Capítulo XVI: Días mejores

A pesar de que estábamos ya a 500 varas de la casa misma de los Somoza, ellos conservaban sobre nosotros un control tan absoluto que hasta la ubicación de cada prisionero en cada celda, constaba en un plano sobre el escritorio de Tachito

Pedro Joaquín Chamorro

En las celdas de la cárcel del Primer Batallón solo había una cama de hierro y una lata de esas que se usan para empacar manteca. Abría la puerta el oficial de guardia tres veces al día para entregar un trasto de aluminio que los militares llaman “cantina”, el cual contenía el mismo rancho que daban en la cocina del cuartel a los soldados.

También permitían “sacar la lata”, que significa llevar este recipiente lleno de excremento hasta un inodoro que había al final del pasillo y lavarlo luego con el chorro de un baño.

Para completar las necesidades fisiológicas, y cuando los prisioneros no querían utilizar la lata, había otra manera: se informaba al oficial mientras este visitaba las celdas y él daba permiso para usar el inodoro por un tiempo determinado.

Había uno que gritaba desde la entrada con voz autoritaria y cuartelera:

—¡Vamos, uno por uno; ligero: inodoro y baño…!

Durante las primeras semanas, el confinamiento solitario fue absoluto y sin excepciones. Los centinelas tenían instrucciones de impedir pláticas de toda clase, y las puertas de las celdas permanecían abiertas únicamente el tiempo indispensable para dejar entrar la comida, permitir salir la lata, o esperar al que estaba en el inodoro o el baño. Después, el natural contacto del hombre con el hombre, fue suavizando los ánimos y atenuando diferencias.

Había oficiales buenos que conversaban con nosotros, hombres que se compadecían de una situación creada únicamente (ellos lo sabían muy bien) por la megalomanía de una familia; militares en el verdadero sentido de la palabra, que aborrecían ser carceleros, caballeros que al ver a un ser humano famélico y enfermo iban por la asistencia médica, o regalaban un par de cigarrillos, un libro, o un pedazo de queso.

Varios de los presos estaban esposados, pasaban el día y la noche atados con una argolla de la cama de hierro, en la natural inmovilidad que cualquiera puede suponer con una traba de esa clase. No había cigarrillos ni dejaban entrar material de lectura de ninguna clase, y cuando caía la tarde, encendían las luces del pequeño penal, y huía el sueño de todas las mentes, acicateadas todavía por el recuerdo de los duros sufrimientos recién pasados.

De vez en cuando se escuchaba el tintineo de las llaves, llavecitas finas en un cerrado manojo que servía para abrir y cerrar puertas y para quitar y poner esposas. Cuando las llaves sonaban de noche, el conocido escalofrío de terror llenaba todos los cuerpos. ¿Irían a torturar más a alguien…?

Porque “el pozo”, el fatídico pozo que costó la vida a Rito Jiménez Prado y que produjo el enloquecimiento momentáneo de más de una persona, estaba ubicado a escasos metros de esa cárcel.

De allí había salido Francisco Frixione, desnudo y atado de pies y manos, para ser sumergido en sus aguas oscuras; allí también habían “bañado” (como dicen ellos) al doctor Alonso Castellón, al doctor Enrique Lacayo Farfán, y a muchos otros más. Los oficiales llamaban a pozo “los baños termales”, o “las pocitas”, recordando irónica y cruelmente dos balnearios populares de ese nombre que hay en las inmediaciones de Managua.

Las paredes de las celdas estaban llenas de inscripciones de toda clase; un calendario escrito en inglés por algún ciudadano norteamericano que comenzaba en un desfile interminable de meses: August, September, October, November… y por allí del 15 del último mes, se interrumpía para ser concluido después por otro hombre, por un hombre de habla castellana: diciembre, enero, febrero, marzo…

Había cruces, invocaciones religiosas, frases desesperadas, confesiones escritas en el quicio de la puerta, como una de un tal Gimenes Ballar, costarricense, que decía: “Aquí me trajeron desde Guatemala porque no quise declarar que mi compañero… no recuerdo el nombre… iba a matar a Somoza”, o como otra de un muchacho apellidado Linner Díaz: “Padrinito: yo soy inocente, dejame libre y te los agarro a toditos”.

Este Linner Díaz era acusado de la “conspiración infantil”, de que hablé en un capítulo anterior, cuando dije que el presidente Somoza vivía temiendo atentados contra su vida, Linner era su ahijado, y después de estar tres meses en la prisión fue echado al exterior, irónicamente, cuatro o cinco meses antes que mataran efectivamente a su padrino.

En el mismo lugar había visto yo tres años antes todo el horror padecido por los presos de abril: Julián Salaverry con los dientes destrozados, el doctor Enrique Lacayo Farfán esposado a una cama, Fernando Solórzano un día entero bebiendo cantimploras de agua salada, Jorge Rivas Montes, bajo, delicado, barbudo, con un rosario colgado siempre del cuello. Con Jorge pasó que, durante los sucesos de abril 54 se enfrentó, solo con cinco hombres, a una patrulla de treinta de la Guardia Nacional. Su actitud fue tan viril, que sobre el mismo campo de lucha se le ofreció la vida a cambio de la rendición: La promesa le llegó de parte de un sobrino de Somoza, el mayor Juan José Rodríguez Somoza, quien la hizo a nombre de su tío, recordándole a Jorge que había sido (Juan José y él) compañeros en la Academia Militar de Guatemala.

Rivas Montes era un hondureño idealista. Había peleado en la revolución figuerista de Costa Rica; estuvo entrenando tropas para invadir la República Dominicana de Trujillo en Cayo Confites, y finalmente fue a Nicaragua en abril del 54 para integrar una fuerza revolucionaria que no peleó nunca, excepción hecha de Jorge. Sus integrantes fueron tomados prisioneros después de haber abandonado las armas, y asesinados.

Luego padeció un Consejo de Guerra organizado por los Somoza (en el cual también yo fui acusado), saliendo condenado él a 19 años de prisión. En octubre de 1956 lo liquidaron en una cárcel de Managua.

La prisión tenía su historia: era, sino la más antigua, la más trágica de Nicaragua. Generales del Ejército como Adán Medina, coroneles como Carlos E. Monterrey, quien sirvió a los Somoza por años y fue condenado por indisciplina a causa de un disgusto con Tachito. Mayores como Domingo Paladino, capitanes, tenientes, médicos cirujanos, especialistas, abogados, agricultores, gente de nota en las diversas épocas del largo régimen de Somoza, habían pasado por allí, unos por defender a un presidente electo por el mismo Somoza, pero a quien 27 días después de la toma de posesión echó del mando porque no permitió que el Ferrocarril Nacional siguiera pagando las planillas de sus fincas; otros por opiniones políticas, por intentar estos rebelarse contra la dictadura, aquéllos por malas contestaciones y algunos hasta por interferir en los negocios privados del Dictador o su familia.

A la cárcel llegaba el médico, un médico bondadoso que examinaba todas las quejas de los presos y recetaba lo que permitían recetar, porque, a pesar de que estábamos ya a 500 varas de la casa misma de los Somoza, ellos conservaban sobre nosotros un control tan absoluto que hasta la ubicación de cada prisionero en cada celda, constaba en un plano sobre el escritorio de Tachito.

Cinco o seis meses transcurrió nuestra vida en estas condiciones infrahumanas, alejados hasta de los ruidos. En ese tiempo fuimos gradualmente perdiendo más peso del que ya habíamos perdido todos. La comida, tomada teóricamente de las mismas ollas que se cocinaban para los soldados rasos del batallón presidencial, era sin embargo escasa, y cuando nuestros familiares conseguían permiso de enviarnos alguna cosa, esta tenía que pasar por una oficina donde saqueaban absolutamente todo el envío. A esta indelicada operación la llamábamos “el impuesto de Aduana”.

Hay que imaginar la alegría inmensa que siente un hombre, aislado de todo, con hambre, llena el alma de pena y amargura, cuando le anuncian la llegada de un paquete procedente de su casa.

—¡BARCO, BARCO! —­decíamos nosotros cuando se abría la puerta principal de la prisión y entraba el oficial del día con una canasta o una bolsa de papel, y observábamos atentos el venturoso muelle, la triste celda, hacia donde iba destinado el envío.

Pero entonces, y después de que los pasos del oficial se habían perdido en el pasillo, oíamos la imprecación ardiente, llena de rabia del hombre que había soñado con tener algo de su casa, o algo de comer. Porque dentro de la canasta solo había una camisa… y una naranja.

Sí, se lo robaban. Se lo robaban todo, la mayor parte de las veces (porque hay que ser veraz y justo, hubo temporadas en que no se robaban nada); se lo robaban en las oficinas de la Comandancia General a donde las afligidas mujeres llegaban con algo de comer para sus hijos, sus esposos, o sus hermanos. Escudriñaban los pequeños envoltorios y dejaban a veces la huella cruel de un montón de papeles olorosos a comida. Aceptaban los envíos, aceptaban trastos repletos de comida, y al día siguiente los devolvían vacíos para que volvieran a tornar llenos.

No tengo necesidad de advertir que las oficinas de esa comandancia, manejadas por el coronel Carlos Silva, quedan también en la Casa Presidencial, y que el saqueo era dirigido personalmente por este militar, cuyo principal negocio, entre otros, es el de cobrar dinero a las mujeres afligidas e incautas por sacar a algunos presos de la cárcel.

Él los aprisiona porque tiene en sus manos una de las llaves maestras contra la cual no valen los recursos civilizados del habeas corpus, porque maneja una fórmula que se llama incomunicado a la orden de la comandancia, y abre el candado cuando le pagan… siempre y cuando, naturalmente, no sean presos de los que pertenecen a la “intimidad” de los Somoza.

Cuando el trato de hombre a hombre con los oficiales de la Guardia se fue haciendo más natural, las puertas de las celdas se abrían con menos requisitos y dificultades.

Comenzamos la temporada en el Primer Batallón, leyendo todos los días una Biblia en voz alta que empezaba con esta oración: “Señor, tú que dijiste, cuando se reúnan dos o más en mi nombre, allí estaré yo, en medio de ellos”.

Terminábamos pasando largos ratos, después del almuerzo, asomándonos por una hendijas de una celda que da a la laguna de Tiscapa… habían pasado seis prolongados meses, la Corte de Investigación, el Consejo de Guerra, y los soldados de los Somoza estaban familiarizados con nosotros.

Por la pequeña ventana veíamos a los gavilanes rastrear sobre los cortantes filos de la loma, y a los nadadores de Managua intentar el cruce a nado de la laguna.

Fuimos mejorando gradualmente, porque los carceleros, hombres al fin, tienen que acostumbrarse a pensar que los presos también son hombres.