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Política

Rosario Murillo se convierte oficialmente en la sucesora constitucional de Daniel Ortega

Vicepresidenta por “el poder de dios”

Murillo

Crónica de una toma de posesión que consolida un gobierno familiar, corporativista y místico-religioso



Cuando Daniel Ortega volvió a la tarima central a retomar su puesto, después que lo invistieran por tercera vez consecutiva como presidente de Nicaragua, Rosario Murillo lo besó, se apartó de él, pero de inmediato extendió su mano izquierda sobre el hombro derecho de su marido. Los delgados dedos aprisionados por anillos acariciaron la banda presidencial azul y blanco. La mirada picarona de la primera dama era elocuente. ¿Qué pensaría en ese momento Murillo? ¿Qué le habrá querido decir a su esposo? “No pudo soportar la tentación de recordarle que es también de ella”, ironizó la exguerrillera sandinista Dora María Téllez.

Minutos antes, el nuevo presidente de la Asamblea Nacional, el sindicalista Gustavo Porras, también había investido a Rosario María Murillo Zambrana como vicepresidenta de la República. Hombre y mujer, esposa y marido: la pareja asumía el control total del poder en Nicaragua. La sucesión constitucional del Ejecutivo quedaba de forma oficial en la familia Ortega-Murillo.

“Juro con el poder de Dios, encomendándome a Dios”, respondió Murillo a Porras al tomar la promesa de ley. Camila Ortega seguía de cerca a su madre; la asistía. Ella disimulaba la sonrisa. Murillo no: estaba pletórica. Tras múltiples complicaciones a lo interno y fuera del Frente Sandinista, la primera dama imponía de forma constitucional su poder e influencia. Fue su momento. ¿Cuánto lo esperó y deseó en la vida? Esa noche besó y abrazó dos veces a Ortega. El primer acercamiento sucedió cuando entre las manos llevaba el documento que la acreditaba formalmente en el cargo. Fue efusiva. Se abalanzó sobre él. La Plaza de la Revolución —repleta de la Juventud Sandinista, funcionarios del partido, del Estado y de gobiernos locales— ovacionaba.

En esta misma plaza, hace 38 años, los nicaragüenses celebraron la derrota de la dinastía familiar de los Somoza: padres e hijos sucediéndose en el poder por medio de la fuerza, coacción, prebendas y triquiñuelas políticas. La historia ha transcurrido —como un círculo que lleva al mismo punto— hasta este diez de enero de 2017, con la diferencia de que se instalaba y no se iba otra dinastía familiar, según los críticos de la administración orteguista.

La plaza de aquella mañana del 20 de julio de 1979 es distinta. Ha sido remozada. Hay a un lado mausoleos de quienes hicieron la revolución. Una casa presidencial abandonada por las supersticiones de la primera dama. El Palacio de la Cultura (antiguo Congreso) con propaganda del régimen de Ortega en su fachada. La vieja y agrietada catedral de Managua, que era sacudida por el sístole y diástole de las enormes bocinas que sonaban las canciones de propaganda de Ortega, las escritas por Murillo. Pero también la Camerata Bach interpretaba las canciones revolucionarias de los Mejía Godoy, ésas que recogen el afán de aquella Nicaragua por librarse del yugo somocista.

Era una tarde diáfana. Un cielo celeste y despejado. El aire proveniente del Xolotlán refrescaba. Fue un día de suerte para Murillo. En su alocución diaria al mediodía, deseó que la llovizna prevista para la tarde no cayera. “Ojalá se equivoque Fidel y los compañeros con el pronóstico. Vamos a tener una bonita tarde”, dijo.

Fidel se equivocó, gracias a dios, como suele decir ella. Allí estaba Fidel Moreno (el secretario de la Alcaldía de Managua) organizando toda la logística del acto en la plaza. Siempre con el celular pegado en la oreja, dando órdenes: Fidel corriendo de un lado a otro. Fidel indicando dónde colocar casi a última hora las flores multicolores, que llegaron en tres tinas plásticas y una caja de cartón. Fidel velando porque la alfombra del podio central estuviera lisa, sin arrugas. Fidel acomodando a los miembros de la Juventud Sandinista en las sillas vestidas de blanco. Fidel después animando a ovacionar, cuando el discurso de una hora y 18 minutos del comandante Ortega tenía bostezando y dormidos a muchos jovencitos uniformados con la camisa del eslogan “2017, Tiempos de Victorias”. ¡Fidel, Fidel por todas partes! Hacía quedar pequeños a Bosco Castillo, ministro de la juventud, y a Carlos Mejicano, el fiel escudero de Murillo en las tarimas.

Pero a Fidel no lo seguían dos guardaespaldas —uno de ellos Policía— como a Maurice Ortega Murillo. El hijo de los investidos y director de Canal 13 dirigía de forma personal la transmisión del evento. Maurice hacía señalamientos al controlista situado en el atrio central de la Catedral. Por ejemplo, que la bandera de Nicaragua ondeando apareciera muy seguido en la transmisión, y se disolviera para mostrar los rostros de los invitados: El cuerpo diplomático acreditado en el país. La jefatura de la Policía Nacional. La comandancia del Ejército. Los nuevos diputados de la Asamblea Nacional (entre ellos un sonriente Byron Jerez). El Nuncio del vaticano Fortunatus Nwachukwu. Los presidentes de las cámaras empresariales, José Adan Aguerri y Roberto Sansón junto con Bayardo Arce, en consenso.

Entre los invitados internacionales estaba el número tres del régimen de Corea del Norte, Choe Ryong-hae, el Ministro del Interior de la Federación de Rusia, Vladimir Kolokoltsev, y expresidentes como el hondureño Porfirio Lobo y el salvadoreño Mauricio Funes. En estos días exiliados en Nicaragua, Funes luce más barbón. ¿Quién diría que al final de la toma de posesión el presidente Salvador Sánchez Cerén saludaría con sobrada amabilidad a Funes, investigado por corrupción y enriquecimiento ilícito?

Solo cinco jefes de Estado acompañaron a Ortega en la tarima principal: Nicolás Maduro (Venezuela), Evo Morales (Bolivia), Miguel Díaz-Canel (vicepresidente de Cuba), Juan Orlando Hernández (Honduras) y Tsai Ing-Wen (China Taiwán), quien llegó al país con una batería de periodistas que alcanzaban en cuatro microbuses. Antes de que todos los invitados hicieran su ingreso, uno de esos periodistas pedía permiso para ir a orinar. Llevaba ya buen tiempo en la tarima habilitada para la prensa. Pero el protocolo era claro: prohibido ir al baño. Quienes podían moverse con libertad eran los periodistas oficialistas, que fueron uniformados de guayaberas blancas para distinguirlos de la prensa vetada al acceso a los funcionarios públicos.

—¡Pipi. Derecho humano!— reclamó el asiático con farragoso acento. Otros periodistas independientes le contestaron, en tono de broma, que los derechos humanos no eran muy respetados en la Nicaragua de Daniel Ortega. Al final, tras insistir, el taiwanés pudo salir de la tarima. A esa hora, Roberto Rivas y Lumberto Campbell ya ingresaban en la tarima central. Igual la Junta Directiva del Parlamento, electa el día anterior. Gustavo Porras a la cabeza, vestido de blanco, muy sobrio. Llamaba más la atención Wilfredo Navarro: traje níveo, corbata y pañuelito color rojo sangre desbordando elegantemente la bolsa izquierda. Luego ingresó Laureano Ortega: conjunto azul marino y sedoso. Zapatillas negras resplandecientes de corte italiano. Con una carpeta bajo el brazo, el promotor de inversiones saludaba a los invitados especiales.

Pronto aparecieron Murillo y Ortega acompañados de los jefes de Estado. El aplauso atronó. Una representación de los bailes típicos del país despuntó la toma de posesión. A Maduro, el bailarín de “La Hora de la Salsa”, lo intrigaron los compases del baile del Güegüense. Trataba de marcarlos con un movimiento de cabeza, pero el cambio de ritmo lo desconcertó. Cesó. Pero cuando sonó el tradicional son nica de Camilo Zapata, Maduro se animó de nuevo. Movía los hombros pero siempre divorciado del ritmo. No es en clave de la salsa, pana, es “camileado”. El mandatario venezolano lució histriónico todo el acto, moviéndose en la silla entre Ortega y Morales, ofreciendo anotaciones musicales. No parecía que hace unas horas la Asamblea de su país lo había acusado por abandono del cargo.

La sesión solemne de la Asamblea Nacional inició tras los bailes. Lacónico, el diputado Porras inició la investidura. Primero Murillo, luego Ortega. Con la banda azul y blanco puesta, Ortega tomó la mano de Porras y la alzaron juntos. El jefe del Parlamento perdió la compostura y el júbilo lo obnubiló. Lanzó con su brazo un zarpazo al aire, y abrazó al caudillo sandinista. Cuando Ortega regresó a la tarima, y tras ser felicitado por los mandatarios, Murillo lo besó por segunda vez. Le tocó el hombro y fijó su vista en la banda azul y blanco por cuatro segundos. Si llegara a faltar el Comandante, ella sabe que esa banda colgará de su pecho.