Capítulo XI: El pozo, y lo demás

Es como morirse y resucitar para volver a morir. Matan el cuerpo para poder con más facilidad apoderarse de su dueña que es la mente; asfixian para tomar entre sus manos la inteligencia y escribir con ella lo que quieren.

Pedro Joaquín Chamorro

A mí nunca me llevaron al “pozo”, pero conozco el ritual porque he vivido meses con personas que han ido a él.

El pozo es una pieza suficientemente profunda como para ahogar a un hombre, sobre todo si lo meten en ella respetando las normas que usan los especialistas en la materia.

Uno de los principales conocedores de la técnica es, según testimonio de todos lo que han estado en el pozo, el teniente Carlos Malespín.

Entre otros que recuerdo, fueron al pozo los doctores Enrique Lacayo Farfán, Francisco Frixione, Doro Real, Alonso Castellón y muchos más.

Cuando las llaves suenan después de las ocho de la noche en un calabozo de la loma de Tiscapa, y el oficial que abre la puerta le dice a uno:

—”DESNÚDESE” —­quiere decir que va al pozo.

El que se desnuda, camina por un pasillo comunicado con una escalera que da al patio, hasta que le ordenan detenerse y le pasan un mecate por las muñecas y otro por los tobillos.

Entre un mecate y otro, amarran un tercero que sirve para bajar al pozo a la víctima, o para izarla cuando se está ahogando, y una vez concluida la operación, comienzan a convencerlo con buenas maneras de que es mejor decir, “cooperar”, como dicen ellos, porque de lo contrario… en el pozo puede ahogarse.

Y lo ahogan, sí. Lo ahogan una y otra vez; lo zambullen atado de pies y manos empujándolo de la cabeza hasta que las burbujas de agua se hacen cada vez más pequeñas, y el movimiento del cuerpo que se resiste a sucumbir, cesa.

Es la muerte misma, porque seguramente cuando la gente se ahoga por un accidente, ya no siente nada después de eso. ¿Qué otra cosa puede sentir?

El mundo se deshace en un pequeño chapoteo de agua turbulenta y sucia, los ojos se cierran y la mente se nubla definitivamente como ocurre con el éter aplicado en la mesa de operaciones; se ven círculos concéntricos innumerables, se siente una presión inexplicable en todo el cuerpo, hay un último espasmo, un salto que no llega a producirse por la impotencia física en que está el cuerpo, una ansiedad espantosa que es la asfixia, y todo termina; pero no, no termina.

Es como morirse y resucitar para volver a morir. La desesperación de la asfixia que se produce en unos dos o tres segundos, hace que este lapso se extienda a toda la vida; los hijos, la esposa, la madre … todos están allá en el hogar, tan lejos como la infancia y la adolescencia, que corren frente a los ojos del moribundo en una cinta cinematográfica apresurada, frenética y loca. Y en medio de todo, el recuerdo de Dios, y la invocación de sus santos… “¡Mamacita!”, se oye gritar de lejos. “¡Dios mío! ¡Virgen del Carmen!”, y las voces claras de estas alusiones cristianas se ahogan junto con la víctima en el murmullo del agua que entra por los pulmones que han cedido a la presión, y se han abierto ya, como válvula muerta.

El chapoteo del agua corta toda expresión de vida y el lejano sonido de un motor eléctrico sostenido en explosiones pausadas y graves, enturbia la atmósfera hasta que se hace el silencio absoluto.

Sacan al hombre exánime. De sus labios amoratados ya no brota expresión de ninguna clase. Sus miembros están fláccidos y las cuerdas con que lo han atado, tensas… Se ha desmayado, prácticamente ya ha muerto, pero estos vivientes malignos tornan a despertarlo de un sueño que mejor hubiera sido eterno, le dan aire, le hace respiración artificial, lo reviven, en una palabra, con el único objeto de matarlo nuevamente.

Juegan así con la existencia y matan a un hombre muchas veces durante una sola noche, para encontrar como avaros que buscan el tesoro de la biología humana, la piedra escondida del pensamiento, y arrebatarla entera, para que vaya a engrosar los cofres del tirano.

Matan al cuerpo para poder con más facilidad apoderarse de su dueña que es la mente: asfixian para tomar entre sus manos la inteligencia y escribir con ella lo que quieren.

Los “científicos”, los que se han especializado ya en esa escuela del sadismo y saben hasta dónde se puede hacer sentir a un hombre todo el dolor de la muerte sin matarlo, siguen después preguntando en un lenguaje natural y sencillo, como haciendo ver que no ha pasado nada, como demostrando que actúan por juego, por broma, con hombría:

­—¡No aguantás nada vos, hombre! ¿Cómo dicen que ustedes son “perros” a la zambullida…?

Y luego, mientras fuman, o mientras platican como quien no quiere la cosa, siguen el camino trillado de su sistema, de su convencimiento que tiene todas las ganas de la estrategia intelectual.

­—Decí hombre, decí… después es peor.

También el pozo, como digo, está situado en la Casa Presidencial, y aunque raras veces aparecen por sus contornos los miembros de la familia, cuando no llegan, tienen el cuidado de informarse por teléfono de cómo va el tratamiento, y averiguar tantos detalles, que luego los usan personalmente como argumento en los interrogatorios. Porque lo que uno dice en el pozo, o en el “Cuarto de Costura”, no tiene quizá valor para los juicios militares que hacen los Somoza, pero sí es válido para la convicción que la familia se forma de los reos, y además, es obligación de estos repetir exactamente al tribunal lo que dicen en el pozo… porque si no, vuelven al pozo.

Operaciones de esta clase se dilatan a veces varios días, divididas como es natural en “sesiones” que se distribuyen ni más ni menos como las de una clínica donde se consulta a un médico.

Los hombres que bajan al pozo van al tribunal militar y vuelven a bajar al pozo, durante noches enteras de increíble dedicación, hasta que se establece la “verdad” que vale lo mismo que decir lo que piensan los Somoza que uno está obligado a declarar.

Cuando regresan, llegan inflamados. Los cordones con que han sido atadas las manos y los pies, se encogen por el agua, y las extremidades se hinchan: el cuerpo, sometido a un tratamiento de asfixia constante, está soplado, el vientre se abulta y pasan horas enteras haciendo deposiciones o vomitando.

Ese es el pozo, y además de él existen otros recursos como una máquina eléctrica que se acciona con un magneto de avión y tiene dos polos en forma de anillos aplicables a los dedos de la mano, los cuales dejan pasar una corriente que de un solo golpe saca todo el aire de los pulmones, hace contraerse los músculos y produce un grito lóbrego y continuado que se oye claramente a muchos metros de distancia.

Al día siguiente, las personas a quienes se aplica esta “electroterapia” aparecen con el cuerpo amoratado y los músculos tan cansados que no pueden sino estar tirados en un camarote… o en el suelo, porque a veces solo este sirve de lecho.

Además del pozo y la electricidad, los Somoza usan el innoble expediente de atar los testículos de sus prisioneros con un fino mecate de manila, hacer un nudo corredizo y tirar bestial o delicadamente de él, hasta refrescar la memoria de los que no quieren hablar, o excitar la imaginación de los que no saben nada.

A Jorge Rivas Montes, asesinado en las cárceles de Managua mientras se escribía el presente libro, le hicieron eso en el año 1954, y contaba él a sus compañeros de prisión, entre los cuales me encontraba yo, que el propio Anastasio Somoza Debayle le puso un pie sobre el pecho para que el encargado de la manila la halara con más eficiencia y comodidad.

Los gritos de dolor se escuchan en las celdas de los demás prisioneros y los perros de la Casa Presidencial aúllan cuando torturan a los presos. Es un detalle curioso que confirma la legendaria posición de este noble animal, tan amigo del hombre y siempre tan humano, más humano a veces que los hombres mismos.

La bondad de algunos de los que forman el equipo de tortura, se manifiesta lejanamente por algún comentario temeroso, o en una mirada, una lánguida mirada que es lo más que pueden dar.

A veces también después de una sesión muy violenta, los mismos esbirros (posiblemente algunos tan deprimidos como sus víctimas), regalan pastillas para dormir, o un poco de café negro, eso sí, siempre y cuando las cosas estén sucediendo a regular distancia del hijo menor de la Dinastía.

Este último fue capaz de decir a un hombre que a pesar de estar destruido por la tortura se negaba a confesar una palabra:

—Si no hablás voy a traer a tu esposa. Ya mandé a arrestarla.

—¡Pero si tiene tres días de operada, si acaba de dar a luz un niñito…!

Y Anastasio Somoza Debayle, despreciando la angustia, el dolor y la dignidad que debe representar para cualquier hombre la situación de una mujer recién alumbrada, y de su esposo prisionero y torturado, le dijo:

—¡CON MAYOR RAZÓN … !  ¡HABLA PUES!