Opinión

El diálogo: un nuevo escenario

Plantón

Va la Alianza Cívica cargando con los muertos y los anhelos sociales de esta generación, de la anterior y de la que viene



El diálogo no será el miércoles. El diálogo está siendo -gerundio, de acción- desde aquella primera protesta que fue contestada con represión. Desde Abril del año pasado estamos dialogando, mal, en Nicaragua. Mal y en distintos idiomas: la gente usó palabras y Ortega contestó con balas. La crisis empezó por un diálogo truncado.

“La política es un asunto de palabras”, estableció Doris Graber, y es una definición en Comunicación Política que orienta muchos análisis entre académicos. Por eso se puede decir que, al no usar palabras fue Ortega quien huyó de la política, no la sociedad nicaragüense. Y que al usar las balas para reprimir fue la Política quien le abandonó, dejándole sin el traje de estadista.

Ahora vuelve la política a usar palabras, en esta nueva etapa del diálogo entre el régimen de Ortega y la sociedad nicaragüense. Es un nuevo escenario, un tiempo distinto. ¿Qué podemos esperar?

Los diálogos normales poseen las mismas características que los diálogos políticos: nacen por un desacuerdo y terminan con acuerdos. En medio están las etapas de negociación con tensión o sin ella. Culminan con acuerdos y con etapas de cumplimiento. A veces es más difícil que se produzca el cumplimiento que entablar el mismo diálogo, nos recuerdan distintos conflictos sonados que se han resuelto por la vía de la conversación.

El diálogo político en Nicaragua tiene esas mismas etapas. Esta, la actual, es la de negociación, que además tampoco es la primera negociación entre el pueblo auto convocado y el régimen de Daniel Ortega. Fue conversación aquellas marchas versus la brutal respuesta a las marchas, por ejemplo. Todo el rato la sociedad está diciendo cosas con palabras, con sus cuerpos y el régimen también, pero más rudo. Palabras contra balas, siempre. Todos los intentos por acordar algo con Ortega han tenido por respuesta una brutal represión.

Los diálogos tienen que parecerse a lo que representan, al conflicto y actores que están en desacuerdo. En aquel primer escenario el diálogo con el régimen representó genuinamente a lo que acontecía en la calle: con el ardor juvenil gritando dejen de matarnos y váyase Comandante; con el dictador estupefacto y rostro gélido por el miedo; con Madelaine Caracas nombrando a los muertos para que no fueran ninguneados, resucitándoles desde su teléfono móvil para que no se convirtieran en espectros en medio de la estrategia engañosa que pretendían Ortega y sus acompañantes; con todo el país atento -los latidos del corazón a ritmo acelerado y la angustia en las manos sobando todas las esperanzas-. Ese momento no se reproducirá ahora porque el pellizco de la buena poesía tiene que tener su tiempo único para vivir como una flor inmortal y así ser recordada por los siglos de los siglos.

El diálogo tiene eso: representa momentos. La negociación de ahora es una cuya formalidad está prevista con mesas y actores vestidos a la manera civil, incluyendo al régimen que no usará pasamontañas, supongo. Sabemos que los ropajes del régimen son variados según los escenarios en los que actúa.

Todo el diálogo se prevé normado según los estándares aceptados social y políticamente. Ahora habrá mesas con sus manteles quizá sin flores de la dictadora, turnos de palabra con la venia de los mediadores, organización por temas, Ortega no perderá la enorme oportunidad de inaugurarlo -necesita que le vean como líder de algo, sobre todo sus seguidores a quienes oculta su estrategia y ofrece consignas de hace 30 años para mantener lealtad-, el mundo mirará con lupa los gestos de cada parte si es que los periodistas son capaces de contarlo bien. Ortega estará dialogando con los representantes de la Alianza Cívica, pero a su vez necesita que el mundo le vea emitiendo palabras, siendo humano.

Lo único no normado serán las madres de los asesinados sintiendo eso incapaz de nombrar porque no existe palabra en ningún idioma para nombrarlo.

Por el lado de la gente azul y blanco, van los integrantes de la Alianza Cívica atenazados por multitud de voces que esgrimen cada una un plan, cada una un procedimiento, cada una la estrategia de las estrategias, soluciones valiosas, unas maneras, sus propias salidas. Y cómo no, si la autogestión de la lucha cívica ha sido encarnada –literalmente: en las propias carnes- por miles de nicas y son centenares quienes quisieran estar ahí sentados. Se mira con extrañeza que no se comprenda la apremiante necesidad de expresar todas las ideas, todas. Se comprendería mejor que se acogiera y acunara toda la rebeldía, rasgo principal que no disminuye a pesar de que estamos en otro tiempo.

Claro, que lo suyo sería haber convocado una asamblea popular en la plaza para discutir todas las ideas, a la manera que recomendaba el prestigioso sociólogo español Jesús Ibáñez, que consideraba el formato asambleario como el dispositivo de comunicación que provoca revoluciones personales porque todo mundo se empodera expresándose. Es Ortega quien se encarga del quién es quién en este diálogo, porque a las y los demás les tiene amenazados de muerte. Es Ortega quien se encarga de que la gente no tenga plaza para reunirse, so pena de enterrar –literalmente: bajo tierra- cualquier mínimo movimiento.

Se enfrentan los participantes azul y blanco del diálogo al escrutinio de la gente que desde afuera medirá sus capacidades –de verbo, acción y talante- ante el otro grupo dialogante cuyo principal objetivo es desamarrar a Ortega. Y aunque nadie lo dice en voz alta, el verdadero mandato popular es que echen a Daniel Ortega del poder; y si no pueden, no regresen. Tal es la tesitura en la que se encuentran, porque del otro lado les espera para dialogar un grupo de gente que dialoga poco, quiere todo lo contrario y estaría encantadísima que regresaran derrotados para que sean devorados por el pueblo auto convocado.

Va entonces la Alianza Cívica cargando con los muertos y los anhelos sociales de esta generación, de la anterior y de la que viene a reunirse con un líder desprestigiado –ya rehén de por vida- pero que todavía tiene el poder de echar presos a todos los dialogantes cuando le dé la regalada gana, dejando las mesas con los manteles puestos meciéndose al viento.

Intentar un diálogo con el régimen es el resultado de un sacrificado y arduo trabajo del pueblo, y de la decisión democrática de otras naciones y actores políticos que coinciden y confían en que hablando se resuelven los problemas y se hace avanzar a la sociedad y al mundo. Es a Ortega a quien le toca usar las palabras y estrenarse en la nueva política que inauguró Abril en Nicaragua. Es a Ortega a quien le toca darse cuenta que este es otro escenario y otro tiempo.