Opinion

Véanme, luego existo

Estamos en otra etapa de la historia de la humanidad. La videosfera se instaló en detrimento de grafosfera.

En un mundo donde los medios decidían qué publicar u omitir, la llegada de las redes significó un cambio radical en el manejo de la imagen. En el momento mismo de su apoteosis, millones de personas disgregadas por el mundo, encontraron el sucedáneo para salir del anonimato y gritar a cuatro vientos: véanme, existo. El viejo axioma —ver para creer— fue revalidado y esta vez con creces. Multitudes delirantes todos los días suben su imagen en las redes. No importa si estas carecen de valor. El solo hecho que decenas o centenares de usuarios las comenten o expresen que les gustan, resulta suficiente para satisfacer su ego. Estamos en otra etapa de la historia de la humanidad. La videosfera se instaló en detrimento de grafosfera.

Atrás quedaron las advertencias y señalamientos de los expertos previniendo sobre la impostura de la imagen. Durante la última década del siglo recién pasado, politólogos, filósofos, sociólogos, semiólogos y especialistas en comunicología (nueva disciplina creada por Regis Debray), creyeron indispensable someter a críticas y cuestionamientos el endiosamiento de la imagen. Las diferentes procedencias no fueron óbice —sino todo lo contrario— para que hicieran causa común, exigiendo desde sus posicionamientos, cuidarnos de no incurrir en el despropósito de dar de baja a la razón, ante el entusiasmo inusitado de otorgar como tontos, credibilidad absoluta a todo cuanto vemos. El ascenso de la imagen supone nuevos desafíos.

Los más severamente golpeados siguen siendo quienes están al frente de los medios impresos. El monopolio informativo fue desfondado. Nada fue igual a partir de entonces. La creación de Facebook (2004) por Marck Zuckerberg, implicó una explosión de magnitud copernicana. Ofrecía —sin costo alguno— la posibilidad de conectarte con tus amigos y abrió también la oportunidad de ensanchar al infinito nuevas amistades, no importando en dónde estuviesen localizadas. Por vez primera la imagen podía irradiarse sin la intermediación onerosa de los medios. Cada quien se encargaría de decidir y gestionar cuáles fotografías consideraba conveniente diseminar por las redes sin cortapisa alguna. Nadie podría interferir más en sus decisiones.

La llegada del fotoshop fue un agregado valiosísimo para colmar los deseos de los usuarios, en sus deseos de manipular las fotografías y tornar más apetecible su imagen. El uso del fotoshop se convirtió en pandemia universal, únicamente comparable con la enfermedad del siglo veintiuno: las selfies. A los fotógrafos les fue arrebatada la prerrogativa de maniobrar imágenes. Actrices y actores decidieron maquillar sus fotografías. A la vez surgieron decenas de entrometidos develando su impostura. Las Kardashian han sido ridiculizadas decenas de veces. En igual despropósito ha incurrido Katy Perry. Lady Gaga, en fotografías publicadas por Versace, son ostensibles las diferencias entre las normales y las retocadas.

Las objeciones no han sido suficientes como para dar de baja el abuso sistemático del fotoshop. Desplazándose al compás de la imitación —una derivación propiciada por los medios, según acreditó el desaparecido Mauro Wolfe— millones de personas diariamente se dan a la tarea de redefinir sus fotografías con el ánimo de lucir mejor. Los escándalos surgidos por tanto abuso no han paralizado el ánimo de los adictos. Nada atempera su determinación. Los chascos, simples tropiezos. Vale la pena tomarse riesgos con tal de lucir un cuerpo bien delineado y un rostro embellecido. Nadie quiere quedarse rezagado en la competencia por aparecer esplendorosas, provocativas, deseables. Si las grandes lo hacen, ¿por qué nosotras no?

La irrupción masiva de la imagen se convirtió en viral, cualquier momento o circunstancia resulta valedero para hacerse una selfi. El usuario menos informado es capaz de detectar la vanidad y la compulsión que priva en los adictos a publicar hasta tres o cuatro fotografías suyas diariamente. La fascinación es de magnitud inconmensurable. Cantidades de personas toman sus selfies en los inodoros. Como antaño, no solo acuden a arreglar su peinado y a retocar el maquillaje, asisten con la intención de plasmar la fotografía. A una de mis alumnas contabilice más de tres mil fotografías. Sin pretenderlo —¿será? — ha documentado gráficamente su vida en la universidad. Ninguna fue tomada en las aulas de clases.

Otras se muestran provocando infartos. No hay duda que lucen bellas. Muchas, tímidas hasta más no poder, ponen a un lado el recato, asistiendo a sesiones interminables de fotografías. Se trata de una manera de llamar la atención y lucir sus atributos. Algunas jóvenes se han convertido en modelos. Aparecen con los accesorios de marcas de renombre universal. En el ámbito casero ocurre algo parecido. Son contratadas con la seguridad de que con su belleza atraerán a una clientela selecta. Sus registros diarios luciendo vestidos de baños o bikinis, las han convertido en habitué. Entre mayor el número de seguidores en las redes sociales mayor la paga recibida. A eso apuestan, desnudándose.

Facebook ha lanzado al estrellato a millares de personas, pasando a ser ídolos e iconos momentáneos, la fama llega y se esfuma con igual rapidez. La manera de sangrar a quienes desbarran ha sido a través de la proliferación de Memes. En el argot de los asiduos, escalar las alturas de la forma en que lo hacen, fue bautizada como fama relámpago. Estamos expuestos a navegar entre un montón de naderías y en ocasiones comprobar cómo la estupidez es celebrada mundialmente por millones de internautas. Ejemplo emblemático, la youtuber canadiense Inanna Sarkis. Salió en las redes bailando la canción de Scooby Doo PaPa, en un abrir y cerrar de ojos alcanzó siete millones de seguidores en su plataforma en YouTube. Todo un sinsentido.

Al haber alcanzado millares de incondicionales, que embobados siguen sus desplantes, dos jóvenes periodistas que trabajaban para la televisión, decidieron crear sus propios canales en YouTube. Una de ellas terminó desertando ante los cienes de miles de seguidores. Algunos maliciosos aducen que se trata de bots. Al fin y al cabo, a este mismo mecanismo recurren artistas y cantantes afamados de diferentes nacionalidades. Ganan por mostrarse la mayoría de las veces semidesnudas. Haciendo nuestra la expresión de Susan Sontag, no olvidemos que todos somos mirones. Nos gusta ver y ser vistos. En los tiempos que corren entre menos ropas llevan puesta, mucho mejor. Para Roland Barthes, el secreto de la belleza consiste en insinuar.

Sacadas del anonimato y visibilizadas, hay quienes se escudan en las redes para denigrar, ofender y vituperar. Juegan por partida doble. Constituyen la otra cara de la moneda. Se muestran, pero a la vez se ocultan para calumniar o convertirse en delatores. Las redes son el nuevo panóptico. A través de ellas pueden ver sin ser vistas. La pérdida de la privacidad es auspiciada de forma frenética. Escondidos o agazapadas —desde los centros de poder— se dedican de tiempo completo a registrar los más mínimos gestos de las personas. Parapetadas bajo nombres falsos espían con delectación para poder construir el perfil de los entusiastas de las redes y disparar a mansalva. Asistimos a nuevas formas de espionaje. Todos estamos advertidos.

Desde cualquier perspectiva, el dominio de la imagen —su consagración definitiva— ha supuesto una nueva forma de relación con el mundo. Cómo apunta Umberto Eco, el valor dominante en la sociedad contemporánea es volverse visibles, atributo proporcionado por las redes. La sentencia de Descartes —Pienso luego existo— luce para muchos herrumbrada, pasada de moda. El bien principal, muchas veces igual o superior al sexo y al dinero, es aparecer. No importa cómo. Debido a su carácter democrático todos podemos acceder a ellas. Para muchísimas personas la existencia de cada quien está en función de figurar o aparecer en las redes sociales. En la medida que soy visto adquiero carta de ciudadanía. Véanme, no hay duda que existo.

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