Opinion

La situación revolucionaria como opción

Humberto Belli dice que la rebelión armada no es absolutamente inmoral o imposible. Es una tesis para ser analizada, aunque envuelta en disparates

Humberto Belli, influido quizás por lo que Sócrates ve con desagrado, el envejecimiento de un tirano, llega a plantear la guerra civil como una opción extrema ante una dictadura policíaca, paramilitar. Todos los sueños de libertad terminan en la misma alucinación de la violencia, que al pueblo resulta inaceptable como destino. Esta eventualidad trágica como única salida es lo que mantiene viva la contradicción contra un régimen que se percibe amenazante, negligente, cruel.

Sin embargo, es más inaceptable, para el pensamiento filosófico, que el pueblo no tenga futuro. De manera, que se impone la necesidad de ser libres.

Ortega es un obstáculo transitorio, y con él, la crisis. Su modelo criminal es insostenible, pero puede sobrevivir transitoriamente mientras logre degradar a la sociedad con crisis crecientes. Es decir, su permanencia transitoria en el poder es relativa a la inacción o a la fuerza de los ciudadanos respecto a la represión policíaca. De manera, que la confrontación de fuerzas abre perspectivas al futuro de la nación. Un futuro que valga la pena de vivir.

No se puede pasar por alto, sin embargo, que Ortega se debilita diariamente, y que cuando eso ocurre a cualquier estructura, ésta colapsa inadvertidamente porque presenta varios puntos críticos de ruptura. Lo ridículo es que Ortega piense que ese aislamiento, que lo vuelve inoperante e inútil, sea muestra de fortaleza, porque pierde obviamente el sentido de mesura respecto a la realidad.

Humberto Belli, con ese lenguaje extraño a las ciencias sociales, dice que la rebelión armada no es absolutamente inmoral o imposible. Plantea una tesis interesante, que merece ser analizada, aunque esté envuelta en disparates. Sin embargo, ahora el análisis de la lucha ha sido convocado yendo a las profundidades de la contradicción.

Hará quinientos años que la política, convertida en ciencia, ha escapado de las mandíbulas intolerantes de la moral. La rebelión armada nunca es imposible, lo que interesa, en estas circunstancias, es si conduce al desorden, a un caos criminal, o a un cambio progresista de la sociedad. En cualquier caso, una rebelión social, una explosión de los oprimidos, no pide permiso alguno a los custodios de la moral. A la rebelión espontánea de la población y a un cambio progresista de la sociedad no se llega por accidente. Hay que aplicar algunas leyes políticas a la sociedad en crisis. Es decir, el cambio progresista requiere una perspectiva teórica.

En el medioevo, que por desgracia perdura en nuestra sociedad, se perdieron las enseñanzas de la antigüedad que invitan al hombre, con el estudio científico de la realidad, a vivir plenamente, sin esperanza en lo sobrenatural.

El debate no es entre medios pacíficos o medios violentos, sino entre espontaneidad e improvisación o perspectiva teórica, reflexiva, porque apuntamos a un cambio profundo de sociedad. El fin determina los medios. Todo aquel que interviene en el debate, sin perspectiva teórica (no importa un carajo cual sea su edad), es un político tradicional que piensa en sí mismo, sin pensar en la sociedad. Los únicos que tienen algún mérito son los luchadores. El mérito, para la nación, genera responsabilidad, no privilegios. Algunos jóvenes son dignos de reconocimiento en cuanto luchadores, no en cuanto jóvenes. Más mérito tendrían si tuvieran experiencia, además de capacidad de lucha.

Los trabajadores que sobreviven en un abandono total, en condiciones infernales, no tienen pesadillas cuando se asoman al abismo de una lucha violenta, con la perspectiva de quitar el obstáculo que traba el desarrollo de la sociedad.

Como decía Nietzsche de los griegos, los trabajadores pueden mirar cara a cara el dolor, y sentir la atrocidad de su existencia sin esperar una ayuda sobrenatural. Tienen una perspectiva trágica, para evitarle daños a la nación en primer lugar.

Lo que está en juego no es sólo su suerte personal, sino el destino de la nación. Y hay acontecimientos decisivos, crisis de gobernabilidad que se originan de tal forma casual, por una represión criminal, por ejemplo, por una decisión políticamente estúpida de la dictadura (como dice el proverbio griego, atribuido a Eurípides, “aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”), que se va tejiendo entonces la confrontación como expresión de libertad. De ese conflicto extremo, producto de la hybris del dictador, puede resultar un cambio profundo, un salto progresista para la sociedad. Sin embargo, en todo lo que concierne a la sociedad, se requiere una reflexión cuidadosa y responsable, más bien, metódica. He ahí el dilema complejo que precede a la acción consciente de las masas.

Los planes de Humberto Belli

Argumenta Belli: “Es cuestión de lógica: si no hay la salida electoral que todos buscamos, queda el plan B: la resistencia pacífica heroica y prolongada; pero, si esta tampoco vence a la dictadura, sólo quedan dos opciones: el sometimiento del pueblo a un despotismo que lo sumirá en una especie de réplica de Venezuela, o la insurrección armada”.

Belli tiene una forma falsa de razonar, que no es una forma lógica. Hay un determinismo estructural en la realidad, pero, su autodesarrollo ocurre por medio de eventos contingentes, como pensaban los griegos al reflexionar sobre la dualidad del destino.

Un análisis de alternativas, por lógica, es para escoger una de ellas, ¡la mejor!, en función de sus resultados probables, en función del efecto que determinadas variables tendrían sobre nuestro objetivo, no para probar todos los escenarios, uno tras otro, por la reluctancia emocional a uno de ellos, que por tal razón subjetiva se deja de último, aunque estratégicamente sea, probablemente, no sólo el mejor, sino, el que las condiciones objetivamente preparan.

La lucha política se desplaza de un escenario a otro con fluidez, porque los escenarios distintos se generan dinámicamente unos de otros por los resultados inciertos de los enfrentamientos. No son alternativas que existan a priori en una secuencia preestablecida, como los platillos que podrían ordenarse al gusto en un restaurante.

Cada combate táctico altera la correlación de fuerzas, y cambia la probabilidad de vencer. Nadie debe seleccionar una alternativa con una alta probabilidad de ser derrotado, pensando que luego seguirá con el plan B. ¡Es irracional! En la mayoría de las circunstancias una derrota puede significar la pérdida de la iniciativa estratégica, y no permitir un plan B.

La estrategia no opera al tanteo, probando alternativas

Cuando se enfrenta una estrategia contraria, como ocurre en política, y los enfrentamientos ocurren en circunstancias variables, adoptar decisiones al tanteo, una tras otras, significa no tener noción que cada una va a tener efectos en la correlación de fuerzas (tácticos y estratégicos), con realineamientos decisivos de los actores sociales involucrados en la lucha. Se trata de derrotar la estrategia de Ortega, no de experimentar alternativas, como si no hubiese consecuencias estratégicas.

Humberto Belli clasifica y ordena las alternativas para salir de la dictadura, no por su probabilidad de éxito sobre las opciones de Ortega, sino, por cuán lejos cada una se encuentra de la violencia.

He aquí su forma de razonar: “Hay que agotar primero todas las vías pacíficas; hacer lo imposible por lograr comicios libres. El pueblo nicaragüense quiere, con toda su alma, conquistar su libertad en forma cívica. Es bueno que lo sepa el gobierno”.

Y agrega: “Si conquistar la democracia en las urnas falla, se podría enfrentar a la tiranía sin disparar un tiro, con masas de ciudadanos dispuestos a jugarse el todo; imitando la resistencia heroica de Gandhi, quien logró doblegar pacíficamente al imperio inglés. ¿Qué alternativas quedan entonces después de agotar la no violencia? Aquí llegamos a los dos escenarios finales: sometimiento o rebelión”.

¿Qué probabilidad le otorga Belli a que Ortega dé comicios libres? ¡Ninguna! ¿Qué probabilidad le da a que se logre derrotar a Ortega con la no violencia, imitando a Gandhi (de quien Belli demuestra desconocer todo)? ¡Ninguna! ¿Cuánto valora la vida del pueblo para ponerla en un albur, sin probabilidad de éxito? ¡Nada, absolutamente nada! Belli juega a ser dios, un dios irresponsable, necesariamente irracional.

Situación revolucionaria

En lugar de hablar de violencia a secas, que no tiene sentido como concepto abstracto, cuando el pueblo rechaza una agresión criminal concreta. Se debe hablar de la forma de lucha más probable en la situación política. La forma de lucha tiene dos componentes, las condiciones objetivas que la hacen necesaria, y las condiciones subjetivas –del sujeto social- que la hacen posible.  Ambos componentes, si están presentes simultáneamente, constituyen una situación revolucionaria.

Cuando Belli dice que la violencia no es imposible, se refiere a una lucha guerrillera, iniciada a voluntad, en un escenario final porque han fracasado el resto de escenarios hipotéticos. Ello favorece a Ortega para salir del aislamiento.

La insurrección de las masas se produce cuando la crisis del sistema y la represión hace imposible resistir las condiciones infrahumanas de existencia. La realidad no genera escenarios, genera contradicciones, es decir, conflictos sociales. Los escenarios los genera Belli subjetivamente.

Los pueblos no se rebelan porque desean la libertad, como dice Belli. Los pueblos desean la libertad cuando las condiciones de existencia, impuestas por el Estado, resultan inaceptables a la condición humana. Se produce, entonces, un salto de la conciencia.

Una crisis no da pie a escenarios deseables. Da pie, precisamente, a escenarios indeseables, que se deben enfrentar de la mejor manera. Una insurrección de masas ocurre cuando el poder dictatorial casi cae como una fruta madura, porque no puede impedir que el Estado deje de funcionar y se detenga como un reloj descompuesto. Hay que prepararse subjetivamente, desde ahora, para que madure la fruta, con vistas a sacudir ese árbol al momento oportuno.

Postdata: En dos líneas, Humberto Belli, en un nuevo artículo, contradice todo lo que dijo una semana atrás, en esa forma deshonrosa de quien no se retracta, sino que, diciendo ahora lo contrario, insiste que su discurso  anterior tiene el actual significado.

Dice ahora Belli:“Plantear la posibilidad de una guerra civil, si Ortega cierra todas las puertas de la paz, no es, en forma alguna, promover esta alternativa. Todo lo contrario. Es advertir su peligro.”.

Para Belli, en su anterior escrito, la rebelión armada debía ser un tercer plan del pueblo (completamente factible, decía) para no caer en el sometimiento al despotismo si fallaban los dos primeros, que tenían –a su modo de ver- todas las probabilidades de fallar. A su criterio, la rebelión era un peligro para Ortega.

… En fin, ¡da pena!

*El autor res ingeniero eléctrico.

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