Opinión

Las cárceles de Nicaragua: Se levantó el telón

Una enorme población carcelaria, hacinada en lugares insalubres con capacidad para un quinto de esa población.



La salida de los presos políticos y sus testimonios han mostrado una realidad en la que muchos  nicaragüenses no nos habíamos detenido a pensar: la terrible situación de las cárceles en que  pasaron varios meses, demasiados meses. El testimonio de Ricardo Baltodano destacó de manera especial la situación de los presos comunes, e hizo un llamado a la reflexión sobre el destino de miles de jóvenes que pasan el día sin hacer absolutamente nada, sin deportes, sin trabajo, sin atención médica, sin acceso a educación, inclusive sin luz y sin sol. Los organismos de derechos humanos y su personal han estado claros de esta situación y han hecho las denuncias correspondientes, pero el conjunto de la sociedad, entre los que me incluyo, no habíamos reflexionado sobre este tema.

La búsqueda de información me llevó a un artículo de la Dra. Vilma Núñez, tenaz e incansable defensora de los derechos humanos, que fue publicado en la revista Envío No. 433, justamente en abril de 2018: “Las cárceles reflejan la realidad social y política de un país”. Después de un recorrido histórico en que rememora las cárceles de la dictadura somocista y de cuya comparación, las cárceles del régimen de Ortega se llevan la peor parte, la Dra. Núñez nos daba un dato que eriza la piel: “el problema principal que hoy existe en las cárceles del país es el hacinamiento. La población penal de Nicaragua ha crecido de manera alarmante. En 1993, el primer año en que logramos tener cifras confiables, había en todos los centros penales del país 3 mil reos. La cifra fue aumentando poco a poco hasta que en 2006, en vísperas de asumir Daniel Ortega el gobierno nuevamente ya eran 5,869. El año 2007, el primer año de su gobierno, cerró con 6,701 presos, todos presos comunes. Diez años después, al terminar 2017, y según datos de la Policía Nacional y del Sistema Penitenciario, había 16,855 presos”.

Es posiblemente a estos miles de presos a los que hace mención Ricardo Baltodano en su entrevista. Y a los que se refiere Jaime Ampié Toledo, promotor de derechos humanos y ex preso político en la página: https://boacoazulyblanco.com/?p=960, cuando expresa: “Hay muchos presos comunes, los cuales, a mi parecer son ángeles la mayoría de ellos, acusados de cargos que no han cometido, solo por quitarles sus bienes o por vender estadísticas falsas ante los americanos ante la lucha anti-droga y crimen organizado”.

Una enorme población carcelaria,  hacinada en lugares insalubres con capacidad para un quinto de esa población. Alguna vez se dijo que permanecían en régimen abierto, con acceso a trabajo e inclusive a educación, pero todo eso parece haber quedado en el olvido y lo que hay es una enorme cantidad de jóvenes,  seguramente la mayoría lo son, sujeta a los caprichos de sus carceleros y expuesta a las arbitrariedades de un personal que se ha olvidado por completo  de los múltiples cursos de derechos humanos que alguna vez se les impartieron. Como dice Jaime Ampié, en su entrevista “no se me permitían libros, mis anteojos los dejaron pasar pero solo para robarlos”.

Esta población penal, mucha de ella seguramente jóvenes, en plena etapa de bono demográfico, en la plenitud de sus capacidades productivas, condenada a la inactividad, a la arbitrariedad de sus verdugos, expuesta a todo tipo de negociaciones, incluidos actos delictivos a cambio de un poco de mejora en sus condiciones carcelarias. Pero también, continúa Ampié: “son gente noble que buscaba como ayudarnos, son verdaderos ángeles, que la providencia usó para ayudarnos, a costa de su propio bienestar o seguridad”.

Para ellos y ellas será también necesaria la justicia.

*Educadora