Opinión

La pareja delirante

La pareja delirante

Ortega y Murillo no es que sean particularmente malos o enfermos, son solo un par de seres humanos mediocres, amorales y oportunistas



En este artículo titulado “La pareja delirante” y publicado en 2013, analizaba los rasgos de la psicopatología del poder tal y como la mostraban Rosario Murillo y Daniel Ortega en aquél momento. El trastorno paranoide compartido, con el correr del tiempo no sólo se ha agudizado, sino que llevado al límite por la protesta e insurrección ciudadana  contra su autoritarismo, ha desembocado en el 2018  en una cadena de masacres ejecutadas despiadadamente en pueblos y ciudades. La paranoia de Ortega-Murillo se expresa ahora como delirio persecutorio: ven al pueblo como “enemigo” y conspiraciones detrás de cada puerta, desatando el más grande baño de sangre del que se tenga memoria en Nicaragua, sin estar en guerra. A estas alturas, la salida del poder de la pareja delirante es tanto un imperativo político, como uno de sobrevivencia para los nicaragüenses. Más de 300 personas han sido ya asesinadas en su loco aferramiento al poder y como diría Shakespeare de Macbeth “ni todo el gran océano de Neptuno” podrá lavar la mancha de sangre y la culpa que cubre a estos dos. 

Uno casi puede imaginarse  a Murillo sonámbula como Lady Macbeth, obsesiva y compulsivamente limpiándose las manos ensangrentadas y oírla decir:  “¡Lejos de mí esta horrible mancha!… Ya es la una… Las dos… Ya es hora… Qué triste está el infierno… ¡Vergüenza para ti, marido mío!… ¡Guerrero y cobarde!… ¿Y qué importa que se sepa, si nadie puede juzgarnos?… ¿Pero cómo tenía aquel viejo tanta sangre?” 

Lo que es evidente es que el fin de la pareja delirante es trágico, para ellos y para Nicaragua.

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Han pasado 15 años desde que la hija de Rosario Murillo denunció por violación a su padrastro Daniel Ortega, el inconstitucional presidente de Nicaragua. Hace unos días Zoilamérica reiteró su denuncia y expuso el acoso, hostigamiento político y persecución económica de parte de su todopoderosa progenitora con el fin de rendirla por hambre y extraerle una retractación que les limpie de la culpa, el bochorno y el repudio. Se trata de una exposición contundente sobre la patología del poder imperante que nos afecta a todos y  en el que la tragedia de Zoilamérica es emblemática. La pregunta que se hace mucha gente es: ¿Por qué? ¿Cómo es posible? ¿Qué significa todo esto?  ¿Qué cosa es esta pareja? Hay un viejo nombre en psiquiatría que tiene la capacidad de explicarlo y que suena hasta romántico en francés: “folie á deux” o locura compartida, que aparece cuando existe una estrecha convivencia y un íntimo vínculo emocional entre las dos personas afectadas.

El bello nombre francés ha sido sustituido por la prosaica y más exacta denominación de “trastorno paranoide compartido” en los estudios de los desórdenes mentales. Paranoia, viene del griego (pará)  algo ajeno, externo o próximo a la mente (nous) y significa estar fuera de la propia mente. Alude a un  estado mental patológico en el que el afectado –que no tiene conciencia que lo padece- sufre delirios (percepciones y creencias sistemáticas y erróneas, desconectadas de la realidad y resistentes al cambio), siendo los más comunes el de persecución y el de grandeza. El paranoide es una persona que cree que tiene razón y que está justificado en sus creencias, de manera que quien se oponga a ellas o le lleve la contraria, está en problemas.

Así pues, el “trastorno paranoide compartido” se desarrolla a partir de que un delirante primario transmite sus convicciones a su pareja y ésta se va adhiriendo a la creencia delirante.  Igual funciona con familiares o allegados que se le subordinan por una regla de autoridad socialmente reconocida. El sometimiento y la falta de autonomía de un sujeto respecto a otro, así como la sugestionabilidad están en el centro del trastorno. La díada patológica puede surgir porque el miembro enfermo se la pasa al sano o bien por “psicosis simultánea”, donde el trastorno surge al mismo tiempo en dos personas que conviven y presentan igual predisposición. Como quien dice, donde “se juntan el hambre con las ganas de comer”.

Entre los delirios notorios que comparten están, por ejemplo, el de la reivindicación (donde la idea de la revolución y el poder prevalece sobre las demás) en cuyo nombre atentan contra personas e instituciones; el erotomaníaco (la ilusión delirante de ser querido, en el cual se justifica la promiscuidad y el abuso sexual) y el de interpretación (locura razonante por medio de la cual se creen con una misión divina para hacer una “segunda etapa de la revolución” de manera cristiana-socialista-solidaria).

Dependencia vs autonomía

Según la literatura sobre el tema, el trastorno se presenta cuando la persona ve frustrado el proyecto de su existencia y sentido vital. ¿Se le desarrolló a Ortega en la cárcel? ¿La adquirió Murillo cuando se emparejó con él o ya la portaba? La simbiosis de Murillo con Ortega puede explicarse a partir de su posición dependiente y subordinada, puesto que al no poder desarrollar  autonomía e identidad propia, tenía que encontrar maneras de tratar de ser real, para evitar perder su yo, recurriendo a otro proyecto existencial (Ortega) que, aunque restringidamente, le permitiera sentirse como alguien con algún valor y mantener su angustia de “no ser”, a raya.

Ser libre implica verse solo a sí mismo y por sí mismo enfrentando el mundo, según Erich Fromm, pero cuando uno se siente impotente se apega a vínculos primarios para obtener seguridad. Quien no ha obtenido su libertad psicológica, recurrirá a mecanismos evasivos respecto a su propia voluntad y responsabilidad, para evitar el riesgo y compromiso que ambas exigen. La revuelta de Murillo contra su situación de dependencia no pasó en los 80 de desplantes políticos, ropas estrafalarias, poses trasnochadas de hippie, el kitsch como propuesta cultural y una que otra poesía contestaria y antiburguesa, bajo el que encubría un profundo tradicionalismo y esa mentalidad premoderna que nos resulta hoy tan evidente.

Sin embargo, su conducta desinhibida de entonces también era un síntoma de la enfermedad del poder, pues refleja el sentimiento de quien se cree con derecho a estar por encima de los “convencionalismos” sociales y morales y que por tanto, se tiene licencia para hacer lo que a uno le dé la gana: humillar a otros, usar los recursos públicos como si fuesen propios, instrumentalizar a las personas o como en el caso de Ortega, buscar gratificaciones sexuales abusando de su posición de poder con su hijastra.

Como quiera que sea, lo cierto es que la díada patológica tiene muchos elementos en común, han vivido en el mismo ambiente y comparten muchas experiencias vitales, necesidades y frustraciones comunes. Sin duda la más traumática fue la pérdida del poder con la derrota electoral en 1990 que exacerbó el trastorno existente, como ha sido posible comprobar a partir del 2007 con la recuperación del mismo. Sin una verdadera institución política partidaria que le sirviera de freno y con grupos con intereses creados a su alrededor, Ortega pudo privatizar al FSLN y convertirlo en una secta. Inculcó así el cultismo -una variante del trastorno paranoide- con su ideología personal a gente que hasta entonces se consideraba antes que nada, políticamente de izquierda y que han contribuido, por activas y pasivas, a implantar al orteguismo.

Relación mutualista

La denuncia en 1998 del abuso sexual de Ortega a la hija de Murillo provocó una crisis que le permitió a ésta pasar de la mimetización a cierto grado de autonomía y poder, a cambio de su respaldo para garantizar la sobrevivencia política: un mutualismo donde hay un trueque de servicios. A partir de entonces, han intentado reinventarse y presentarse a sí mismos como leales y unidos cónyuges, amorosos padres y abuelos, reconvertidos a la fe cristiana, profetas del socialismo del siglo XXI y redentores de los pobres.

Estamos pues ante una ideación extrema y enferma. Si estas fueran personas privadas y corrientes, no pasarían de ser una pareja disfuncional más, en una relación patológica. El problema es que están en el poder y lo ejercen de manera absoluta, sin controles y con voluntad de eternizarse. Están convencidos que el poder “les pertenece”, tienen una concepción violenta de la política y heroica de su propio pasado y clasifican a las personas en dos grandes grupos: los que están con ellos y los que están en contra. Todo el que cuestione sus delirios de grandeza o sus acciones es visto como amenazante y hostil, lo que en los paranoicos desata el instinto persecutorio que en el camino va dejando un reguero de víctimas.  Son “poderópatas” que buscan el poder en cualquiera de sus manifestaciones (política, económica, militar, familiar, etc), siendo el fin que justifica todos los medios; su razón de ser y existir y sin el cual serían profundamente infelices. De ahí que no tengan escrúpulos y sean insensibles a conceptos éticos o morales y que muestren un profundo desprecio a normas y leyes.

Esta psicopatología del poder tiene un violento impacto en la vida de los ciudadanos y en las instituciones, pero además en la vida económica y política del país, pues trae aparejada la arbitrariedad, la corrupción, el enriquecimiento ilícito, la violencia y el silenciamiento de la crítica.  Sin contrapeso en los poderes del Estado, que han sido puestos al servicio del “binomio presidencial” como dicen los articulistas oficiales, el control de las fuerzas represivas, el cuasi monopolio de los medios de comunicación, las enormes ganancias personales producto del latrocinio y el financiamiento venezolano, y la compra de complicidades de opositores y empresarios, así como la clientelización de una masa social despolitizada, anónima y empobrecida, se han creado las condiciones para que se instaure una nueva dictadura y se plante el germen de un sistema totalitario.  Este no es otra cosa que el intento de concretar una concepción ideológica, idealizada, de la sociedad como un todo organizado cuyas partes –como dice Murillo “familia, comunidad, iglesia, empresas, política, cultura y educación”- son “coordinadas” a la fuerza si hace falta, para los propósitos del régimen y sostener el monopolio del liderazgo. Esa es su idea de “vivir bonito”.

Enfrentar la ambición totalitaria

Un poder con estas características rechaza las acusaciones y mantiene un silencio total sobre las denuncias. Para eso tienen un sistema de “verdad absoluta e incontaminada” diseñado por la propia Murillo y un sistema de premios y castigos hacia medios, periodistas y críticos, con lo cual la opinión pública carece de instituciones y recursos para hacerse oír e imponer justicia, lo que aumenta la insensibilidad ética, la indiferencia política, la falta de voluntad y la incapacidad de reaccionar ante el mal. Porque el mal, como dice Hannah Arendt, se cuela por entre las debilidades de la libertad y las impotencias del juicio.

Entramos así en la deriva de una sociedad orwelliana (1984, George Orwell) donde se materializan los conceptos del vigilante Gran Hermano(a), su Policía del Pensamiento, su Minmor (ministerio del Amor), su Minpax (ministerio de la Paz), su Mindancia (ministerio de la Abundancia) y su Minver (ministerio de la Verdad). Todo con la misma Neolengua que nos repite machaconamente desde la Habitación 101 -ubicada en El Carmen y cuyo emblema es el ojo en la mano que todo lo ve- que estamos “bendecidos, prosperados y en victoria”, que “Nicaragua es bendita, linda y siempre libre” y que nos espera “Un futuro de Vida, Luz y Verdad”-

En una relación de poder y dominación como la que ejerce la pareja delirante sobre todos nosotros, no hay posibilidades ni de diálogo ni de “mediación”. No la hubo ante la denuncia de Zoilamérica ni para nadie que proteste, demande o critique o quiera actuar de forma independiente. Todos los reprimidos pueden atestiguar sobre ello.

Ortega y Murillo no es que sean particularmente malos o enfermos, son solo un par de seres humanos mediocres, amorales y oportunistas, que han llegado hasta ahí porque esta sociedad ha perdido capacidad de reflexión y abdicado del juicio; porque hemos tolerado que se erijan como líderes de la oposición desvergonzados cómplices de este estado de cosas, por la incapacidad de pensar en sentido amplio y por encima de la adhesión mecánica a la tribu política de procedencia. Deshacernos de estas lacras y organizar el cambio democrático requiere recuperar el juicio, entendido este como un acto de pensamiento independiente y una toma de posición libre y responsable, para actuar en consecuencia. Sólo así podremos enfrentar el abuso y el delirio autoritario.