Llegaron de África y Haití huyendo de la pobreza, intolerancia y la violencia política. Su destino era Estados Unidos, pero el gobierno de Nicaragua ha truncado su sueño de libertad

I. El tortuoso viaje de Mubarak

Rubén Lucía

Mohamed Mubarak Amidu es un hombre de voz pausada y grave, parco en los gestos y de sonrisa amable. Se toma el tiempo necesario para encontrar las palabras adecuadas para contar su historia. Nació en Ghana hace 35 años, donde se casó y tuvo dos hijas. Allí compaginaba su trabajo de electricista con la actividad política de servir a su comunidad. Era el candidato de un partido local que, entre otros propósitos, tenía el de hacer que las personas homosexuales no fueran perseguidas y se las respetase (en Ghana la homosexualidad es ilegal y está penada con cárcel). Pero el sueño de igualdad de Mubarak se tornó en hostilidad y amenazas de muerte que lo empujaron a abandonar su comunidad, su casa y su familia. Lo empujaron a soñar más allá, quizá con Estados Unidos, con poder vivir y trabajar allí para luego llevar a su familia y ponerla a salvo. Y sigue soñando cuatro meses después, tras cruzar el océano, Brasil, Perú, Ecuador, Colombia —donde perdió a un compañero y amigo en la selva—, Panamá y Costa Rica, incluso tras hallarse ahora ante la hermética frontera nicaragüense que le niega rotundamente el paso a él y a otros 2.500 inmigrantes.

Mubarak vive ahora en una cabaña de tres metros cuadrados hecha de troncos y plástico en un campamento improvisado en Peñas Blancas, el pequeño pueblo costarricense que linda con Nicaragua. La comparte con siete compañeros africanos, todos mucho más jóvenes que él, a quienes Mubarak protege, aconseja y ayuda a mantener la calma y viva la esperanza. Porque la realidad en Peñas Blancas, que no distingue a niños, ancianos o embarazadas, zarandea a diario a las personas que esperan una oportunidad para continuar su largo viaje. Hay quienes cuentan su propia historia con tanta serenidad que pareciera que la rescataron en el tiempo y la trajeron hasta aquí, en blanco y negro, a un lugar que a pesar de todo pueden considerar tranquilo y seguro. Como si las heridas, que se empeñan en imponer su propio ritmo narrativo, dejaran de sangrar mientras hablan. Como si ese camino que comenzó en la madre África y que hoy se hace imposible, estuviera ya andado.

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Mubarak muestra parte de su propaganda como político en Ghana.

Están aquí soportando las altas temperaturas del trópico, lluvias, mosquitos, enfermedades y con un coste económico que apenas pueden asumir. El día a día de los inmigrantes transcurre entre el hastío, la incertidumbre y los esfuerzos por conseguir agua y alimentos. No llegan a comprender por qué el gobierno de Nicaragua les niega el paso cuando no han tenido ningún problema para cruzar por otros países de América Latina. “Yo no quiero quedarme en Nicaragua, no voy a ser un problema allí. Puedo cruzarla sin poner siquiera un pie en el país, solo necesito ocho horas”, cuenta Mubarak sentado junto a su casa improvisada mientras Abass, su sobrino, prepara algo de cena.

La desesperación lleva a muchos de ellos a contratar los servicios de traficantes de personas, a quienes pagan la suma de seiscientos dólares para burlar la frontera a través de la selva o por mar. En el mejor de los escenarios, y al margen de las pocas probabilidades de éxito de llegar a salvo a Honduras, los traficantes o coyotes son personas de palabra que cumplen su parte del trato. En el peor y más frecuente, son bandidos que esperan a estar lo suficientemente alejados para asaltarlos con violencia, abusar sexualmente de las mujeres, robarles lo poco que tienen y abandonarlos a su suerte en la selva. Mubarak y sus amigos lo han intentado y han sido víctimas de estos bandidos que aprovechan la indefensión de esta gente para hacer fortuna.

La historia de Mubarak es solo una gota de ese mar de personas estancadas en la frontera, que sigue creciendo y que amenaza con desbordarse por algún lugar de un momento a otro. Los días se suceden y agotan sin noticias del otro lado mientras siguen llegando inmigrantes. Él sigue con su calma y su sonrisa amable, tranquilizando a sus compañeros —quizá a sí mismo—, con la convicción de que alcanzarán ese sueño al que han apostado sus vidas. Este reportaje retrata la travesía de Mubarak y de aquellos que dejaron África en busca de un sueño.

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II. Un sueño que se truncó en tragedia

Dánae Vílchez

Pely Nere tiene 27 años. Habla rápido y sin descanso en un francés con marcado acento caribeño. Salió de su país en 2014 rumbo a Brasil. Ahí, trabajó por dos años en varias empresas de construcción, pero el pago no era bueno. Ahora su siguiente meta es ir a Estados Unidos, en donde piensa que le esperan muchas oportunidades de trabajo, oportunidades que nunca tuvo en su natal Puerto Príncipe. Sin embargo, desde hace un mes, Pely se encuentra varado en tierra desconocida. Un toldo en el puesto fronterizo de Peñas Blancas, entre Nicaragua y Costa Rica, le sirve de refugio.

El gobierno nicaragüense cerró la frontera para miles de migrantes haitianos, africanos y cubanos, que intentan cruzar el país rumbo al norte. En Peñas Blancas residen más de mil personas, esperando que la política cambie y puedan avanzar hacia su destino. Pely no porta su pasaporte, pero eso no le ha impedido cruzar por Brasil, Ecuador, Colombia y Panamá. Por el momento, Nicaragua ha significado el mayor de los obstáculos.

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Foto tomada de Facebook del inmigrante haitiano Romane, quien según familiares se ahogó en el Río Sapoá.

“Mi opción es ir a Estados Unidos, sea como sea. En Haití no hay nada para mí, en Costa Rica hay mucha inseguridad, muchos ladrones. A mí personalmente ya me robaron mi dinero, me robaron mil dólares. El gobierno de Nicaragua no dice nada, se queda en silencio, no sé qué le pasa. No sé si es por racismo, no entiendo si es porque soy negro o somos negros. No entiendo cuál es la razón. Los otros países sabían que somos migrantes y nos dejaron pasar”, dice Pely.

El argumento oficial de Nicaragua, publicado en un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores, es que ante el crecimiento sin precedentes de movimientos migratorios han intensificado los controles operativos en los puestos fronterizos aéreos, terrestres y marítimos del país, para garantizar la seguridad ante las amenazas del crimen organizado, el narcotráfico, el tráfico de armas, entre otros hechos delictivos.

En un trabajo conjunto de Cancillería, Migración, Policía y Ejército, el operativo del gobierno ha significado la militarización de las fronteras, y la obstrucción del paso para migrantes proveniente de Haití, Senegal, República Democrática del Congo, Togo, Cuba, entre otros. Países que pertenecen, según las cifras de Naciones Unidas, a la lista de los más pobres del mundo.

La vida para Pely y su grupo, en el que viajan tres de sus primos y otros tres amigos, se está tornando cada vez más difícil. Sin que se vislumbren cambios en la disposición de Nicaragua, las opciones para ellos se están acabando. Desde Estados Unidos, algunos familiares les envían dinero justo para sobrevivir, aunque, según explica el haitiano, la situación es insostenible.

“Nadie nos está ayudando, no tengo a nadie aquí, solo mi familia que me ayuda. Me envían dinero para poder comer, pero solo para la comida. Mi opción es pasar, pero no voy a cruzar irregularmente, nuestra opción es que nos manden en bus hacia Honduras, porque Estados Unidos es nuestra opción”, repite. “Cruzar irregularmente por Nicaragua es muy peligroso, hay gente que murió intentando cruzar, más de 65 de nosotros perdimos dinero porque pagamos a alguien para intentar cruzar y nos estafó. No entendemos por qué el gobierno de Nicaragua no nos deja pasar, no lo comprendemos”, se pregunta Pely.

Los diez ahogados en Nicaragua

El éxodo multitudinario cobró la semana pasada las primeras víctimas mortales. Diez personas, nueve hombres y una mujer murieron ahogados en el Río Sapoá, fronterizo con Costa Rica. Según reportes policiales, las personas ingresaron a Nicaragua entre el primero y el dos de agosto por puntos ciegos, para esquivar los retenes fronterizos. Un día después, sus cuerpos fueron recuperados en orillas del lago Cocibolca, cerca del municipio de Cárdenas, en Rivas. Los fallecidos no portaban consigo pasaportes o documentos de identificación.

Aunque no se ha reconocido oficialmente sus identidades, una ciudadana haitiana residente en Estados Unidos, Irlande Bien-Aime, ha iniciado una cruzada en redes sociales para repatriar algunos cuerpos, que asegura corresponden a cinco de sus familiares: Romane Fatjam Domani, de 26 años; Derisma Olgins Fatjam, Skeezy Civil, Claudy Djoudjou Joseph y Viergeline Valery. De las otras cinco personas se desconoce todavía sus nombres y nacionalidad.

Irlande asegura que su primo Romane, su novia Viergeline y las otras tres personas de su familia son los ahogados en tragedia. Según relató, su hermano habló unas horas antes con Romane quien le comentó de sus planes de cruzar por Nicaragua de manera irregular.

“Él hablo de que estaban cruzando un río. Mi hermano le dijo que no lo hiciera, pero no nos escuchó y después no nos dijo si lo haría o no. Alguien de Haití que viajaba con ellos, me envió las fotos. Cuando vi la fotos fue cuando supe, vi los cuerpos de Romane y los demás familiares que viajaban con él. Y ahí busque las noticias en Nicaragua para saber más”, expresó Irlande.

A pesar que ha pasado más de una semana, la familia de los fallecidos aún no ha sido contactada para identificar oficialmente los cuerpos y repatriarlos. La madre y el hermano de Romane viven en Haití y ambos dependían de él para subsistir. Ahora, teme Irlande, su muerte puede generar más desgracias.

“Romane era una buena persona, le gustaba ayudar a todo mundo que pudiera, era muy unido con todos en mi familia. Estamos en esta situación trágica, su madre enferma, tememos que si no llevamos el cuerpo de Romane para enterrarlo, ella morirá, está muy estresada”, declaró la mujer. “Nadie ha contactado a mi familia, no sé si contactaron al gobierno de Haití, pero nadie nos ha contactado a nosotros, la única información que he encontrado es en los medios”, añadió.

El sueño americano

Miles de migrantes, al igual que Pely, creen que en Estados Unidos encontraran las puertas abiertas para trabajar y mejorar sus condiciones de vida. “Estados Unidos quiere recibirnos. Si yo pudiera decirle algo al presidente de Nicaragua, le diría por favor, por favor, déjenos pasar por una cuestión de humanidad. No queremos quedarnos en su país”, manifestó.

Sin embargo, lo que el hombre desconoce es que no necesariamente será tan fácil el ingreso a Estados Unidos. Los haitianos y africanos no tienen a su favor una política como la de “Pies secos, pies mojados” que protege a cubanos inmediatamente que tocan tierra o agua estadounidense. Es decir, no sé sabe a ciencia cierta si podrán llegar y trabajar al país que tanto anhelan.

Ante esa perspectiva, Pely no se amedrenta y asegura que nada le impedirá cumplir su cometido. Mientras, su principal preocupación es sobrevivir en la frontera, esperando que Nicaragua lo deje pasar. Debe por el momento centrarse en conseguir comida y cuidarse de los ladrones, aunque admite que mantener las fuerzas es difícil. “Yo nunca en mi vida he sufrido tanto como he sufrido ahora” dijo.

Mubarak en el campamento improvisado en Peñas Blancas.
Mubarak en el campamento improvisado en Peñas Blancas.

III. “Una emergencia humanitaria”

Miles de migrantes africanos, haitianos y cubanos cruzan todos los días la región centroamericana con rumbo a Estados Unidos, a pesar de que países como Panamá, Colombia y Nicaragua han cerrado sus fronteras en un intento de controlar el tránsito masivo hacia el norte de indocumentados. Se trata de un éxodo multitudinario, que ya se cobró las primeras víctimas mortales. Diez personas, nueve hombres y una mujer, murieron ahogados en el Río Sapoá, fronterizo con Costa Rica.

Aunque no se sabe a ciencia cierta la cantidad exacta de personas, se estima que por lo menos 50 mil ya han emprendido el viaje, según previsiones del gobierno de Panamá. La primera parada para muchos ha sido Brasil, que desde hace varios años necesitaba mano de obra para los trabajos preparativos del campeonato mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos. Sin embargo, con las obras finalizadas y en medio de una crisis política en ese país, miles de migrantes posan su mirada en un nuevo mercado laboral. La ruta escogida hacia Estados Unidos pasa primero por países como Ecuador y Colombia, e incluye luego a todos los países centroamericanos y a México.

A juicio de Martha Cranshaw, representante de la organización no gubernamental NicasMigrante, la región se encuentra ya en el centro de una emergencia humanitaria.“Es ya una grave situación humana, están en condiciones de franca inseguridad en términos de salud y en términos de condiciones de vida. La voluntad de esos migrantes es avanzar hacia el norte y lamentablemente lo van a hacer, van a realizar esa intención a cualquier costo, y el costo que hemos tenido en el caso de Nicaragua es un costo humano alto”, manifestó Cranshaw.

Nicaragua, y más recientemente Panamá y Colombia, han adoptado una política de cierre de fronteras, esgrimiendo razones de seguridad. En el caso de Nicaragua, se trata de una militarización de la zona fronteriza y de operativos de devolución de las personas al último país de procedencia. Grupos de personas ya se instalan en varios de los puestos fronterizos, esperando que se cambien las disposiciones. Otros, sin embargo, se aventuran a entrar por puntos ciegos al país.

El caso de las diez personas, presuntamente de procedencia haitiana, ahogadas en el río Sapoá, deja evidencia que la operación tapón o escudo (como se le llama a este tipo de política), no esta funcionando del todo, y en el camino está atrayendo también a otros actores a escena.

“Esta población no se está moviendo por inercia, se está moviendo por redes de tráfico de personas y las evidencias te dicen que si la gente está cruzando y es a través de redes de tráfico de personas, vos estás vulnerable, no hay tal seguridad. Es necesario que se haga algo, por nosotros, por tener cierta garantía de nuestra seguridad, por tener garantía de que el crimen organizado no va a vencer y una garantía de que no vamos a tener conflictos fronterizos”, expresó la experta de NicasMigrante.

En declaraciones al diario La Nación, el ministro costarricense de comunicación de ese país, Mauricio Herrera aseguró que su país no tiene capacidad para mantener dentro de sus fronteras a más personas migrantes y que intensificaran los procedimientos de ingreso. De manera que se prevé que las condiciones se dificulten aún más, a medida que más personas quieran seguir por la ruta de Centroamérica.

Urge coordinación regional

Ante el tsunami humano que se avecina en la región, Lea Montes y Miriam Reyes, del Servicio Jesuita para Migrantes, consideran que mientras no exista una coordinación regional sobre la problemática, el número de personas que cruzan el territorio de manera irregular solo irá en aumento. “Un país no va a resolver la crisis, eso hay que estar claro, la gente no está llegando a quedarse aquí, realmente esto debería ser una discusión de varios países. El Sistema de Integración Centroamericana (SICA) es un buen escenario, pero esto ya está trascendiendo. Aquí debería intervenir la ONU y otras organizaciones más grandes”, expuso Montes.

Una de las salidas, plantea la abogada Reyes, es que al igual que México tramita visas humanitarias con los migrantes centroamericanos, todos los países involucrados en esta nueva crisis concedan ese sello, y las personas puedan pasar sin obstáculo.

Por su parte, el secretario de la Conferencia Episcopal, Monseñor Jorge Solórzano, aseguró que es necesario el involucramiento de todas las instituciones, incluyendo la Iglesia y la empresa privada.

“No hay voluntad política para trabajar esto, pero el problema nos sobrepasa. Tiene que haber un acuerdo de fondo. La gente se está pasando por veredas, la gente viene de esos países porque tiene hambre. Dicen que vienen más personas en camino, más de 50 mil”, manifestó el Obispo de Granada.

Diferencia con el caso cubano

En el pasado reciente, la región ya vivió una experiencia similar con la llegada de miles de cubanos que iban de paso hacia Estados Unidos. En esa ocasión, Nicaragua también cerró sus fronteras y el gobierno del comandante Daniel Ortega se mostró reacio a buscar una salida. Costa Rica y los otros países centroamericanos, lograron al final trazar una estrategia, que involucraba trasladar a los migrantes en bus y avión hasta México. No obstante, para los africanos y haitianos, la política estadounidense no es de brazos abiertos, y se aplican medidas migratorias más rigurosas y complejas.

  • Entre los migrantes africanos y haitianos también hay niños que han hecho la larga travesía. Rubén Lucía.
  • Campamento de migrantes africanos en la zona fronteriza de Costa Rica. Rubén Lucía.
  • Un africanos descansa en el campamento de Peñas Blancas. Rubén Lucía.
  • Un africano en el puesto fronterizo de Peñas Blancas. Rubén Lucía.
  • Los migrantes africanos pasan sus días en la frontera de Peñas Blancas esperando el momento en que las autoridades nicaragüenses decidan abrirles la frontera. Rubén Lucía.
  • Un grupo de migrantes se abastece de agua en el puesto fronterizo de Peñas Blancas. Rubén Lucía.
  • La hora de la comida en uno de los campamentos improvisados por los africanos en el lado fronterizo de Costa Rica. Rubén Lucía.
  • Los africanos se enlistan para pasar la frontera con los llamados "coyotes". Rubén Lucía.
  • Un fajo de dinero para pagar a los "coyotes". Una medida extrema de pasar de forma ilegal por Nicaragua. Rubén Lucía.
  • Los pies agrietados tras el largo éxodo de los africanos. Rubén Lucía.
  • Cada día Mohamed Mubarak dirige los rezos entre los africanos varados en Peñas Blancas. Rubén Lucía.
  • Una llamada a los familiares para comentar la situación tras días varados en Peñas Blancas. Rubén Lucía.

“A estos africanos y haitianos no los espera una ley como la de ajuste cubano, y muchos de ellos tampoco cargan sus documentos, y tampoco hay embajadas o consulados de sus países para que puedan tramitarlos, de manera que es aún más complicada su situación”, declaró Cranshaw.

En este escenario, los intereses geopolíticos y los favores entre los Estados podrían estar más que claros. “Es deducible entonces que la política de Nicaragua está coordinada con el gobierno de Estados Unidos”, añadió la experta.

El nuevo flujo migratorio se origina en varias vertientes. En el caso de los africanos, los acontecimientos recientes en Europa con la crisis de los refugiados sirios los llevaron a buscar otras rutas y destinos. Para los haitianos, el terremoto de 2010 y la subsecuente crisis política, dificultó las ya difíciles condiciones de vida en el país más pobre de la región latinoamericana.

En la frontera de Peñas Blancas o la de Paso Canoas, entre Costa Rica y Panamá, la variedad de culturas y nacionalidades es visible. En la mayoría de los casos, los grupos se conectan por afinidad y lengua, y tienen muy poco contacto con los otros migrantes. No obstante, para el ojo de las autoridades migratorias las diferencias a veces no son tan evidentes y en un revoltijo de personas de diferentes países hay lugar para la confusión, muchas veces aprovechada por quienes no portan sus pasaportes.

“Hemos hablado con gente que está en la frontera, el hecho mismo que las personas que murieron en el rió Sapoá no llevaran identificación es una clara señal de que son haitianos por que la mayoría de los africanos portan sus pasaportes”, explicó Cranshaw.

La reacción de Nicaragua: militarizar la frontera

La política de Nicaragua ante esta crisis migratoria se expresa de manera tangible con la militarización de la frontera y con las redadas realizadas en todo el país para capturar a ciudadanos que viajan irregularmente. No obstante, la reacción social ante la oleada de personas y la tragedia de los diez ahogados ha sido más bien tímida.

Según Cranshaw, el mayor problema con el operativo gubernamental es que muestra claramente cuán porosos son los muros que imponen los gobiernos y la imperiosa necesidad del involucramiento de varios sectores de la sociedad.

Ante la muerte de las diez personas en el río Sapoá, lo más preocupante, dice la experta, es que la población no sabe cómo reaccionar. “Si hemos percibido en la población de las comunidades vecinas el deseo de colaborar, hay inquietud , pero hasta que punto, ahí está por verse”, expresó Cranshaw.

La mayor preocupación, dice la representante de NicasMigrante, es que el aumento del crimen organizado y las redes de tráfico de personas, logren generar un problema de mayor envergadura. La ley 896, ley contra la trata de personas establece como delitos el abuso de poder, la explotación sexual comercial, entre otros. Sin embargo, a juicio de Cranshaw, el concepto de trata de personas invocado en la ley no es específico y pudiera dar pie a interpretaciones erradas.

“Hay un artículo de la ley de trata que no deja suficiente especificado que cosa es un traficante de personas, el delito, y cabe la posibilidad, la necesidad de someter a la Corte la interpretación por que podríamos estar los ciudadanos que queremos expresar solidaridad en riesgo a la hora de una intervención”, manifestó la experta.

Nicaragua, como miembro de Naciones Unidas, es firmante desde 1990 de convención internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y de sus familiares. En los apartados de ese documento, se especifica la responsabilidad de los países con la libre movilidad de las personas, independientemente de su condición migratoria.

“El asunto está que ellos (los migrantes) si tienen derecho a la libre movilidad. Ahorita estamos ante una crisis humanitaria de dos cosas, del sistema de protección y tutelaje de los Derechos Humanos de la poblaciones migrantes y refugiadas ,y por otra parte de la situación de vulnerabilidad de nosotros como seres vivos y como país” explicó Cranshaw.