Opinion

“Cien años de soledad”, al cine

Gabriel García Márquez se mostró refractario a que su novela magistral fuese llevada a la pantalla.

1.- Siempre se opuso.- Los gabólotras están consternados ante el anuncio que Cien años de soledad será llevada al cine. Comparto sus temores y preocupaciones. En diferentes épocas —aduciendo las mismas razones— Gabriel García Márquez se mostró refractario a que su novela magistral fuese llevada a la pantalla. En una de las tantas veces que habló del tema —hace ya treinta y siete años— manifestó los motivos de su desacuerdo. No aspiraba que fuese trasladada al celuloide. No solo la obra de los Buendía y el reino de Macondo, también expresó su reticencia sobre sus otras novelas y cuentos. En una nota de prensa —como bautizó sus colaboraciones con El País— alegó que la decisión de que Cien años de soledad no fuese llevada al cine, obedecía a su deseo de mantener relación directa con sus lectores, “mediante las letras que yo escribo para ellos, de modo que ellos se imaginen a los personajes como quieran, y no con la cara prestada de un actor en la pantalla”. Esta afirmación la formuló en abril de 1982.

En declaraciones vertidas nueve años después a Caracol Radio —en mayo de 1991— insistió en mantener esta posición. Una de las causas de su negativa era que la novela —a diferencia del cine— dejaba al lector un margen de creatividad que le permitía imaginar personajes, ambientes y situaciones como ellos suponían o creían que estos eran. “Entonces ellos ven un personaje que se les parece a un tío, y hay una señora que es exactamente igual a una señora que ellos conocieron cuando eran niños o que conocieron la semana pasada. O al revés, un día encuentran una persona que les parece exactamente igual a Úrsula Iguarán”. Algo parecido me sucedió hace algún tiempo. Dije a Nelly cómo imaginaba a Úrsula Iguaran, lo que generó una discusión. Ella pensó que Úrsula era totalmente distinta de cómo yo la supuse. Esto ocurrió diez años después que Gabo sentenciara la imposibilidad de llevar al cine Cien años de soledad. Cada lector es capaz de imaginar personajes y escenarios como mejor le parezca. Un derecho irrenunciable.

En un ensayo que publiqué en Confidencial —el cinco de diciembre de 2011— bajo el título ¡Imagínelo cómo quiera!, lo planteé de la siguiente manera: Me pasó por tonto, lo cierto es que cuando uno lee una novela, sobre todo una novela como Cien años de soledad, resulta pueril trenzarse con alguien tratando de convencerle cómo debe imaginar sus personajes. La discusión surgió por el elogio que dispensé a doña Yamina, la única mujer valiosa de una familia que llevo dos años de conocer. La esposa ideal, flaca y rocallosa, como la definiría el poeta Carlos Martínez Rivas. Una mujer espléndida a quien comparé con Úrsula Iguarán, mientras platicaba con Nelly. Compartíamos sus dotes de matrona extraordinaria. Sostén de su marido, hacendosa, eje de gravitación de su familia, cuya edad resulta imposible descifrar”. Nelly me refutó de inmediato diciéndome que no le parecía el retrato fiel de la fundadora del reino de Macondo. Yo la imagino más alta, replicó convencida. ¿Por qué pretendes imponerme tu criterio? No la imaginó así y con eso basta, remató convencida.

La declaración de García Márquez en 1982 obedeció a que Anthony Quinn —el Pocho— había dicho a una revista española que le había ofrecido a Gabo un millón de dólares por convertir Cien años de soledad en una serie televisiva y que este no aceptó porque era comunista. Quinn agregó que Gabo se le acercó para decirle: “¿Cómo se te ocurre ofrecerme ese dinero en público? Otra vez me lo ofreces sin que haya ningún testigo”. El Pocho expresó a la televisión mexicana que estaba dispuesto a dar un millón de dólares por los derechos de llevar al cine Cien años de soledad. Gabo aceptó venderlos a condición que fuesen dos y no un millón de dólares. Uno para él y otro para la revolución en América Latina. Quinn replicó que él le daba uno y que el otro Gabo lo buscase en otra parte. El nobel colombiano expresó que en una cena posterior que tuvieron Quinn le pareció simpático y afectuoso. Con la salvedad que en esta ocasión hablaron de todo menos de la oferta millonaria y que eso le produjo un gran alivio.

2.- Abundan las conjeturas.-  ¿Qué razones incidieron para que Mercedes, Rodrigo y Gonzalo aceptaran vender los derechos de autor a Netflix? García Márquez fue sumamente celoso del destino de sus obras y manuscritos. Incluso rompió el cuadernillo que sirvió de base para la escritura de Cien años de soledad. Un motivo obvio. No quería que conocieran sus trucos de carpintería. Igual determinación tomó con su poesía juvenil. Cuando pidieron autorización a Carmen Balcells para publicar uno o dos de sus poemas, Gabo se negó rotundamente a dar el pase. De forma socarrona dijo que había comprado al Cocodrilo Sagrado los poemas que le había dedicado con la intención de romperlos. Bajo el influjo piedracelista, sus primeras incursiones en la literatura fueron a través de la poesía. Su afición por la lectura de grandes poetas fue un vicio de toda una vida. Su homenaje en El otoño del patriarca (1974) a nuestro paisano inevitable —don Rubén Darío— no es casual.

¿Existieron motivaciones literarias al momento de tomar dicha determinación o esposa e hijos pasaron por alto estas consideraciones? ¿Se deslizaron por la pendiente de extraer mayores réditos económicos a una novela que ha tenido centenares de ediciones en cuarenta y seis idiomas o más bien la decisión se tomó bajo el convencimiento que una serie televisiva —con varias horas de duración— abre la posibilidad de llevar al cine Cien años de soledad con buenos resultados? Evoco su desconfianza. Los lectores no debían imaginar los personajes de su novela cumbre, a través de la cara prestada de un actor: “Anthony Quinn, con todo y su millón de dólares, no será nunca para mí ni para mis lectores el coronel Aureliano Buendía. El único que podría hacer ese papel, sin pagar ni un centavo, es el jurista colombiano y gran amigo mío Mario Latorre Rueda. Por lo demás, he visto muchas películas buenas hechas sobre novelas muy malas, pero nunca he visto una buena película hecha sobre una buena novela”. Una objeción rotunda.

¿Para su familia dejó de tener importancia su comedimiento de cinéfilo empedernido? Nunca había visto una buena película sobre una buena novela. García Márquez conocía como pocos las limitaciones del lenguaje cinematográfico. ¿Cómo asumir toda la imaginación que impregna Cien años de soledad? Tengo mi apreciación sobre la producción cinematográfica de La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada. Una pésima realización. Los diamantes legítimos incrustados en el centro de las naranjas ofrecen una sensación de irrealidad. Una traducción fallida del realismo mágico. Ni Ruy Guerra ni Irene Papas la salvan del oprobio. El debate en las redes se inició desde el momento del anuncio hecho por Netflix. No hay manera de librarse de la sorna. Hay quienes dicen que entre los inconformes existen personas que no han leído la obra de Gabo y los tildan de ser los menos indicados para tomar parte en la discusión. No hay duda que Cien años de soledad volvió al centro del candelero.

Aun con todo el derecho que asiste a la familia de Gabo de vender los derechos de autor y que Gonzalo y Rodrigo García Barcha vayan a ser sus productores ejecutivos, los reclamos y conjeturas obedecen a que los lectores latinoamericanos —especialmente— consideran como suya la suerte de Cien años de soledad. Si en los ochenta ofrecieron a Gabo dos millones de dólares por llevarla al cine, ¿cuántos cobraron sus herederos? Los albaceas de don Miguel de Cervantes y Saavedra nunca tuvieron oportunidad de decidir si estaban o no de acuerdo de llevar a la pantalla El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Hay antecedentes negativos. Matilde Urrutia vendió los derechos de Para nacer he nacido de Pablo Neruda, Aurora Bernárdez autorizó la publicación de Papeles inesperados de Julio Cortázar y Silvia Lemus el texto inédito de Carlos Fuentes, Aquiles o el guerrillero o el asesino, obras que sus autores jamás se atrevieron a publicar. Ojalá que con Cien años de Soledad las cosas no salgan mal.

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