Nación

Los primeros 150 días: crónica de la insurrección pacífica

Antes y después del 18 de abril en Nicaragua

Donde estuvo la estructura de metal que simboliza el poder autoritario, la gente montó un altar, con fotos de los jóvenes muertos, candelas y flores



Los nicaragüenses están sorprendidos de la rebelión que ha hecho tambalear al régimen del presidente Daniel Ortega, el viejo guerrillero sandinista cada vez más parecido a Somoza, el dictador que combatió en su juventud. Cientos de miles de personas han protestado desde abril en las principales ciudades del país, en un despertar popular inédito, que le ha arrebatado el control de las calles a Ortega, una suerte de autoritario tropical, cuyo Gobierno mezcla lo místico con lo religioso, el pragmatismo económico con el clientelismo para los más pobres y la represión a los críticos con un mensaje de paz y amor. La imagen de fuerza indestructible que proyectaba a nivel nacional y en el exterior empieza a grietarse tras este movimiento popular, parecido a los terremotos que de cuando en cuando resquebrajan este país. La respuesta brutal del Ejecutivo sandinista ha dejado ya más de 300 muertos y una estela de destrucción que amenaza con hundir la economía. Ortega intenta encajar el golpe, pero en Nicaragua, en plena primavera política, hay un antes y un después para el régimen.

Las protestas comenzaron en abril, una temporada de florecimiento de los corteses en Managua. La ciudad se llena del amarillo intenso de las flores de este árbol, que le proyectan un resplandor dorado a la capital. Estos árboles son admirados por los capitalinos, orgullosos de que han crecido a su aire en esta ciudad desordenada y sucia, donde el peatón se juega la vida cada día por la falta de aceras y lo temerario de sus conductores. Desde 2011, sin embargo, la belleza de estos árboles ha sido eclipsada por la aparición de estrafalarias estructuras de metal con decenas de bujías incrustadas. Se trata de los “Árboles de la Vida”, una idea de la primera dama y vicepresidenta Rosario Murillo, que se ha convertido en el símbolo del poder del régimen. Una investigación de CONFIDENCIAL demostró que había por lo menos 150 de estas estructuras plantadas en la capital, a un costo de 20 mil dólares cada una. Son, dicen quienes conocieron a Murillo en los ochenta, un amuleto protector para esta mujer profundamente supersticiosa. El diseño es tomado de una figura de Gustav Klimt. La periodista Sofía Montenegro los bautizó como “arbolatas”, aunque los nicaragüenses lo llaman popularmente “chayopalos”, en referencia al nombre popular con el que se refieren a Murillo: “La Chayo” o “La Chamuca”, la bruja.

Capitalinos derriban un “Árbol de la Vida” en Managua el pasado 21 de abril. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

A mediados de abril, cuando las protestas comenzaron en la capital contra la imposición de una controvertida reforma a la Seguridad Social, la gente, excitada en el descubrimiento de su libertad, atacó los “Árboles de la Vida”. Cuando la primera estructura cayó hubo un sentimiento de liberación, y algunos testigos del triunfo de la revolución sandinista hace 39 años, lo compararon con el derrumbamiento de la estatua de Somoza en el Estadio Nacional de béisbol de Managua en 1979. Hasta la fecha han sido derribados al menos una veintena de estos árboles de metal en una sintomática acción que puede servir de advertencia al régimen de Ortega.

Once años de dictadura

Ortega ha gobernado Nicaragua durante once años con mano dura. Desde 2007 ha administrado el país a golpe de decretos, asegurándose la obediencia del Ejército y la Policía. En 2009, después de debilitar a la oposición política, ofreció a los grandes empresarios una alianza que les resultó adecuada, convirtiéndose de esta manera en cómplices del deterioro institucional. Era el llamado Gobierno de “consenso”, en el que todas las decisiones relacionadas a la economía se decidían entre las cúpulas empresariales y Ortega. Mientras, el mandatario se apoderaba de las instituciones del Estado, convirtiendo al Tribunal Electoral en una maquinaria adaptada para organizar fraudes electorales que le garantizaran al Frente Sandinista de Liberación Nacional su permanencia en todos los ámbitos del poder. Fraude tras fraude, desde 2008 Ortega destrozó la credibilidad en las elecciones, a la vez que sacaba del juego político a partidos opositores que pudieran atraer simpatías del electorado. Ortega ordenó el cierre de medios de comunicación, intimidó a periodistas, utilizó la publicidad del Estado para castigar a la prensa independiente. Su esposa, que es una suerte de primera ministra, desarrolló una política de secretismo total hasta el punto de que cualquier funcionario que diera una declaración a periodistas independientes era expulsado de forma humillante de su cargo.

En 2013 el mandatario logró una reforma a la Constitución que le garantizaba la reelección indefinida y más tarde dio un golpe a la Asamblea para expulsar a los pocos diputados opositores críticos con el régimen. Mientras, ordenó al Ejército y la Policía desatar una estrategia de aniquilamiento en el campo, donde desde 2011 se comenzaron a formar grupos armados contra Ortega. El Ejército justificó masacre tras masacre como “combates” contra delincuentes. No ha habido una investigación oficial sobre estos hechos, que han quedado en la impunidad. Mientras se enroscaba en su autoritarismo, Ortega mantenía el clientelismo para someter a su favor a los segmentos más pobres. La clase media se ahogaba por el desempleo, la falta de oportunidades y el costo de la vida. Veían, además, cómo se iba moldeando un modelo que creyeron superado en el país, pero que el mandatario repetía: un hombre fuerte instauraba un régimen de sucesión familiar al nombrar a su esposa como vicepresidenta, mientras sus hijos controlaban los negocios de la familia formados al amparo de la cooperación petrolera que llegaba desde Venezuela, unos cuatro mil millones de dólares administrados sin controles por el mandatario. Sin democracia, con las libertades cada vez más restringidas, con serios problemas económicos y cansados de los desmanes del Comandante, las reformas al Seguro Social fueron el catalizador del descontento social. 

El 18 de abril

Las protestas que se han registrado desde hace cinco meses en toda Nicaragua comenzaron como repudio a la reforma impuesta por Ortega para “rescatar” de la quiebra al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS). Esas reformas, aprobadas por decreto y publicadas en el diario oficial del Estado sin consenso con las cúpulas empresariales, representaban un duro golpe para jubilados, empleados y empresas, principalmente las más pequeñas. Entre las medidas se incluía una reducción del 5% a las pensiones –ya de por sí muy menguadas– que reciben cientos de miles de jubilados, para que con ello financien su atención médica. Además aumentaba del 19% al 22.5% la cuota que las empresas deben entregar al Seguro, lo que para el economista Adolfo Acevedo hubiera obligado a los empresarios a buscar mecanismos para reducir la afiliación de trabajadores al sistema de Seguridad Social, reducir personal y, en el caso de las empresas pequeñas, echar el cierre. Los trabajadores también debían aumentar sus aportes, reduciendo el valor de sus salarios. El salario mínimo promedio en Nicaragua es de 150 dólares.

Un día después de decretadas las reformas un grupo de jóvenes autoconvocados en las redes sociales se reunieron en Camino de Oriente, céntrico centro comercial de Managua, para protestar. Estos jóvenes ya habían formado un colectivo que exigía al Gobierno mayor protección de las reservas naturales, después de que el Ejecutivo de Ortega manejara de forma negligente un incendio en la Reserva Indio Maíz, que devoró más de cinco mil hectáreas de bosque. Los jóvenes indignados organizaron protestas en Managua, que fueron reprimidas por la Policía Nacional. Ese movimiento, bautizado como #SOSIndioMaíz, atrajo la atención nacional y se tradujo luego en #SOSINSS. Fueron ellos los que aquella tarde del 18 de abril se reunieron en el centro comercial acompañados de algunos jubilados. Ese día caminé desde mi casa, a unos dos kilómetros del centro de compras, para participar en la protesta.

A pie recorrí la neurálgica carretera a Masaya, donde grupos de colectivos del FSLN –las huestes de Ortega– armados de garrotes y tubos de mental se trasladaban en camionetas hasta el punto de reunión de los manifestantes. El nerviosismo invadía a quienes caminábamos por la avenida, dada la fama de violencia de estos hombres fanatizados. Un joven que cargaba una pancarta cruzó la avenida nervioso, mientras que a mi lado se reunieron dos chicas a esperar que las huestes se alejaran. Mi vi rodeado de un grupo de jóvenes que, como yo, pretendía llegar a la protesta. No pudimos acceder a la zona, porque un cordón de oficiales antidisturbios cerró el paso. En el centro comercial, los colectivos sandinistas habían desatado una brutal golpiza que dejó once periodistas agredidos, dos de ellos con heridas de gravedad, y varios jóvenes y jubilados lesionados. Ana Quirós, activista de los derechos humanos, resultó con graves heridas en la cabeza y dos dedos fracturados. Me contó un día después que fue golpeada con un tubo de hierro por un simpatizante del FSLN que la identificó en la protesta.

Colectivos fanatizados de Ortega atacaron a manifestantes el 18 de abril en Camino de Oriente, Managua. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

La foto de Quirós con el rostro ensangrentado ocupó la portada de La Prensa y CONFIDENCIAL. Las imágenes de la represión acapararon la atención nacional y fueron el fósforo que encendió una hoguera: para sorpresa del régimen comenzó una indignación nacional que se tradujo en miles de nicaragüenses manifestándose en varias ciudades del país. Este resurgir de la protesta social, inédito en Nicaragua, contagió a las universidades públicas, cuyo movimiento estudiantil estaba controlado por la Juventud Sandinista. Los estudiantes se atrincheraron en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), en la Universidad Nacional Agraria (UNA) y en la Universidad Politécnica de Nicaragua (UPOLI). Era conmovedor ver cómo centenares de nicaragüenses se organizaron para comprar víveres y llevarlos hasta los recintos universitarios como apoyo a los estudiantes. La Policía Nacional detenía automóviles y requisaba todo tipo de materiales: medicinas, agua, alimentos. Ortega desató una represión contra las manifestaciones y ordenó la expulsión de los estudiantes de las universidades. Se levantaron barricadas en varios puntos de la capital con la que los vecinos de los barrios alzados se defendían. Comercios cerraron sus puertas y mucha gente quedó sin abastecerse de alimentos. Managua parecía una ciudad en guerra.

El 19 de abril pasará a la historia como el día cuando los nicaragüenses retaron el poder de Ortega, pero también como uno de los episodios más oscuros en relación a violaciones de derechos humanos. Decenas de personas fueron detenidas desde ese día, otros tantos fueron desaparecidos y, según cifras de organizaciones de derechos humanos se registraron más de 40 muertos en los primeros cuatro días de las protestas.

Estudiantes se enfrentan a antidisturbios y huestes de Ortega el 19 de abril en Managua. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

Los videos rescatados por estos organismos muestran a gente cayendo por el impacto de balas en los barrios más pobres de Managua, cansados sus vecinos de recibir las migajas de un Gobierno cuya cúpula se ha enriquecido a costa del Estado y de la ingente cooperación petrolera de Venezuela. Un reportero me mostró uno de esos videos: aparentemente un grupo de vecinos del barrio La Fuente de la capital intentaba impedir el saqueo de un supermercado, cuando la Policía llegó a dispararles. Una de las balas impactó en la mandíbula de Ismael José Pérez Vílchez, de 32 años. Con el rostro destrozado y el cuerpo cubierto con su sangre, Pérez Vílchez dio sus últimos estertores. Dejó dos hijas en la orfandad. Su madre, María Ramona Vílchez, asegura que la bala la disparó un oficial de Policía. Exigía justicia a las autoridades por este crimen.

El 20 de abril nunca será olvidado por los nicaragüenses. Ese día cayó en las cercanías de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI) el adolescente Álvaro Conrado, mientras, según testigos, llevaba agua a los jóvenes atrincherados en la universidad, que se enfrentaban a la Policía y las huestes de Ortega. Una bala le perforó la garganta a este muchacho de 15 años. Fue trasladado a hospitales donde se le negó la atención médica. Su lamento, “me duele respirar”, se convirtió en la consigna de las manifestaciones en toda Nicaragua. Ese mismo día, en Estelí, caía Franco Valdivia, estudiante de Derecho y cantante de rap, quien había salido a protestar junto a decenas de personas en esa fresca ciudad del norte nicaragüense. La familia culpa al presidente Ortega por la muerte del muchacho y exige que se investigue y castigue a quienes dispararon. “Mi hijo llevaba los brazos alzados, la bandera de Nicaragua y una botella de agua. Siempre me pregunto por qué tenían que disparar a personas que no estaban armadas. El Gobierno, la Policía, son los culpables”, me dijo Francisca Machado Dávila, la madre de Franco.

La primera gran marcha

Manifestación convocada por los empresarios en Managua el 23 de abril. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

El 23 de abril decenas de miles de nicaragüenses se movilizaron en Managua, convocados por la cúpula empresarial, para participar en una marcha por la paz, en una demostración de fuerza y unidad nacional que no se había visto en varias décadas. La gente gritaba consignas contra el Gobierno y exigía la salida de Ortega y su esposa, entre ellas la ya célebre “¡Qué se rinda tu madre!”, un grito de guerra del poeta Leonel Rugama, que mientras era asediado por los soldados de la Guardia de Somoza en 1970, les lanzó la frase cuando le exigieron su rendición. En una conmovedora muestra de solidaridad con los jóvenes, la marea humana rompió con la ruta original de la marcha y se enfiló hasta la sede de la UPOLI, el bastión de la resistencia estudiantil. En el camino coreaban el que es ya el lema de la protesta nacional: “Eran estudiantes, no eran delincuentes”, en referencia a los muertos por la brutal represión del Gobierno. “¡Qué se rinda tu madre!”, retaban, “¡Daniel y Somoza, son la misma cosa!”.

Una calurosa mañana de sábado caminé hasta la UPOLI. Pasé por las barricadas levantadas por los vecinos del centro de estudios y logré entrar al recinto. Vi jóvenes organizados en grupos para administrar los víveres que les hacían llegar, otros discutían la protección del campus universitario. Dentro había un ambiente tenso, pero también de camaradería y cierto sentimiento de triunfo. Estos “chavalos” parecían seguros de estar haciendo su propia revolución. Hablé con Oscar, un médico voluntario que trabajaba en el dispensario improvisado en un salón de la universidad. Se mostraba animado, aunque preocupado por la cantidad de heridos que había tratado. Esa mañana, mientras se tomaba un café, me decía que al menos dos personas habían fallecido en la UPOLI, ambos por disparos. Mientras que el día anterior habían atendido a 32 heridos. Oscar no escondía su rabia ante la violenta respuesta oficial del Gobierno. El domingo por la noche el Ejecutivo ordenó el asalto de la UPOLI. Al día siguiente, una marea humana llegó hasta el lugar para solidarizarse con los “chavalos”.

Jóvenes estudiantes en rebeldía en las cercanías de la UPOLI el 21 de abril. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

La presión popular hizo que el presidente derogara las reformas al Seguro Social, pero las manifestaciones se han mantenido en todo el país. Quienes protestan aseguran que no lo hacen ya por esas reformas, sino por la necesidad de un cambio político, tras once años de autoritarismo. Todos los días en Managua y en otras ciudades del país hay piquetes, vigilias por los caídos, marchas de estudiantes, en un movimiento que ha superado a la Policía Nacional, institución desacreditada y manchada de sangre. Ortega convocó a un Diálogo Nacional para resolver la crisis y pidió a la Conferencia Episcopal de Nicaragua como mediadora de ese Diálogo.

Asistí a aquella primera sesión del Diálogo. Era una mañana de mayo. Los árboles mostraban su verdor en las cercanías del Seminario Nuestra Señora de Fátima, donde se realizaría el encuentro. A las 9:30 de la mañana del miércoles la caravana de Ortega arribó al seminario. A pesar de la hora temprana el calor ya sofocaba. Las camisas de los periodistas mostraban el pecho húmedo, las medialunas en las axilas, las gotas que resbalaban por la espalda. Todos corrimos. ¡Viene Ortega! ¡Viene Ortega! Antes de él los policías, patrulla tras patrulla, uniformados, armados, con el rostro cansado y agrio. El sonido de los helicópteros militares. Y luego el Mercedes Benz blindado. Ortega al volante. Murillo a su lado. Saludaban y la gente los saludaba a ellos, pero no como esperaban. ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Asesinos!, les gritaban.

Sesión del Diálogo Nacional del 18 de mayo. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

En el interior, en un enorme salón con mesas dispuestas en rectángulo, se reunían las personalidades de la sociedad civil, empresarios, estudiantes y sindicalistas convocadas por los obispos para negociar con el régimen. El Diálogo, sin embargo, es tan frágil que no da garantías de un cambio político real en el país. “Es un riesgo”, admitió Silvio Báez, el obispo auxiliar de Managua y uno de los personajes más admirados de Nicaragua. “Puede ser una estrategia del Gobierno para volver a lo de siempre, a lo mejor no se logra nada. Pero los Obispos queremos la verdad, no nos dejaremos instrumentalizar y solo buscaremos lo mejor para Nicaragua”, aseguró el religioso.

Ortega iba con su agenda preparada. Un guiño a los empresarios. Con ellos pretendía hablar de economía, de estabilidad, de zonas francas y seguro social. Entró sonriente a la sala. Seguro. Como un capo que sabe que tiene el control al negociar. Se sentó acuerpado por su esposa, por sus ministros, por sus asesores económicos, por sus operadores políticos.

Dentro se sentía la rabia, la indignación te mordía, el dolor te golpeaba el pecho. Lesther Alemán, de 20 años, fue la voz que soltó la ira por cuatro semanas acumuladas. El joven, muy delgado, moreno, alto, pero con voz que retumbó en la sala como la erupción de un volcán, dijo que ahí estaban los actores de una rebelión pacífica, que ahí estaban los jóvenes que despertaron a una nación, ahí estaban los compañeros, amigos, colegas, camaradas de los jóvenes asesinados por la brutal represión. Exigió justicia. Exigió reconocimiento del delito. Exigió que Ortega y Murillo dejaran el poder. Su voz resonaba potente en los altoparlantes. Estremecía escucharlo. ¿Quién era ese muchacho que le habla cara a cara al Dictador? Él lo escuchaba. Sin expresiones en la cara que delataran repudio, venganza, odio. Su mujer, en cambio, estaba descompuesta. Se notaba su incomodidad. Tenía ganas de decir algo. De callarlo. De hablar solo ella. El eterno monólogo que dura ya once años.

Manifestantes muestran una pancarta con el rostro del estudiante Lesther Alemán, el 19 de mayo. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

El país entero contempló boquiabierto esa escena. El hombre fuerte increpado por un muchachito. Ortega admitiría meses después que asistir a aquel encuentro fue un error, que error también fue que la Iglesia lo haya televisado. La estrategia siguiente fue boicotear las negociaciones, que más tarde serían suspendidas. Ortega desataría su “Operación limpieza”: armaría grupos paramilitares y arrasaría con todos los tranques y barricadas que la gente había levantado como protesta y protección. La sangre corrió en Carazo, Chontales, León, Masaya, Granada y Jinotega. La suma de muertos aumentó a cifras de horror.

Las heridas abiertas 

Funerales de una de las víctimas de la represión, el pasado 3 de mayo en Managua. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

Ortega ha abierto una herida enorme en Nicaragua. Aunque el presidente logre sortear esta crisis gobernará con un país que lo odia. Un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos reveló el nivel de la tragedia nicaragüense: 320 muertos. La mayoría jóvenes, muchos de ellos murieron con impactos de bala en la cabeza, cuello y tórax. Hay denuncias del uso de francotiradores y ejecuciones sumarias. El informe también revela la negligencia de las autoridades de salud pública al negar atención médica a los heridos, supuestamente por órdenes de la ministra de Salud, Sonia Castro. Tampoco se practicaron a los cuerpos las autopsias pertinentes y hay negación de justicia a las víctimas. La CIDH recomendó cesar la represión inmediatamente al Gobierno y crear un mecanismo internacional autónomo para que esclarezca lo sucedido en Nicaragua.

Una misión de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos arribó a Nicaragua el 26 de junio para acompañar a la llamada Comisión de Verificación y Seguridad del Diálogo Nacional. La misión desplegó a sus técnicos para monitorear la situación de derechos humanos en el país. La Oficina del Alto Comisionado publicó un informe en el que responsabiliza al Gobierno de Ortega de graves violaciones a los derechos humanos.

El informe recoge testimonios de ejecuciones extrajudiciales, torturas, detenciones ilegales, violaciones a los detenidos usando incluso rifles, quemaduras con pistolas de electricidad o cigarrillos, el uso de alambre de púas, golpizas con puños y tubos e intentos de estrangulación. El informe también denunció la utilización de grupos irregulares armados usados para reprimir las manifestaciones. “Estos elementos armados están bien equipados con vehículos, equipo militar y armas, incluso con armas de alto calibre como los rifles de francotirador AK-47 y Dragunov”, recoge el texto.

Funerales de una de las víctimas de la represión, el 10 de junio. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

“La represión y la represalia contra los manifestantes continúan en Nicaragua mientras el mundo mira hacia otro lado”, dijo en un comunicado el alto comisionado para los derechos humanos de la ONU, Zeid Ra’ad al-Hussein. “La violencia y la impunidad de los últimos cuatro meses han puesto de relieve la fragilidad de las instituciones del país y del estado de derecho, y han generado un contexto de miedo y desconfianza”, agregó. La ONU recomendó al régimen de Ortega la creación de una Comisión Internacional de Investigación o una Comisión de la Verdad “para asegurar el acceso a la verdad, la justicia y la reparación a las víctimas” de la crisis.

Ortega rechazó el informe y acusó a la Oficina del Alto Comisionado de ser “un instrumento de los poderosos que imponen su política de muerte”. El mandatario expulsó a la misión de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, pero no pudo evitar que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas discutiera por primera vez la crisis. El 6 de septiembre se realizó la sesión, convocada por Estados Unidos —que ocupaba la presidencia rotatoria del consejo— que sirvió para denunciar la violación a los derechos humanos y la brutal represión desatada desde el Estado contra las manifestaciones pacíficas que exigen el fin del régimen de Ortega.

Una de las mayores manifestaciones se realizó en mayo. Las madres de los caídos en abril –considerados héroes en Nicaragua– se organizaron en su demanda de justicia. El 30 de mayo, cuando en Nicaragua se celebra el Día de las Madres, organizaron una gigantesca manifestación que fue bautizada como “la madre de todas las marchas”. Centenares de miles de nicaragüenses ocuparon cuatro kilómetros de la céntrica Carretera a Masaya. A pesar del dolor, había mucha alegría, por la libertad recuperada. “Es una demostración de fe en el futuro”, me dijo durante la marcha el escritor Sergio Ramírez. “A pesar de la tragedia que hemos vivido y los crímenes masivos que se han cometido, el pueblo tiene fe en que la paz vendrá y la única manera de que venga la paz es la democracia”. Una hora después de hablar con el Premio Cervantes, el horror mordió el que era un día hermoso en Managua. A las cinco de la tarde, la marcha terminaría frente a la Universidad Centroamericana con un evento cultural. Hablaría una de las madres de abril y también un estudiante universitario. Para recordarles y recordar que no debía haber un muerto más. “¡Qué se vaya Ortega!”, gritaban. Y las balas sonaron a 100, 200 metros, en el sector de la Universidad Nacional de Ingeniería. Les disparaban desde el Estadio Nacional de Beisbol Dennis Martínez. El Dictador no solo mataba a sus hijos, sino que las amenazaba a ellas. Uno a uno fueron cayendo los heridos sobre el pavimento. Once muertos en Managua. También se registraron más muertos en otras ciudades, que habían organizado manifestaciones. Un total de 19 personas fueron asesinadas en la que será recordada como la Masacre del Día de las Madres.

Paramédicos atienden a uno de los heridos tras el ataque a la Marcha del Día de las Madres, el 30 de mayo en Managua. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

En nombre de los caídos

Desde ese día Ortega ha desatado una ola terror en todo el país. En Managua, al caer la noche, se impone un toque de queda no oficial, con grupos parapoliciales patrullando la ciudad, sembrando el miedo entre sus pobladores. Mientras otras ciudades del país sufren el asedio de las huestes de Ortega, la capital se queda encerrada por el miedo de sus habitantes. Por ahora no se realizan las vigilias que en abril y principios de mayo juntaban por las noches a centenares de personas en la céntrica rotonda Jean Paul Genie de Managua, epicentro de la rebelión ciudadana.

Asistí a una de esas vigilias. La gente ondeaba banderas nacionales y coreaba la consigna de las marchas: “Eran estudiantes, no eran delincuentes”. La noche era fresca y las brisas de la capital sofocaban el ardor que todavía desprendía el asfalto. En la manifestación me encontré con la escritora Christian Santos. No escondía su indignación. “Si hubiese sido uno de mis hijos me enfrento con esos hijueputas”, me dijo, en referencia a los policías acusados de disparar a mansalva contra estudiantes. Mientras nos apartábamos un poco del bullicio de los cláxones y las consignas, Santos me explicó que ella era “indiferente” a la política. “Me mantenía de una manera cómoda y no fui a la primera marcha por miedo”, reconoció. Fue la imagen de un joven estudiante de la Universidad Nacional Agraria, con ojo vaciado por un disparo de goma de la Policía, la que sacudió a esta mujer.  “Despertó en mi un sentimiento maternal. Pensé que eso podía pasarle a mi hijo, así es que mi miedo se volcó en ira, en acción, en participación”, me contó. “Basta ya de la indiferencia”, dijo mientras sostenía una candela en homenaje a los muertos.

Imagen tomada el 12 de julio que muestra afiches con el rostro de las víctimas de la represión. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

En esta rotonda fue derribado uno de los primeros “Árboles de la Vida”. La noche en que participé en la vigilia un grupo voluntario de jóvenes plantaba cruces con listones rojos y sobre la mancha negra que quedó donde estuvo la estructura de metal que simboliza el poder autoritario de Ortega y su esposa, un grupo de personas montó un altar, con fotos de los jóvenes muertos, candelas y flores. Convergían en esta céntrica rotonda capitalina nicaragüenses de todas las clases sociales: ricos y clase media se abrazaban y se tomaban de las manos con las humildes madres que, cargando retratos de sus hijos desaparecidos, exigían que se los entregaran. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, coreaba la multitud. Ahí estuvieron por semanas esas cruces, hasta que el régimen envió a sus huestes a arrancarlas. Los nicaragüenses, liberados de las cadenas del miedo, las plantaron de nuevo. Y ahí están como el recordatorio de la peor tragedia vivida en este país desde el fin de la guerra. Aquí se acabaron los “Árboles de la Vida”, el símbolo del totalitarismo.