Opinión

Aquí fue Nicaragua, no se salva ni dios

Familia calcinada Nicaragua

Los francotiradores de Rosario Murillo y Daniel Ortega, regresaron informando que habían cumplido su misión de asesinar a Dios



La política de los filibusteros, con que al peor estilo de William Walker gobiernan desde El Carmen, es de tierra arrasada, pero que ellos presentarán como tierra pacificada a las representaciones internacionales de derechos humanos que vengan a constatar las atrocidades que han cometido con sus secuaces. ¿Quedará entonces algo de Nicaragua? ¿O, emulando a su colega filibustero, que también aquí fue “Presidente”, incendiarán Nicaragua, y cuando huya por fin la pareja de tiranos -como Walker hizo con Granada- dejarán un rótulo con sus imágenes sonrientes que diga: ¡Aquí fue Nicaragua!?

Ya vamos con más de 200 asesinados, y para los tiranos, al paso de ganso que van, será fácil, muy pronto, llegar a 500, y como su meta macabra no tiene límite, después caerá el silencio de todos los asesinados, y como una gran lápida los aplastará. Dice monseñor Rolando Álvarez: “En Nicaragua ya existe una montaña de muertos”. Es la montaña de los caídos. De los inocentes masacrados. De los niños calcinados vivos. Por eso, los sicarios de los dos filibusteros mayores usan pasamontañas para pasar encima de los cadáveres que dejan a su paso: una montaña de muertos, a los que, según Gonzalo Carrión, del CENIDH, los matan hasta tres veces: quitándoles la vida; negando que existieron; y robándoles su identidad. Este es pues, un país de muertos que no existen.

Hoy están arrasando pueblos y ciudades, entre ellos la heroica Masaya. Pueblos que no se repliegan ante el terror desatado con alevosía y ventaja. Para los valientes no hay repliegue posible. Ese repliegue circense, al que los dictadores solían acudir custodiados por esbirros, es para los cobardes y para quienes, en verdad, jamás fueron a repliegue alguno. La verdad es que los tiranos aumentaron su crueldad. Mandan a sus antimotines y parapolicías a cumplir sus deseos de quemar vivas a familias inocentes. Un pariente de una de esas familias de seis miembros, incluyendo dos niños, enardecido gritó: Maldigo a los Ortega-Murillo, a su familia y a su descendencia. Así sea.

A propósito, de Metro (18/06/18), tomé este párrafo: “De la justicia de los hombres podrán escapar, pero de la justicia de Dios no, porque Dios es justo, expresó en voz alta un pastor, que iba entre la multitud acompañando la marcha fúnebre de la familia asesinada por una turba de enmascarados hace dos días en el barrio Carlos Marx, quienes los quemaron vivos dentro de la casa”. Y cuando en aquel doloroso entierro sepultaban a los niños, la multitud coreaba: ¡Eran bebés, no eran delincuentes!, mientras desde lo más profundo del alma a una familiar de los asesinados le brotaba un llanto quebrado. Un llanto roto y ya imposible. Un llanto a través del cual lloraba toda Nicaragua.

Y dicen que eso de que los dictadores no escaparán de la justicia de Dios, llegó a oídos de los tiranos, y la tirana, horrorizada, le ordenó al tirano: —Hay que matar a Dios, es una plaga subversiva en iglesias y fuera de ellas, delincuente y vandálico. Entonces ambos, auto convencidos que Dios era el principal enemigo de su concepto de justicia y alterador del orden público y la paz, encargaron a sus francotiradores la misión de eliminarlo. Mientras, los dos cuervos que los representan en el Diálogo Nacional, recibieron orden de hacerlo fracasar con mentiras y calumnias, y la claque que los acompañaba los secundó con su repetitivo graznido de cuervos.

Fue curioso cómo las cortinas de humo que le echaban al Diálogo, se confundían en una sola con el humo de los seres humanos que sus sicarios calcinaban. Eran una misma: la de la mentira y la de la muerte.

Blas de Otero, el poeta español que como muchos confrontó al franquismo, escribió con valentía para aquel tiempo y para éste: Ni una palabra/ brotará de mis labios/ que no sea/ verdad. / Ni una sílaba/ que no sea/ necesaria…/Me llamarán, nos llamarán a todos. /Tú y tú, y yo, nos turnaremos/ en tornos de cristal, ante la muerte. /Y te expondrán, nos expondremos todos/ a ser trizados ¡zas! Por una bala. / Bien lo sabéis. Vendrán/ por ti, por mí, por todos/ Y también por ti. / (Aquí/ no se salva ni dios. Lo asesinaron.) Traigo a colación al poeta por su vocación de verdad y lucha, no porque él se resignó ante la muerte. En su poema Me llamarán. Nos llamarán a todos, trae esta cita que explica su disposición de entregar la vida, pero por una causa justa: …porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más… (Sancho. Quijote, 11, cap. 74.)

Los Heraldos Negros, francotiradores de Rosario Murillo y Daniel Ortega, regresaron informando que habían cumplido su misión de asesinar a Dios. En su servil afán de cometer aquel deicidio, le dispararon a cuanto ser viviente encontraron, ya que juraban haber visto a Dios por todas partes y, sobre todo, en niños que cargaban sus madres. De alguna manera, pensaban, alguno de aquellos niños asesinados tenía que ser Dios, y le llevaron la triunfal noticia a la consorte del tirano, quien, desbordando felicidad, con incontrolable devoción e histeria, abrazándolo le dijo: —¡Triunfamos! Aquel Dios ya no existe. Ahora vos sos el único Dios.

Y el tirano, así endiosado, no cabía de gozo pensando que pasaría la eternidad en el poder. Pero la verdad es que los sicarios se habían equivocado. Al que habían asesinado era al dios a quien todos los días se encomendaban los tiranos. El dios de ellos. Su dios.