Opinión

El recurso del que echa mano es la técnica del dato escondido, subterfugio aprendido de Hemingway

Vargas Llosa se confiesa



A Danilo Aguirre Solís

Con el pasar de los años, Mario Vargas Llosa se ha convertido en profesor invitado —casi permanente— de la Universidad de Princeton. Doble privilegio. Para sus alumnos y para la misma universidad. La excelencia del peruano como conferenciante la ofrecen los libros escritos como una derivación de los cursos impartidos, actividad a la que igualmente se entregaron Carlos Fuentes, Octavio Paz y Julio Cortázar. Vargas Llosa se diferencia por la sistematicidad con que lo ha hecho en renombradas universidades estadounidenses y europeas. La tentación de lo imposible, (Alfaguara, 2004), extraordinaria incursión sobre la vastedad de Los Miserables de Víctor Hugo y Viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, (Alfaguara, 2008), un recorrido a fondo sobre la narrativa del uruguayo, son mojones que refrendan la conjunción del ensayista con el catedrático universitario. El creador rindiendo homenaje a sus pares.

En 2015 regresó a Princeton para impartir, junto con el profesor mexicano Rubén Gallo, un curso sobre literatura y política en América Latina, con la intención de analizar la respuesta de la novela a los grandes acontecimientos históricos del siglo veinte. Tema acuciante y esclarecedor. Creo que la novela ha hecho más por los cambios y transformaciones que los textos de sociología. La crítica de las dictaduras ha sido feroz. Sin recogimiento ha develado sus tropelías y expuesto sus crímenes, desdibujado sus rostros. Las cicatrices que han dejado sobre el tejido de las sociedades latinoamericanas pueden verse. La trilogía escrita por Augusto Roa Bastos (Yo, el supremo, 1974), Alejo Carpentier (El recurso del método,) y Gabriel García Márquez (El otoño del patriarca, 1975), pertenecen al subgénero latinoamericano conocido como novelas sobre los dictadores. La apuesta marca un hito. Un proyecto inconcluso.

Antes que los tres novelistas desenmascararan las múltiples variantes a las que recurrían y recurren los dictadores —en una región plagada por una especie refractaria a toda extinción— Mario Vargas Llosa había publicado Conversación en la Catedral (1969). La había comenzado a escribir en Londres. Los miembros del boom se habían planteado en 1967, abordar a Los Patriarcas, Los redentores o Los benefactores, para hacer una profanación de los profanadores, como dijo Carlos Fuentes, impulsor de esta iniciativa. Con mala leche se asignó a Alejo Carpentier, a Batista, Fuentes se ocuparía de Santa Anna, García Márquez lo haría con Tomás Cipriano de Mosquera, Otero Silva de Juan Vicente Gómez, Cortázar de Eva Perón, Roa Bastos de Francia, Vargas Llosa escogería entre Prado y Sánchez Cerro. ¿Debemos pensar finalmente que se decidió por Manuel Odría? Sus excesos aparecen en Conversación en la Catedral.

Durante todo un semestre —estudiantes y profesores— pasaron debatiendo los martes por la tarde, Conversación en la Catedral, Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero, El pez en el agua (sus memorias; todavía le tienta completarlas, ¿lo hará?) y La fiesta del Chivo. El profesor Gallo se dedicó a armar las confesiones de Vargas Llosa, para verterlas en Conversación en Princeton, (Alfaguara, 2017). Incluyó tres capítulos, Teorías de la novela, Periodismo y literatura y La amenaza del terrorismo en el siglo XXI. Vargas Llosa sienta una premisa. Los problemas sociales tienen mayor impacto “cuando llega a los lectores a través de historias que conmueven, sin apelar únicamente a la razón, sino también a los sentimientos, a las emociones, a los instintos, a las pasiones, mostrando de una manera mucho más vívida que un ensayo lo que significan la pobreza, la explotación, la marginación y las desigualdades sociales”.  Tesis compartida por algunos novelistas.

Existe un aspecto que desde hace algunos años obsesiona a los escritores de ficción. Están convencidos que con el pasar de los años se irán desdibujando la línea tenue que separa a la historia de la literatura. Vargas Llosa piensa de manera igual. Aun cuando son dos oficios distintos, “hay momentos en que se aproximan y se funden o confunden”. Pone como ejemplo clásico, La guerra y la paz de León Tolstoi. El autor ruso reconocía que su novela era absolutamente fiel a la historia. Vargas Llosa agrega que la tesis de Tolstoi obedece a que estaba convencido que “los historiadores falsean la realidad tanto como un novelista”.  El peruano cree que los historiadores fabrican héroes siguiendo los mismos procedimientos que el escritor usa para crear a sus personajes. No está demás subrayar que siempre he pensado que la película Corazón valiente, dentro de poco será considerada como la verdadera historia de la lucha emprendida por William Wallace.

En el capítulo referido al periodismo y la literatura, Vargas Llosa insiste en criticar el periodismo dominante. La frivolización contamina por igual a los grandes medios. Las exigencias del mercado lo inducen a hacerse cargo de temas que en otro momento hubiesen sido obviados o pasados por alto. El Times y el Daily Mail quedaron atrapados entre las redes de la banalidad. La reducción o disminución de espacio — cáncer que pareciera incurable— comprimiendo artículos, crónicas y ensayos a la mínima expresión, no deja de sorprenderle. El goce que me produjeron las referencias al periodismo y sus nexos con la vida bohemia, me llevaron a evocar a Danilo Aguirre Solís, último de su especie. Vargas Llosa se desliza por el lado de los estragos que provoca en los creadores, tomar tragos hasta el amanecer, alcancé ver la cola del cometa: Danilo hizo sus últimos disparos durante el primer quinquenio de los setenta.

No dejan de ser fascinantes —y un tanto preocupantes— sus anatemas contra la censura periodística. Tomando como referencia a la dictadura de Odría, recuerda que la censura la ejercían los dueños de los periódicos, para no mal disponerse con el dictador. Los reporteros hacían lo mismo. Las decisiones desembocaban en la autocensura, “que terminó siendo más importante y más nefasta que la censura oficial”. Después de haber vivido esta experiencia, Vargas Llosa está convencido que desde “el momento que se establece la censura, se produce inmediatamente la autocensura, que siempre es uno de los efectos más perversos de una dictadura”. Sus disquisiciones son apabullantes. La autocensura es lo peor que puede ocurrir en una sociedad. “Se trata de un censor que uno lleva dentro”. La manera que agrede al periodismo resulta letal. A la hora de escribir surgen temores. Indecisiones y titubeos. La autocensura termina paralizándole.

Las relaciones entre literatura y censura forman parte de una larga historia a lo largo del tiempo. Los censores —esas criaturas a las que encargan escudriñar y ejercer el papel de interpretes de quienes critican— se lanzan a una cacería despiadada. El retrato que hace de estas personas Vargas Llosa, no deja de ser realista. Buscan “el pecado, la falta, la disidencia, y si no aparece hay que inventarla… el censor vuelca sus propias fobias y prejuicios personales sobre los libros que lee”. Es capaz de verle las patas a las culebras. Todo le parece sospechoso. Crean listas y las alargan hasta el infinito. Piensan que son expertos en leer en entre líneas textos que no requieren este tipo de lectura. En su mentalidad enfermiza toda crítica les parece un insulto. Creen que detrás de un artículo, ensayo o crónica, vienen agazapados arcabuces, morteros o una potente carga de nitroglicerina. Todo por no coincidir con el molde a mano.

La escogencia de Conversación en la Catedral y La fiesta del Chivo, se enmarcan dentro de esa corriente palpitante, navegada con celo por Vargas Llosa. El análisis que hacen los estudiantes y el profesor Gallo sobre la estructura y técnicas literarias utilizadas por el portento en Conversación… son tan importantes como los estímulos recibidos por la realidad opresiva impuesta por Odría. El arquitecto que siempre ha sido Vargas Llosa, construye un edificio que acoge en un pequeño espacio, lo que pudo haber sido una novela demasiado extensa. Cuenta de manera precisa los cambios, vueltas y regresos que tuvo que realizar, hasta encontrar la forma más adecuada de ofrecer un conjunto sólido. El acabado demanda de los lectores la más grande atención y su mayor pericia. Los cortes temporales, cambios de voces narrativas y los flashbacks, confieren un estatuto singular a Conversación… El laberinto es fascinante. Una aventura fascinante.

Confiesa a estudiantes y profesores que su interés consistía en hacer un retrato de la realidad peruana, bajo el régimen opresivo de Odría. Siendo joven comprendió que la dictadura afectaba hasta las actividades más alejadas de la política. La vida familiar, la vida profesional, las vocaciones, todo queda infectado. Su juicio es demoledor. Si una buena persona quiere salir adelante en ese mundo, se ve obligada a hacer concesiones morales, cívicas, políticas. La fiesta del Chivo completa el conjunto arquitectónico a través de una de las dictaduras más longevas y terribles en el ámbito latinoamericano. Vuelve a decirnos algo que me parece pertinente. “Aunque parezca mentira, la realidad fue mucho peor de lo cuento en la novela”. Algo similar había dicho en su momento García Márquez. Las sorpresas y maravillas escondidas detrás de la realidad de nuestros países, eximen falsear la realidad. No es necesario exagerar. Nada es inverosímil.

En el muestrario de Trujillo, basta recordar el efecto embriagador que le produjo Manuel de Moya Alonzo. Al conocerlo en Nueva York, el dictador lo contrató y nombró en el acto como asesor de atuendo. Siendo escogido por el generalísimo como ministro de Obras Públicas, su verdadero oficio era el de ministro de placeres de Trujillo. Las novelas sujetas a escrutinio en Princeton, tienen un denominador común. Es la realidad real y verdadera la que dispara la imaginación de Vargas Llosa. Un mundo alucinante, insólito, discurre insuflado por la magia desbordante del deicida. La variante entre Conversación en la Catedral y La fiesta del Chivo, consiste que en la primera no retrata a Odría y en la segunda, dibuja de forma meticulosa a Trujillo y sus infamias. Conversación en Princeton, ayuda a conocer la fuente nutricia del peruano. También permite acercarnos al conocimiento de sus técnicas literarias más preciadas.

Igual procedimiento utiliza en Historia de Mayta y en ¿Quién mató a Palomino Molero? Los hechos desatan su imaginación. Viviendo en París, en los turbulentos años sesenta, se entera de un episodio ocurrido en Perú. El protagonista —confiesa a profesores y estudiantes— es un viejo militante revolucionario. Seducido por un teniente de policía, emprende la lucha armada. El día de lanzar la revolución, todos los conspiradores desaparecen, quien reaparece es Lituma, personaje entrañable. Víctima de sus propios demonios, en El héroe discreto (Alfaguara, 2013), Vargas Llosa le trae de regreso. En ¿Quién mató a Palomino Molero?, la historia la inventa a partir de un dato único: un soldadito muerto atrozmente. Lituma vuelve. No hay manera que el peruano se despegue de la realidad. El recurso del que echa mano es la técnica del dato escondido, subterfugio aprendido de Hemingway. Sus confesiones resultan esclarecedoras. Un legado complementario dentro de su vasto universo narrativo.