, con una mujer de la tribu inuktitut en Canadá. Es amaestrado gracias a los consejos recibidos de Sergio Avilés Garza, domador y condueño de un circo. Arriaga narra con solvencia de atrás hacia adelante. A sabiendas de lo que vendrá después, la narración resulta sorprendente. Como las partituras magistrales, la obra va en crescendo. La muerte de Carlos y el accidente automovilístico en el que mueren sus padres, acontecen desde el principio. No por eso decae la tensión ni el interés por conocer el desenlace. Siempre estamos frente a nuevos descubrimientos.

La terquedad de la joven me obligó a leer la que considero la mejor novela que he despachado durante este año. Ni Tiempos recios, ni Sidi, ni Mañana tendremos otros nombres, ni El vendedor de silencio, ni El libro secreto de Frida, ni Cicatrices de la memoria, para citar seis novelas que he leído últimamente, carecen del peso y consistencia que posee El Salvaje. No puedo pasar por alto la referencia tangencial que hace Arriaga de La casa verde (Seix-Barral, 1966), sabedor que su novela tiene la misma construcción arquitectónica que utilizó Vargas-Llosa para legarnos una de sus novelas más sólidas. En ambas hay dos historias paralelas que al final convergen en una misma dirección. Técnica común en Vargas-Llosa. Con la salvedad que el Jaibo, el amigo de Juan Guillermo, al leer la primera página de este libro se lo devolvió diciéndole. “No se entiende ni madres”. ¿Crítica para un lector poco acostumbrado o una filosa estocada al peruano?

A diferencia de lo que me ocurrió con la novela de Julia Navarro, Una historia canalla (2016), un fárrago insípido, donde la novelista piensa que a fuerza de nombrar canalla al relacionista público —eso es lo que era, aunque pretenda hacérnoslo pasar por periodista— no alcanza su cometido. Una historia tediosa. Alargada hasta el aburrimiento, no dibuja los perfiles de un auténtico canalla. La novela de Arriaga está salvaje como dirían los jóvenes de ahora. Destila erudición. Recurre a las citas sin atosigarnos. Cada quien inventa a sus predecesores —según gustaba decir el compadrito Borges—. Sin ninguna otra pretensión que mostrar sus raíces, Arriaga pone de manifiesto su linaje, no por la forma de acercarse a los autores, más bien por la familiaridad y complacencia de rendirle homenaje, trayéndoles de regreso en esta obra con la que cimenta su calidad, su indiscutible talento y maestría. Un encantador de serpientes. Gracias jovencita. Tal vez nunca te enteres que te debo una y de las buenas. De las que no se olvidan.

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