Opinión

El lado oscuro de las redes

El carácter de las redes quedó al desnudo. Son propensas a estimular pasiones.



“A través de sus pantallas y dispositivos móviles, los usuarios arrojan hiel contra los enemigos del Estado, contra sus vecinos, contra ese artista al que detestan, contra ese delantero que falló en la última jornada deportiva… La diferencia con 1984 es que en Twitter se puede hacer anónimamente y de manera voluntaria. El odio no como obligación, sino como vocación”.

Eduardo Bravo 

I

 La explosión de las redes sociales, a partir de la lucha cívica (18 de abril de 2018), ha creado un escenario muy particular: ofrece una gran oportunidad para analizar las relaciones de los usuarios con las diversas plataformas digitales. En un país con bajísimos niveles de tolerancia agudizaron la polarización de los afectos. Con una advertencia. Una de las primeras acciones desencadenadas por los gobernantes, una vez instalado en el poder del comandante Daniel Ortega, fue exacerbar las diferencias políticas entre los nicaragüenses. El encuadramiento partidario fue llevado al extremo. Todo lo que no cupiera dentro del paraguas sandinista fue considerado como enemigo. La divisa fue tajante. “Quien no está conmigo está contra mí”.

La expansión acelerada de las redes sociales contribuyó a profundizar las desavenencias, aumentar la discordia y abrir cauce a la procacidad. El carácter de las redes quedó al desnudo. Son propensas a estimular pasiones. Nadie mejor que ellas hacen posible que las emociones se venguen de la razón y mantienen al rojo vivo los sentimientos de los nicaragüenses. Los hechos no cuentan. La emotividad se desborda. Llevar la cuenta de los improperios vertidos a diario resulta inútil. Se lanzan por montón. Nada detiene los escupitajos lanzados a la cara de los adversarios. El odio crece y se acumula. Las heridas infligidas a través de las redes van camino a convertirse en secuelas incurables. El debate de ideas está en el mínimo.

El acceso a las redes —una forma de democratización de la participación ciudadana— incorpora a millares de personas que nunca habían podido acceder a los medios tradicionales de comunicación. El asalto ha sido frenético. Casi compulsivo. En vez de modelar y modular sus intervenciones, los usuarios optaron por el camino más fácil: tratan de pulverizar a sus adversarios, convirtiéndolos en verdaderos enemigos. La preferencia por determinada red social solo ratifica la validez de la Teoría de los usos y gratificaciones: explica las motivaciones que subyacen en la escogencia de cada una de ellas. Los hallazgos de las especialistas españolas, Rosario Segura García y Estrella Martínez Rodrigo, son de inusitada actualidad. Un aporte importante.

En su investigación Emociones y nuevas tecnologías en la red (2010), presentado durante el II Congreso Internacional de Comunicación 3.0, celebrado en Salamanca, ambas mujeres explican que, con internet “las emociones tienen un lugar nuevo en el que desenvolverse”. Analizan otra forma de relación entre las personas. Se empeñan por establecer las diferencias existentes entre la web 1.0 y la web 2.0. En el primer caso las emociones son idénticas, como se está frente a un libro o un periódico. En la web 2.0, las personas participan de modo activo, elaboran su propia narrativa. Facilita a los usuarios una salida al cúmulo de emociones que les embargan. Pueden seleccionar los mensajes y contenidos de su preferencia. Un paso hacia adelante.

Las características de las redes las tornan más apetecibles. Los usuarios cuentan por primera vez en la historia de la comunicación, con una serie de dispositivos que les permiten —entre otras cosas— publicar sus estados de ánimo, fotografías, memes, emoticones, diatribas, encubrirse, denostar en contra de quienes se les antoje y para colmo de males, denigrar, apostillar y vilipendiar, como una forma de escape emocional. ¿Alguna vez se habrán puesto a pensar en la profundidad de las heridas ocasionadas? El flujo de emociones continúa fracturando la armonía y el entendimiento entre los nicaragüenses. ¿Nunca han considerado la irreversibilidad de los daños sicológicos y emocionales causados? La sensatez no asoma la cara.

A su tendencia por propiciar una salida de las emociones, su uso retorcido por muchísimos usuarios, desgarra el tejido social. El emponzoñamiento ha enrarecido el ambiente. Las campañas de descrédito no paran. La cordura y la compasión se han perdido. No existen atenuantes a la hora de juzgar al adversario. El detritus que filtran se esparce sin misericordia. Todo huele a podrido. ¿A qué instancias recurrir para convencer a los usuarios sobre la necesidad de otorgarle otros usos? ¿Cómo no saber que con toda la escatología derramada será difícil reencontrarnos? En las actuales circunstancias nadar a contracorriente resulta casi un suicidio. Aun así, vale la pena tomarse riesgos con la finalidad de reencontrarse. Aunque te llamen iluso.

II

Las redes son gratificantes, lúdicas; divierten. Su utilización es fruitiva. Al no existir filtros y al saberse libres de expresar lo que se les antoje, los usuarios pueden satisfacer sus deseos más enrevesados. Esto explica que las disputas más acaloradas entre quienes apoyan la lucha cívica y los seguidores del gobierno, continúen librándose virtualmente. No hay cansancio. Las acusaciones y contra-acusaciones son el pan nuestro de todos los días. Acusar a quienes mantienen posiciones divergentes pareciera un deporte. Señalar de asesinos y golpistas a los desafectos del gobierno, los coloca en una situación delicada. Invita a no tener piedad solo por el hecho de mantener posiciones contrarias a los gobernantes. Un mal incurable.

Las redes ofrecen el milagro de dar rienda suelta a las más bajas pasiones. Pueden exponerse los más bajos instintos. En Nicaragua continuamos entrampados. Todavía persiste la visión de considerar como enemigos a quienes disienten. Esta concepción legitima la avalancha escatológica contra quienes integran la Alianza Cívica o contra la delegación gubernamental en la mesa de negociaciones. Desear la muerte del otro —del que no piensa igual— mantiene a la sociedad nicaragüense anclada en el siglo diecinueve. La permisividad no tiene parangón. Producen un cambio de actitud radical. En los medios tradicionales de comunicación jamás podría llegarse a estos extremos. Leyes y códigos de ética constituyen un valladar.

Las redes propician el escape de la rutina, la evasión de la carga de problemas cotidianos y la liberación de las más oscuras pasiones. En un país estresado por las detenciones, la represión contra medios y periodistas, la falta de empleo, el asedio contra los manifestantes, la persistencia de la incertidumbre, el cierre masivo de empresas, la ocupación de las instalaciones de Confidencial, Esta Noche, Esta Semana y 100% noticias, el alza en la canasta básica, la falta de circulante, el temor de regresar al país ante la posibilidad de ser detenidos, etc., las vuelve un sucedáneo para dar salida a la angustia, críticas y recriminaciones. Son una válvula de escape. Aunque para ser exactos, la agudización del conflicto ha sido auspiciado por la clase política.

Los fake news prosiguen lanzándose en cascadas —pese a que casi en su totalidad han sido refutadas—. Difundir mentiras sobre hechos y circunstancias del dominio público, expresa una conducta esquizofrénica. Un alejamiento de la realidad. Una total falta de escrúpulos. El prestigio y credibilidad son puestas a un lado por quienes han hecho de las mentiras su credo informativo. Las cruzadas emprendidas por los medios tradicionales y por las mismas redes, no han resultado lo suficientemente efectivas para influenciar en su ánimo. ¡La alteración de lo acontecido se está normalizando! La puesta en entredicho de sucesos corroborados por distintas vías: informaciones, fotografías y testimonios, jamás había ocurrido en nuestro país.

Mientras no se produzca un giro sustantivo en la utilización de las redes —por ahora no lo visualizo— las posibilidades de un entendimiento real y verdadero entre los nicaragüenses constituye un desafío. Mientras las mentiras y las ofensas persistan, los acuerdos alcanzados serán frágiles. Tornadizos. Es tanto el odio acumulado que las reparaciones emocionales serán mucho más costosas que las reparaciones pecuniarias. Alentar la discordia y utilizar un lenguaje procaz, sin detenerse en reparar que habitamos una misma geografía, ahonda las diferencias. Las redes no son culpables de estos despropósitos. Ofrecen también la posibilidad de usos más humanos. Podrían ser utilizadas para alentar y buscar acercamientos entre los nicaragüenses.

Aun con todos estos abusos, las redes han jugado en papel fundamental durante los catorce meses de lucha cívica. Su lado positivo se aprecia mejor a través de la manera que los jóvenes se engancharon en su utilización. La simbiosis generada con los medios ha sido fructífera. Una relación que potencia su labor informativa. Los usuarios replican sus noticias. Las redes fueron decisivas para conocer hechos que de otra manera no hubieran sido conocidos. La instantaneidad con que funcionan permitió la movilización y repulsa ciudadana. Han servido como correas de transmisión de los esfuerzos de las madres para que la muerte de sus hijos no quede impune, los atropellos de los antimotines, la represión a medios y periodistas, etc.

III

El diálogo continúa siendo visto como una manera de consolidar posiciones no para lograr acuerdos beneficiosos para la sociedad nicaragüense. La historia pasada y reciente lo confirman. Concluido los diálogos, las cuotas de poder distribuidas entre las partes negociadoras resultan chocantes. (Véase Pacto Alemán-Ortega, 2,000; Ortega-Cosep, 2014). Este comportamiento hace que los nicaragüenses descrean del diálogo y las negociaciones. El gobierno, para negociar con ventaja, recurre a policías y antimotines para reprimir en las calles, y mantiene un ejército de troles en las redes para desacreditar y generar desconfianza en los miembros de la Alianza Cívica. De la forma como estos se conduzcan ahora, depende que los nicaragüenses los tengan como representantes dignos y confiables. Los dados están tirados sobre la mesa.