Opinion

El delito de ser nicaragüense

Leonel Rugama aún existe, como existe Alvarito Conrado. Son ángeles justicieros que están aquí

Al parecer en Ninguna Parte el dictador y la vicedictadora se sienten muy cómodos o acostumbrados a ser calificados como tales. Eso pasa cuando quienes oprimen y reprimen con su Guardia Nacional, viven en Ninguna Parte. En cambio el pueblo, sobrevive en todas partes. Sobrevive y se rebela. Ya lo hemos dicho, es el pueblo quien sufre el covid-19 sin atención médica alguna, sin pruebas y sin resultados científicos que sustenten las suposiciones del Ministerio de Salud. Es lo que podríamos llamar la ficción de la salubridad. También es el pueblo, en todas partes, quien es sometido a aglomeraciones homicidas que fomentan los contagios. Y es el pueblo quien entierra y es enterrado en los entierros nocturnos, y perseguido sin nombre que los identifique, para terminar en cementerios clandestinos. El mismo pueblo que no puede gritar: ¡Que viva Nicaragua libre!, porque un balazo de un desquiciado fanático de los dictadores, le quita la vida al patriota que creyó vivir en un país libre y expresar ese sentimiento tan profundo como un derecho adquirido al nacer, que acaba de pasar de un derecho perdido como la vida, al ser el delito de ser nicaragüense.

Los ejemplos son interminables: Izar nuestra bandera azul y blanca es subversión, pero mientras tanto, ante esos gestos que enaltecen a la Patria, ellos, los dictadores, no se cansan de denigrarla: Planes de falsas elecciones llamadas libres y transparentes; presos políticos con farsas de juicios; reelecciones programadas a costa de violar la Constitución; agresiones sistemáticas a la Iglesia católica; cortes del servicio eléctrico a templos católicos; captura de “aguadores” que llevan agua para dar de beber al sediento, y para no seguir, niños a quienes les “duele respirar”, agonizan en Ninguna Parte. Pero la verdad es que duele respirar, y ver que hasta la Sangre de Cristo es aquí calcinada. Es la sangre que ellos no podrán beber ni comer junto con su cuerpo, pues aunque así lo haya afirmado el mismo Jesús, perdieron ese privilegio. Ese Sacramento de la Consagración, se convirtió para ellos en un sacrilegio.

Leonel Rugama aún existe, como existe Alvarito Conrado. Son ángeles justicieros que están aquí, con nosotros los supuestos parias y vandálicos, y ambos, Leonel y Alvarito, sobre estos hechos de ayer y de hoy nos dicen junto con Roque Dalton:

“¿Quién puede saber anticipadamente lo que tendrá eficacia real en la historia? Tratar de obtener esa eficacia jugándose la vida, es la mayor grandeza del hombre”.

Y Otto René Castillo:

Qué lástima que tuviera
vida tan pequeña,
para tragedia tan grande
y para tanto trabajo.

Nosotros nos auxiliaremos de ángeles, como los mencionados y sobre todo para dejar que Leonel Rugama nos acompañe en esta nueva lucha contra tiranos, y para recuperar el derecho de ser nicaragüenses hoy. También nos acompañan Teófilo Cabestrero, autor de “Leonel Rugama: El delito de tomar la vida en serio”, y dos poetas siempre con nosotros: Ernesto Cardenal y Pedro Casaldáliga. Así todos: Leonel, el primero, Otto, Roque, Pedro y Ernesto (que viven como los santos) nos acompañan en esta reivindicación de demostrar que ser nicaragüenses es tomar la vida en serio, no es un delito sino una honra muy lejos de los tiranos, y que ellos, sobre todo Ernesto Cardenal, es un poeta que nunca estuvo ni estará en la nómina de dictadores, a no ser como candidato a mártir. En la presentación de su libro, este claretiano ejemplar que aún muerto es el Teófilo que vive, nos dice: “Leonel Rugama es uno de esos jóvenes hombres –ya para siempre hombre y para siempre joven- que, a decir de José Martí, después de muertos dan luz de aurora”.

El 15 de enero de 1990, en un libro incomparable, Teófilo Cabestrero nos da pormenorizada cuenta de la historia y del asesinato de Leonel Rugama y otros dos compañeros, ocurrida o perpetrada por sus asesinos el 15 de enero de 1970. Ahí, siento, comenzaron los sucesos de abril de 2018, y la insurrección pacífica de los jóvenes muy nicaragüenses, que no terminará hasta que ya no sea delito ser nicaragüense. A los dos años del mortal combate, Ernesto Cardenal empleará las crónicas del diario La Prensa para hacer un poema a Leonel Rugama, “Oráculo sobre Managua”. A continuación partes textuales:

“Por eso vos Leonel Rugama poeta de 20 años/ te metiste a la guerrilla urbana…/ Por eso peleaste toda la tarde en aquella casa./ Después de todo Dios también es Ciudad/ Dios como Ciudad:/ la Ciudad del encuentro definitivo/ de cada hombre con todos los hombres/ la Ciudad de la identidad y la comunidad consumada/ la Ciudad de la Comunión)…Vamos Leonel Rugama a organizar las esperanzas/…Vos Leonel Rugama acribillado y llevado a la morgue/ manchado de tierra y sangre dijo “La Prensa”/ fuiste la luz del túnel…/Un repliegue de los guardias. Un silencio, y después/…el gran estallido…otro…y otro…/…La casa ya toda acribillada a balazos y cañonazos/…Y grita un militar: “Ríndanse que están cercados”/allí fue que gritaste dicen/ ¡Que se rinda tu madre!

En la contraportada del libro de Teófilo, leemos el poema “A Leonel Rugama” de Pedro Casaldáliga, con un epígrafe: (Porque cometió el delito/ de tomar la vida en serio). Los primeros once versos dicen: —¡Que se rinda tu madre,/ que se rindan sus armas/, que se rindan sus dólares,/ que se rinda su imperio!/ Nosotros seguiremos avanzando/ más allá de la muerte./ Santo negro amerindio,/ Leonel,/ compa,/ hermano,/ ¡niño maestro nuestro!—

Contra los tiranos falsificadores de la revolución que perdieron al lucrarse de ella, nosotros vamos recuperando nuestra identidad cada vez con más fuerza. Gracias a jóvenes que, como los que decía Martí, nos dan luz de aurora. Ángeles de luz aparecen. Leonel grita otra vez: ¡Que se rinda tu madre!, y Alvarito pregona que ya es hora de respirar todos juntos. Leonel nos muestra con orgullo un cuaderno escolar, donde había anotado, a lo mejor para hoy, estos pensamientos de Antoine de Saint-Exupéry:

— Se muere solamente por aquello por lo que se puede vivir.
— El hombre que muere no se pierde, se encuentra.
— El cuerpo caballo viejo se abandona en la muerte.
— Ya no hay muerte cuando uno la encuentra.

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