Opinion

La lección de Nicaragua: desestimar la gravedad de la pandemia es letal

Negar las muertes y enterrarles clandestinamente es mucho dolor para un país que sigue llorando a más de 300 muertos indefensos

A mediados de marzo 2020, Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), señalaba con preocupación el acelerado desarrollo de la pandemia del coronavirus COVID-19. Resumía en cifras, que tomó 67 días a partir del primer caso para llegar a los primeros 100 000; 11 días, para los segundos 100 000 y solo cuatro días, para los terceros 100 000 casos. Su velocidad exponencial de contagio quedaba establecida y las matemáticas se convertían en el requisito esencial tras la pista del nuevo y misterioso virus, a la vez que permitían descubrir la capacidad y estrategia de los países del mundo para combatirlo, independientemente de sus diferencias económicas. Podrían advertir del subregistro de datos o cualquier otro desatinado inconveniente estadístico.

Los primeros datos alertaron la urgencia de realizar una acción rápida y decidida aplicando las medidas de prevención y contención de la OMS y otros organismos internacionales de la Salud. Sin embargo, algunas respuestas fueron huecas y vanidosas. Según indica un estudio de la Universidad de Columbia publicado por el New York Times, 21 mayo 2020, si el confinamiento (lockdowns) en los Estados Unidos se hubiera adelantado una semana antes durante marzo cuando el brote inició, se habrían evitado 36 000 muertes en las ciudades severamente golpeadas (New York, New Orleans y otras), después en abril. Si hubiera iniciado dos semanas antes, se habría evitado la muerte de 54 000 personas (83%); pero eso no sucedió. El Gobierno de Trump desestimó la gravedad de la pandemia y las medidas se implementaron tardíamente. En China, donde el letal virus inició en la provincia de Wuhan a finales de 2019, el Gobierno guardó como secreto de Estado el amenazante brote que se extendía para entonces al resto del país y hacia el mundo entero, en carrera contra el tiempo.

Otros estudios retrospectivos-comparativos, revelan que los países con mayor éxito en reducir los casos, han requerido entre cinco y siete semanas de intervención directa. El confinamiento temprano y corto que tomaron la mayoría de los Gobiernos alrededor del mundo y la implementación de otras medidas sanitarias de la OMS, amparó a sus poblaciones. Sin salud humana, no hay economía saludable. Pudiera ser un axioma. Los datos arrojan que tanto la negligencia como la pretendida “inmunización de rebaño” puede ser fatal ante el comportamiento desconocido del virus y su violento brote. Algunos países de Europa tuvieron que retractarse de esta última discutible apreciación ante el registro elevado de muertes con respecto a sus países vecinos. En general, este virus expuso la fragilidad de los sistemas de Salud colapsados, aún en los países más ricos, a quienes la gravedad de la realidad superó.

A mediados de mayo 2020, en Nicaragua, el régimen Ortega-Murillo parece seguir obstinado e insensible a la tragedia mundial. En el contexto regional, mientras los demás países miembros del SICA: Belice, Guatemala, El Salvador, Honduras, Costa Rica, Panamá y República Dominicana, establecían desde marzo medidas de contención: cuarentenas, cierre de escuelas, de fronteras aéreas, terrestres y marítimas y activaban sus protocolos de vigilancia epidemiológica, aquí por el contrario, se ha agudizado inexplicablemente la resistencia gubernamental incrementando a “millares” los eventos masivos partidarios, deportivos, turísticos y culturales en lo que pareciera ser una mofa a la pandemia. Es un acentuado surrealismo registrado en videos y fotografías para la posteridad.

¿Un desafío a la salud pública? Desafortunadamente la invitación al contagio, solo puede conducir a un trágico pronóstico para el país. Crédulos o incrédulos, lo estamos viviendo.

El ejercicio arbitrario del poder derrumbó los pilares de la democracia en Nicaragua. Las leyes se hacen y se reforman a voluntad del caudillo. Los poderes del Estado vegetan sometidos a la voluntad del Ejecutivo. Momificados. Se confirma Montesquieu. Este es un país sin equilibrios ni  contrapesos. Suele suceder en las autocracias. Los derechos humanos, pisoteados. Los procesos electorales corruptos dan resultados ilegítimos. El principio del respeto a las leyes y la búsqueda del desarrollo social equitativo de una república, naufragó sin brújula.

Ante la inoperancia del régimen, numerosas acciones de Salud pública son animadas por agrupaciones médicas, civiles o académicas, independientes. La población asumió con lógica de supervivencia y sentido común, las medidas de prevención y protección. “Quedate en casa” es la cuarentena voluntaria a seguir y el distanciamiento social y  uso de mascarillas para quienes trabajan en espacios libres. Algunas comunidades indígenas miskitas en Karawala y Sandy Bay Sirpi en el Caribe Sur, han cerrado sus territorios en cuarentena.

Hoy, la mayoría de la población reconoce el peligro de la línea recta elevándose de manera exponencial hacia la cumbre de la curva que advierten los gráficos del Observatorio Ciudadano (OC) independiente y de otros expertos. Es urgente la colaboración colectiva para lograr su aplanamiento en el tiempo. ¿Cuándo? Los epidemiólogos hablan de un período largo de dos a tres meses, quizás con distintos comportamientos geométricos alternos según el caso por país, particularmente en el nuestro, tan sui generis por los factores de índole política conocidos.

El OC mantiene un reporte periódico de casos presuntivos de COVID-19 (87%) y de neumonía “atípica”. Los números crecen diariamente de manera exponencial en 15 Departamentos y 54 Municipios del país, contraponiendo los datos del Ministerio de Salud (Minsa), que disfrazan la innegable transmisión comunitaria. La mitad de los casos los concentra Managua, seguida en el orden por Masaya, Chinandega, Matagalpa, León, RACCS y Granada.  Se registra un aumento significativo de casos y muertes entre el personal de Salud del país a quienes les fue prohibido el uso de los instrumentos de protección en un intento oscuro del Gobierno de esconder la realidad de la pandemia. Las muertes ocurridas en el seno de los hogares, tanto de áreas rurales como en sectores urbanos, aumentan ante el aluvión de enfermos en los centros públicos y privados, colapsando desde ya los servicios de salud nacionales.

En este país, se desconoce la cantidad real de pruebas realizadas por el Minsa debido a un acelerado aumento de desinformación pública. Encubrir datos solo conlleva al subregistro de la realidad, imposibilitando la vigilancia científica del desarrollo, control y mitigación de la pandemia; parámetros indispensables para una atención efectiva a corto, mediano y largo plazo. El régimen Ortega-Murillo decidió centralizar “las pruebas” y desautorizar su compra y uso a los hospitales y laboratorios privados limitando la cobertura diagnóstica temprana.

Negar las muertes y enterrarles clandestinamente por las noches en el silencio de la ignominia (para muestra, videos y fotografías), es mucho dolor para un país que sigue llorando a más de 300 muertos indefensos, acribillados por la dictadura en la rebelión cívica de abril 2018 e innumerables violaciones a los derechos humanos de la población. Es curiosa la humanidad. Ante las grandes tragedias, mientras la sensatez de unos invita al resguardo para asegurar su supervivencia, otros urgen ignorar la protección o terminarla a destiempo. Parecen ser egoísmos propios que se entronizan implacables también en las esferas del poder autócrata acostumbrado a dominar el destino de millones de personas.

En Nicaragua, la pandemia presentó la verdadera cara del sistema de Salud: limitado, desabastecido, desatendido. Un personal médico y paramédico (enfermeras y trabajadores en general), capaz, aunque sin herramientas, sacrificado con exceso de trabajo, explotado con salarios bajísimos y atemorizado. Es una clara evidencia de la escasa inversión en salud tan lejana de las verdaderas necesidades de la población. Ojalá quienes desde el régimen han condenado la acción ciudadana espontánea de autoprotección razonen que la pandemia continúa confirmando indiscriminadamente su letalidad. La disyuntiva se presenta entre salvar la vida o quedarse mordiendo la miseria de la culpa, si acaso se vive para contarla. Es doble el desafío. Las autocracias parecen temerle a las crisis que se alejan de su férreo y torpe control.

Escritora, socióloga

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