Nación

Especial | Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer

La pesadilla de ser niña en el Caribe

Violencia machista

Las historias de supervivencia de Alejandra, Anabel, Chailin y Jimena. Ellas intentan rehacer su vida en una región en la que ser niña es una sentencia



I. Violada por su padre a los doce años

Violencia machista
Alejandra durante la entrevista en la sede de la organización “Nidia White”, en Bilwi. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

* Alejandra quiere ser pediatra para cuidar de los niños y que su historia no se repita.

A sus 17 años Alejandra sueña con ser pediatra. La joven terminó sus estudios de secundaria y espera el próximo año inscribirse en la Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe de Nicaragua (URACCAN), en su sede de Bilwi. “Me encanta tratar con los niños, cuidarlos, saber que están bien, saber que nada malo les pasa”, dice Alejandra al explicar las razones por las que quiere especializarse algún día en pediatría. Sus motivos esconden un dolor profundo: Su propia niñez fue una pesadilla.

“Yo sufrí abuso sexual por parte de mi propio padre desde los doce años y fue hasta el año pasado que pude romper el silencio”. Lo cuenta con la voz cortada por el llanto, un dolor profundo que la carcome y que la lleva a narrar su historia, más bien vomitar el horror que sufrió al lado de su progenitor, como una liberación. 

Nos encontramos una calurosa tarde de inicios de noviembre en la sede de “Nidia White”, una organización que en Bilwi ayuda a las mujeres que han sufrido violencia. Alejandra es una muchacha muy delgada, frágil, de cabellera oscura con destellos castaños, que lleva amarrada en espiral detrás de la cabeza. Su voz todavía es infantil, al igual que las facciones de su rostro que no terminan de mudar a la vida adulta. Mantiene sus manos delicadas sobre el regazo, mientras cuenta que su mamá la obligaba a ver a su padre.

La pareja se había separado. Y Alejandra debía visitar a su padre porque él la apoyaba económicamente. “Él decía que si yo no iba a su casa no me iba a dar ni un peso y mi mamá me decía que tenía que ir, porque ella solita no podía con mis gastos”. Alejandra dice que cuando era más pequeña su padre siempre la cuidó y a los doce años ella pidió irse a vivir con él, porque quería estudiar en el colegio y él se había comprometido a pagarlo. La madre accedió. “En enero me matriculó. A inicios de septiembre él comenzó a ponerse raro conmigo, quería que yo durmiera con él en la misma cama, me manoseaba. Yo me sentí asustada. Solo me quedaba quieta mientras él me tocaba. Una noche yo estaba en mi cama, en mi cuarto. Él entró desnudo y comenzó a abusar de mí sexualmente, aun sabiendo que mi hermana menor estaba en la otra habitación. Mi hermana se despertó, comenzó a llorar, y él se levantó y se fue a ver qué le pasaba. Así me pude librar esa vez”.

Los abusos continuaron. El hombre llegó a proponerle a la joven una inyección para evitar un embarazo. Alejandra no podía hacer nada, dice. Su padre la amenazaba y ella tenía miedo a la reacción de su madre. “Decía que iba a dañar a mi mamá, que la iba a meter presa, que me iba a separar de mi abuela, que me iba a mandar lejos. Me decía que si yo hablaba la gente me iba a juzgar, que nadie me iba a creer. Yo tenía miedo, por eso preferí quedarme callada por un tiempo”.

Una noche –cuenta la joven– el hombre le ordenó que se acostaran. Ella comenzó a temblar. Recuerda que por fortuna tenía datos en su teléfono celular, porque su padre nunca le permitía hacer recargas. Llamó a su madre y le suplicó que llegara por ella. La madre se la llevó a su casa, pero su padre la comenzó a visitar nuevamente, daba dinero y su madre la obligó a que se acercara a él, alegando que ella no podía con los gastos. 

Una tarde, cuando la joven cursaba tercer año de secundaria, visitó con unas amigas del colegio un río para bañarse. Dejaron las mochilas en la orilla y mientras jugaban en el agua no se percataron que alguien las robó. Su madre entró en cólera. “Dijo que no podía conmigo, que estaba gastando dinero de balde. Entonces me mandó de nuevo a la casa de mi papá”. Y los abusos continuaron. “Yo no podía contarle a mi mamá porque no me creería. La primera vez me dijo que yo lo inventé para salirme de ahí”.

En el colegio, Alejandra conoció a un chico. Comenzaron un noviazgo. La cercanía de ambos jóvenes alertó a los maestros, que decidieron citar a los padres para conversar. Llegó la mamá del muchacho y por Alejandra, su padre. En la reunión ella se alteró. Lloraba sin poder controlarse, por lo que una de las trabajadoras del colegio la sacó de la sala. Le preguntó qué pasaba y la joven no se contuvo: le contó su historia de abuso por parte de su padre. La mujer contactó a las autoridades. “Hablé por celular con una señora del Gobierno y ella me preguntó si estaba segura de lo que iba a hacer. Le dije que sí”. Alejandra estaba asustada porque temía la reacción de su madre, pero pudo denunciar los abusos en la Policía. Oficiales de la estación contactaron a la organización “Nidia White”, dado que el padre de Alejandra había amenazado a las maestras en el colegio y a la madre de la muchacha. La joven entró a un albergue de la organización y recibió atención sicológica. Pero la pesadilla no terminó. 

“Mi mamá comenzó a hablar cosas malas de mí cuando la Policía la buscó para que firmara la denuncia, porque yo soy menor de edad. Dijo que yo era una mentirosa. Se supone que mi mamá debía darle seguimiento al caso, pero se detuvo porque mi papá la amenazó, le dijo que si lo echaban preso a él, ella también iría a la cárcel”.

El hombre comenzó con amenazas. A través de un perfil falso enviaba mensajes a la joven a través de Facebook. Le decía que era una loca, que la iba a matar, que tenía que retirar la denuncia. Ella decidió cerrar su perfil. El hombre también frecuentaba la casa donde ahora trabaja, cuidando niños de la hermana de su novio. “Yo me escondo”, dice Alejandra. 

La violación de Alejandra sigue impune, en un país donde la impunidad en estos casos es la norma. Datos del Instituto de Medicina Legal muestran que en la última década 16 400 niñas menores de catorce años dieron a luz, a una media de cuatro menores pariendo a diario. Y, según organizaciones que trabajan este tipo de violencia, son pocos los procesados por estos delitos. Un equipo de CONFIDENCIAL visitó aldeas de la Región Autónoma del Caribe Norte para documentar la violencia que sufren las niñas y mujeres de la zona, en el marco del Día Internacional contra la Violencia de Género, que se conmemora este 25 de noviembre. En estas regiones del Caribe las mujeres enfrentan una difícil situación por su condición de mujer, indígenas y pobres.

Alejandra dice que teme por su hermana menor, de siete años. La niña es hija de otra pareja de su padre, de la que también se separó. Por un tiempo la madre dejó que la niña se quedara en casa del hombre, hasta que discutieron y se largó con la menor. Pero Alejandra asegura que la niña también fue sexualmente abusada. “Mi hermana menor también sufría eso. Mi madrastra no hacía mucho caso. Tenía siete años y ella dormía con él. Normalmente él dormía desnudo y abusaba de ella. Yo se lo decía a su mamá y ella no creía. Ella dejaba a mi hermana con mi papá también para conseguir dinero”.

Alejandra quiere ser pediatra para cuidar de los niños y que su historia no se repita. Ahora que ha podido contar lo que le pasó, y poco a poco superarlo, espera que otras muchachas también rompan el miedo. “Les digo que no se queden calladas, porque es peor, que hablen con alguien de confianza que sepa que los va a ayudar, que busquen a la autoridades, que se pongan las pilas. Que no tengan miedo, sí, es difícil, pero poco a poco se puede superar”.

II. Esclava sexual en el Caribe

Violencia machista
Jimena es víctima de trata de personas, ella fue obligada a prostituirse en Corn Island. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

* Jimena no puso una denuncia por miedo, pero cuenta su historia para que no se repita con otras muchachas

Una calurosa y húmeda tarde de inicios de noviembre Jimena, una adolescente de 16 años, despedía desde el porche de su casa localizada en un barrio de Bilwi a los hombres de la familia que partían a alta mar, en una faena de seis días para conseguir la pesca, que es el sustento de la familia. La joven miraba con melancolía la partida, pero a pesar de la ausencia de los hombres se sentía segura en casa al lado de su madre y hermanos menores, después de haber vivido una pesadilla a manos de una mujer que la prostituyó por un mes en la paradisiaca Corn Island, enclave turístico del Caribe.

Jimena es una joven hermosa. Alta, delgada, de cuerpo cincelado, pómulos resaltados, labios carnosos y una delicada piel canela. Características que atrajeron la atención de una mujer que la convenció de acompañarla con la promesa de trabajo y una vida fuera de la pobreza en la que está sumida la familia, cuyos miembros viven apretujados en la casa de madera, sostenida por gruesos troncos, que se levanta a unos metros del mar.

Esta mujer –a quien Jimena por temor solo quiere identificar como “La Señora”– la encontró una tarde en Bilwi, cabecera de la Región Autónoma del Caribe Norte, cuando la chica temía regresar a casa porque se había ausentado todo el día, desde que su madre la envío a comprar leche a una venta cercana.

Jimena cuenta que la mujer la engañó. Le dijo que su madre estaba furiosa, que no la quería ver y que si regresaba a su casa la maltrataría. “La Señora” le ofreció irse con ella, le dijo que la cuidaría, que le daría una vida mejor, que tendría trabajo y que no viviría más entre las angustias económicas que afligen a sus padres. Jimena aceptó.

Estuvo dos días escondida en una casa de Bilwi, cuenta, hasta que la mujer le ofreció viajar a Corn Island, el destino de su nueva vida y un futuro prometedor. Se embarcaron en Bilwi y al llegar a Corn Island comenzó la pesadilla. “La Señora” vivía en una cuartería, donde había otras muchachas, hasta tres por habitación. Jimena miraba entrar y salir hombres y una tarde su casera le ordenó que la acompañara. La mujer pretendía que la chica se quedara esa tarde con un hombre. Jimena se asustó y corrió de regreso a la cuartería. “La Señora” lo intentó otras dos veces, siempre sin poder convencer a la adolescente.

Fue entonces cuando comenzó su suplicio, aunque la joven no sabía con certeza lo que pasaba. “Me comenzó a tratar mal. Un día me dijo que me tomara una pastilla, que era buena para mí, para dormir, para estar calmada. Era diazepam. Yo me dormía y a la mañana, cuando me despertaba, tenía mis partes íntimas mojadas, a veces tenía sangre, me dolían mis partes cuando me despertaba”, narra Jimena.

El diazepam es un sedante fuerte, que entre otras condiciones médicas se utiliza para tratar trastornos de ansiedad. La mujer convirtió a Jimena en su esclava sexual, exigiéndole que tomara el ansiolítico para comercializar su cuerpo. “Por el día ella pasaba fuera de la casa, supuestamente trabajando, y cuando regresaba venía con hombres y me daba las pastillas”, explica Jimena.

Esta adolescente fue víctima de uno de los delitos más graves y que se ha agudizado en Centroamérica en la medida que el crimen organizado toma terreno, aprovechando una situación de impunidad y ausencia del Estado en vastas zonas, como en el Caribe de Nicaragua. Un estudio del Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas (IEEPP) advierte que “las redes criminales dedicadas a cometer este delito utilizan una serie de medios para captar a las víctimas, tales como amenazas, uso de la fuerza, rapto, el fraude, engaño, abuso de poder; por tanto cualquier persona puede caer en manos de las redes o grupos de tratantes”.

Además del abuso sexual, Jimena se vio sumida en una vida de esclavitud: tenía que limpiar, lavar ropa, cuidar de los hijos de quien se había convertido en su dueña. La adolescente hablaba con otras jóvenes de la cuartería, sometidas igual que ella, y el miedo las mantenía subyugadas. La que había prometido ser su protectora ni siquiera les daba comida, asegura Jimena, y tenían que arreglárselas mientras la mujer estaba fuera.

Hubo momentos en que Jimena pudo liberarse, pero el terror se apoderaba de ella. Cuenta que un funcionario de Migración se acercó a ella en un par de ocasiones a “La Señora” para preguntarle qué lazo tenía con Jimena. La mujer decía que era su hija y le exigía a la joven que repitiera la mentira. Lo sorprendente es que el hombre lo creyó. Y es más sorprendente que este tipo de negocios sexuales se mantengan en el Caribe ante la inacción de las autoridades.

Las regiones autónomas del Caribe forman una vasta región de más de 59 mil kilómetros cuadrados –un poco más extensa que Costa Rica–, con una población de apenas 556 mil personas. Aquí están algunos de los municipios más pobres del país, y han sido castigados por el Gobierno de Ortega con una reducción de las transferencias municipales, tras el apoyo de la mayoría de sus habitantes a Yatama, el partido indígena que ha roto su alianza con el gobernante Frente Sandinista.

La tarde que visitamos a Jimena, tras la partida de los hombres de la casa, la joven contó que fue por ayuda de una amiga de su madre que pudo liberarse. La mujer la reconoció un día que Jimena acompañaba a “La Señora” en sus “mandados”. “Nos montamos rápido en un taxi para que no me fuera, pero la amiga de mi mamá buscó, buscó, hasta que me encontró”, explica la joven. La proxeneta dijo que Jimena se había “corrido” de su casa y que ella la ayudó. “La amiga de mi mamá me dijo, vámonos”, cuenta Jimena. Así es como regresó a su casa en Bilwi.

La joven ha tenido el apoyo sicológico de una organización que ayuda a las mujeres sometidas a la violencia en el Caribe. Las sicólogas de “Nidia White” atienden a estas mujeres en su albergue y en sus oficinas de Bilwi. Aunque trabajan con pocos recursos, hacen un trabajo valioso: solo en 2017 ayudaron a 1, 585 mujeres víctimas de maltrato.

Shira Downs trabaja en “Nidia White”, en Bilwi y advierte que la violencia contra las niñas es una “epidemia” en esta región. “Se tiene que abordar este problema de inmediato. Estamos en emergencia, porque la violencia contra las mujeres en un problema de salud pública”, explica. “La situación de violencia en el Caribe Norte es una alerta permanente, porque los casos de violencia contra las niñas, sobre todo, no paran. A diario tenemos niñas que sufren abuso sexual, que se encuentran en situación de explotación sexual, por lo que esto debería tener una prioridad colectiva”, dice la activista.

Violencia machista
Shira Downs trabaja en el Movimiento de Mujeres “Nidia White”, en Bilwi. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

Mientras la tarde comienza a cubrirse con destellos naranja y el sol se pierde en el horizonte como un enorme plato amarillo, Jimena explica que no puso una denuncia por miedo, pero  cuenta su historia para que no se repita con otras muchachas. “Fue difícil olvidar lo que pasé ahí, pero lo pude superar. Me siento bien con mi familia y no quiero que me pase eso de nuevo. Les digo a las demás muchachas que no crean a la gente, las promesas. Todo eso es mentira, porque te prostituyen, te maltratan. Yo pasé una experiencia que no quiero que otras chavalas pasen”.

III. Madre indígena a los 14 años

Violencia machista
Chailin es una musiquita de 14 años abusada sexualmente. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

* Chailin se aferra a sus estudios para olvidar su vida de horror.

A sus 14 años, la vida de Chailin ha sido una pesadilla. La joven nació con problemas cardiacos y su madre dice que también sufrió un derrame. Dado ese difícil estado de salud Chailin, tenía la atención de sus padres, quienes la cuidaban como un milagro que les había dado la vida. Su padre, maestro, la llevaba con él a las comunidades donde debía impartir clases, pero la niña regresaba a su poblado porque era miembro de la iglesia y le gustaba participar en las actividades religiosas.

Bilwos Karma (o río de culebras, en mayagna) es un caserío que se alza en un descampado localizado a una hora de Waspam, en la Región Autónoma del Caribe Norte. Para llevar a la comunidad se debe atravesar un camino en mal estado, que en la temporada de lluvias queda prácticamente en desuso por la crecida de los ríos, abundantes en esta zona húmeda y verde del Caribe. Aquí las casas se levantan sobre gruesos troncos y cuentan con pequeños porches, un área que funciona como salón y cocina, habitaciones asfixiantes, porque no tienen ventanas. Los mosquitos son una amenaza permanente, verdaderos carniceros en busca de sangre caliente para engordarse. La pobreza aquí es la norma. Sus habitantes usan ropas deshilachadas, los niños de vientres hinchados corretean desnudos y perros famélicos rastrean la grama en busca de algún bocado que los mantenga vivos. A pesar de la pobreza, algunas casas cuentan con servicios satelitales de televisión y los platos rojos de las antenas sobresalen sobre los techos de madera que parecen tan frágiles que el viento los tirará en cualquier momento.

Un día de marzo de 2017 Chailin regresó de la comunidad donde daba clase su padre para participar en la Santa Cena que se había organizado en la iglesia de su localidad. Un hombre de la zona, de 32 años, la comenzó a acosar y a pesar de la negativa de la niña la violó aprovechándose de la ausencia del padre. Chailin es una niña miskita, bajita, de piel oscura y regordeta, como si su cuerpo se rehusara a desarrollarse. No habla español y la entrevista tuvo que hacerse con un traductor. La cara redonda de niña muestra unos grandes ojos negros y unos labios finos, pero una tristeza la envuelve. Durante la conversación mantuvo los ojos fijos en sus manos, que manipulaban un lapicero de tres colores con el que hacía trazos en su cuaderno, una tarea escolar. Chailin cursa el segundo año de secundaria.

Cuenta que el hombre se la llevó a una zona alejada del caserío y la violó. “Fue en el monte”, dice, sobre hojas y ramas secas. Los abusos fueron constantes y la muchacha tenía temor de contarlo, aunque sus padres vieron un cambio radical en su comportamiento: Chailin no hablaba, no comía, pasaba los días pegada a la pequeña televisión de la casa, la única conexión con el mundo exterior. Fue a los cuatro meses, cuando el embarazo no se podía esconder, que los padres supieron que su hija había sido violada. La llevaron a un clínica comunal y la doctora del turno confirmó sus temores. La joven les contó lo que había pasado.

Los padres pusieron la denuncia en la Policía. Oficiales llegaron hasta el caserío a investigar lo ocurrido, incluso se presentaron en la zona descampada donde el hombre había abusado de la niña, pero luego desaparecieron y el caso quedó en la impunidad, explica la madre de Chailin con la ayuda del traductor. La mujer, delgada y de rostro cansado, habla con rabia. Dice que el abuso contra su hija fue “por gusto”. “Él sabía que la queríamos”, cuenta, “y por ser hija única dijo que la iba a embarazar para ver qué hacíamos”. El embarazo de una hija menor de edad es una afrenta y humillación para los hombres miskitos. El papá de Chailin reaccionó con furia y culpó a la madre de la muchacha por la violación.

Madre e hija han tenido que soportar solas el escarnio, el desinterés de las autoridades, el embarazo y la cesárea de la niña. Su padre no las ayuda económicamente, bebe mucho y cuando está alcoholizado las amenaza con el machete. Las va a matar, les grita. Además, el abusador de la joven se mueve con impunidad en la comunidad y hasta se burla de la familia. “Cuando está borracho, él cuenta a todos que la violó”, asegura la madre de Chailin.

La muchacha se aferra a sus estudios para olvidar su vida de horror. La mañana que la visitamos hacía sus deberes escolares en el porche de su casa, aprovechando que el sol no ardía aún con furia y la brisa calmaba la humedad y los mosquitos. Hammer, de un año, lloraba en el interior de la casa. Su abuela lo levantó y arrulló, porque es ella quien cuida del niño. Lo único que quiere Chailin, dijo susurrando en misquito, es crecer y convertirse en maestra y así, tal vez, olvidar la pesadilla que ha vivido desde que nació.

IV. El sueño de ser antimotín

Violencia machista
Anabel sufre violencia de género desde los 15 años. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

*Anabel quiere ingresar a la Academia de Policía, mientras tanto reclama que metan preso a su agresor

En la escuela secundaria de Saupuka un maestro suena la campana que indica que es el cambio de clases. Unos adolescentes aprovechan el intermedio para jugar con canicas en el patio, frente a la carretera fangosa que comunica esta comunidad con Waspam, a unos 45 minutos de distancia. La próxima clase, de Educación Física, comenzará en unos minutos para el curso de tercer año de la escuela. Un maestro acomoda a sus alumnos con los pupitres fuera del salón, debajo de un inmenso árbol que da una sombra gloriosa, que se agradece frente al calor intenso del mediodía.

Esta escuela fue inaugurada en 2005 por el entonces presidente Enrique Bolaños y trece años después el tiempo y el descuido han jugado en su contra. Levantada también sobre tablones –como se acostumbra a hacer en estas comunidades azotadas por fuertes tormentas e inundaciones– los salones de la escuela muestran sus ventanas con vidrios rotos, las pereces (¿?) sucias, muchos pupitres desquebrajados y las puertas en mal estado. Son dos pabellones pobres donde los muchachos pobres de esta comunidad aprenden, entre otras cosas, el español.

Anabel Luther apenas lo habla. Es una joven alta, de larga cabellera azabache que lleva en forma de trenza sujetada por un listón rosa. Esta mañana se ha pintado junto con sus amigas los labios de carmín. Es una mujer de 22 años, pero parece una adolescente. A los 15 años resultó embarazada de un hombre de 27. Ella dice que estaba “enamorada”, pero sabe ahora que se trató de un abuso. De acuerdo al Código de la Niñez, todo embarazo de una menor de edad debe ser considerado legalmente como una violación, por lo que el Estado estaba obligado a investigar el caso. Sin embargo, organizaciones feministas afirman que el Estado impone la maternidad a estas menores en detrimento del interés superior de su bienestar, como establece la Constitución Política.

El padre de Anabel la obligó a casarse con el hombre y comenzó su suplicio. Cuenta en un español entrecortado, refugiada en un salón de su escuela, que Oliver Fedrick Walter, ahora de 34 años, la golpeaba. Incluso llegó a dañarla con tijeras. Los golpes duraron por años, hasta que Anabel decidió denunciarlo. Se separó de Oliver, pero la pesadilla no acabó. “Estoy en un problema grande, porque vivo amenazada, tengo dolor de cabeza, tengo miedo de andar en la calle sola, tengo miedo de salir, porque el hombre me dice que me va a matar. Tengo mucho miedo”.

La joven asiste constantemente a la Policía y les pide que encarcelen a su agresor, pero las autoridades no la toman en serio. Anabel habla asustada, sus labios tiemblan, hace largas pausas durante la conversación. Explica que ha hablado con su hijo, le ha dicho que no tiene padre, porque se separó de él por el maltrato. “Le digo que su único padre es su abuelo”.

La muchacha no pudo ni terminar sus estudios tranquila. Por la violencia que vivió se retrasó en terminar la secundaria, pero ahora cursa el último año y espera continuar con sus estudios. Cuando le pregunto qué quiere estudiar su respuesta es sorprendente: “Quiero ser antimontín”. ¿Por qué? “Es mi sueño, voy a hacer eso para que ese hombre no vuelva a amenazarme”.

Dice que cuenta con el apoyo de sus padres para viajar el próximo año a la Academia de Policía en Managua y que espera ingresar y prepararse. Mientras tanto, lanza un grito desesperado a las autoridades. “Que lo metan preso, que le apliquen la ley, que me deje tranquila, quiero andar libre, pero él me maltrata, me dice cosas malas, estoy miedosa”.

La mañana que la visitamos en Saupuku la joven ya había terminado su jornada de clases. El nerviosismo aumentaba, porque el regreso a casa es un suplicio. Varias veces Oliver la ha emboscado en el camino y la amenaza con matarla. Le dice que ni se atreva a tener un novio o a casarse de nuevo. Al prepararse para dejar el colegio la joven se une con un grupo de amigas. Ellas la acompañan para ir a casa. Son su garantía de seguridad.