Opinion

Vidas de reporteros: homenaje a la amistad

En 20 años haciendo periodismo, la reportería nos ha regalado una vida de emociones.

“Quien tiene alegría ya ha recibido el premio máximo”.
Fernando Savater
Ética para Amador

No recuerdo ya la primera vez que crucé palabra con Juan Carlos Bow, quien acaba de ganar el tercer lugar de uno de los más prestigiosos galardones de la región: el Premio Latinoamericano de Periodismo de Periodismo de Investigación, otorgado desde hace más de 15 años por el Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS). Debió ser en secundaria cuando nos parecíamos poco menos que el agua y el aceite en el Colegio Loyola de los jesuitas, en una Managua durante los años noventa muy distinta a la actual.

Sí recuerdo, en cambio, el más triste: cuando me dijo que se iba a Estados Unidos en busca de un sueño y nos reunimos en un bar para intentar convencerle de que los sueños estaban bien, pero que no eran realistas sus planes. Nos dijo contra viento y marea que no importaba lo que viniera: la vida de mojado, las difíciles circunstancias de sobrevivir en un país ajeno, porque quería ganarse el pan y ahorrar para pagarse su maestría de periodismo en el diario El País de España.

Yo, que lo conocía tan bien, supe que era una derrota intentar convencerlo de lo contrario. También lo intentó Moisés Martínez, con quienes además de amigos, éramos reporteros. Años después, Bow lo logró con el apoyo del maestro de los tres, Miguel Ángel Bastenier, y nos enseñó a soñar en grande y a entender que sí podíamos cumplir nuestras metas por muy adverso que fuese el camino.

En nuestras vidas y, como reporteros, ninguno de los tres nunca pedimos (y esto sigue igual) ni fama, ni dinero ni tampoco el poder de decidir sobre el bien y el mal. El periodismo es un servicio para la población que a nosotros nos ha resultado gratificante porque nos gusta.

La reportería en estos 20 años de carrera ha sido generosa con nosotros. Nos ha regalado una vida compartida de experiencia, emociones, fe en el futuro por muy adverso que sea el presente. Agarrarse de eso evita que naufraguemos en este país tan convulso.

El lunes pasado cuando se anunció a los ganadores del premio de IPYS, se reconoció a una investigación sobre el asesinato de los campesinos nicaragüenses que, además de valiente, está muy bien contada. Fue publicada en Confidencial y se realizó en alianza con Connectas en un momento importante para el país: cuando Daniel Ortega asedia a la prensa independiente e intenta asfixiar a las libertades de la ciudadanía de cara a la consolidación de su proyecto dictatorial.

Es por lo tanto un reportaje inspirador en medio de las tinieblas, provocadas por el gobierno y el dolor causado por los desastres naturales como los huracanes recientes que dejaron un gran dolor entre los nicaragüenses. El premio le da visibilidad a la historia y al drama de la represión en el interior nicaragüense; en la “Nicaragua de los pies descalzos” como la llamó Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

Antes del anuncio del galardón, Bow y yo conversábamos sobre Bob Woodward y su currículum que bien podríamos resumir en que es una “leyenda del periodismo” en ocasión de la lectura del libro Miedo, que relata las vivencias de Donald Trump en la Casa Blanca. Él me dijo que lo hubiera querido como editor y yo le dije que valdría la pena aunque sea un seminario para ver qué le aprendemos sobre técnicas de investigación.

No son raras estas conversaciones sobre los periodistas que admiramos en el continente. Sobre esos profesionales que hacen periodismo sin poses. Compartir lecturas y autoeditarnos. Tampoco lo es conversar sobre mis hijos, entre ellos su ahijado –mi Matías Enríquez Picón– con quien deja al lado todo para hablar –claro está– del tema más periodístico del mundo: la pizza, la misma que los niños acompañan con gaseosa y nosotros con cerveza en nuestras conversaciones interminables.

La amistad de Bow, Moisés y yo ha sido un regalo en medio de las cosas difíciles que nos han pasado. Hemos contribuido cada uno a Nicaragua haciendo un trabajo digno: periodismo. Tomo la noticia de la decisión del jurado de alto nivel de IPYS como una excusa perfecta para hablar de su talento y para rendir un homenaje a la amistad y al periodismo. Hay días que lo hacen inmensamente feliz a uno en medio de la tristeza. Fernando Savater solía llamar a la alegría como el máximo galardón posible. Bienvenida sea en el caso de Juan Carlos.

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