Capítulo XXIII: Damas vs. prostitutas

La muchedumbre dirigida por una mujer llamada Nicolasa Sevilla, cuya historia ha manchado la política de Nicaragua, estaba enardecida y vociferaba todas las procacidades imaginables.

Pedro Joaquín Chamorro

La portezuela de la camioneta color plomo en donde nos metieron a 22 presos, apenas pudo cerrase detrás de los dos guardias armados de fusil que subieron también dentro. Por sus pequeñas ventanas enrejadas pasó el panorama de Tiscapa ante nuestros ojos, como una cinta de imágenes fragmentarias. Adelante iba un jeep cargado de soldados y un oficial portando su ametralladora, camino del nuevo escenario que habían escogido los Somoza para la Corte Militar que iniciaba su segunda audiencia pública; no era ya la casa particular de Anastasio Somoza Debayle, en donde habíamos estado la última vez en compañía de nuestras familias; la camioneta bajó por la avenida que Somoza bautizó en vida con el nombre de Roosevelt y que el pueblo llama Sandino, y tomamos el camino del Campo de Marte.

La perspectiva de saber una vez más de nuestras casas y de recibir un beso cariñoso, levantó el espíritu de todos durante el tiempo que duró el viaje. Fue un trayecto corto. Pero en su etapa final terminaron abruptamente las sonrisas y se oscurecieron las agradables perspectivas, porque cuando la camioneta llegó frente al cuartel del Campo de Marte (altos muros de piedra almenados de garitas con ametralladoras de trípode, largas avenidas de arena y edificios prefabricados de acero), vimos los alrededores repletos de gente que al descubrir la presencia de los presos, lanzó un alarido resonante y tremendo:

–¡Asesinooos…!

Y detrás del polvo que levantaba el vehículo, como en un eco nebuloso de voces heterogéneas, masas de hombres y mujeres vestidas de gala, como salvajes que danzan ante la víctima, portando cartelones y gritando en un barullo indescriptible:

–¡Matémoslos, matemos a sus hijos, incendiemos sus casas, asesinooos! ¡De aquí no salen vivos…!

Hacía varios días que nosotros no veíamos el sol; entre la primera audiencia pública y esta segunda debió haber ocurrido algún contratiempo a la familia Somoza, porque todo quedó paralizado. El rítmico paso de un proceso que se había organizado con celeridad, se detuvo; y los presos llevamos en ese lapso una existencia deprimente, aislada y sin noticias. Nos habían vuelto a enterrar después de nuestra primera aparición, como meditando en las consecuencias que esta última había tenido, o como midiendo cautelosamente el orden que debían observar en el futuro.

Este último viaje nos había tomado por sorpresa, pero desde el primer momento despertamos a la sensación de que algo distinto estaba ocurriendo. Porque en vez de llevarnos al vehículo con buenas maneras, nos arrearon, por así decirlo, hasta la entrada misma de la camioneta con ventanillas de hierro. Y a la bajada, entre la mofa medio disimulada de los oficiales del Campo de Marte, nos entregaron al frenesí de la turba pagada por los Somoza para que nos escupieran y nos lanzaran piedras.

La muchedumbre dirigida por una mujer llamada Nicolasa Sevilla, cuya historia ha manchado la política de Nicaragua, estaba enardecida y vociferaba todas las procacidades imaginables.

Más que contra nosotros, había sido enviada allí para “bloquear” la entrada de nuestros familiares. Era el viejo método descubierto por Somoza desde el año de 1944, fecha en que contrató a una buena cantidad de prostitutas para echárselas encima a las madres y esposas de los presos de entonces que vestidas de luto desfilaban por las calles de Managua. En su actitud de aquella época y la actitud de sus hijos en el presente, estaba siempre vivo el binomio sobre el que se había asentado el régimen: la inmoralidad por una parte y el terror por otra. Era la inversión total de la tabla de valores morales de la vida nicaragüense: prostitutas contra madres de familia; alcohol contra civismo, soborno contra honestidad, chusma contra ciudadanía.

Los militares del Campo de Marte presenciaron el espectáculo satisfechos y sonrientes, veían a las esposas y a las madres de los detenidos, silenciosas y tristes, acorraladas en el quicio de una ventana, soportando el sol de mediodía y la sed provocada por los intensos calores de un clima que llega a temperaturas de 40 grados a la sombra, mientras manadas de mujeres de vida liviana ocupaban los asientos de la sala en que se instalaba el tribunal que iba a sustanciar el proceso.

–¡Queremos justicia … !– ­gritaban­. –¡Queremos que los maten a todos con sus hijos y sus mujeres…!

Y los jueces reían de ver la angustia reflejada en los rostros de nuestras esposas y de nuestras madres. Algunas habían llegado con sus hijitos sin saber lo que les esperaba; otras, enfermas y pálidas, con los achaques de una maternidad pronunciada y el sufrimiento de ver a los seres queridos envueltos en tanta infamia, lloraban desconsoladamente.

Era la justicia somocista que caracterizaba el escenario del proceso para poner marco adecuado a su terrible venganza. No estaban satisfechos; no era suficiente para ellos haber torturado a los procesados en su propia casa, ni haberlos recluido en jaulas con los leones de su jardín privado… tenían que hacer algo que causara un sufrimiento mayor a las familias, a las inocentes mujeres de aquellos hombres, muchos de los cuales eran también inocentes.

La sala estaba rebosante. Al fondo había una tarima de madera y cinco asientos acolchonados para el tribunal, alrededor de una mesa. Abajo, mesitas de metal con carpetas verdes y silletas ocupadas por los acusados y sus defensores en un estrecho abrazo de conmovedora solidaridad. A un lado, los asientos para el fiscal militar y dos asesores civiles de este, y más al fondo, micrófonos, grabadoras eléctricas y aparatos que llevaban la “línea directa” hasta el palacio presidencial, donde los Somoza escuchaban el eco de los alaridos de una turba pagada por ellos.

Esta turba ocupaba bancas detrás de los acusados. Mujeres de vida licenciosa, vagos de profesión, maleantes sacados de la cárcel, empleados públicos de última categoría y dos o tres liderzuelos, entre los que figuraba la esquelética Nicolasa Sevilla, azuzando a los demás y pidiendo más muertes…

Su voz chillona clamaba por una venganza que envolviera a la mitad de la población. No se había derramado suficiente sangre… Coreaba la consigna íntima de los hijos de un hombre que es sus primeros años de gobierno hizo converger a todos los destacamentos del Ejército en el Norte, sobre el pueblo de Wiwilí. La orden fue: “Que no quede uno vivo”, y no quedó nadie. Cuando eso sucedió, la Nicolasa Sevilla era joven y comenzaba su camino. Ahora, alta y flaca, de rostro anguloso y descarnado, con los ojillos vivos reflejando la maldad de las víboras, esta mujer que había pasado por todas las etapas de la vida, encontrando al fin de su carrera un oficio propio de ella y de los Somoza representaba ante el tribunal el papel de ciudadana del pueblo, indignada por la muerte de un gran hombre, del hombre que descubrió cómo el valor de una mujer honesta que no teme a bayonetas ni rifles, se deshace ante la amenaza de una represión organizada con prostitutas.

Así fue durante todo el proceso. Cuatro o cinco semanas en que nos llevaban diariamente al salón donde sesionaba la Corte, cuyo decorado, siempre idéntico, alojaba a la misma gente. Nuestras esposas afuera, lejos, humilladas constantemente por los altos militares del somocismo y en especial por el comandante del lugar, coronel Roberto Martínez Lacayo, mientras las mujeres que recibían paga por injuriarnos, escupirnos y lanzarnos piedras, se sentaban en las bancas, dispuestas para el público que debía asistir a las audiencias.

Pedían que se incendiaran nuestras casas, decían estar dispuestas a matarnos allí mismo, vociferaban insultos dignos de los burdeles de última categoría, y la honorable Corte Militar que presidía los actos, reía a mandíbula batiente de sus procaces ocurrencias.

¿Qué de raro tenía ese sistema en el gobierno de los Somoza…?

¿No había usado acaso el dictador fallecido métodos semejantes y procacidades parecidas…?

Ciertamente, el tribunal se había reunido para conocer los pormenores de la muerte de un presidente de Nicaragua, y la ausencia de dignidad en la sala chocaba duramente con la esencia del juicio; pero era de esperarse el contraste como digno epílogo de una existencia que había creado precisamente esos métodos.

Durante los primeros días los presos permanecimos silenciosos y tristes. Apenas osábamos hablar entre nosotros mismos, temiendo siempre que al llamar la atención en alguna forma, se produjera el insulto procaz y violento. Cuando resolvíamos levantarnos de un asiento para hablar con un abogado amigo, lo hacíamos después de varios minutos de una penosa meditación. Nos pegábamos uno contra otro y esperábamos con verdadera alegría el momento del cierre de la audiencia para regresar a la cárcel, porque volver a la cárcel significaba descansar de aquella chusma.

Después nos fuimos acostumbrando y ganamos, sin buscarlo, el apoyo tácito pero decidido de los humildes soldados a quienes se había encargado nuestra custodia.

­Lo compadecemos, doctor ­decían a algún preso­. Esto es demasiado.

A ellos también les tocaron salivazos y pedradas, y su condición de hombres, desligados al fin y al cabo de la familia Somoza, fue encontrando inconscientemente la verdad respecto a nosotros, a través de todo el proceso. Oían las deliberaciones en las audiencias, veían cómo las pruebas a favor de los acusados eran desechadas con actitud aburrida por los jueces, se enteraban de todas las minucias del procedimiento infame a que nos estaban sometiendo, y nos conocieron con esa intimidad que dan el trato continuo y el acompañamiento obligado.

Eran hombres sencillos y honestos que habían sufrido como todos los nicaragüenses la tiranía de los Somoza, pobres muchachos campesinos a quienes los oficiales más elevados de la Dinastía tratan como a perros, impidiéndoles, a veces con argucias y amenazas, hasta obtener una orden de baja.

El primer día que abandonamos la sala de audiencias del Campo de Marte, la muchedumbre pagada por los Somoza se desbordó en un histerismo que rayó en la locura. Cuando fuimos conducidos nuevamente a la camioneta que nos había traído de la cárcel, una oleada de gente se interpuso entre nosotros y el vehículo. Eran las seis de la tarde, hacía calor y las luces de la ciudad bastante borrosas todavía, comenzaban a iluminar los amplios patios del cuartel. Llovieron las piedras desde lejos, y los de la chusma que alcanzaron a acercarse más a nosotros, hicieron lo posible por golpearnos con unos palos de que habían sido provistos.

Nos volvieron a escupir hasta que la puerta del vehículo nos cobijó con sus tapas de acerado metal: arrancamos en medio de un espantoso frenesí y oímos hasta de lejos los gritos con que se nos había recibido en la mañana:

–¡Asesinos … !” ¡Bandidos…! ¡Vamos a quemarles sus casas…!

Nuestras mujeres que nos habían visto de lejos, desplazadas de su papel de compañeras dignas por las prostitutas llevadas al local, estaban en la puerta, cansadas, pálidas, con los ojos enrojecidos del llanto y el semblante desencajado por la vergüenza y el sufrimiento. Sobre la noche pálida que comenzaba a cubrir el cielo de Managua, agitaron sus pañuelos enviando un último mensaje de tristeza.

También a ellas se había extendido la venganza. Pero a ellas, ¿porqué?

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Lea mañana – Capítulo XXIV: El expediente