Opinión

El ángel de Fernando Silva

Una deuda literaria con la naturaleza, con el rio San Juan donde se crió y creció a la sombra libertaria de su padre, el Comandante



Decía José Coronel Urtecho que si uno tenía, aunque sólo fueran veinticinco centavos, era millonario, puesto que veinticinco centavos eran una fracción de millón. Somos más que millonarios en literatura, y sobre el impacto económico real que esto tendría en un país que administrara correctamente sus bienes culturales y promoviera, en ese sentido, a sus autores, tendríamos que profundizar seriamente, y no es esta la ocasión. Baste con recordar que el mismo José Coronel Urtecho decía que la poesía nicaragüense es, por su alta calidad, un permanente e imperecedero producto de exportación. Nuestra cultura no se devalúa, no se adultera y cada vez se cotiza mejor.

La cultura tiene que ser para todos un imprescindible equipaje. Es aquí, en esta maleta perpetua de mis afectos y formación humanista, donde tiene un lugar preponderante mi compadre Fernando Silva. Si tan solo fuera anatómico, mi equipaje sería un corazón para poder seguir palpitando, y si se tratara de ropa, bastaría con un calzoncillo para evitarle al puritano verme cañambuco. Me identifico de esta manera elemental con la naturalidad de la naturaleza y el espíritu generoso de Fernando Silva. De ahí que para mí el primer problema al referirme a Fernando es no saber cómo en realidad se llama este conjunto de palabras, que para hablar de él someto a ustedes. No me gusta lo de “ponencia” por ser yo un “oponente” de vocación. “Conferencia”, siento yo, como que me aleja de mi objetivo filial y fraternal, confianzudo, personal, parcial y afectuoso, y porque en Fernando naturalidad y verdad son elementos intrínsecos, divorciados de toda solemnidad. “Texto”, enfría un poco el contenido. Me auto convenzo llamándolo “pretexto”. Que sea pretexto y que sea este pretexto como un vaso de bon vino. Un ron, como la amistad que nos une y debe de unir a todos, cuidadosamente añejado en barricas de nobles robles. Entremos, pues, en materia: ¡Salud!

Cada escritor tiene un ángel, o un demonio como los “poetas malditos” que tenían un demonio domesticado a su imagen y semejanza, a la altura de su indiscutiblemente monumental infierno. Son cosas de la literatura que siempre redime y redime con mayor razón la calidad, hasta de aquellos exploradores de la maldad que a costa de su angustia y sufrimiento, la trituran en su interior. No le tocó, por supuesto, a Fernando Silva quemarse en ese fuego, sino empaparse en las aguas de su río San Juan, humedecer sus palabras “con alma”, moldearlas en el propio barro de su sangre, para ser siempre un hombre –el más nicaragüense del mundo- de tierra y agua. Otro aspecto de su personalidad es que, como se dice, tiene ángel, lo lleva dentro y un ángel lo resguarda y acompaña, como su eterno compañero, invisible pero palpable, constatable en sus recuerdos de una infancia memorable e inmejorable. Angelical, en cuanto a candor e inocencia. Podría decirse que tiene un ángel –o lo que popularmente significa cuando se dice que una persona tiene ángel- y un Ángel, y es así, todos en uno. El ángel del muchacho ahora, en el 2011, con 84 años, y el Ángel que como nadie explicó la relación de padre –El Comandante- e hijo, Fernando Silva. Aclaro que cuando hablo del ángel de Fernando Silva, no me refiero únicamente a aquel que el diccionario define como “el espíritu celeste criado por Dios para su ministerio”, sino también al Ángel tangible que lleva en sí a este primer ángel, es decir la persona y el espíritu del poeta y jesuita navarro Ángel Martínez Baigorri, ángel de la poesía con Nicaragua cantando dentro de él, como canta en Silva.

Mi semblanza de Silva

Ya volveremos a Ángel Martínez, en cuanto ángel de Fernando Silva. Mientras tanto quiero recordar que también esta Extensión Cultural de la UNAN-Managua, el 28 de noviembre del 2006, organizó un acto para celebrar –con dos meses de anticipación- los ochenta años de Fernando. En esa ocasión leí otro pretexto con el título de “Personal: mi semblanza de Fernando Silva”, el cual he aumentado, actualizado y corregido para esta oportunidad, y que es el siguiente:

Si bien por José Coronel Urtecho llegué por primera vez y después no dejé de llegar al río San Juan, fue con Fernando Silva que aprendí a amar al río gracias a nuestra vieja y fraterna amistad que se remonta de manera firme a 1965, así como por sus libros inconmensurablemente nicaragüenses, por ser en su conjunto un acuario de nuestra lengua que fluye con gracia magistral, y por nuestros constantes viajes lacustres, fluviales y terrestres a esa zona onírica. Tuve de él una pedagogía oral y escrita imborrable e invaluable. Basta con leer algunos de sus libros de poesía para comprender esto que digo. Este polifacético pintor, narrador, ensayista y poeta, abarca casi todos los géneros literarios y artísticos. Ha ilustrado profusamente muchas de sus obras y portadas de sus libros, con excelencia.

Nacido el 1o de febrero de 1927 en la ciudad de Granada, Fernando Silva Espinosa cumplió ya 84 años, y pese a quebrantos propios del paisaje y del tiempo, como raudales en El Castillo, se puede afirmar que está en todo su apogeo intelectual, acabando de ser publicado por la Academia Nicaragüense de la Lengua (Mayo, 2011) el libro “Los 7 bocados capitales”, obviamente referente a esos pecados de la celebración y concelebración gastronómica de la cocina nicaragüense, que Fernando conoce porque la ha regustado capitalmente. Pero su acometida literaria más grandiosa, será sin duda la novela que prepara: “Gran Lago”. Vida interior e insondable como las profundidades, llevadas a flote. Vida de marineros. Vida del autor. Memorias y travesías deslumbrantes. Generacionalmente se le ubica en la “Promoción del 50”, como un escritor inicialmente influido por el vanguardismo que posteriormente derivó hacia el exteriorismo. A mí, más que vanguardista o exteriorista lo que me ha parecido es un escritor desinhibido de influencias, quizás por su inicial formación autodidacta, y si con algo o alguien tiene deudas literarias, es con la naturaleza, el río San Juan, donde se crió y creció bajo la sombra libertaria de su padre Francisco Silva Guerrero, el Comandante de su infancia, de su novela.

La naturaleza es exteriorista y en esa medida, como gran parte de la poesía nicaragüense, lo es Fernando Silva. En la antología “Nueva Poesía Nicaragüense” (España, 1949), Orlando Cuadra Downing lo describe así: vecino del Gran Lago y de su Río Desaguadero, poseedor del misterio de la expresión nativa. Y cuando en 1952, en la colección del hilo azul que dirigía Ernesto Cardenal, se publica Barro en la Sangre, sus editores escriben en la solapa del libro:

Una de las últimas apariciones de la nueva poesía hispanoamericana es la este libro “Barro en la Sangre” escrito por un joven nicaragüense de apenas un poco más de veinte años y criado en las riberas salvajes del Río San Juan de Nicaragua, al pie de un viejo castillo español semiderruido en el corazón de la selva americana, y escrito sin lecturas ni influencias literarias sino con la poesía sacada de la vida y del pueblo y de su propia tierra: de las selvas, de los ríos, de los caminos, de los pequeños puertos del Lago de Nicaragua y de los barrios, y escrito en el idioma nicaragüense, el idioma de los indios y de las indias pasmadas y las chiribiscas y las retobadas, a las que habla “con su misma lengua pesada”, siendo para decirlo con palabras de José Coronel Urtecho, el primer poeta nicaragüense que escribe en náhuatl.

De nuestra vieja y fraterna amistad quiero decir que cuando Mercedes mi esposa, y yo, llegamos de España en 1965, el matrimonio que más cálidamente nos acogió fue el de Fernando y Gertrudis. A la sazón era uno de los médicos de mayor éxito en Nicaragua, por su incuestionable capacidad profesional y humana en la especialidad de pediatría, de la que con honores se recibió en la Sorbona. Fue pediatra de todos mis hijos y de ahí que nos hiciéramos compadres y de verdad. En las buenas y en las malas. Y fue médico de los hijos de burgueses con la misma entrega que lo fue de niños cuyos padres no tenían recursos económicos, a quienes veía en el hospital de cuya sala de pediatría era jefe, así como en su propia clínica particular. Consigno esto porque creo que esta semblanza, que ya he dicho es personal, quedaría incompleta si no mencionara la proverbial generosidad de este hombre, reitero, el más nicaragüense del mundo.

Y después fuimos tres compadres y entre los tres con el Dr. Luis Favilli Picasso -una verdadera alma de Dios, un santo- a quien como escritor hay que volver, un todo. Y se puede decir que los tres fuimos los alegres compadres del río San Juan, de Nicaragua, y de cuanto viaje pudiéramos hacer sobre todo por Chontales, donde no faltaban nuestras escalas donde Guillermo Rothschuh Tablada y antes en Boaco donde Armando Incer Barquero. Porque fuimos vagos, sabios en comer, beber y compartir poesía y además compartíamos tierras de las que tomábamos posesión como descubridores o conquistadores, y en el horizonte celebrábamos aguas y montañas colindantes con el infinito del cielo, donde lo bucólico se transforma en una continuidad mística y celeste, como el “Río hasta el fin” de nuestro padrino espiritual y literario el P. Ángel Martínez Baigorri.

Pero si con alguna semblanza puedo concluir la mía, nada mejor que éste ­auto-retrato del propio Fernando:

YO SOY EL HOMBRE MAS NICARAGUENSE DEL MUNDO.

       Yo soy el hombre más Nicaragüense del mundo

y lo digo con toda naturalidad.

            Soy el hombre más Nicaragüense

porque no me interesa nada más

                    que lo Nicaragüense

y no conozco nada mejor

que lo Nicaragüense

            y no sé lo que haría yo

si no fuera que lo hago como Nicaragüense

            bien o mal que lo haga ­

así es

como una piedra es una piedra

y no es un Ángel muerto

                 (aunque sería bonito que lo fuera).

         Yo soy el hombre más Nicaragüense del mundo y

         yo lo sé.

Compatriotas

                   aquí estoy en mi casa

                   acostado en mi hamaca.

Hasta ahí llegaba, sin las actualizaciones y correcciones a las que he aludido, mi semblanza de Fernando Silva iniciada en el 2006.

La aparición de El Comandante

En el Nº 8 de la Revista “Encuentro” de la UCA, Año II, correspondiente a abril-junio de 1969 –el mismo año de la primera edición de la novela El Comandante– se publicó “El Comandante” de F. Silva, de Ángel Martínez. Ésta, a mi modo de ver, es la “impresión” más lúcida que se escribió en su momento para todo momento, sobre la vida y obra de Fernando Silva, ya que por su calidad de “impresión” supera los conceptos de crítica y análisis. Trasciende el tiempo y es como si tuviera cada vez mayor vigencia, no ya únicamente sobre esta extraordinaria novela, sino que, repetimos, sobre toda la vida y obra de su autor, incluso la vida y obra posterior al fallecimiento de Ángel en agosto de 1971. De esa “impresión” imprescindible para disfrutar a Fernando Silva a plenitud, acomodo para ustedes éstas líneas en forma de anotaciones:

-No crítica, porque no sé nada de crítica y siempre me ha sabido a murmuración esa palabra. Eso que llaman crítica para mí no tiene otro sentido que el de dar lo que me ha dado una lectura. Impresión de amigo. Y ésta es la primera alabanza de El Comandante y además requisito para que estén en su punto todas las que en estas notas le he de dar.

-Lo que ha hecho (Fernando) es dárseme en el escrito como persona, igual que en persona se me dio como hombre. Para que yo pueda así amarlo como en persona en el escrito. Yo soy en ese sentido amigo de Fernando Silva, como lo soy de Fr. Luis de León o de Cervantes, de Shakespeare o del Dante.

-El verdadero amor no sólo es ciego, sino que es el único que puede darnos perfecta claridad de visión. Para que apreciando como se debe al autor, amemos más por lo que ha escrito a la persona.

-Ya desde los cuentos lo había venido viendo, pero ahora con El Comandante lo vi entero: Con distinta razón y la misma de que nació mi ensayo: “Cervantes, hijo de Don Quijote”, puedo ahora escribir otro: “Silva, hijo de El Comandante”, (y ponerle como luz de guía estas palabras suyas: “entre los dos hay algo más de lo que hay entre un padre y un hijo cualquiera”.)

-Paralelismo en el proceso de creación: marca el paso igual en Cervantes y en Silva de los héroes o protagonistas o como quiera llamárseles de sus cuentos en Silva y de sus novelas ejemplares en Cervantes, al de ese personaje principal capaz por sí solo de llenar la mejor novela. El Comandante empieza como un cuento más de Silva, en el que él mismo es el que ha de estar informando y casi moviéndolo todo en su acción, desde donde quiera que se encuentre. Así empezó también Cervantes el Quijote, mirándolo como un Licenciado Vidriera o un Curioso Impertinente, una Ilustre Fregona o cualquiera otro de los protagonistas de una novela ejemplar. Luego, El Comandante a Silva y Don Quijote a Cervantes se les ponen de pie y los atraen irresistiblemente, al paso que van creciendo y ensanchándose hasta alcanzar toda su medida de hombres.

-Don Quijote fue en todo hijo de Cervantes, hijo de su fantasía, aun en esa visión que lo levantó de la novela ejemplar a esa novela del hombre, en que no hay ninguno que no se halle y en que en un pueblo determinado y concreto se está mirando el mundo. En cambio, dentro de ese mismo proceso de creación, El Comandante no es sólo su padre biológicamente, sino que es el que lo hace en todo su ser, para que él, Fernando Silva, ya hecho, todo un hombre, nos dijera desde aquel niño que El Comandante fue haciendo, cómo era ese Comandante y cómo era todo su pueblo que así venía haciéndolos a los dos. Para mí eso es lo original y lo más original en la concepción de la novela y a lo que responde la forma como toda ella ha de desarrollarse. Una originalidad nada buscada, sino nacida con la originalidad con que nos nace en cada momento la vida.

-Toda la novela está ya ahí. Eso es lo que la hace novela y lo que le da pleno sentido –pleno sentido social- de novela de un pueblo concreto que hace a los dos que son su centro y en que se da el aspecto esencial o un aspecto esencial de lo que ese mismo pueblo es. No hay más trama: el hijo y el padre que mutuamente se están haciendo de ese pueblo…Y en ella, con el gozo de ir siguiendo dos historias a un tiempo, la maravilla de estar viendo obrar al hijo en el pensamiento –corazón- del padre y al padre en el pensamiento –corazón- del hijo que lo está contando.

El ángel principal de Silva

Fue don Chico Silva, “el Comandante”, padre e hijo de Fernando Silva, y viceversa. Esto lo plantea el padre Ángel Martínez al hablarnos de la génesis de un pueblo que se hace mundo entre dos. Fue don Chico Silva también el ángel tutelar de Fernando Silva, en tanto padre, personaje de su novela, de la que es hijo junto con su hijo. Es el pater un ángel custodio o de la guarda de la literatura nicaragüense, como lo demuestra en su “impresión de amigo” sobre Fernando Silva y su vida y obra. En realidad mi pretexto debió llamarse “Los ángeles de Fernando Silva”. Inolvidable ha sido para Fernando el ángel de su madre Concepción Espinosa, de la que nunca quedó huérfano a pesar de ella haber fallecido prematuramente en 1933. Precisamente, además de lo dicho anteriormente, no dejemos de considerar el hecho de que como pediatra, la vida profesional de Fernando Silva transcurrió vinculada al cuido y bienestar de las criaturas: ángeles. Por otra parte tampoco me cabe la menor duda que Fernando Silva siempre será materia de estudio y de regocijo verbal. Y lo reitero dicho de otra forma: No sólo la obra de Fernando Silva debe ser materia de estudio, sino que junto con ella, su persona, pues ambas se funden y afortunadamente se confunden para darnos la autenticidad de nuestra historia y de nuestra habla –nuestra identidad- y expresan por lo mismo como no lo ha hecho nadie, nuestra nicaraguanidad.

Finalmente no crean que he olvidado al ángel principal en la vida y obra de Fernando Silva, su esposa, presente con amor siempre en el amor. Ángel de las bienaventuranzas, Gertrudis Molina. La novela “La foto de familia”, termina así:

Recogí en seguida, del suelo, una hoja del recorte de un libro y las otras hojas que se zafaron de un cuaderno manuscrito que había apartado a un lado. Gertrudis también alzó otros papeles que también se habían caído al suelo.

-¿Y que son todos esos papeles que andan por ahí regados? –me dijo ella.

-Todos estos son mis apuntes –le dije-, todo lo que tengo apuntado aquí y que he venido guardando desde hace tiempo; todo esto es para mis memorias que pienso escribir ahora.

-¿Tus memorias? –me preguntó ella con esa su gracia natural que ella tiene.

-Sí –le volví a decir-, aquí tengo yo todo de lo que ahora me quiero acordar.

Gertrudis se me acercó un poquito más, y poniendo suavemente una de sus manos sobre la rodilla de Fernando Antonio, que estaba allí, sentadito, feliz, me dijo ella sonriendo:

-¿Y te acordás de mí?

Y junto con Fernando, todos nosotros también.

*“Extremadura”, Masatepe, 14 de mayo de 2011. Fragmento de “Palabras inaugurales en el VIII Simposio de Literatura Nicaragüense”