Opinión

La madrastra se sale del clóset

Arbolata

Historia dividida en cinco remakes



I
La Cenicienta y el pie de la señora

Gracias a mis compañeros de infancia, los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, descubrí, en primer lugar, que la fascinación que aún hoy ejercen sus cuentos en los lectores del mundo se debe a que son relatos extraídos de la milenaria sabiduría popular, casi en su totalidad sujetos a los antojos creativos de la memoria y, en consecuencia, mejoras a la tradición oral. La gran mayoría de sus narraciones provienen de leyendas populares, de ahí su vigencia y facilidad de hacer con ellos prodigiosos, pero, de manera más frecuente, detestables remakes.

Así supe que el tema de La Cenicienta es fetichista. Es el culto al pie en busca de poderes sobrenaturales; o la desviación sexual, por ejemplo, hacia el pie de una mujer, que es objeto de la excitación o deseo del príncipe o monarca, quien depende existencialmente de una zapatilla de cristal o, lo que es lo mismo, del pie que pueda calzar esa zapatilla, en cuya dueña también encuentra la horma de su zapato.

Este es un cuento alemán que bien puede suceder en cualquier país del tercer mundo, con tal que esté ubicado exactamente en el centro de América y tenga un pie femenino irresistible, una zapatilla de cristal, o de barro, para ser autóctonos, lagos, volcanes, caudillo y señora, o más bien viceversa, reelecciones interminables y guerras.

II
Origen de las madrastras y de los clósets

Un fenómeno curioso en los cuentos populares sobre monarcas y su promiscuidad, es que son unánimes en la identificación maligna, que con toda naturalidad se establece, entre algunas reinas, emperatrices, abuelas y brujas. Algunas de ellas habitan siniestros clósets donde tienen objetos que sirven para enaltecer sus figuras, fraguar planes de gobierno, y escribir oraciones piadosas recordando a quienes mandaron o mandarán a matar.

Característica común de ellas es el desprecio a pueblos a los que dicen amar, y a los que como prueba de amor ofrecen “un mar de esperanza”, mientras se apropian de lo poco que poseen. El prototipo de estas mujeres, siempre dispuestas a hacer el mal a doncellas virtuosas y bellas, es la envidia enfermiza que sienten por esa belleza y bondad de inocentes a quienes en su mente convierten en rivales insoportables. Hay un término que identifica a estas despiadadas soberanas: madrastra. Precisamente en esta historia el rey enviuda, y  su hija Blancanieves, que bien podemos creer que simbólicamente se trata de la población del reino, queda en garras de su madrastra.

III
Blancanieves, el clóset y El espejo impertinente

Ya con estos conocimientos, en segundo lugar descubrí el clóset donde se ocultaba nuestra madrastra, pues que lo era de Blancanieves, mía y de todos los vasallos de aquel reino. En el clóset, tanto duraban aquellos encierros, que llegué a pensar que nuestra madrastra le era infiel a nuestro padre y que dentro del clóset se encontraba con un fogoso amante. Pero no, espiando con sigilo a través de la cerradura, descubrí que con quien se encontraba era con El espejo impertinente.

Así llamaremos al espejo mientras alguien escribe el cuento.

Resulta que llegó el tiempo en que El espejo impertinente  no quería dar a la soberana siquiera el gusto de engañarla, diciéndole que era la mejor mujer del país, la más bella, y que el mundo no se arreglaba, como con vehemencia pregonaba ella, eliminando todo vestigio de oposición. Aquella mujer, desde el poder, no se cansaba de predicar una extraña religión por la que pueblo que no es “cristiano, socialista y solidario”, se condena. Ante el disgusto del espejo, nuestra madrastra se sentía creadora de una nueva doctrina encarnada material y espiritualmente en los “arboles de la vida”, o árboles de hojalata o “chayopalos” como al calificarlos el pueblo simplificaba religión y símbolo de poder, que a su vez  El espejo impertinente calificaba de “dogma de la falacia”.

IV
Breve historia de Blancanieves. Caperucita Roja, celestina involuntaria. La bella durmiente del bosque  y El Rey Sapo.

Todo había comenzado cuando por culpa de esta historia el rey enviuda, queda sola Blancanieves, y más cuando el rey toma una nueva esposa –según el cuento, hermosa, orgullosa y presumida-, que no toleraba que nadie la aventajara en belleza, pero como el espejo no mentía, siempre decía que Blancanieves era la más bella, por lo que nuestra madrastra, despechada por su propio espejo, inicia una serie de atentados fallidos para asesinar a Blancanieves, siendo el más famoso cuando disfrazada logra que nuestra bella niña, en ausencia de los siete enanitos que la protegían, coma un trozo de la manzana envenenada con su propia alma de madrastra. Pero como ni así muere Blancanieves, es que se encierra en el clóset, donde alimenta su encono contra belleza y pueblo.

Explicado el antes de esta leyenda, será más fácil comprender el después, que es cuando el monarca de estas historias acaba por serle infiel al pie de la dueña de su reino, y se convierte en un lobo feroz que no desperdicia un instante en el bosque para fingir sentirse atraído por  Caperucita Roja,  para entrar a la casa de abuela y nieta todas las tardes a tomarse una tacita de café, que la abuela, correspondiendo al brillo de los ojos del lobo-rey, le sirve con experimentada coquetería. De esta manera entendemos que el oscuro objeto de su deseo es la abuela de la preciosa niña de la cesta, siendo Caperucita Roja tan sólo  un pretexto del lobo para seducir a la libidinosa abuela –jamona y aún provocadora- con quien después de muchas tacitas de café acaba por procrear siete enanitos (dicen que por el poco tiempo empleado en concebirlos) quienes deciden independizarse, huyen, y se llevan consigo, para salvarla de lobo y abuela, a Caperucita Roja, a quien para su protección, han cambiado de nombre, y, por su blancura y belleza, han decidido llamar Blancanieves.

Y aquí viene la parte cuando yo descubro a la dueña de pie y reino, nuestra madrastra, encerrada en el clóset con El espejo impertinente,  quien por herirla en su vanidad ya la ha puesto al tanto de las al menos siete gigantes infidelidades de su marido, de las cuales nuestra madrastra culpa  a Blancanieves, a quien por arte de magia, con el ardid de la manzana, ha logrado sumir en un profundo sueño, recibiendo por dormilona  el calificativo de  La bella durmiente del bosque, hasta que es favorecida por el beso de un príncipe besucón, que los Grimm llaman El rey sapo, que lógicamente la convierte en La bella despierta, porque claro, se despierta en ancas de sapo, por involuntaria ayuda de la soberana, quien ignoraba que La bella durmiente, antes y ahora Blancanieves, era irredenta aficionada a los sapos.

V
La salida del clóset y los pedazos de cielo

Dentro del clóset, herméticamente cerrado, y frente a su espejo, a la madrastra que creía en cosas diabólicas, semejantes fracasos le parecían, obvio es, cosas del diablo. ¿Cómo era posible que aquella muchacha hubiese sobrevivido a un cazador y a tantos envenenamientos, incluyendo el de su propia alma en manzana? O como quien dice pie de manzana al arsénico. Entonces,  volvió a preguntarle al espejo: “¿Espejito, espejito, quién es la mujer más linda y superior del mundo?”  Y el espejo, cuya única virtud era la sinceridad, como ya se sabe siempre le respondía, por meses y años, que Blancanieves.

 Al cabo de mucho tiempo se salió la madrastra de su clóset, y lo incineró furiosa. De vieja que estaba, no le funcionó la escoba para volar despavorida. Flaca, ojerosa e inaudible, se había aburrido de interrogar a su espejo, que no había forma de que cambiara su versión. Como ya no contaba con esbirros, intentó ahorcarlo personalmente, y se salió, con mucha dificultad, del clóset para colgarlo de uno de sus árboles de la muerte.

Pero el espejo se cayó de sus garras, y, al caer y romperse, hizo que la imagen de la madrastra se perdiera en la nada de los poderosos. No se volvió  a saber de ella. Un niño aventuró la opinión de que todo esto sucedía porque no existe belleza individual sino  colectiva. A oír esto el espejo roto en miles de pedazos comenzó a reflejar pedacitos de firmamento, que fueron recogidos y reunidos por miles de ciudadanos que así formaron un país. Una república unida con pedazos de cielo.