Opinion

Sanar las heridas de la intolerancia

Aún hay tiempo. Construir sin demora un mundo mejor en igualdad de derechos y oportunidades bajo un cielo más limpio y azul.

Tres hechos acaecidos en tiempos de pandemia comparten provocadores desafíos: La tormenta ciclónica Amphan, una de las mayores del Océano Índico en las últimas décadas, abatía a finales de mayo 2020 las costas Este de India y Suroeste de Bangladesh, países densamente poblados. En pleno confinamiento por el ascenso del Covid-19, tres millones de personas fueron evacuadas. Luego en julio, entró arrasador el monzón dejándoles comarcas enteras bajo el agua como también en Bhutan, Myanmar, Nepal al Sur del Asia y millones de personas más desplazadas. El patrón desvastador en su intensidad y frecuencia, según estudios científicos, es propio del cambio climático por el calentamiento global. El pánico circula libre en el planeta.

En el continente americano, 30 de mayo 2020: Centro Espacial Kennedy, Cabo Cañaveral, Florida. Lanzamiento del primer vuelo comercial conjunto de una empresa privada SpaceX y NASA, tripulado por dos astronautas, dirigido a la Estación Espacial Internacional (EEI), utilizó un cohete a propulsión y nave reutilizables, como tal, un hito histórico cuyo objetivo es reducir los costos del transporte espacial para la colonización del planeta Marte en próximas décadas. Tras su estela de fuego, dejó encendida una incógnita de supervivencia.

En Europa, el pasado 22 de junio el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, uno de los clásicos más espectaculares de la Ópera en el mundo, cerrado en marzo durante el  confinamiento español, reabrió para un inusitado Concierto online. A “casa llena” sus 2,292 butacas en platea y magníficos balcones ocupadas por macetas con plantas verdes. Una ilusión virtual aplaudida.

La globalización acercó nuestras geografías y culturas. Compartimos esplendores y oscuridades. Interactuamos a distancia acercándonos y a veces, alejándonos. Algunos mitos discordantes han sido derribados. El ambiente se enrarece: se extinguen los animales o corren espantados por las grandes urbes desoladas; los peces saltaron sobre las superficies marinas y la rosa, muere. La ambición extiende su ramaje entre las multitudes aturdidas sin tiempo para el beso alejándose el entendimiento necesario para concertar apremiantes temas de la especie. Subsisten sobresaltos. Se reinstala la  supremacía del ego. Egos por todos lados imponen obtusas visiones a las cosas esenciales y simples disgregando voluntades. La calumnia es una adicción a la mentira. La envidia aprisiona.

Confabula la clase política por llegar al poder; ciega insiste en imponer su propio credo como verdad alejada de la voluntad de las mayorías y se perfila tan antagónica como quienes se enroscaron en él. Se extienden las discrepancias, se excede el egoísmo, el control de pocos sobre muchos y apenas puede la tierra resistir los embates del desenfreno.

Los gobiernos de distintos signos, alejan o ausentan la disposición de recursos necesarios que demandan los sectores más desprotegidos: la educación, la salud, el bienestar social; las artes y la cultura, por siempre dejados en la cola del vagón cuando éstos han atraído los mayores consensos a través de la historia de la humanidad. El arte, elemento fundamental del desarrollo humano entró en sombría competencia con el asfalto teñido de sangre de la carnicería desatada. La mediocridad del corazón subida en la tarima de la hipocresía bajo los reflectores, turbados: frívola expresión cínica de una civilización en decadencia sumida en el desencuentro y la soledad soterradas a veces en redes infinitas. Un mar sin fondo ni playa. Se formaron acantilados que antes fueron costas anchas donde alguna vez caminamos tomados de la mano.

El gris, también cede tonalidades a ¡la luz! Se anuncian épocas propicias para descartar estiletes de mando adversos a los derechos inalienables del hombre y la mujer. Estaciones que liberarán el pensamiento y la acción necesarias para crear los consensos clamados por poblaciones enteras en las sociedades contemporáneas. En este siglo XXI hay muestras que animan la estancia. Especialmente, cuando tanta humanidad joven alerta resguarda la selva, el agua,  los cielos y en bandadas desafían instalar justos equilibrios en instituciones vitales para la vida en Democracia: querer despertar a la Justicia de su prolongado letargo; sostener firmes la Libertad, eliminando para siempre toda esclavitud y donde el silencio sea únicamente de quien lo busca para el Arte y nunca más, contra la libre expresión.

La miseria se extiende junto al dolor de una corona de espinas. Los fundamentalismos ideológicos como los religiosos desangran a naciones enteras sin visos de pronta resurrección. Escuadrones de la ira detonan continuamente la angustia. Las reservas de los bancos y las inequidades son incongruentes. La usura no miente, lapida. Las mujeres solitarias y horrorizadas deambulan por las fronteras, mueren sin voz, o mancilladas reclinan su naturaleza tras alguna esperanza. La sinrazón pareciera ser el látigo de nuestra especie.

Densa y oscura la corrupción se riega como torrente sucio por los cuatro puntos cardinales y la muerte atemoriza a la vuelta de la esquina. La pandemia arrastra en su corriente el ruido de la vida, pero aún hay tiempo. Entre la penumbra, otra vez, una luz se filtra: un florecimiento de la lucidez; pensamientos transparentes como la ética se multiplican en bondades que parecieran poder contrarrestar el egoísmo y contribuir a sanar las heridas de la intolerancia. La evolución en marcha parece proponer renovados entornos tras el encuentro del ser humano consigo mismo y su identificación plena con la naturaleza. Sugiere este nuevo tiempo, construir sin demora un mundo mejor en igualdad de derechos y oportunidades bajo un cielo más limpio y azul.

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