Opinión

El valor de las convicciones

La evasión de las convicciones revolucionaria creó la expresión orteguista del oportunismo, que todos conocemos



Además de la convicción de que la justicia y el derecho sustentan sus luchas de liberación, los pueblos deben tenerla también respecto a que el triunfo de su causa depende en un alto porcentaje de la convicción que tengan acerca de que no hay ni habrá razones que puedan hacer desistir a sus adversarios de montar sus agresiones contra todo proceso revolucionario. Tal convicción fortalece la defensa de su causa y de la ideología en la que se sostiene. La fortaleza en sus convicciones, es y será la mejor arma que los pueblos pueden tener, y la cual deben cuidar y fortalecer para conocer las maniobras de sus enemigos para poder enfrentarlas de mejor manera.

Así sabrán que cuando a los enemigos no les resultan exitosas las vías de la agresión económica, las presiones políticas, los chantajes diplomáticos ni las campañas calumniosas de su ejército mediático internacional –el propio y el voluntario— no tendrán ningún impedimento moral a la hora de recurrir a las agresiones armadas. Y también cada pueblo estará mejor preparado para combatir cada una de las maniobras a las que el imperio y sus aliados internos pueden recurrir en cualquier momento.

El ejemplo que ofrece el pueblo cubano con sus 58 años de resistencia frente al imperial y agresivo vecino, durante los cuales ha enfrentado todas las formas de agresión conocidas, es porque en ningún momento ha dejado de tener la convicción de que Estados Unidos no cesará de agredir su proceso revolucionario y a su dirigentes, y que lo hará en el momento que muestre alguna debilidad en su defensa. El pueblo venezolano también viene dando su propio ejemplo durante los 19 años que lleva resistiendo todas las formas de agresión, o casi todas, porque solo ha faltado la agresión armada directa.

Sin embargo, le han mantenido una violencia terrorista en las calles y contra sus fuentes de alimentación, buscando crear las condiciones para que Estados Unidos responda al llamado de la derecha interna para que se decida llevar a término sus amenazas de agresión armada. Se lo han pedido a George W. Bush, Barak Obama y Donald Trump, quien ya midió la distancia donde se ubica geográficamente su víctima, y ha encontrado que “no está muy lejos” de sus bases militares. Venezuela no ha pasado inadvertida ninguna de las agresiones, y en todas ha obtenido el apoyo mayoritario del pueblo, lo que da para imaginar que tampoco una agresión armada extranjera quedaría sin la respuesta popular.

Es natural que también existan ejemplos contrarios a esos dos ejemplos, en donde la respuesta popular ha sido tan débil como la conducta de algunos de sus dirigentes. Y ninguno de estos ejemplos más conocido que el de nuestra frustrada revolución sandinista (1979-1991), contra la cual el imperialismo utilizó todos los mecanismos de agresión conocidos. Sin embargo, con ninguno pudo cumplir sus propósitos. Pero se lo proporcionó la pobre convicción y el poco arraigo que las ideas revolucionarias tuvieron en la conciencia popular. Ni siquiera todos los miembros de la dirección nacional tuvieron la convicción ideológica al nivel de las situaciones planteadas al país, por la agresión de los gobiernos estadounidenses y sus aliados internos.

La mayoría del pueblo y sus líderes tuvieron las agallas de enfrentar y derrotar a los herederos de la última intervención militar yanqui, enquistados en el poder durante más de cuarenta años. El pueblo aguantó hambre por la escasez provocada por los sabotajes económicos, incluido el embargo, las agresiones diplomáticas y pudo resistirlo todo, a pesar de que la dirigencia nacional contribuyó con sus errores y alguna conductas aberradas.

Pero no hubo la capacidad de resistencia a las agresiones de tipo ideológico contrarrevolucionario, porque el pueblo no había tenido tiempo de ser armado de un pensamiento revolucionario capaz de contrarrestar las campañas –que ahora se dicen “mediáticas”, pero que son ideológicas también— de la derecha interna, incluido un sector religioso reaccionario. Esa derrota ideológica no pudieron contrarrestarla muchos de los más altos líderes de la revolución, menos los líderes intermedios, y la derrota ideológica de la mayoría de la población condicionó la derrota electoral de 1990. O sea, que la derrota ideológica, fue previa a la derrota electoral.

En especial, faltó la convicción ética revolucionaria en parte de la dirigencia para no caer en el oportunismo económico iniciado con la apropiación de bienes públicos. De eso se derivó la floja resistencia frente a las agresiones ideológicas, y de ello a su vez, emanó un fenómeno más perjudicial para el actual y el futuro del proceso revolucionario nicaragüense, consistente en que la derrota en lo ideológico, convirtió a viejos guerrilleros en practicantes de estilos capitalistas en la política desde antes que volvieran al poder en el año 2007 con la alianza política oportunista de Daniel Ortega con Arnoldo Alemán, precursora de su actual alianza con el gran capital.

Esa evasión de las convicciones revolucionaria creó la expresión orteguista del oportunismo, que todos conocemos. Y lo practica usando como máscara la frase y las declaraciones “revolucionarias”, sin semejanzas con la realidad. Pero también hubo casos de individuos que en su tiempo de revolucionarios se lucían recitando a Marx y a Lenin por todo y ante cualquier situación, y ahora en los medios de comunicación son exponentes de las idas reaccionarias propias de las clases dominantes tradicionales, e incluso, se sitúan más a la derecha que estas, porque se esmeran pensando que así pagan su cuota de admisión en el club de los anticomunistas por tradición y por intereses de clase. Son una especie de fámulos ideológicos de los capitalistas.

Son dos ejemplos del final lógico de los derrotados ideológicos: el oportunismo y la adopción de las ideas del adversario. Conocer estas lecciones que dejan los éxitos y las derrotas, ayuda a darse cuenta de que no basta tener la razón ni contar con el derecho para resistir con dignidad frente a cualquier agresión. Hace falta la convicción ideológica y actuar en coherencia con ella.