En el curso del Río Coco los miskitos y su descendencia huyen del plomo y la violencia de los "colonos", sin que las autoridades nicaragüenses atiendan su desesperación, mientras que en Honduras, el gobierno de Juan Orlando Hernández los recibe con ayuda humanitaria

Francisco Taylor huyó de la comunidad miskita de El Cocal el 10 de octubre de 2015 porque casi lo matan. Taylor dejó sus tierras junto a otras cuatro familias. Tomaron botes con algunas de las pertenencias que pudieron sacar y navegaron hasta la comunidad de Pranza, en la orilla hondureña del Río Coco, en el Caribe Norte. Hasta el día de hoy, 280 indígenas viven en esta aldea miskita en champas construidas con algunos materiales que donó el gobierno de Juan Orlando Hernández al enterarse de los refugiados.

“Los colonos han llenado nuestros terrenos, no tenemos en qué quedarnos. Estamos desplazados realmente”, dice Taylor en Pranza, con los ojos vidriosos. Es un hombre inquieto. Mientras relata su historia, una de sus manos pellizca el tablón en el que está sentado. Esto que vive le recuerda los años ochenta del siglo pasado, cuando el Ejército Popular Sandinista los replegó a la fuerza.

  • Indígenas miskitos de Nicaragua refugiados en un campamento en Honduras. Confidencial | Carlos Herrera

En Pranza se ve la presencia del Estado hondureño, contrario al otro lado del río, en Nicaragua. Una máquina perfora un pozo para la escuela de la comunidad, existe un centro de salud dotado con enfermeras, medicinas y la respuesta para estos miskitos nicaragüenses, quienes iniciaron a llegar en masa desde septiembre de 2015. Ninguna autoridad de Nicaragua lleva un control del número de desplazados, pero los líderes comunitarios hondureños han levantado un censo para informar a su Estado. En otras comunidades catrachas, río arriba, hay más refugiados: en Suhi (840 personas) y Rus Rus (143). Son datos que cambian a diario. Estos son los refugiados nicaragüenses de los que el gobierno de Daniel Ortega no habla.

Cornelio Salewaith hace cuentas en el aire, porque sabe de memoria cómo se ha movido el flujo de desplazados en Pranza. Como miembro del Concejo de Ancianos, lleva las riendas de esta comunidad.

“Primero llegaron más de 100 hermanos miskitos, y como no teníamos dónde ubicarlos estuvieron en la iglesia”, dice Salewaith. Llamar hermanos a los refugiados no solo es cuestión de solidaridad. Aunque el Río Coco marca la frontera entre dos países, para los miskitos ellos son un solo pueblo, una sola nación desde el reino de la Moskitia.

El flujo de desplazados aumentó en diciembre de 2015. Norwin Goff, presidente de la organización indígena miskita de Honduras Masta, informó esa vez que cuatro niños nicas murieron por desnutrición. La solidaridad de los miskitos catrachos no alcanza para satisfacer las necesidades de los nicas.

Las pequeñas champas, forradas con lonas que tienen el logo de USAID y levantadas en tambo, son escenarios de miseria. Los niños famélicos y sucios deambulan junto a las gallinas, las mujeres dan de mamar a los bebés, y los hombres ven qué pueden hacer para mejorar el espacio donde ahora viven hacinados, sin catres y con un pequeño fogón para cocer el guineo.

El pastor evangélico Jesús Dickson carga un manuscrito escrito en miskito que desea enseñarles a todo aquel que se le acerque. Es un recuento detallado de la violencia de los colonos: Asesinatos, secuestros y amenazas con armas de fuego.

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Niños miskitos refugiados en Honduras. Carlos Herrera | Confidencial

 

“En nuestras costumbres no hay armas, y eso nos hace que nos desplacemos a Honduras”, afirma Dickson histriónicamente, como si estuviera en el púlpito. “Ahora todas las plantaciones que trabajamos, sembramos y cosechamos, todo está invadido. Hasta nos llaman por celular para decirnos que no vayamos a molestar, porque si los molestamos nos agreden”, agrega el pastor.

Dickson ha logrado ampliar la choza con la carpa de USAID. Con él, viven su esposa, su hija, su yerno y sus nietos. Son muchos para un espacio reducido donde no hay privacidad. Son cinco niños. Se acuestan sobre la tabla y muestran cómo se acomodan cuando toca dormir, uno junto al otro.

En las chozas las pertenencias de los indígenas están guardadas en pequeñas mochilas. No tienen mucho. La joven madre Amelia Osorio nos enseña su espacio y, dice, le duele volver a empezar de cero. Tiene la cara de una adolescente pero el verbo encendido.

“Nuestra preocupación es que nosotros votamos para que el gobierno esté allí… y como padre de la nación no ha venido a decirnos nada mientras los colonos nos matan”, reclama Osorio, mientras un bebé cuelga de su seno.

El anciano Salewaith está molesto. No porque tenga que trabajar más de la cuenta para organizar a la comunidad de refugiados de Pranza, sino porque le duele cada muerto que ve pasar sobre el Río Coco cuando los colonos atacan. Salewaith ordena izar la bandera de Honduras en el asta de la escuela. Hay que tomar una foto grupal para documentar el drama de los desplazados. Salewaith, con su vozarrón, invita a todos los indígenas.

El pastor Dickson no sonríe. Sabe que no hay posibilidad de regresar pronto a Nicaragua. La violencia sigue latente. El Centro por la Justicia y Derechos Humanos de la Costa Atlántica de Nicaragua denunció este 28 de mayo otro ataque de los colonos en las comunidades de Wisconsin, Santa Clara, Esperanza y Francia Sirpi. Esas noticias atraviesan el Río Coco con los nuevos desplazados que protagonizan, uno a uno, el nuevo éxodo de los miskitos.

Pero en las comunidades hay quiénes rehúsan a huir a Honduras. Para eso se han armado, para defender las tierras porque están en guerra contra los colonos. En Santa Clara, el joven Obencio Down Peralta pega tres palmazos en la tumba de Benito Francisco y la de Rosmeldo Solorzano.

“Esto significa que ellos van a hacer héroes de este territorio. Y tenemos nuestra alma hasta la muerte para defender mi tierra. Porque la madre tierra no se vende, no se arrienda” , amenaza Down Peralta. Viste una camiseta blanca que pide ¡Saneamiento!


Este reportaje fue realizado en el marco de la Iniciativa para el Periodismo de Investigación en las Américas, del International Center for Journalists (ICFJ), en alianza con CONNECTAS.