Nación

"No tengo miedo que me vuelvan a echar presa", insiste

La “tía Delmi” seguirá exigiendo libertad

La jinotepina Delmi Portocarrero estuvo 111 días en prisión y adentro intentaron asesinarla. Afirma que hay mucha tortura contra presas políticas



El viaje desde la cárcel a su casa, en Jinotepe, fue eterno para Delmi Portocarrero. Durante el trayecto, que duró poco más de una hora, le dio tiempo de recordar el momento en que fue capturada por paramilitares el siete de noviembre del año pasado, los cinco largos interrogatorios a los que la sometieron, cuando se desvaneció por la falta de medicinas y cuando otra presa de nacionalidad rusa quiso matarla.

Cuando los policías la bajaron del bus en que la trasladaban, las calles de Jinotepe aún estaban vacías y el sol apenas empezaba a calentar. Lo primero que hizo Delmi fue ubicarse en su casa esquinera y gritar a todo pulmón: “¡Viva Nicaragua libre!”.

“Lo hice aún enfrente de la guardia (policías) porque quería que supieran que no tengo miedo”, dice.

Tiene el pelo alborotado, los ojos muy abiertos y agitados. No durmió casi nada desde que le anunciaron la noche anterior que sería liberada. Las manos aún le tiemblan y llora al recordar el momento en que tuvo que despedirse de sus compañeras de celda: Amaya Coppens, Yaritza Rostrán, Solange Centeno, Karla Matus, Nelly Roque, María Adilia Peralta, Jamileth Gutiérrez, Johanna Espinoza. A todas las que se quedaron las tiene anotadas en una pequeña libreta. También anotó los nombres de las mujeres que liberaron y de los otros siete presos políticos de Carazo que fueron puestos en libertad junto con ella.

“Me duele mucho, porque por un lado quiero seguir allá (en la cárcel La Esperanza) luchando en resistencia con todas esas mujeres guerreras que quedaron encerradas y a las que espero pronto liberen; y por otro lado quiero estar con mis hijas”, explica.

Delmi Portocarrero junto a sus hijas momentos después de ser liberada. Yader Luna | Confidencial

La “tía Delmi”

Jennifer y Geraldine López Portocarrero aseguran que su madre ha “sembrado mucho cariño” en Jinotepe. Desde que la liberaron, este 27 de febrero, la gente no paró de llegar a saludar y abrazar a su amiga.

“Ya volví”, respondía una y otra vez Delmi. Eran tantas las personas que apenas tuvo tiempo de bañarse y comer algo.

“Mi mama se ha ganado el aprecio de mucha gente, porque es una mujer amigable y en la casa siempre hay gente preguntando por ella y lo mismo ha pasado los días en que ha estado apresada. Ella es tan chavalera que muchos de nuestros amigos llegan a buscarla a ella para pedirle consejos”, cuenta Jennifer.

Desde que la encarcelaron, cuando se dirigía al mercado, las redes sociales de Jinotepe estallaron denunciando su captura. “Se llevaron a la tía Delmi”, repetían muchos jóvenes autoconvocados a los que ella se sumó en las marchas.

“Desde entonces para todo es la ‘tía Delmi’, porque la ven como uno más de su familia. Ella siempre está dispuesta a ayudar. Es capaz de dejar de comer, por darle a alguien más y al final sentirse satisfecha como si se hubiera comido una vaca”, explica Geraldine.

111 días duros

Lo más duro para Delmi fue dejar a sus nuevas amigas en la cárcel. “Siento una impotencia horrible, pero aunque no queríamos salir nos iban a obligar”, afirma. Cada vez que pudieron antes de su liberación cantaron el Himno Nacional.

“Fueron días duros, los primeros fueron los peores porque dormía en el suelo —recuerda sentada en un sillón de su casa—y con muchas torturas psicológicas porque me interrogaban y me llamaban: golpista, terrorista, asesina”. Para ella, aunque todas son mentiras, la golpeaban porque sentía que era un trato inhumano. “Hasta que me cansé y les dije: ¿te gustaría que a tus hijos les dijeran todas estas mentiras?”, recuerda.

Delmi Portocarrero junto a su madre. Cortesía

Dice que los últimos días los que las maltrataban “andaban como melcochas (dulces)”. Antes de salir, la hicieron firmar un documento de libertad bajo el régimen de “convivencia familiar”, pero al llegar a su casa la entregaron con una orden de libertad y cuando sus hijas le preguntaron a los policías sobre las medidas que tendría le respondieron que “estaba en total libertad”.

Fueron 111 días los que estuvo detenida desde que la capturaron cuando se dirigía al mercado de Jinotepe. Durante todo ese tiempo cuenta que a todas las presas las maltrataban, golpeaban y se burlaban de ellas asegurando “que el presidente Daniel Ortega se queda”.

Casi la asesinan

Cuando los policías abrieron la puerta de la celda y metieron a una mujer extranjera, lo primero que pensó Delmi fue en que había que ayudarla. “Llegó sin nada, como cuando me encarcelaron a mí y pensé en darle ropa y cosas personales”. Nunca imaginó que esa misma mujer casi la mata.

Recuerda que un policía le dijo a la mujer: “Esa señora hizo lo mismo que vos, quemó a un hombre”. La mujer a la que le dijo eso fue una extranjera acusada de quemar con ácido a un sacerdote. De inmediato el oficial agregó: “y es azul y blanco”.

“La mujer rusa se me tiró encima queriendo matarme”, recuerda. Esa mismo día, Delmi fue trasladada a “La Esperanza”.

Asegura que muchas veces le gritaban “asesina” e incluso cuando llegó Lucía Pineda a la cárcel, porque la saludó uno de los policías gritó: “se están haciendo señas esas dos” y empezaron a insultarlas.

A pesar de todo, ella insiste en que no se irá de Jinotepe porque su único delito fue sacar su bandera y unirse a las protestas pacíficas. “Aquí voy a seguir, porque Nicaragua pronto será libre”, expresa.

“Vine hecha una Barbie”, le dice a una amiga, haciendo referencia a su delgadez tras el encierro. Hasta las cuatro de la tarde, sus hijas aún no habían podido hablar con ella a solas. Las amistades no han parado de llegar. “Así de popular es ella”, dicen con una sonrisa.