Opinión

¡Esa luz que no apaga!

Luz

Los recursos estilísticos en Esa luz que nos deslumbra, están en función de los acontecimientos. Se supeditan a lo narrado.



Existen diferentes maneras de fabular los hechos históricos, una forma recurrente ha sido a partir de los acontecimientos que estremecieron a una sociedad, para después transmutarlos en ficción; la otra manera ha sido apegarse a la realidad —asistiéndose de los nombres verdaderos de los participantes, ciñéndose lo más posible a lo ocurrido— con la intención de generar expectación. Muchos novelistas oscilan entre ambos extremos. La desfiguración de acontecimientos y actores ocurre de tal forma que a los lectores resulta fácil identificar de qué se trata y quiénes son los personajes envueltos en la trama. Este fue el atajo de Sergio Ramírez en Ya nadie llora por mí, (Alfaguara, 2018). En la acera de enfrente, Fabrizio Mejía Madrid, optó por ceñirse hasta la temeridad, al drama que vivió la ciudadanía mexicana hace cincuenta años. Escarbó con afán arqueológico, antes y después del 2 de octubre de 1968.

Esa luz que nos deslumbra, (Grijalbo, 2018), solo admite una clave de lectura. No existen personajes secundarios en el relato de la conjura en Tlatelolco. Casi todos los actores son reales. Tiene la intención de conferir solidez a su propuesta. Los políticos y militares que desencadenaron la tragedia, aparecen con sus nombres. Juzgados como responsables ante la historia por la mortandad ocasionada en la Plaza de las Tres Culturas, Mejía Madrid se encarga de señalarlos nuevamente para que no haya olvido. Una novela celebratoria. Convoca de nuevo a estudiantes, docentes y autoridades universitarias. Se empecina en evitar que solo sean referencia de una vieja historia. Esa luz que nos deslumbra —se quiera o no— tiene la misma pretensión que La noche de Tlatelolco (1971) de Elena Poniatowska. Crónica y novela se nutren de la historia. Se hermanan en la ira y el horror; en el dolor de los desaparecidos. Laceran el alma.

Mejía Madrid refrenda que la novela política sigue viva en esta parte del continente americano y lo seguirá estando por mucho tiempo. México —a pesar del medio siglo transcurrido— no ha terminado de digerir el oprobio. Ni siquiera las nuevas generaciones de escritores han podido escapar del infortunio. Mejía Madrid recuerda que las cicatrices de la matanza de Tlatelolco, quedaron para siempre grabadas en la conciencia de los mexicanos. ¿De qué manera interpretar el epígrafe con que despunta la narración? Asistido por la clarividencia de Ricardo Piglia, acuña: “La historia la escriben los vencedores y la narran los vencidos”. El pueblo mexicano decidió convertir en un día memorable, el día del holocausto. Ese momento que los pueblos deciden hacer historia y no se dejan arrebatar hechos y actores, para evitar que unos cuantos inescrupulosos cuenten lo ocurrido, acomoden y falseen la realidad.

Como expresa el escritor José Revueltas por boca de Mejía Madrid, “Hay que pensar no ‘después’ de Tlatelolco, sino ‘a partir’ de Tlatelolco”. Los nicaragüenses han aprendido a reflexionar a partir del 18 de abril de 2018 y no después. La decisión gubernamental de enviar a borrar los dibujos, lemas y consignas, constituye una tarea frustrada. Las heridas son un recordatorio permanente. El duelo agobia en los hogares. Pensar que los hechos pueden lavarse con agua, gasolina y detergente es una locura. Las celebraciones en los recintos universitarios y en las calles, demuestran que Tlatelolco sigue vivo en la memoria de los mexicanos. Poniatowska se hizo cargo del estallido y la crueldad, Mejía Madrid eleva su canto, recapitula los hechos y convoca de regreso al presente. Allá decían que las consignas provenían de Moscú y La Habana. Aquí en Nicaragua alegan que se deben a instrucciones de la CIA.

Los recursos estilísticos en Esa luz que nos deslumbra, están en función de los acontecimientos. Se supeditan a lo narrado. La energía discursiva deviene de la multiplicidad de voces y la forma como hablan entre sí. A Díaz Ordaz, presidente en aquel entonces, deja que se exprese en los mismos términos que lo hacía frente a sus subordinados. La obediencia de Miguel Echeverría, secretario de Gobernación, está determinada por la ambición de ser el elegido en la sucesión presidencial. El general García Barragán, secretario de la Defensa, trata de estar y no estar entre los que decidieron la masacre, una conducta muy de su claque. Los reportes del teniente coronel Frías, vienen estructurados como partes militares. El coronel Raúl Mendiolea, se muestra aguerrido contra estudiantes indefensos. Martínez Manatou y Carlos Madrazo, había que implicarles así no guardasen lazos con los estudiantes.

En todas las organizaciones —por muy homogéneas— hay liderazgos que sobresalen. Ya sea por su sapiencia, arrojo, compañerismo, iniciativa, elocuencia, etc. Durante las jornadas de julio a noviembre de 1968, en México hubo estudiantes que impusieron su liderazgo. Debido a su compromiso histórico —Eduardo Valle, el Búho, La Tita, Cabeza de Vaca, Gilberto Guevara Niebla, Luis González de Alba, Anselmo Muñoz, Florencio López Osuna, José González Sierra, David Vega, Raúl Álvarez Garín y La Nacha— terminaron por ser primus inter pares. Leyeron los tiempos y fueron capaces de actuar con lucidez. Escritores, académicos y artistas, Luis Villoro, Carlos Monsiváis, José Luis Cuevas, Javier Barros Sierra, Elí de Gortari, Heberto Castillo, José Revueltas, Manuel Felguérez, hicieron propia la gesta. La hidalguía con que actuaron mereció incorporarse en los anales de la historia mexicana.

En esos malabares fallidos que intentan los políticos, acusando de cadenas de delitos jamás cometidos por los detenidos, Mejía Madrid rememora con agudeza el artificio ensayado por Mario Moya Placencia, para deshacerse de los detenidos. El problema era que los gobernantes jamás habían admitido tener presos políticos. El ardid para liberarlos fue que saliesen de México como turistas. Cuanta razón tenía el chingado Carlos Fuentes. Lo que en otros países parecería surrealista, en México no pasa de ser un hecho costumbrista. Moya Placencia, nuevo secretario de Gobernación, en el gobierno de Echeverría, adujo finalmente que se trataba de “viajeros voluntarios”. En todos los países se cuecen habas. Para enfrentar las protestas, Echeverría, ya encajado en el poder, encargó reclutar a los militares dados de baja, a policías con órdenes de aprehensión y a los matones más violentos. ¿Qué le recuerda? ¡A qué no!

La novela de Mejía Madrid convalida que las nuevas generaciones de mexicanos no terminan de librarse de los fantasmas que acosan a su sociedad, por más que los políticos hayan insistido en doblar la página. Esa luz que nos deslumbra viene a ser una novela conmemorativa desde otra perspectiva. Su autor nació el mismo año que su país padeció unos de los capítulos más sangrientos de su historia. ¿Mejía Madrid, conmemoró y quiso conmemorarse a la vez? Siendo un autor tan prolífico, ¿por qué no escogió otro tema? Su generación continúa atada al mito. Difícil saltarlo sin espinarse. En el enjambre de personajes, Enrique Martínez Ledezma, escritor frustrado, burócrata de quinta, enajenado, enclaustrado en su propio mundo, nunca llegó a discernir la trascendencia del momento que vivía la sociedad mexicana. Un obtuso que se desvive por no perder el puesto del que fue echado pese a su servilismo, sin jamás percatarse que los estudiantes mexicanos se jugaban la vida.

Como en todos los estremecimientos sociopolíticos, el novelista mexicano no olvida a los victimarios, estudiantes vendidos al poder, espiando cada movimiento de sus compañeros, para reportarlos a los miembros de la policía política. El propio capitán Fernando Gutiérrez Barrios, encargado de la Dirección Federal de Seguridad, encomienda al joven Áyax Segura Garrido, tratara de encontrar armas entre los estudiantes. Al empleado del Distrito Federal la paga recibida le transformó en soplón. Las autoridades encargadas de juzgar a los estudiantes lo hicieron sin pudor. “Todas las sentencias eran las mismas, con el cambio de nombre para hacerlo más personal”. Las autoridades judiciales desaparecían páginas del proceso o no aceptaban pruebas que liberaban a los estudiantes de las acusaciones. El error de los jueces fue creer que a nadie importaría después su proceder. Un grave error. El novelista lo documenta.

El tiempo transcurre y por más que se empecinen los culpables por evitar el juicio inapelable de la historia, siempre habrá un aguafiestas. Esos entrometidos que se pasan toda la vida recordando hechos y personas, con deudas pendientes con sus pueblos. No importa que los delitos hayan prescrito. Cuando nadie lo espera, escriben testimonios, crónicas, artículos, ensayos y novelas, trayendo al presente acontecimientos históricos que marcaron el rumbo de su sociedad. A esa estirpe pertenece Fabrizio Mejía Madrid. Su novela puede esgrimirse como un recordatorio. Una luz que no apaga. Por más que se empecinen los posmodernistas por hacer a un lado la historia —esa mala conciencia de la que no pueden escapar— esta reaparecerá narrada cada cierto tiempo por los supuestamente vencidos. Porque si en verdad lo fuesen, no se ocuparían de estos temas con el fervor que lo hace Mejía Madrid.