Opinion

El reino del coronavirus

En El Reino del Coronavirus viven dos monarcas en eternos actos de coronarse sucesiva y perpetuamente. Los dos virus mayores se burlan de la pandemia

El coronavirus, como se sabe, nace en China, y después de matar y contaminar, adquiere su código Covid-19, con el que, como un agente infiltrado del chino del canal interoceánico que junto con el rey de este país pensaban hacer el negocio del siglo, desaparece el tal chinito magnate misteriosamente. Mientras tanto el Coronavirus se propaga inmisericordemente por el mundo, y continúa arrasando con vidas humanas, matando a unos y contaminando a otros. Con sobrada razón el Primer Secretario de la Embajada de China en España, dijo: “Nuestro enemigo común es el coronavirus, no son los chinos”. Pero hoy, como pandemia, en este Reino es, como dicen los epidemiólogos que tienen cordura, sensatez y basan sus opiniones en la ciencia, un deliberado desastre nacional incubado en las retorcidas mentes de los monarcas.

En el mundo es la guerra de este siglo. La guerra para sobrevivir, y el enemigo, el coronavirus cuenta  con aliados ahí donde hay dictadores,  mientras en todos los países sensatos del planeta tierra reconocen su existencia, y que es grave no aceptar la realidad de que las multitudes son propicias para su desarrollo, y aún a sabiendas las propician, hacen manifestaciones en favor de los virus y sus monarcas, cantan loas a su existencia, se consideran tan “bendecidos y protegidos” por ese nuevo Dios, que se declaran ejemplarmente solidarios con la humanidad dándole lecciones de inmunidad e inmortalidad, pues hasta entonces, cuando declararon el “Plan Playa” y los “simulacros” de desastres naturales, no habían tenido un solo muerto.

Pero se fugó uno del secretismo mortuorio, y entonces el pueblo comprendió que había muchos más muertos que en nombre del oculto coronavirus, el del Reino, irían a gozar del mar en Semana Santa, del Plan Verano, mientras Cristo, por amor a su pueblo, no tendría Viacrucis, para que las multitudes de cristianos no se contaminaran entre sí. Fue entonces cuando en este Reino se establecieron dos clases de ciudadanos: los de las multitudes en manifestaciones obligadas a vivir como virus y en interminables simulacros, y quienes sospechaban y fueron confirmando como cierta, la negada existencia del coronavirus. A estos últimos, ya con la experiencia de abril del 2018, se les negaría asistencia médica. De esta manera, con el “Plan Playa” para los muertos vivientes, se confeccionó el “Plan Tierra” para los infieles.

Este es un asunto que tiene que ver con los conceptos de igualdad, libertad, verdad y mentira. De la misma manera que la monarquía vive inventando simulacros de cualquier cosa, nos endilga un simulacro de vida. La mentira de “vivir” en este Reino, y la verdad de no tener libertad, de no tener vida, y ante los ojos de rey y reina, no ser iguales ante la Ley. Luego, no hay igualdad. Se me ocurre lo anterior, porque recientemente, en un programa de TV, vi y oí a Javier Cerpas, Premio Planeta 2019, hablando sobre El Quijote, decir que libertad e igualdad eran una sola verdad. Algo así como indisolubles, siempre y cuando una no menoscabara el campo de la otra. En ese equilibrio, pensé, descansa la interpretación de otro principio de lo que es democracia. Dictadores y tiranos, enemigos inveterados de nosotros los Quijotes, hacen a su gusto una chanfaina de ambas.

De ahí que para ordenar las cosas, diré que en El Reino del Coronavirus, como todos sabemos, viven dos monarcas en eternos actos de coronarse sucesiva y perpetuamente. A diferencia de la pandemia que asola la humanidad, el Covid-19, ellos se consideran invencibles. La idea de coronarse perpetuamente, descansa y se vive reproduciendo en sus espíritus, de la misma manera que la necesidad y decisión de derrotar al Coronavirus como pandemia, no reposa ni científica ni espiritualmente, en los verdaderos seres humanos de las naciones. En esto, como se ve, tampoco hay igualdad entre estados que propugnan por la convivencia racional y civilizada, y un reino empecinado en subsistir en la barbarie. Unos hacen uso de la libertad para el bien, y El Reino del Coronavirus, en transformar a sus vasallos en simples virus que propicien sus coronaciones. De ahí su nombre: El Reino del Coronavirus.

Un Consejo de Ancianos Corruptos aparece cuando se acercan las elecciones, y fingen, con la experiencia de los años de dolo, ser partidos de oposición. Nuevos zancudos que no pasan de seguir momificados. Todos sabemos que van en busca de curules, a cambio de hacerles el juego a los reyes. Aparecen ávidos de darle poder a reyes tiranos, con tal de que les den migajas. Y van a las relecciones a la par de los virus de los monarcas. Virus y zancudos están felices de servir como lacayos, y más que ni policías ni ejército ven sus delitos. Son delitos invisibles para la “justicia”. Quienes “detentan” esa justicia paramilitar no ven a los campesinos asesinados. No ven a los excarcelados vueltos a encarcelar. No ven que nadie se puede reunir con sus iguales. No ven que la sangre de abril de 2018, no se seca. No ven los derechos conculcados, que hacen prever la gran estafa que sería la reelección que se prepara aquí donde no hay libertad. El simulacro electoral. ¿Lo permitiremos? ¿O sacaremos los estandartes de la libertad, igualdad y verdad?

En El Reino del Coronavirus los dos virus mayores y sus lacayos se burlan de la pandemia. Los virus monárquicos se van al mar esta semana santa. Ya están preparando el turismo macabro. Saben que una reelección será corona para dos virus. Virus otra vez coronados. Se burlan de Cristo y lo dejan crucificado, y pronuncian oraciones blasfemas. ¿A qué demonio invocaran realmente en sus plegarias? ¿Oraciones después de sacrilegios? Han confundido el lavado de manos para evitar la propagación del Coronavirus. Ellos, los del reino, se lavan las manos como Pilato. Sin embargo divisamos varios mensajes diseminados por el mundo, que dicen: Prevenir el coronavirus está en tus manos. Esa frase se refiere a la pandemia, pero aquí sobre todo a El Reino del Coronavirus.

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