Confidencial

¡Viva la comida chatarra! (¿O no?)

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Las piñatas son para los niños lo que una orgía es para un adicto al sexo. Atiborrase de comida chatarra, dulces y gaseosas los hace subirse por las paredes, brincar, correr y joder hasta que el efecto del azúcar pasa y caen muertos.¿Acaso la niñez implica hartarse de azúcar y preservantes? ¿Es esto parte inseparable de esa etapa? ¿O es un engaño más de la publicidad?

Siento que es mi deber de Jedi controlar y proteger la alimentación de Joaquín y debo confesar que se me infla el pecho como una mamá gallina cuando le doy un batido de apio y lo primero que dice es “rico, mamá”. Pero me pregunto constantemente si estoy privándolo de una parte de su infancia y si algún día me va a decir “mamá, prefiero una bolsa de ranchitas que la ensalada”.

Está comprobado que el azúcar es tan adictiva como la cocaína, ambas están al mismo nivel y el efecto que produce en el cerebro cuando se consumen es el mismo.

No soy hipócrita, siempre me ha gustado comer, lo disfruto. El placer que siento después de darle el primer mordisco a un chocolate con almendras lo tengo grabado en mi cerebro. Amo la pizza, las hamburguesas con triple bacon, las malteadas, las papas fritas y todo lo que engorde y te llene las arterias de grasa y el cerebro de felicidad. En mi cabeza vive una maje #ForEverGorda que me pide que me harte más, más y más, y controlarla es bien difícil. Ojalá me pidiera comer apio crudo, pero no, esa maje quiere puros hot dogs y donas, como Homero Simpson.

Cuando quedé embarazada era feliz. Me hartaba como cerdo y no me da pena admitirlo, comía Tip Top y McDonalds por lo menos dos veces a la semana, sin contar los platos gigantes de fritanga. La comida es demasiado rica como para dejarla solita 😉. Era capaz de comerme una pizza grande sin ayuda y una vez tuve la intención de clavarle un tenedor en la mano a mi papá por querer quitarme comida del plato. Hasta que juaaaaz me diagnosticaron con diabetes gestacional y se acabó la fiesta. La ginecóloga me mandó a donde la nutricionista para vigilar los niveles de azúcar mediante una dieta y ejercicios, para no poner en peligro al bebé. Me vi obligada a cambiar el chocolate por brócoli y la pizza por granola.

Al principio me costó mucho acostumbrarme a mi nueva alimentación, sobre todo reducir los carbohidratos, el pan es mi perdición, pero la nutricionista, una mujer maravillosa y mi doctora preferida en el mundo entero, me enganchó para llevar una dieta saludable (aquí la pueden encontrar).

Por supuesto que no paré ahí. Como toda #MamáPsicópata me empatiné con la nutrición y empecé a leer y a investigar a diestra y siniestra hasta llegar a aborrecer a la industria de la comida chatarra, los trangénicos y los alimentos cancerígenos.

La verdad es que no te das cuenta de lo que estás dando de comer a tu hijo hasta que te lo preguntás. En pocas palabras, me volví más loca de lo que ya estaba y decidí que si estaba en mis manos evitarle una vida de diabetes, obesidad, enfermedades del corazón y cáncer a mi hijo dándole comida saludable lo iba a hacer.

Por suerte, Joaquín no es un niño mañoso con la comida y le encantan las verduras. Pueden pensar que soy una creída, farsante ó hipócrita, porque hasta yo me cuestioné cuando estaba escribiendo esta entrada, pero de mi mano mi hijo jamás ha tomado un trago de gaseosa ni ha comido caramelos o chocolates (aunque seguro alguna tía alcahueta le haya dado y yo ni me doy cuenta). Mi familia me juzga porque dice que soy extremista cuando les digo que si lo invitan a piñatas lo voy a mandar con una panita de chips de berenjena (hechas en casa por supuesto) y una botella de agua, para que no coma comida chatarra. Dicen que va a ser el niño raro de la fiesta. Probablemente lo sea.

En mi casa no se consume azúcar, no se compran chiverías, salchichas ni gaseosa, no se cocina comida frita y tampoco se usan condimentos artificiales para la comida. He considerado seriamente volverme vegetariana por muchas razones, pero no sé si es justo llevarme a Joaquín en el saco y privarlo de los placeres de la carne y la chatarra que yo disfruté sin culpa por casi 30 años. Cuando le he dado juguitos de caja se los toma de un solo trago y pide más. Sé que el azúcar es rica pero es tan dañina la desgraciada que no quiero que entre en mi casa.

La pregunta es ¿entonces, qué demonios se harta esta maje? En la casa comemos lo mismo que todo el mundo. Gallopinto, arroz, frijoles, carne, pollo, verduras, huevo, queso. Lo mismo, solo que ninguna de los platillos es frito. Tomamos agua en vez de fresco o gaseosa, también comemos deditos de pollo (horneados y 100% hechos en casa) y de vez en cuando nos damos el gusto de hacer galletas de muerte lenta para calmar a la maje que suplica por algo dulce en mi subconsciente. Al final creo que no se trata de privarme de lo que me gusta sino comer conscientemente y evitar las cosas que sé que en un futuro pueden perjudicar mi salud y la de mi hijo.

¿Qué es más fácil, pedirle un combo de Tip Top al niño que cocinar cuando llegás cansadísima del trabajo? Por supuesto que sí y se vale, solo que me rehuso a que se vuelva un hábito en mi vida y prefiero hacer el extra esfuerzo y darle una quesadilla mal hecha. Si pudiera pondría una granja para asegurarme que el pollo y las verduras que ingiero no tienen ni una gota de químicos y hormonas, pero todavía no he llegado a este punto, aunque no lo descarto.

Tal vez cuando Joaquín crezca me reclame por privarlo de los placeres de la comida chatarra o puede que cuando descubra McDonalds y Burger King se pase al lado oscuro y tenga problemas de sobre peso como los tuve yo. De momento, yo, Mariana Rivas Hernández, estoy en guerra con la basura disfrazada de comida que venden en los supermercados y en los restaurantes. ¡Que la fuerza me acompañe!


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Texto de Mariana Rivas. Madre Psicópata.