Opinión

Entre el testimonio y la ficción

Cualquier novelista puede ficcionar alrededor de su vida y de su familia. Eso hizo Sergio Ramírez en Un baile de máscaras



Cualquier novelista puede ficcionar alrededor de su vida y de su familia. Eso hizo Sergio Ramírez en Un baile de máscaras (Alfaguara, 1995), novela con la que regresa de tiempo completo a la literatura, después de su paso por la política. Se retrotrae 24 horas antes del cinco de agosto de 1942 —fecha de su nacimiento— para contar con ese humor suyo, las tribulaciones y angustias provocadas por un embarazo inesperado. Mientras su madre Luisa está a punto de parir, el novelista recrea la vida de su familia —paterna y materna— teniendo como contexto la forma que discurre la vida en Masatepe, ciudad natal. Por ajustarse a su arte creativo —inclusión de situaciones y nombres verdaderos— causó escozor y generó discordia entre muchas familias. Algunas de ellas sus parientes. Al haber tomado este atajo, para mí queda libre de toda insidia y maledicencia. El humor empieza por casa.

El mismo camino recorre el novelista argentino Andrés Neuman. Decidido a rememorar la vida de su familia, les dedica un libro entrañable. Una vez Argentina, (Alfaguara, 2015), ofrece una respuesta su abuela. ¿A cuál de ellas? ¿Blanca o Dorita? Debe tenernos sin cuidado. A las dos se refiere de manera tierna. Las dos son objeto de atención y cariño. Ambas reciben sendos homenajes de su nieto Andrés. El obstáculo que debemos salvar es otro. ¿Se trata de unas memorias vertidas en clave de novela o más bien de una novela qué tiene como telón de fondo su amplia genealogía familiar? Se trata de las dos cosas a la vez. Novela testimonial y testimonio novelado. Neuman toma las licencias literarias que estima necesarias. Al escribir la vida de su familia se apega al dato. Despliega sus alas y en su canto caben las alegrías y sinsabores de su vida estudiantil y los excesos de las dictaduras militares.

La amenidad del relato nunca baja de intensidad, cobra altura al tejer los entrecruzamientos de su familia, con la política azarosa de un país en búsqueda permanente de un mejor destino. Su visión abarca la totalidad histórica de su corpus discursivo. Su infancia y adolescencia están marcadas por acontecimientos políticos. Sus familiares llegaron de Europa. Migraron como la mayoría de los pobladores que arribaron Argentina huyendo de las crueldades de la guerra. Uno de ellos —Jacobo, su bisabuelo— tuvo que cambiar de identidad. Llegó de Ucrania, desertó de la Gran Guerra. Decidió mimetizarse. El camuflaje perfecto consistió en cambiar de apellido. El mismo mecanismo que ensayaron los judíos para salvarse del nazismo. Alternativa eficaz para sobrevivir en un mundo donde todavía las discriminaciones raciales, sociales, económicas, educativas y culturales persisten.

Si Neuman se hubiese contentado con referir uno y mil detalles de su familia, sin engarzarla en el contexto histórico-político argentino, hubiera reducido drásticamente su relato. Somos hijos de un momento histórico. Nadie puede obviar el contexto por donde transcurre la vida familiar. Todos somos y formamos parte de una historia que trasciende los linderos familiares. Las madres, hermanos, amigos y familiares de quienes participaron en las jornadas de protestas de abril, mayo, junio y julio de 2018, jamás olvidarán esos días de angustias. Sus muertos marcan nuestras vidas. Neuman se encarga de mostrarlo con creces. Su familia padeció los rigores de la persecución militar. Su tía Silvia y su esposo Peter —dueños de una pequeña librería—sufrieron los asedios de la satrapía encabezada por Jorge Rafael Videla. Cazafantasmas empedernidos de comunistas, quemaron títulos de promitentes autores, prohibidos por el Ministerio de Educación. Freud, Freire, Saint-Exupéry, Walsh, Puig y además fueron incinerados. Los carceleros no distinguían el heno de la paja.

El caso de Silvia y Peter resulta emblemático, hijos de migrantes, tuvieron que emprender la diáspora de nuevo. El acoso de los militares era incesante. Capturados y hechos prisioneros, interrogaron a Silvia. “Con los ojos tapados, encadenada pie con pie, su dieta había consistido en masas de arroz pasado y agua… no siempre las descargas de la picana le habían causado más dolor que los golpes de su propia cabeza y su propia espalda contra la superficie donde la maniataban”. Silvia estaba embarazada. La inclemencia era la norma. Las desapariciones, ¡lo más normal! Se salvaron de milagro. Nadie que disintiera estaba a salvo. Una exdiputada intercedió a su favor. Un par de noches después les vendaron los ojos y dejaron en Palermo. Salieron de Buenos Aires para nunca más volver. Tantearon quedarse en Lima, Quito, Bogotá y San José. Terminaron yéndose a España, tierra de sus mayores, regreso motivado por la insidia de los militares.

Las desapariciones y los golpes de Estado están adheridos a la política argentina, tanto como el futbol, los indultos y el tango. Neuman tenía entonces 13 años. Vivió y padeció los manotazos de los militares. En la madrugada del 2 de diciembre de 1990, los carapintada irrumpieron en la sede del Regimiento de Patricios. Carlos Menen estaba en el poder. La intentona golpista fue abortada. Pocas semanas después —evoca Neuman— el presidente decretó una segunda ola de indultos. Incluyó la liberación de “genocidas como el general Videla, el almirante Massera o el general Viola”. Entre los sublevados había siete oficiales indultados del año anterior. Era de preocuparse. Para Delia y Víctor, padres de Andrés, “sería el disparador final de nuestra emigración”. La atmósfera era irrespirable. Su familia ya había sido objeto de persecución. La única alternativa ¡fue partir! Lo demás un suicidio.

Para ser fiel a la historia cuela el futbol en un país que vibra, llora y ríe en cada lance de su selección y pide a gritos incluir las hazañas de sus crack. Los militares estaban urgidos de montar un campeonato mundial en Argentina. El general Videla hizo entrega del trofeo. Rebosaba de contento. La junta militar proclamó que los argentinos eran derechos y humanos. “Quizá por eso, por zurdo y extraterrestre, el joven Maradona no fue convocado”. El campeonato mundial se montó con miras a lavar un poco la cara ensangrentada de los militares. Los policías entraban en los cafés. Pedían documentos, interrogaban, detenían. Sobre este escenario vino al mundo y transcurrió la niñez de Andrés Neuman. Nadie escapa a los condicionamientos políticos de su sociedad, por muy divertidos o tenebrosos que sean. La historia de una familia forma parte de la historia de una sociedad. No hay manera de escaparse.

Borges, el grande, entra en esta historia de una forma que tal vez hubiese compartido. Todavía hay quienes sostienen que el Nobel de Literatura no lo obtuvo por su condescendencia con los militares. Neuman lo salva del oprobio. El compadrito se había sentado a comer con el general Videla; asistió a uno de los interrogatorios. Sobrecogido por los testimonios, dejó constancia de su rechazo: “Sentí que estaba en una cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. Es de curiosa observación que los militares, que prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley quieran acogerse a los beneficios de esta antigualla”. En una ocasión los periodistas indagaron su opinión sobre Maradona. Disculpen mi ignorancia, saltó. Borges aborrecía el futbol. Al 10 de la selección argentina le preguntaron por Borges. ¿Y ese en qué equipo juega? Se disculpó Maradona.

Una vez Argentina confirma que la técnica del microrrelato ha sido adoptada como recurso estilístico dominante. La mayoría de los autores que he leído en estos meses, echan mano de esta modalidad. Solo voy a mencionar tres. Carla Guelfenbein, Javier Marías y Arturo Pérez Reverte. Únicamente un capítulo (el 27), llega a las catorce páginas, otro es de diez (capítulo, 72), otro de nueve (el 60) y cuatro son de ocho (capítulos 3, 5, 8, y 56). La brevedad plantea sus propias exigencias. El ritmo de la escritura tiende a ser acelerado. Cada capítulo al final —en el caso de Neuman— está lleno de guiños y muchos giros epigramáticos. El texto transpira ironía. Lo sostiene una prosa liviana como el aire. Pasada por la criba de la historia familiar, la historia argentina prende vuelo. Interroga y plantea las congojas de un mundo convulsionado. Si la niñez es destino, el destino de Neuman era el de ser escritor.

Jugarretas de la vida, los Neuman tuvieron que abandonar Argentina. La migración pareciera una constante, un mal acrecentado en su familia. La diferencia es que el viaje lo realizaron esta vez a la inversa. Volvieron a sus raíces. España fue el país donde recalaron. Con Una vez Argentina, Andrés Neuman salda la deuda contraída con su abuela Blanca. Voy a tratar de complacer a mis queridos nietos, contándoles mi pequeña historia, afirma Blanca. Conocí a mis dos abuelas, criolla una, francesa la otra, decía la carta. Tenía ochenta años y unos deseos inmensos de vivir. El nieto se agarra de sus faldas. Tozudo como ella, completó las líneas iniciadas por la abuela. Neuman evita trasegar en nostalgias el amor por los suyos. Elude las trampas y el campo minado que surge cada vez que nos plantamos para hablar de nuestras familias. Un viaje que inició en mayo de 2003 y que sintió necesidad de ampliar y reescribir once años después.