Opinión

¡Historia alucinante!

Crónica de una muerte anunciada, obra mayor de Gabriel García Márquez, pasó en incubadora por veintisiete años.



Existen tres libros de García Márquez —pese a su tamaño— que constituyen una trilogía inevitable en su universo narrativo: Relato de un náufrago (1970), Crónica de una muerte anunciada (1981) y Del amor y otros demonios (1994), cuya génesis proviene del periodismo. El mago de Aracataca transformó estas historias en un dechado de escritura.

El primero lo lanzó al estrellato desde la sala de redacción de El Espectador de Bogotá y el último nació después de recibir el Nobel. No son noveletas, como gustaba llamar el poeta José Coronel Urtecho, a estas producciones que no alcanzaban el número de páginas —según su entender— que les acreditara como tales. Relato de un náufrago, destella fulgores, después se convertirían en su marca de fábrica. Aparecen las mismas líneas de identidad que lo hermanan con Isabel viendo llover en Macondo (1955), escrito ese mismo año. Desata las primeras señales de un estilo inconfundible. Las dos revelan el esplendor de su pluma. Textos tallados por un orfebre consagrado. Son hijos de su ingenio.

Crónica de una muerte anunciada, obra mayor en sus andares de escritor, pasó en incubadora por veintisiete años. En la poética de Rosa Montero, equivaldría al embarazo de una elefanta. Fue hasta entonces que se produjo el parto. Esperó el tiempo necesario. La idea o argumento, anduvo rondándole el cerebro. Para la novelista española, entre más tiempo, mejor para parir una novela. El compromiso adquirido con Luisa Santiaga —su madre— lo inhibió por años.

Cuando apareció la narración, embrujó al mismísimo Ángel Rama. En el prólogo que escribió para una de sus ediciones —La caza literaria es una altanera fatalidad— se atreve a insinuar que fue García Márquez, quien arrebató la virginidad a Ángela Vicario. El montevideano subraya la sintonía del título con su contenido. Crónica en sentido estricto. Como la definen los textos. Se apegó al acontecimiento ocurrido en Sucre, el 22 de enero de 1951. García Márquez, hasta entonces disparó el obús. De lo contrario le hubiese estallado la cabeza. Escribir o morir.

La aparición de Crónica… generó enormes expectativas. La sociedad colombiana esperó con ansias la publicación. García Márquez tenía embobado a los lectores. El tiraje fue espectacular: un millón de ejemplares. Viendo hacia sus mayores, el portento fijó su mirada en Sófocles. Se inspira en Edipo Rey, celebérrima tragedia griega.

Todos sabían que Santiago Nasar era buscado por los gemelos Vicario —Pedro y Pablo— con la intención confesa de lavar la honra de su hermana. En esa suma de casualidades que constituye la vida, nadie fue capaz de evitar el crimen. Todo conspiró en su contra. Lo deslumbrante de Crónica… viene a ser su apego estricto a los hechos.

Rama afirma: El cotejo de este suceso trivial y, por qué no decirlo, trágico-cómico, con la mera línea de acciones de la novela de G. G. M., demuestra que la realidad ni siquiera sabe imitar al arte, disolviendo toda pretensión de que estuviéramos ante un ejemplo latinoamericano de non fiction novel como las de Truman Capote, Norman Mailer o Doctorow. Eso y más. Traspasa límites.

La relectura Del amor y otros demonios, me retropulsó al encuentro de estas joyas literarias. Aunque déjenme decirles, prosa, estilo y forma en Del Amor y otros demonios, la sitúan en un escalón más alto que las dos obras citadas. La pergeñó en lenguaje preciosista. Salió en búsqueda de la palabra exacta, muestra garra y grandeza en García Márquez. Instala la historia en el siglo VIII, época del tráfico de esclavos en Cartagena de Indias.

Alumbrada con lenguaje soberbio. Igual hizo con la utilización de la jerga canónica. Una historia salpicada de abusos. El asesinato cometido por las autoridades católicas, exigía un lenguaje afín. El contrapunto a la fe ciega, esquizofrénica y obtusa, la ofrece el licenciado Abrenuncio de Sa Pereira Cao.

Médico de oficio, dueño de una biblioteca infectada de libros prohibidos por el Santo Oficio. Agnóstico obstinado, Abrenuncio descree de la existencia divina, con la misma intensidad que asume sus creencias, el obispo de la diócesis, Toribio de Cáceres y Virtudes. Un religioso inflexible.

Con Cayetano, Abrenuncio comparte su amor desenfrenado por los libros. Los hermana su amor por la lectura. En la primera visita furtiva de Cayetano, al médico ateo, se sorprende al comprobar el tamaño de su biblioteca, tan grande como la que tiene bajo su responsabilidad. Se asombra al ver que posee toda la obra de Petrarca. ¡Santo cielo! exclama. Con doscientos libros más, añade Abrenuncio. Se entienden.

Descubre en sus anaqueles, infinidad de libros prohibidos. Está frente a un hombre que ha leído tanto como él. Le dejó curiosear. Embelesarse. Sentirse a sus anchas. Puso ante sus ojos, el libro cuyo final no pudo leer. (El obispo —su mentor en Salamanca— se lo quitó por prohibido.)

Una antigua edición sevillana de Los cuatro libros del Amadís de Gaula. ¿Sabe que este es un libro prohibido? Como las mejores novelas de estos siglos, responde Abrenuncio. Lo da prestado a Cayetano. ¿Cómo privarse de su mayor pasión? Decidió leerlo pese a estar en el índex. Un cura sabio, abierto a los desafíos religiosos.

Las gramáticas de lectura son abiertas, cada lector puede hacer la suya. Solo bastan gusto y sensibilidad. Con la salvedad que la interpretación no puede ser disparatada. Ese despropósito creo comete Frann Páez, en su Análisis de Cayetano Delaura en el amor y otros demonios (noviembre, 2010). García Márquez se refirió a las interpretaciones sobre algunas de sus obras.

Cuenta con humor, que su hijo Gonzalo, al contestar un cuestionario de literatura elaborado en Londres, para un examen de admisión, al preguntársele cuál era el símbolo del gallo en El coronel no tiene quien le escriba, con intención de tomarles el pelo, respondió: Es el gallo de los huevos de oro. El mejor calificado fue un joven que contestó, cómo lo había enseñado su maestro: El gallo del coronel era el símbolo de la fuerza popular reprimida. García Márquez tenía pensado como final, que el coronel le torciera el pescuezo e hiciera con él una sopa de letras. Crítica abierta contra los malos maestros de literatura. Poseen una rigidez que asfixia.

El problema de Páez en su análisis Del amor y otros demonios, fue perderse en la claridad del día. Acude al análisis trascendente. Esto supone —según su juicio— tener vastos conocimientos del autor romántico y estos no se hallan, en el desarrollo de esta historia.

Juzga que el amor entre Cayetano Delaura y Sierva María de Todos los Ángeles, no es más que un amor cortés. Una lectura fallida. Al escoger al poeta Garcilaso de la Vega, por demás pariente de Cayetano, García Márquez lo hace con intención aviesa. El mismo título ofrece pistas.

El amor tienta al cura. No es más que el mismísimo demonio. Después de haber conocido a Sierva María, Cayetano quedó en estado de gracia. Para conjurar su crisis existencial: Pasó noches de delirio y días en vela escribiendo versos desaforados que eran su único sedante para las ansias del cuerpo. El deslumbramiento de Cayetano es carnal. El demonio del amor empezó a poseerle y comerle el alma. No pudo librarse de sus redes. Sus rogativas fueron vanas, había conquistado su corazón.

Cuando Sierva María posó ante el retratista del virrey, con su bella dignidad de negra, al verla, Cayetano cayó en éxtasis. Sentado en la sombra y viéndola a ella sin ser visto, le sobró tiempo para borrar cualquier duda del corazón.

Para librarse del demonio, recurre al suplicio: … se desnudó el torso, sacó de la gaveta del mesón de trabajo la disciplina de hierro que nunca se había atrevido a tocar, y empezó a flagelarse con un odio insaciable que no había de darle tregua hasta extirpar en sus entrañas hasta el último vestigio de Sierva María. Ese día, el obispo lo encontró revolcándose en un lodazal de sangre y de lágrimas. Es el demonio padre mío, le dijo Delaura. El más terrible de todos.

Garcilaso sirve de sedante. No solo a él. Cayetano recitaba sus versos a Sierva María. Ella los aprendió de memoria. En sus momentos de infortunio —lo asedian siempre— recurre al gran poeta. Le declara su amor y se redime ante ella. El desasosiego y la angustia se apoderan de Cayetano. Se inmola y sucumbe víctima de prejuicios religiosos.

La pareja muere de la misma forma: exorcizados, según la iglesia, por estar poseídos por el demonio. Sierva María, es sacrificada por la insidia católica, incapaz de contemporizar con la cultura y prácticas religiosas de los negros. Solo otro sacerdote —además de Cayetano— fue capaz de comprenderla: Santo Tomás de Aquino de Narváez, antiguo fiscal del Santo Oficio en Sevilla, su verdadero arcángel. Mostró la falsedad de las actas incriminatorias.

Capaz de salvarla de la intolerancia, murió. Se desconocen las causas. Una cadena de sucesos conspira contra Sierva María. El desarrollo de la trama en Del amor y otros demonios, viene a ser un tanto parecida a la tragedia que arrolla a Santiago Nasar. Cuando todo indicaba preservarle de la muerte, nuevos hechos la precipitan al vacío.

La historia nació el 26 de octubre de 1949. La abuela había contado a García Márquez, de una niña a quien le crecía el cabello. Cuando acudió al convento Santa Clara, se encontró una tumba, con una joven en situación similar. Originó esta historia.