Opinión

La política de “manos arriba”

Pueden ser los líderes de una secta, pero nunca podrán gobernar un país libre e indómito como Nicaragua.



¿Cómo reaccionar ante un presidente que le declara la guerra a todo el que se le oponga?

Un Presidente que ha demostrado que está dispuesto a usar las armas, perseguir y juzgar como “terrorista” a quienes osen contravenir la versión de la realidad que él ha venido desarrollando sobre lo que ha sucedido en el país

El discurso de Daniel Ortega, dividiendo a la población entre sandinistas y terroristas es una condena a priori de cualquier acto de protesta contra su gobierno. Calificar de golpistas, derechistas y parte de una conspiración urdida por fuerzas externas a los centenares de miles de nicaragüenses que han salido a las calles a pedir la renuncia de quienes consideran responsables de sus muertos, es ponernos a todos manos arriba. “Manos arriba”, o uno muere o acaba en la cárcel del Chipote sin ningún recurso legal para defenderse. A los jueces que quieren oír las dos partes los echan, y a los acusados no se les permite su propio abogado. Se les nombra un defensor público a su arbitrio. Las sentencias que están recibiendo los nicaragüenses acusados de participar en las protestas son acordadas de antemano y castigadas con penas de hasta 20 años.

Desde el punto de vista de un estadista que tuviera la claridad de comprender que es el gobernante de todos y no sólo de quienes lo siguen con fervor, habríamos esperado el 19 de Julio, un discurso ponderado que aceptara que la reconciliación que predica pasa por no convertir la explosión social que tuvo lugar en una conspiración. Tenía en sus manos extender el olivo de la paz, pero ya hemos visto cuán difícil se le hace. No sé si entendí bien, pero creo que dio por terminado el diálogo al acusar a los Obispos de “golpistas”. El ataque a la Iglesia a la que como católico está obligado a respetar, fue sorprendente. Creo que jamás, desde que Zelaya expulsó a los Jesuitas, se había visto una condena tan rotunda a la iglesia católica. Ortega ignoró el papel conciliador y humanitario de los sacerdotes que han intervenido para salvar vidas. Obviamente esas vidas no cuentan en este país. La clasificación de ¨terroristas” parece que concede al Estado la licencia para matarlos como si se tratara de enemigos en una guerra. Es extraño que quien se profesa católico e invoca a Dios no se mida en su lenguaje, pero, en fin, éste es el gobernante que tenemos.

Carlos Herrera | Confidencial

Es así que este 39 aniversario se celebró sobre cientos de cadáveres y con las cárceles llenas. El anuncio de “victoria” estuvo cargado de agresividad. Frente a sus partidarios, Ortega y Murillo continuaron con la terrible práctica bélica de deshumanizar a quienes perciben como enemigos. A esa enorme cantidad de personas de todos los pueblos y ciudades del país y de todos los estratos sociales que se manifestaron en estos tres meses, les negaron su calidad humana, incitando a que se les viera no ya como personas, sino como demonios, autores de ritos satánicos, hijos de Satanás. ¿Cómo llamar a eso una búsqueda de la paz? Es todo lo contrario. Se trata de una apelación peligrosa a los instintos más atávicos de sus fieles, para que den rienda suelta a la hostilidad y agredan con garantía de impunidad, a la parte de la población que ellos han tildado de “terroristas” por el crimen de condenar la represión y demandar el fin del autoritarismo y el retorno de la democracia. Los gobernantes tácitamente aceptan que son muchos. De allí que proclamen la instalación de “fuerzas de autodefensa”, o sea la institucionalización de los paramilitares armados. De allí que Daniel Ortega llamara a sus seguidores no a promover la paz sino a “defenderla” de la “secta satánica”, como calificó a gran parte de su propio pueblo. Demás está decir lo que esto significa.

El sandinismo del pasado aceptó los acuerdos de Sapoá. La reconciliación que se dio en este país luego de la guerra de los 80, fue asombrosa por muchos obstáculos y desatinos que se hayan cometido. Pero entonces existía un partido y una dirección colectiva que balanceaba el revanchismo dentro de sus filas y una presidenta sin pretensiones que sí tuvo el valor de reconciliarse con sus enconados enemigos. Ahora es otro el panorama. Estamos frente a una pareja a la que se le desmontó la benevolencia en la primera crisis. Una pareja que en su absoluto control del poder no supo medir el resultado de la incongruencia entre su discurso y sus actuaciones; no supo medir cómo su práctica autoritaria asfixiaba a un pueblo que ya había pagado un altísimo precio por la libertad y no estaba dispuesta a cederla por láminas de zinc, cerdos, gallinas y parques.

Lástima que no valoren el pueblo que tienen. Lástima que, en vez de escucharlo, opten por estigmatizarlo y acallarlo a cualquier precio. Con su fallida estrategia han revelado que pueden ser líderes de una secta, pero que carecen de la sabiduría y compasión para gobernar un país libre e indómito como Nicaragua.