Opinion

El tiempo político de Nicaragua al cierre de 2019

Es la etapa del liderazgo y la oportunidad de introducir una estrategia política que afecte el balance de poder del régimen.

La situación política en Nicaragua se encuentra en un momento crítico y paradójico. Por un lado, el movimiento opositor organizado por la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB) y la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia (ACJD) se encuentran en el proceso de conformar una coalición política, identificar un liderazgo y aumentar su presión y protesta. Este proceso puede contribuir a mitigar los rendimientos decrecientes de la protesta ante la consolidación autoritaria del régimen.

Por otro lado, el contexto internacional depara oportunidades positivas para presionar de una manera exitosa, debilitando la estructura autoritaria.  Las sanciones de Estados Unidos, la crisis político-electoral de Bolivia, el informe de la misión de OEA y el retorno de más exiliados antes de finalizar el año, son hechos que subrayan la oportunidad abierta para introducir una estrategia política que afecte el balance de poder del Gobierno y reavive las esperanzas de cambio entre los nicaragüenses.

Este es el momento para salir con una propuesta y respuesta nacional.

¿Retroceso político de la oposición o momentos de definición?

Desde fines de agosto 2019, Nicaragua entró en una etapa de resistencia política con rendimientos decrecientes. Tanto a nivel nacional como internacional, el impacto de la presión no está resonando entre la población o en el régimen.

La consolidación del autoritarismo está agravándose a un punto que, institucionalmente, cada vez es más difícil transformar acciones de resistencia en resultados exitosos. Esto es producto de factores que van desde las leyes de criminalización de la protesta, hasta la continuidad de la legislación partidista; a las políticas económicas favorables al régimen que incluyen el chantaje económico o la tributación con sanciones, la extorsión económica contra los pobres, y el cómo los espacios de maniobra política van quedando supeditados a un orden político autoritario.

La extrema ausencia de pesos y contrapesos, de independencia de poderes, ha consolidado el ejercicio del poder no democrático y por ende, la facultad de “reprimir legalmente”.  Standard & Poors clasificó al país de estable, un ejemplo que señala el esfuerzo autocrático de controlar el aparato económico.

A nivel organizacional y de liderazgo, existe un potencial y transitorio vacío de poder mientras se conforma una coalición. Las fuerzas de UNAB y ACJD están midiendo sus fuerzas potenciales, confrontando sus diferencias y buscando alternativas en donde existen diferentes opciones.

En medio de ese proceso, los partidos políticos están buscando reposicionarse como los actores políticos privilegiados. Los partidos políticos están conscientes del momento y del transaccionalismo operativo de Ortega y están midiendo su espacio para negociar reformas a nombre del pueblo a cambio de ser reconocidos como la oposición viable para el país. Para Ortega, esta opción se vuelve aún más viable en la medida en que la crisis boliviana le desfavorece y la relación con la OEA (tanto la Secretaría como con los Estados miembros) tendrá un papel negativo para el régimen. De ahí que la búsqueda de reformas cosméticas cuasiunilaterales coincidirá con el hambre de protagonismo de estos partidos.

Este escenario no es positivo dada la tradición pactista cortoplacista y desfavorable al cambio democrático que han demostrado estos partidos, y el vacío de poder entre las fuerzas más jóvenes en la política.

De igual manera, los medios de comunicación independientes están desconectados del entorno de la UNAB Y ACJD. Los medios se concentran en hablar de la crisis de derechos humanos y relegan una cobertura más amplia acerca de la naturaleza del autoritarismo de Ortega-Murillo.  Los comunicadores son instrumentales para informar y formar la opinión pública en función de un periodismo independiente en búsqueda de cambios democráticos.

¿Oportunidad o momentum perdido?

Las condiciones internas coinciden justo con un momento en el que se explora una coalición y el Gobierno se debilita debido al cambiante ambiente internacional. De especial relevancia las sanciones de Estados Unidos, cuyo eje de impacto incluye el ataque a la corrupción, abuso de autoridad y círculo de poder de la dictadura.

La crisis boliviana crea un momentum oportuno para equiparar lo que ocurre en ese país con la importancia de tener un proceso electoral libre y justo, sin interferencia fraudulenta.  Además, el informe de la misión de la OEA para Nicaragua incluye recomendaciones clave sobre la urgencia de que el Gobierno se siente a negociar una transición política electoral. Finalmente, el retorno de más exiliados con incidencia en el liderazgo nacional representa un posicionamiento de los sectores independientes dispuestos a asumir riesgos políticos.

La coyuntura se presenta como una oportunidad de actuar por parte de la oposición, ofreciendo una propuesta para elevar la presión y negociar una transición democrática.  Este es un momento oportuno para ensayar un ejercicio de confianza mutua con una manifestación conjunta.

Esta manifestación conjunta es de naturaleza urgente ya que la presión contra el régimen puede desequilibrar el balance de poder actual a favor de la oposición. Sin embargo, este accionar conjunto también ofrece los espacios necesarios para negociar un bloque político unificado, junto con tácticas de resistencia cívica.

Las tácticas políticas requieren de transformaciones radicales en los métodos de resistencia para cambiar el balance de poder frente al régimen. Estas tácticas incluyen:

  • La conformación de un bloque político.
  • Identificar y proyectar un liderazgo beligerante y estratégico en el movimiento.
  • Hacer coincidir la presión nacional con una presión internacional más intensa, incluyendo el aumento en la visibilidad del problema nicaragüense en los medios.
  • El retorno político del liderazgo disperso entre los exiliados, quienes aún se encuentran en condiciones de inseguridad, es un desafío crucial para el movimiento.

Es la etapa del liderazgo. El éxito en el juego político de la oposición no depende de cómo se coordinan las diferentes fuerzas, sino en cómo lideran un proceso político, justo en el momento de más debilidad.

Se trata de que la oposición asuma en este momento la autoridad, dirección y disposición al riesgo, subordinando la coordinación táctica a un plan de resistencia que esté dirigido por un bloque político.

No es accidental que la influencia del sector privado en apoyar el movimiento político sea de vital importancia para fortalecer el cambio democrático. Por añadidura, es esencial el acompañamiento del sector privado en asumir los riesgos que los opositores están tomando.

La oposición tiene que reexplorar tácticas anteriores, como un paro parcial o total, que aumente su impacto en la comunidad internacional, que fortalezca su relación con los medios, amplificando la noticia de la oposición nicaragüense, motivar desde la diáspora formas alternativas de resistencia, o un ‘paro parcial del gasto de remesas’, inclusive.

Estos cambios tienen que ocurrir de manera táctica, coincidir justo con el informe de la OEA, y con el anuncio de la conformación de un bloque político, consolidado, representativo de los intereses nacionales.

La continuidad del régimen aumenta proporcionalmente en detrimento del cambio democrático.

La urgencia por rescatar el balance actual a favor de la resistencia política

La probabilidad de que la oposición se consolide y formalice una alianza política entre UNAB y ACJD será baja toda vez que la desconfianza sea mayor que el interés en apostar su capital político en un solo movimiento. La intromisión de los partidos políticos está creando una distracción contra este movimiento de oposición.

La consecuencia inmediata no es una alianza con los partidos políticos, pero una prolongación de la indecisión.  Pero el resultado inmediato es que el momentun internacional no podrá ser aprovechado tácticamente.

Dado que la opinión pública favorece una coalición política, con una masa crítica de al menos 30% del electorado, 10% por encima de favorabilidad sobre Daniel Ortega, y 25% más que cualquier partido político tradicional combinado, la alianza es necesaria.

Nicaragua no se puede beneficiar de una oposición débil o viciada, es necesario que los líderes democráticos, hagan a un lado las diferencias y reproches por el bien del país y depositen su confianza en un mecanismo político democrático –, abierto, inclusivo, y competitivo– de selección de alianzas, líderes, y eventualmente candidatos a cargos de elección popular.

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