Capítulo VII: Pasado y futuro

El entierro de Somoza ya había pasado y el destino de sus enemigos comenzaba a ser acariciado por los hijos del muerto.

Pedro Joaquín Chamorro

Somoza estaba muerto. Su larga carrera de hombre público, encaminada a hacer de Nicaragua un gran feudo propio, había concluido; sus extensos años de dominio sobre todo un pueblo, se presentaban a nuestra imaginación con las profundas notas de la radio, llevando a todos los rincones de Nicaragua la música que acompañaba su duelo.

Comenzó en el año 1934, cuando ordenó matar a Sandino. Continuó en el año de 1936, cuando decidió derrocar a su tío Juan Bautista Sacasa de la presidencia. Se postuló como candidato y ganó unas elecciones el mismo año; cambió la Constitución del país en 1939; tuvo una crisis de poder en 1944 y permitió que le sucediera en 1948 el doctor Leonardo Argüello. Lo botó 27 días después de su toma de posesión, a la cual asistieron más de 30 delegaciones de todo el mundo, y puso en el Gobierno a un señor pelele, llamado Benjamín Lacayo Sacasa. Después hizo una nueva Constitución en el año de 1948 y sustituyó a Sacasa por el doctor Víctor Román Reyes. Este murió en 1950 y Somoza cambió nuevamente la Constitución y se eligió presidente por el término de seis años.

Los estaba concluyendo y había reformado la Constitución otra vez para reelegirse, cuando le sorprendió la muerte, escondida en las balas de un pequeño revólver 38, calibre corto, accionado por Rigoberto López Pérez, un muchacho desconocido a quien en la ciudad de León, de donde era originario, apodaban “El Chino”.

Durante el tiempo que gobernó Somoza, Nicaragua, como todos los países latinoamericanos dominados por dictaduras, iguales a la suya, aparentaba ser una democracia, pero no lo era.

Tenía un Congreso presidido por el hijo de Somoza, Luis, quien llevaba todos los días desde el palacio de su padre la vigilante consigna de lo que convenía hacer; en sus bancas había cabida para un grupo de opositores que gritaban de vez en cuando algunas verdades al Gobierno, pero sus votos jamás podían derrotar a la mayoría impuesta por Somoza; su Corte Suprema había ido cayendo desde una relativa independencia, hasta la más absoluta dependencia de sus caprichos y órdenes. Había un puerto que llevaba su nombre, un pueblo que se llamaba “Villa Somoza”, una avenida Somoza, un parque con el nombre de su hija (Lilian), cuyo retrato se ostentaba en los billetes de un córdoba (unidad de moneda nacional); tenía innumerables bustos, lo condecoraban cinco o seis veces al año y frente a la entrada principal de un estadio, al que puso su nombre, había una estatua suya de bronce que lo representaba a caballo, vestido de militar y cuajado de medallas.

Su megalomanía lo llevó a veces al ridículo de propalar por todos los medios de publicidad conocidos, lemas como una que decía: “Nicaragua en marcha con Somoza al frente”. Era una copia de la conocida frase de la marca de automóviles Ford… “el mundo en marcha con Ford al frente”…

Nicaragua estaba poblada de fotografías suyas en toda clase de posiciones; entre ellas una que ostentaba el título de “Pacificador”, y otras que decían imitando la fraseología del exdictador de la Argentina Juan Perón… “Somoza cumple” o simplemente “Somoza creó una Doctrina y forjó una Patria Nueva”.

Había gobernado oficialmente 20 años, enmarcado en los rasgos típicos del dictador occidental, que son la violación constante de la ley por el más fuerte y la voluntad arbitraria, impuesta siempre a todo trance. Su filosofía de mando estuvo concretada en la necesidad de hacer prevalecer su capricho sobre las normas legales, para bien, o para mal: si iba a hacer un favor, o iba a hacer un daño, ambas actuaciones tenían necesariamente que estar al margen de la ley. Así ordenaba a sus propios tribunales militares condenar a una persona a una determinada pena, y una vez escrita la sentencia mandaba que se le aplicara otra, ya fuera esta más grave, o más leve.

Su carrera, cuyo fin presenciamos muchos nicaragüenses una tarde lluviosa del mes de septiembre, llena de truenos en la atmósfera, y de cañonazos rítmicos que hacían temblar el suelo de Managua, fue hija de la ocupación norteamericana en Nicaragua. Los interventores crearon un ejército eficiente y fuerte, y al cabo de su misión, lo dejaron a él como hombre fuerte dentro del Ejército. De este primer peldaño subió, poco a poco, hasta escalar las cumbres más remotas del poder cesarista, el lugar en donde ya no se permiten las más ligeras críticas de los adversarios ni las indicaciones de los ministros; estos últimos, según frase textual de uno de ellos, muy celebrada por cierto en Nicaragua, no eran más que escribientes del presidente.

Siempre que se presentaba a una elección tenía que ganarla. Su sistema era simple y no aceptaba pérdidas posibles de ninguna parte: los que hacían el escrutinio, gente siempre que se contaban entre sus allegados, apelaban al cínico expediente de invertir las cifras, o de contra los votos sin examinar el nombre del candidato que aparecía en ellos.

Un testigo presencial me contó una vez la forma en que hicieron el recuento de una urna, en la ciudad de Masaya por cierto:

­La abrieron con una gran solemnidad —­me decía—­ y luego que el presidente de la mesa acomodó todas las papeletas de votación con la parte impresa hacia abajo, cogió un buen legajo de ellas con una mano y dijo: “estos son los votos de nosotros… lo que queda, es de la oposición… ” , y acto seguido comenzó a contar.

Así fue que logró instalar en el poder en 1948 a un candidato propio, contra la coalición de los partidos Conservador y Liberal Independiente, y cuando 27 días después de inaugurado en el mando se vio en la necesidad de botarlo porque no se dejaba gobernar por él, dijo abiertamente a todo el que quiso oírlo:

­—Este viejo tonto se creía presidente… ¡y sabe que ni siquiera sacó 10,000 votos!

El viejo era el doctor Leonardo Arguello, quien aceptó ser candidato de Somoza con la esperanza de llegar al poder, impuesto por el Dictador, pero no para ser un siervo obediente suyo, sino para echarlo del país y librar a Nicaragua de su amenazante corrupción.

Somoza fue jefe del Partido Liberal Nacionalista de Nicaragua, entidad política a la cual absorbió en una forma tan completa, que durante sus últimos tiempos, cuando se trataba de escoger candidatos para diputaciones y senadurías en el Congreso, la Convención del Partido delegaba en su Jefe Máximo todos los poderes y prerrogativas que de acuerdo con sus estatutos le correspondían.

Los derechos humanos fueron virtualmente suprimidos durante su permanencia en el poder, a pesar de que constaban en todas las constituciones que dio a Nicaragua, en amplios y bien hilvanados capítulos. Muchos hombres padecieron largas prisiones sin juicio, otros fueron extrañados del territorio nacional, o confinados a islas semidesiertas; otros golpeados brutalmente por la fuerza pública, y hay una verdadera legión de nombres que corresponden a los que murieron asesinados en una u otra forma durante su Gobierno.

Lo que significaba el Habeas Corpus puede quedar ilustrado con la experiencia del doctor Agapito Fernández, ciudadano opositor de la ciudad de Jinotepe.

­—Una vez ­—me contaba Agapito—­ había cerca de 30 presos en Jinotepe, y yo fui el único que pedí a mi familia interponer un recurso legal de Habeas Corpus. Pasó el tiempo, y al cabo de unos días, llegó hasta nuestras celdas el coronel Julio Somoza, hermano del presidente de la República, quien nos ordenó salir al corredor y formar filas.

Este Julio Somoza fue bien conocido en Nicaragua por sus múltiples atropellos y asesinatos. En una ocasión violó el cementerio de Jinotepe irrespetando la sagrada memoria de los difuntos.

­—¿Quién de todos es el que interpuso el Habeas Corpus?— ­preguntó Somoza.

­—Yo —­dijo el doctor Fernández.

­—Entonces ­—replicó el militar—­ van a salir todos, menos vos.

Y así fue, porque el rasgo característico de la dictadura de Somoza, era su constante actitud agresiva frente a la ley, apoyado seguramente en una íntima necesidad que sentía de estar al margen de ella. Somoza y la ley eran contradictorios, tanto como lo son la dictadura y la democracia. Él era un tirano en todo el sentido de la palabra, un hombre que pretendía estar encima de todo, y que únicamente obedecía los dictados de su propia emotividad.

Cuando ponían en la cárcel a alguna persona, los amigos del Dictador que conocían bien su carácter, advertían a los familiares del preso:

­—No hay que reclamar nada, porque es peor.

Cuando se atacaba a un ministro, Somoza estaba con él; pero si era motivo de alabanzas, inmediatamente venían las sospechas y el hombre afrontaba el riesgo de caer. Su vicio por el ejercicio del poder no reconocía límites de ninguna clase; para él lo esencial era sobresalir en todo; mandar, aunque fuera contra la razón y la lógica. Por eso, mientras amasaba una fortuna inmensa, que ninguno de los otros capitalistas del país había siquiera soñado; y monopolizaba todos los honores de la república para él y sus hijos, estaba también en los pequeños detalles: su equipo de béisbol no podía perder, sus caballos de pura sangre debían de ganar en el hipódromo, y sus ejemplares vacunos tenían que salir premiados en las ferias agropecuarias.

Ahora Somoza estaba muerto. Había dejado atrás todo el inmenso poder de las fabulosas riquezas acumuladas en 20 años de mando, pero listas para caer suavemente, aún a pesar de su violenta desaparición del mundo de los vivos, en manos de sus herederos.

Estos eran dos: el hijo mayor, llamado Luis Anastasio, y el hijo menor, llamado simplemente Anastasio. Uno de ellos fue durante los últimos días de su padre, Presidente del Congreso y primer designado a la Presidencia de la República; el otro, jefe director del Ejército, jefe del Estado Mayor, jefe de la Fuerza Aérea, y director de la Academia Militar. Los dos vivieron como actores principales el drama de los últimos años de su padre, siempre en el pináculo del poder, y siempre amenazados por la constante rebelión del pueblo nicaragüense, que jamás aceptó el sistema.

Junto con su padre también habían llevado a cabo las últimas represiones políticas, especialmente la que siguió al 4 de abril de 1954, fecha en que un grupo de hombres armados penetró al territorio nicaragüense, dispuestos a derrocar a la tiranía somocista. Conocían todas las argucias del fallecido dictador y sabían manejar su máquina vengativa y cruel.

Yo fui un opositor al régimen de Somoza desde mis años de estudiante en la Universidad Central de Managua, en 1944; lo había combatido escribiendo en el diario de mi padre La Prensa, y sufrí constantes persecuciones en todos los terrenos conocidos.

Al enterarme de la muerte del Dictador sentí, como es natural, que el derrumbe violento de aquellos 20 años de mando absoluto, tenía que afectarme; ellos me consideraban como uno de sus principales enemigos, porque el diario que estaba bajo mi dirección era el principal del país, y no daba cuartel a su política despótica e inmoral.

Pero la verdad es que nunca me imaginé hasta dónde podía llegar ese derrumbe, porque estaba lejos de conocer la rama del atentado, y se me hacía imposible suponer siquiera que alguien pretendiera mezclarme en él.

De las cárceles de los Somoza tenía una dolorosa experiencia. Sabía que torturaban y asesinaban a sus prisioneros, había escuchado relatos de muchos compañeros que estuvieron recluidos conmigo más de un año después de abril de 1954, recordaba haber visto una vez a Anastasio Somoza Debayle con una venda de boxeador atada a su mano derecha, entrar a una pequeña estancia de donde salieron los quejidos del mayor Domingo Paladino, quien atado de manos y pies recibió estoicamente los golpes del hijo menor de Somoza. Paladino me lo confirmó después… como tantos otros; sabía que junto con Teodoro Picado, hijo, Anastasio Somoza Debayle había colgado de los testículos a Jorge Rivas Montes; conocía la historia de mis primos Humberto y Tito Chamorro, de Julián Salaverry, de Fernando Solórzano y de centenares de otros nicaragüenses torturados en las investigaciones presididas por los Somoza… pero a mí nunca me habían hecho eso.

¿Qué iba a pasar, ahora que la historia misma de Nicaragua se conmovía con la muerte del hombre, que se instaló en su gobierno durante 20 años…?

En la asquerosa prisión que nos servía de alojamiento sabíamos lo que significaba la desaparición de Somoza, cuya familia había aprendido de él a gobernar solo por la violencia.

Del “galillo” de la Tercera Compañía se llevaron una tarde al doctor Enrique Lacayo Farfán, y un día después llegaron a pedir sus escasas pertenencias… una sábana, una toalla, y algunas prendas de ropa sucia.

Enrique no volvió.

El entierro de Somoza ya había pasado y el destino de sus enemigos comenzaba a ser acariciado por los hijos del muerto.

Anastasio Somoza Debayle con una venda de boxeador atada a su mano derecha estaba allí.

—Como olfatean los felinos—, que saltó en el interior de su ser el deseo de estrujarme, de deshacerme.  Y yo estaba allí, en una noche secreta, solo, inocente, inerme.  Mi enemigo se presentaba tal cual era.

Se había dejado arrastrar, en mi presencia, por un extraño sentimiento de destrucción que no cabía en su ser.

Una pequeña puerta comunicaba también con el “Cuarto de Costura”, convertido, según debería saber unas horas más tarde, en innoble cámara de tortura.

Comienza la gran lucha por la integridad del honor… y de la vida.