Opinión

La rebelión estudiantil en México y Nicaragua

La lucha cívica —igual que en México— ha servido para politizar a miles de estudiantes y millones de nicaragüenses



“…en primer lugar todos eran jóvenes,
todos tenían coraje y todos estaban
dispuestos a jugársela…”.
La noche de Tlatelolco

Uno de los mejores testimonios para conocer los pormenores de la rebelión estudiantil en México/68, por la cantidad y calidad de voces incorporadas, las condiciones en que indagó, la documentación gráfica incluida y la valentía con que asumió su trabajo, sigue siendo la crónica de Elena Poniatowska. La técnica utilizada para realizar las entrevistas es similar a la que utilizan los grandes creadores y antropólogos. La presencia de Elena desaparece. Una vez mencionan su nombre. En otra intuimos que es el suyo, al reproducir una carta de Guillermo Haro; se trataba de su esposo. Sabe que la fuerza y credibilidad de su investigación dependen de otorgar voz a los artífices de esa odisea. Millares de estudiantes en busca de un mejor destino.

Comprobé que las relecturas son fecundas; encontré yacimientos de oro y nuevos atajos, antes había transitado por sus grandes avenidas. La noche de Tlatelolco, (Primera edición especial, México, 2012), la degusté por vez primera en 1982. Entonces realizaba mis estudios de comunicación en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la primera edición de Biblioteca Era (1971). Todavía no se habían apagado los ecos de la metralla, el humo de los fusiles y el llanto de las madres. Elena sabía que la manifestación estudiantil del 2 de octubre/1968 —dispersada a sangre y fuego— marcaba para siempre el futuro de México. Con el corazón desgarrado, ese mismo día inició la proeza. Estaba recién parida. Doble mérito.

Dos razones me indujeron a realizar la nueva travesía. Estamos ad puertas de la celebración de cincuenta años de la masacre estudiantil mexicana y son los estudiantes —igual que en el país azteca— los que han devuelto la esperanza a los nicaragüenses. Al realizar este segundo recorrido, Nicaragua sigue conmovida por el arrojo y valentía de los universitarios. Si la señal de salida para los mexicanos fue el 22 de julio de 1968, para los nicaragüenses las campanas tocaron a rebato el 18 de abril de 2018. “El 22 de julio, cuando los granaderos intervinieron con sus gases y sus macanas, habría de ser el principio del Movimiento Estudiantil de 68”, le confía Pedro Bolaños, uno de los tantos padres de familia que acompañaban a sus hijos en estas jornadas.

A pesar de cincuenta años transcurridos entre aquella gesta y la iniciada por el movimiento estudiantil nicaragüense —terminó por contagiar a todo un pueblo— existen diferentes similitudes. La más evidente fue la pérdida del miedo. “Las advertencias y aun las amenazas sobre posibles castigos habían perdido valor y efectividad”, afirma Gerardo Hernández Ponce, maestro de la Preparatoria número 2 de la UNAM. La ciudadanía nicaragüense ha coreado durante estos meses: “Nos quitaron todo, ¡que hasta nos quitaron el miedo!”. Un grito generalizado. Se escucha en las marchas y se lee en las pancartas que levantan con sus brazos. El plantón en Camino de Oriente marcó un giro radical. Los estudiantes ganaron las calles y ahí se han quedado.

Las acusaciones lanzadas por los gobiernos de Gustavo Díaz Ordaz y Daniel Ortega son idénticas. “Vamos a tratar de hacerle comprender a la gente, qué es el Movimiento, qué quieren los estudiantes, cuáles son los seis puntos, vamos a demostrar que no son vándalos ni salvajes”, argumentó la actriz Margarita Isabel. “Puedes ver que no somos unos vándalos ni unos rebeldes sin causa, como se nos está tachando con extraordinaria frecuencia”, rezaba una de las volantes distribuidas en la manifestación del 13 de septiembre. Desde que irrumpió la rebelión cívica en Nicaragua —hasta hoy 28 de julio— la pareja presidencial y sus seguidores, no cesan de llamar vándalos a los estudiantes y a todos aquellos que apoyan la lucha. Pretenden desacreditarles.

Los seis puntos exigidos por los estudiantes mexicanos eran de carácter político. Indemnización de los familiares de muertos y heridos, liberación de los presos políticos, derogación del artículo 145 del Código Penal, destitución de los jefes policiales Luis Cueto, Raúl Mendiola y A. Frías, y deslindar responsabilidades de los funcionarios culpables de los hechos sangrientos. Las reivindicaciones del movimiento estudiantil al inicio estaban centradas en la derogación de las reformas al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social, introducidas por el gobierno. El cambio fue motivado por la respuesta recibida. Sacaron a las calles las fuerzas de choque para desbaratar la protesta. ¡Para asombro! repelieron la agresión.

Delincuentes y policías, apunta Poniatowska, recibían paga por golpear a los estudiantes. En arranque de sinceridad, un granadero que participó en las agresiones, confesó a través de un magnavoz —los estudiantes deseaban que los presentes escucharan su respuesta— “que a ellos les daban treinta pesos por cada estudiante golpeado que llevaban a la cárcel”. Iguales denuncias se han hecho en Nicaragua. Ser estudiante fue estigmatizado. Los jóvenes viven temerosos de ser detenidos. “Estamos viviendo en un país donde ser joven y estudiante es peor que ser asesino y ladrón … matan o secuestran o apresan injustamente a los estudiantes”,, manifestó César Molina, docente de la Facultad de Odontología de la Universidad Americana (UAM).

Portada del libro “La Noche de Tlatelolco”, de la escritora mexicana Elena Poniatowska.

Una petición innegociable de los estudiantes mexicanos: el diálogo debía ser de puertas abiertas. Toda negociación debía ser pública. “El gobierno nunca quiso el diálogo público sino pláticas de recámara. Y nosotros no podíamos transigir: el diálogo tenía que ser público. Por eso al Movimiento Estudiantil de 1968 no pudo corromperlo el gobierno”, afirma Marcia del Río Capistran, estudiante de Odontología de la UNAM. En un país como Nicaragua —donde los arreglos bajo la mesa históricamente han sido el denominador común— el pueblo nicaragüense pidió a los estudiantes (y miembros de la Alianza Cívica), que el Diálogo Nacional fuese transmitido a través de la televisión. ¡Una garantía! ¡Deseaban ser testigos y garantes de todo lo acordado!

Los estudiantes mexicanos recibieron la solidaridad del clero. En México como en Nicaragua los tañidos de las campanas alertaban a los protestantes. El obispo Méndez Arceo les apoyó. El clero mexicano solo una vez disintió. Después de la masacre del 2 de octubre, los sacerdotes franciscanos de la parroquia de Tlatelolco —temerosos— se resistían a dar una misa por el alma de los muertos. No había manera de convencerlos. Solicitud hecha por las madres, solicitud denegada. No tenían quien oficiara la misa, no tenían tiempo, no podían hacer nada, argumentaban. Ante su intransigencia accedieron. Como solían dar misas para “Los pobres de la parroquia”, este fue el artificio ensayado por los franciscanos. ¡No cómo deseaban las madres!

Desde aquella época, Elena Poniatowska utilizó el intertexto. “¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú conoces al gobierno? —Les dije que sí. —También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre del gobierno. Yo les dije que era la patria”. Juan Rulfo, Luvina, El llano en llamas. “Y es que en América/está ya en flor la gente nueva/que pide peso a la prosa/y condición al verso/y quiere trabajo y realidad/en la política/y en la literatura”. José Martí. Incluyó el “Primer curso de alfabetización para América Latina’: La libertad es el sujeto/El verbo es el fúsil/La muerte es el complemento”. Un poema de Octavio Paz. “Los empleados/municipales lavan la sangre/en la Plaza de los sacrificios”. ¡Alegorías para nunca olvidar!

Parte del prestigio del movimiento estudiantil mexicano, estuvo determinado por el peso y reconocimiento de la intelectualidad que le acuerpó. Fernando Benítez, Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Carlos Fuentes, José Revueltas, Eli de Gortari, etc. El rector de la UNAM —objeto de calumnias— decidió renunciar. Antes lo había hecho Octavio Paz. Renunció a su condición de embajador del gobierno mexicano en la India. Para que no hubiese duda, Paz declaró: “No creo que las imágenes puedan mentir… He visto noticieros, fotografías…”. Paulo Abrao, presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), razonó igual. Las imágenes divulgadas en Nicaragua a través de las redes contradicen la narrativa oficial.

Los estudiantes cuentan con la mediación y solidaridad del cardenal Leopoldo Brenes, los obispos Silvio José Báez, Rolando Álvarez, Carlos Herrera, Nuncio Apostólico Waldemar Stanilaw Sommertag y decenas de prelados católicos y de escritores (Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Luis Rocha, Pedro Xavier Solís), académicos (Carlos Tünnermann, José Idiáquez, S. J., Ernesto Medina Sandino, Adrián Meza Soza, Benjamín Cortés), juristas (Gabriel Álvarez, Alejandro Aguilar, José Pallais, Teódulo Báez Arguello), economistas (Adolfo Acevedo, Julio Francisco Báez, José Luis Medal, Sergio Santamaría, Alejandro Aráuz), sociólogos (Andrés Pérez Baltodano, Óscar René Vargas, Manuel Ortega Cirilo Otero, José Luis Rocha), expertos en seguridad pública (Roberto Cajina, Elvira Cuadra y Roberto Orozco) y diplomáticos (Norman Caldera y José Luis Velázquez), etc.

En México y Nicaragua los caricaturistas dieron rienda suelta al humor. Sus puntadas producen agruras y dolores de cabeza. RIUS muy conocido entre nosotros —Róger Sánchez, inolvidable, lo familiarizó publicando su obra en la Semana Cómica— dedicó un número especial de Los Agachados (Los cocolazos), para sangrar a los encargados de la matanza, persecución y encarcelamiento de los estudiantes. ¡Cueto para presidente! /Mariles pa secretario de la Defensa (Personal)/Corona del Rosal pa embajador de Andorra del Norte/Mendiola Cerecero para la INBA/O sea la pura vida. En nuestro paisaje los caricaturistas de mayor renombre, Pedro X. Molina y Manuel Guillén, sacan urticarias a los gobernantes. Sus críticos más encarnizados.

La lucha cívica —igual que en México— ha servido para politizar a miles de estudiantes y millones de nicaragüenses. Tlatelolco sirvió como catalizador de sus conciencias. La perplejidad y el desborde que provocó el desarrollo del movimiento estudiantil —El país no es el mismo desde el 19 de abril— tuvo igual impacto entre el estudiantado mexicano. “El 2 de octubre volvimos a nacer. Ese día también, decidimos como vamos a morir; luchando por la justicia y la democracia verdaderas”, adujo Raúl Álvarez Garín, miembro del Comité Nacional de Huelga (CNH), y el dirigente estudiantil más connotado. ¡Hay muchísimas más similitudes entre ambos movimientos! ¡Les invito a deleitarse leyendo la obra cimera de Elena Poniatowska! ¡Lo constatarán!