Opinión

El próximo capitulo del “gran capital” nicaragüense

Para restaurar la confianza en el sector privado, debe haber representatividad del sector entero



Nicaragua está más unida que nunca. La “reserva moral” del país, como le llamó Monseñor Silvio Báez a los jóvenes que comenzaron las protestas cívicas contra el régimen de Ortega, demostró ser capaz de resucitar el patriotismo adormecido, revirtiendo la apatía con esperanza de recuperar un país del cual todos los nicaragüenses se puedan sentir orgullosos. Esta semana surgió la mayor muestra de solidaridad pacífica en oposición al dictador de turno. Protestaron nicaragüenses de toda edad, ideología y estrato social en una insurrección cívica que comenzó con el espíritu heroico de los estudiantes en contra de la opresión política. Ahora que el país está unido y el fin de la dictadura pasa de ser improbable a muy probable, ¿cuál es la postura del “gran capital” nicaragüense? Aún se desconoce, lo cual es preocupante.

El capital de un país busca oportunidades de inversión que le permitan multiplicarse sin mucho romanticismo ideológico. Su rol en una sociedad no es hacer apuestas políticas o apasionadas. Es más bien, frío, oportunista y calculador. Cuando las reglas del juego son claras y justas, y las leyes se pueden aplicar con predictibilidad (el Estado de Derecho funciona) la inversión apolítica y desapasionada es fuente del progreso para todo el país. Cuando tenemos un dictador que personaliza las leyes, se apodera de las instituciones y participa en la inversión privada con fondos públicos mientras hace sociedades con el sector privado a puerta cerrada, se distorsiona la estructura económica del país y se pervierte el juego.

En el caso de Nicaragua, el Estado se convirtió en patrimonio familiar de los Ortega y en uno de los principales beneficiarios y actores económicos del país, enriqueciendo al dictador, su familia y fieles seguidores. Esto fue posible porque incluye aliados estratégicos del sector privado que se lucran mientras Ortega consolidaba poder político y económico. El Estado se convirtió en el corazón de la corrupción y el “gran capital” se convirtió en sus arterias, repartiéndose la utilidad que provenía de los abusos de poder político y económico. Algunos actores del “gran capital” han fortalecido la corrupción de Ortega y facilitado la erosión de las instituciones del país, contribuyendo al deterioro de la democracia, haciendo sostenible la dictadura y facilitando la centralización del poder económico del país.

gobierno de transición Nicaragua

Es importante mencionar que la mayoría de los empresarios no forman parte del ¨gran capital¨ o de la corrupción y contribuyen con el desarrollo socioeconómico del país. Pero se hace difícil competir en Nicaragua sin corrupción o tráfico de influencias. El efecto de la corrupción a los más altos niveles del sistema político y económico dificulta la capacidad del resto del sistema de ser honesto y exitoso, lo cual ha contribuido al deterioro del sistema.

La insurrección cívica actual es consecuencia de los abusos de poder que amenazan el futuro de todos los nicaragüenses más allá de lo que se habían acostumbrado a tolerar. Esto era predecible porque sabemos que el ser humano suele ser más débil que el poder, hasta que lo lleva al punto de perder la noción de la realidad en su obsesión por el poder. Por eso el poder corrompe y el poder absoluto corrompe de forma absoluta. Estas tentaciones son las que la separación de los Poderes del Estado busca prevenir. No es coincidencia que los países más pobres son los menos libres y los más ricos son los que más respetan la libertad de expresión.

El contrapeso a las debilidades de un presidente que aspira ser dictador debe ser la sociedad civil y el sector privado, fungiendo en su responsabilidad social de luchar en contra de la acumulación del poder y la corrupción. En el caso de Nicaragua, sabíamos que Ortega buscaba el poder de forma enfermiza.

La crisis nicaragüense ha sido a raíz de una simbiosis entre la capacidad de legislar de un dictador con el poder económico del ¨gran capital, los actores sin empatía o compromiso social más que el deseo de inmortalizar su legado con la riqueza que acumulan. Los socios de Ortega que están callados no inspiran confianza. ¨El reto que amenaza el futuro de Nicaragua es que estos actores pasen desapercibidos e inmunes a la justicia en el proceso de reformas que el sistema requiere.

diálogo crisis Nicaragua
Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

Las declaraciones del pueblo nicaragüense evidencian una gran inconformidad con el COSEP, en especial con su liderazgo por más de una década. El presidente del COSEP, José Adán Aguerri ha sido partícipe en negociaciones privadas con Ortega donde se legislaba sin transparencia, con el poder absoluto de Ortega, y en sociedad con empresarios dispuestos a beneficiarse de la corrupción en la alianza gobierno-sector privado que ha sostenido la dictadura. Para restaurar la confianza en el sector privado, debe haber representatividad del sector entero, transparencia en la comunicación con el próximo gobierno y separación clara de los poderes.

Por aparte, se deberá reconstruir la definición de lo que es el servicio público. La Policía que pasó de ser una entidad respetada e independiente que existía para proteger a sus ciudadanos, se convirtió en una agencia politizada, al servicio de la opresión y dispuesta a asesinar a los ciudadanos que expresan pacíficamente sus inconformidades con el liderazgo del país. La descomposición de la Policía se deriva en parte a una gran red de corrupción que mantiene monopolio del narcotráfico para el Estado y otros negocios corruptos que enriquece a los altos comandos de la policía y sus allegados. También se debe restaurar la libertad de expresión. Cuando el gobierno controla los medios o tiene la capacidad de censurarlos, nunca es para el bien del país y empobrece a sus ciudadanos.

Los abusos del “gran capital” de Nicaragua se conocen y resienten de forma universal, pero siguen siendo un tabú, son intocables por temores a las repercusiones sociales o el castigo económico que pueden provocar a los que se atrevan a denunciarlos. Los intocables tienen una responsabilidad desproporcionada sobre el futuro del país. No pueden seguir siendo irresponsables con impunidad, mientras se les extiende admiración de parte de la sociedad nicaragüense.

“Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor” fueron las palabras sabias de Desmond Tutu, clérigo sudafricano en su oposición al Apartheid en Sur África.