Blogs

¿La letra con sangre entra?

Le agradezco a mi padre que mientras viviera no me haya levantado la mano. Espero que algún día mi hijo pueda decir lo mismo de mí



Mi papá fue un chavalo “vago” que creció en la década de los setenta, conocida como “la época hippie”. Cuando era adolescente le gustaba escuchar a Jimi Hendrix y a Jethro Tull, tenía el pelo afro y se cocía sus propios pantalones campana para salir a bacanalear con su guitarra a tuto. Era el número ocho de 14 hermanos en una familia católica y conservadora.

Cada vez que regresaba del bacanal en la madrugada, ya sabía lo que le tocaba. Entraba a la casa, se quitaba la camisa, y se arrodillaba para que le reventaran la espalda a fajazos por andar de “vago”. La golpiza ya era parte de la rutina. Su papá creía que solo así iba a enderezar a ese jodido, y que entre más duro le pegara, más rápido iba a convertirse en un “hombre de bien”.

No sé cuántas veces lo escuché contarme la misma historia que les comparto ahora. De hecho, creo que todo el que lo conoció la conoce. Por su experiencia con la faja él decidió que cuando fuera papá no le iba a pegar a sus hijos y lo cumplió hasta el último día. Jamás me pegó, ni cuando lo tenía al borde de la histeria, que admito, fueron muchísimas veces.

Crecí pensando que yo tampoco le iba a pegar a mis hijos. Me asustaba cuando veía que mis amigas del colegio llegaban con marcas de fajazos y más de alguna vez, antes de ser mamá por supuesto, critiqué a las mujeres que les pegaban a los suyos.

Cuando nació Joaquín aposté con alguien que jamás le iba a pegar, lamentablemente esa apuesta ya la perdí. No puedo escribir esta entrada sin admitir que sí le he pegado a mi hijo de dos años, a pesar de haber tenido el privilegio de crecer sin violencia física. Me pregunto si en algún momento mi papá sintió el impulso de meterme un “manotazo” por malcriada, supongo que sí, porque conozco el momento en que el enojo y la frustración sube desde el hígado, pasa por el estómago y llega a la mano para darle una nalgada a tu hijo.

Lo irónico es que sé que no lo estoy corrigiendo, más bien le estoy enseñando a ser violento y a que las cosas se resuelven con golpes. Los consejos que he recibido dicen que debo disciplinarlo con castigo físico: “si te muerde, mordelo. Si te pega, pégale para que aprenda que duele y que no lo vuelva a hacer”. Pero dudo que este método funcione.

El domingo Joaquín se molestó conmigo porque le quité una plastilina que se estaba comiendo y lo primero que hizo fue pegarme y decirme “mamá no quita, Joaquín pega”. Me quedé helada. Eso es lo que le estoy enseñando, pensé, que cuando uno se molesta la solución es pegar. No quiero que mi hijo sea un niño violento, un bully que resuelve las cosas a puñetazos y patadas. Para evitarlo debo cambiar la manera de disciplinarlo.

De mí depende que entienda con palabras y no con golpes. De mí depende disciplinarlo sin maltratarlo. De mí depende que él crezca y sea una persona conciliadora y pacífica, y de mí depende que no le pegue a alguien más en el futuro. ¿Pero cómo lo hago? ¿No les ha pasado que a la hora del berrinche les gana el hígado y cuando se dan cuenta es demasiado tarde? No quiero criar a un macho violento, golpeador.

La vida me está enseñando a tener paciencia para que durante un berrinche y cuando esté a punto de volverme loca, pueda alejarme y dejarlo gritar, patalear y llorar a su gusto y antojo antes de levantarle la mano. Esta es mi prueba de fuego. No tengo que aprender a controlarlo a él, tengo que aprender a controlarme a mí misma. Yo soy su espejo, tengo que ser un espejo que no pega.

No voy a escribir acerca de estadísticas, ni estudios que hablen en contra del maltrato físico y verbal. Lo único que les puedo decir, y de lo que ahora estoy convencida, es que golpear, nalguear, gritar, fajear, insultar, no resuelve y no disciplina, solo extiende el circulo de violencia. Es posible educar y disciplinar sin pegar. Yo soy un vivo ejemplo de eso.

Si preguntan si a mi papá le sirvieron las “cachimbeadas” que le metió mi abuelito, la respuesta es NO. Siguió bacanaleando y haciendo lo que quiso hasta que él solo “sentó cabeza”, como diría mi abuelita. Y no porque le hubieran reventado la espalda, al estilo la pasión de Cristo, sino porque decidió formar una familia y convertirse en mi papá.

Yo no soy ni fui una santa paloma. Hubo momentos en que seguro saqué a mi papá de sus casillas, como cuando tenía 15 años y me escapé del colegio para ir a beber, pero nunca me pegó y estoy agradecida con él por no haberlo hecho. Seguro que para él no fue fácil, mucho menos cuando su familia le vivía diciendo que era alcahueto, que nosotras lo que necesitábamos era una buena paliza. Pero como él marchaba al ritmo de su propio tambor, no hizo caso y nos educó a como mejor pudo. Le agradezco que mientras viviera no me haya levantado la mano, espero que algún día mi hijo pueda decir lo mismo de mí.

Esta entrada está dedicada a Juan Carlos Rivas, mi adorado papá hippie :*

Texto de Mariana Rivas.

Consulte el blog de las autoras.