Opinion

La oposición no existe

Esta Coalición recurre a la firma de estatutos como solución burocrática de sus desacuerdos... el insaciable apetito del fantasma del recíproco recelo

Por desgracia, en lugar de oposición, con cierta coherencia política, lo que existe en el país es un intento de formar una coalición electoral. Una coalición electoral es radicalmente distinta de una coalición política, organizada para combatir la dictadura, no solo con un programa de lucha, sino, bajo una línea de acción de masas. Sencillamente, porque toda organización política combativa requiere condiciones que hagan previsible el flujo de la lucha de masas, y se centra en organizar y en encabezar tales luchas. Mientras, para una organización electorera, el flujo autónomo de la lucha de masas es indeseable.

En especial, porque para una organización electorera las masas sólo sirven para votar.

En las actuales condiciones, una coalición electoral es una convergencia de agrupaciones de todo tipo y de todo tamaño, sin vínculo con algún sector social, sin trabajo de masas, sin programa político, agrupadas por ahora en torno a reformas electorales que deberán negociar (supuestamente en mutuo beneficio) con el poder policíaco establecido por Ortega.

Esta propuesta electorera debilita a los mismos miembros de la Coalición a medida que pasa el tiempo, porque gradualmente aumenta la urgencia de negociar con Ortega, y aumenta el rol de Ortega y las consecuencias de lo que éste decida.

Dado que no participar en las elecciones por falta de condiciones sería una derrota en toda la línea para la Coalición, que no tiene otra alternativa. La tesis electorera es una camisa de fuerza, en vista que la Coalición la asume como la única salida.

Hasta una estrategia electoral requiere, de previo, la derrota de Ortega

Un estratega de verdad nunca asumiría que el rival dejará de usar las ventajas de la correlación de fuerzas. Sino, que el estratega se propondrá neutralizar esa ventaja actual de Ortega por medio de enfrentamientos tácticos. La pregunta es ¿cómo piensa la Coalición derrotar a Ortega antes de negociar con él?

Esta Coalición de agrupaciones recurre en grupo a la firma de estatutos como solución burocrática de sus desacuerdos, busca así un precario equilibrio ante el insaciable apetito del fantasma del recíproco recelo, que los lleva a negociar interminablemente el método interno de toma de decisiones (que, para ellos, es lo más importante para mantener esa unidad formal, sin programa de lucha).

Félix Maradiaga, del Consejo de la UNAB, dice que el objetivo de la Coalición Nacional no son las elecciones, sino un cambio de todo el sistema político. Esta Coalición –afirma- no nace con fines estrictamente electorales.
Maradiaga miente. Si lee los estatutos recién aprobados, en el primer acápite de la Misión de la Coalición encontrará que el propósito de la misma es “transitar de la dictadura a la democracia con elecciones libres”. Y eso es lo que hace una organización electoral.

Es decir, la Coalición confía la posibilidad de sus conquistas futuras a un proceso electoral con Ortega, en las actuales circunstancias abusivas.

Del resto, un “cambio total de sistema” es una expresión demagógica, porque no significa un compromiso concreto con construir sistema alguno. Es un comodín o joker que Maradiaga puede definir a su conveniencia, lo que confirma que no es ningún objetivo concreto de la Coalición.

La posición de Maradiaga refleja una ignorancia simple de la relación entre objetivos tácticos y objetivos estratégicos. Por ahora, la Coalición no tiene objetivos estratégicos, porque espera –sin lucha de masas- que Ortega le ayude a cambiar la correlación de fuerzas por vía electoral.

Relación entre objetivos tácticos y estratégicos

Todo objetivo estratégico requiere la ejecución previa de planes tácticos. Por ahora, la táctica de la Coalición es electorera. Los objetivos estratégicos, si los hubiera, carecen de condiciones que los hagan posibles.

Lo que demuestra la historia de buena parte de América latina es que se puede llegar, por vía electoral, de la democracia formal en crisis a la dictadura (a la que cínicamente la burocracia corrupta llama revolución). Pero no hay forma de desarticular una dictadura, por vía electoral, si a la dictadura no se le infringe previamente derrotas tácticas, con lucha de masas.

Tamara Dávila, también del Consejo de la UNAB, por su lado, dice “que no se puede descartar ningún escenario. Las condiciones para descartar cualquier escenario cívico –afirma- no están dadas (sic). Hay que empujar cualquier escenario cívico. Hay que hacer todos los esfuerzos posibles hasta que no sean posibles (sic). Hay que empujar todas las puertas. Quien se oponga a la dictadura, suma (sic). No podemos descartar nada, afirma Tamara. Nos toca tragarnos sapos. Las posiciones diferentes dentro de una misma organización son muestra de la riqueza que tenemos (sic)”.

Probablemente, para Tamara, el caos sea muestra de una riqueza insuperable. ¡Cuántos disparates simultáneos! Hacer esfuerzos posibles hasta que no sean posibles, significa no aprender nada, y no cambiar a tiempo una línea errada (es lo que hace actualmente Ortega con enorme torpeza), es una necedad, una falta de aprendizaje a tiempo, una carencia de método y de autocrítica, una falta de intuición, en fin, un comportamiento irracional.

Los esfuerzos no se hacen porque sean posibles, sino, que deben hacerse aquellos esfuerzos que tienen mayor probabilidad de éxito y los que ofrecen la mayor recompensa ante las restricciones dadas por la realidad en la toma de decisiones.

El proceso de toma de decisiones es un proceso de descarte de alternativas en un árbol de líneas de acción en el tiempo, en función de la interrelación con las contradicciones de la realidad. Es un proceso de evaluación metódica de alternativas y de los costos hundidos que implican.

Si alguien dice que no hay condiciones para descartar alternativas significa que su propuesta es esperar cruzándose de brazos, porque desconoce el rumbo más probable de los cambios internos de la realidad. La realidad experimenta un autodesarrollo objetivo en torno a cambios necesarios progresistas en la sociedad, que se reflejan como contradicciones entre las clases sociales. Verse involucrado en dichas contradicciones sociales permite definir estrategias concretas y descartar alternativas.

Hasta ahora, la Coalición no parte de un análisis de coyuntura, ni adelanta un programa de lucha de masas.

La toma de decisiones requiere de un método que valore las incertidumbres y las oportunidades. La Coalición es sólo un intento de unidad con el objetivo mínimo de impedir que alguien pueda negociar por separado con Ortega.

Es absurdo unirse en una coalición a una dirección partidaria corrompida, cómplice de Ortega, porque en su partido haya gente de base honesta. Si este criterio superficial, usado con el PLC y con YATAMA, se extrapola, seguramente por la misma razón la Coalición terminaría uniéndose al orteguismo. Lo correcto es que la gente de base honesta rompa con su dirección corrupta, para que asuma una lucha coherente.

Sólo alguien que jamás ha tenido una estrategia puede creer que cualquiera que se oponga a Ortega sume. Una estrategia errada no hace más que empeorar las cosas.

Tamara y Maradiaga debieron reconocer que la Coalición obedece a un propósito electoral, y que esa es la alternativa que decidieron ellos en los estatutos, sin que sus militantes, ni la población, estuvieran debidamente informados de los estatutos aprobados. Lo cual, es una práctica orteguista: tomar decisiones en secreto, de espaldas a los militantes, insinuando que los objetivos tácticos sean objetivos estratégicos.

Un tsunami se gesta en la realidad social

Una negociación, sin que alguna de las partes haya sido derrotada en los enfrentamientos, se propone obviamente un acuerdo ganar-ganar, con énfasis en la ganancia de quien se ve favorecido por la correlación de fuerzas.

Para Ortega se trata de ponderar, en tal negociación, qué tan cierta y arriesgada, para él, es esa salida de su aislamiento por medio de un proceso electoral. Las elecciones, para que sean libres, con Ortega en el poder, deben ofrecerle a la dictadura una salida libre de riesgos.

Ello, para el pueblo es una paradoja, porque estamos frente a una contradicción excluyente entre la dictadura y la nación, que sólo se resuelve por la lucha hasta las últimas consecuencias. El objetivo de la estrategia del pueblo es la desarticulación del orteguismo, no la desarticulación de la lucha, si la votación electoral por cualquier causa favorece a Ortega.

Hay una derrota transitoria de las masas y, a la vez, una crisis estratégica de la dictadura que va gestando un nuevo auge de la lucha de masas, con nuevos agentes, más fuertes, más decididos y capaces. Esta vez, no es una rebelión autoconvocada, un grito libertario improvisado, más bien, es una insurrección inevitable de los trabajadores, por efecto de las crisis.

Todo límite a la lucha de masas es un apoyo a Ortega. Cuando la coalición electorera dice: “no queremos violencia”, mientras la dictadura impone la política de muerte, quisieron decir: no queremos que las masas determinen autónomamente la estrategia de lucha con métodos propios, y que para liberarse a sí mismas, nos hagan a un lado.

Es lo que llaman con cinismo: queremos ganarnos la confianza del pueblo. En lugar que el pueblo gane confianza en sí mismo.

*Ingeniero eléctrico

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