Opinion

Libra, una cuestión de soberanía

Las manifestaciones de descontento en contra de la moneda de Facebook —Libra— provienen de los bancos centrales y reguladores de mercados financieros.

“Que Facebook piense así es muy revelador de lo que anda

mal con el capitalismo estadounidense del siglo XXI”.

Joseph Stiglitz

 Olas de alarma levantan por el mundo los monopolios mediáticos y las grandes empresas comerciales e industriales. La luna de miel duró más de lo esperado. Las advertencias sobre los peligros que suponía su crecimiento desmesurado nunca quisieron ser escuchadas. La denominación de capitalismo salvaje más que una simple consigna política-ideológica encierra una gran verdad. La metáfora resume sus formas operativas en escala global. Los enormes volúmenes de capital que concentran, la violación de la privacidad y la manera como configuran el imaginario social, desbordan fronteras y gobiernos, síntomas de su discurrir por el mundo que nunca quisieron ponerlo en tela de juicio. ¿El empuje desorbitado de Facebook, Google, Apple y Amazon, no debería interpretarse como consecuencia inevitable del despliegue de la globalización? Hoy tratan de ser frenados por la clase política.

Los discursos de algunos expertos sostenían desde hace rato, que se requería de una nueva gobernanza a nivel planetario. Sociólogos, juristas y economistas enarbolaron la necesidad de reconfigurar el concepto de Estado-Nación. Académicos venían remachando un discurso empalagoso que convertía en trastes inservibles los conceptos de soberanía y fronteras. La clase política de los grandes países capitalistas estaba consciente de estos avatares. Uno de sus más altos representantes, Al Gore, quien fuera vicepresidente de Estados Unidos (1993-2001), fue un adelantado. Tenía una visión clara del futuro tecnológico. Es un entusiasta propagandista y un convencido impulsor de las autopistas de la información y por demás, miembro del Consejo de Administración de Apple Inc. y asesor sénior de Google. Siempre hubo voces disonantes opuestas a esta narrativa triunfalista. Nunca fueron atendidas.

La inconformidad que producen, tanto por el poderío que disponen, como por las pretensiones de emitir su propia criptomoneda, las violaciones constantes al derecho de privacidad, el abuso reiterado para beneficiarse de los datos de los usuarios, la venta obscena de la información obtenida, la forma como estructuran el funcionamiento de las redes —privilegian sus productos— y la manera descarada de inducir a los usuarios a través de la manipulación de algoritmos, constituyen un conjunto de maniobras que ponen en entredicho su conducta. Las quejas se multiplican. Las manifestaciones de descontento en contra de la moneda de Facebook —Libra— provienen de los bancos centrales y reguladores de mercados financieros. Estados Unidos y la Unión Europea encendieron luces rojas, aduciendo que su pretensión viola decisiones soberanas y normas de seguridad internacional.

La coincidencia en el tiempo de gobiernos de distintas latitudes tratando de normar el funcionamiento de estas empresas no es casual. La clase política comprendió que estaba quedándose desguarnecida. Dueños de empresas monopólicas y tecnócratas suman esfuerzos para convertirse en el centro de gravedad de las decisiones más importantes que hayan de tomarse en el ámbito político y económico. El mismísimo G7 optó por analizar las implicaciones de su lanzamiento. La somete a escrutinio. El ministro de Economía francés, Bruno Le Maire, adujo que no podían aceptar “ninguna moneda de intercambio con el mismo tipo de poder que las soberanas. Es necesario regular, y de momento Libra no cumple los requisitos”. El revuelo obligó a decir a David Marcus, director de la empresa Calibra, que “Facebook no ofrecerá la divisa digital Libra hasta haber solucionado al completo las dudas regulatorias y haber recibido las aprobaciones apropiadas“.

Las operaciones de facebook con los datos de sus usuarios la han puesto en mal predicado. La falta de solvencia en su trayectoria a lo largo de los años terminó revirtiéndose en su contra. Este es uno de los principales argumentos aducidos por quienes siguen de cerca su accionar por el mundo. Facebook tiene programado para poner en circulación Libra en 2020. Las agruras provocadas a los gobiernos y a emisores de divisas se deben a que Zuckerberg cuenta con el apoyo de 27 empresas para echarla andar. Entre las más conocidas destacan Visa y MasterCard. El grupo meta son los 2,400 millones de usuarios que dispone Facebook. De lograr su objetivo se convertiría en la mayor entidad financiera del mundo. El rechazo a la aspiración del gurú de esta plataforma digital ha sido unánime. Las calificaciones obtenidas hasta el presente actúan como disuasivo, tiene muy mala reputación.

La oposición a los deseos de Zuckerberg forma parte de las contradicciones intercapitalistas generadas por el inmenso crecimiento de las empresas. Desde finales del siglo veinte estos desencuentros venían ocurriendo. La historia geopolítica ha estado signada por guerras de todo tipo. Por mucho que los expertos insistan en que muchísimos productos son el resultado de la combinación de materias primas y la intervención de tecnólogos de diversos países, las grandes empresas siguen teniendo un tinte nacionalista. Todavía no resuelven la contradicción existente entre el carácter global de la producción y las formas de administración política de los Estados nacionales. Trump ha utilizado como arma contra China y México la imposición de tarifas arancelarias en provecho de las empresas estadounidenses. Libra constituye un desafío mayúsculo desde el punto de vista económico y político para los gobiernos.

El lanzamiento de bitcoin (2009), carga con dos debilidades intrínsecas. No tiene el respaldo multimillonario de Libra y nadie conoce hasta ahora la identidad de su creador. Las bondades que ofrecen las criptomonedas constituyen un atractivo para algunos empresarios y personas. Elimina las comisiones por transferencias bancarias, por aceptar y usar tarjetas de crédito y por el envío de dinero. Estos beneficios estimulan el apetito de vendedores y compradores. Stiglitz critica la falta de competencia entre los miembros del sistema financiero internacional: Esto lleva a que los consumidores paguen por las transacciones mucho más de lo que deberían costar, llenándoles los bolsillos a Visa, Mastercard, American Express y los bancos, con decenas de miles de millones de dólares en ‘rentas’ (ganancias excesivas) cada año”. En contraste, Libra cuenta a su favor que los banqueros no gozan de mayor aprecio, son vistos como un mal inevitable.

La expectación mundial originada por la emisión de Libra tiene asidero en la magnitud y proporción de sus alcances. El reto para los Estados nacionales —sobre todo para las potencias económicas, políticas y militares— ha sido descifrado o leído muy bien por gobiernos y empresas. Para decirlo en los términos que lo expresa Emilio Ontiveros, presidente de la firma Analistas Financieros Internacionales (AFI), Libra es una divisa que obliga a los gobiernos a manejarse con cautela. “Es como si un Estado nuevo, y poderoso, emitiese una moneda que estuviera entre las diez más importantes del mundo”, remata el experto. A esta observación habría que añadir la prevención hecha por Miguel Ángel García Vega. Está persuadido que Libra “además guarda la capacidad de rendir la soberanía monetaria de naciones débiles”. Una realidad que afrontan también con la sola presencia de estos gigantes tecnológicos en sus países.

La des-territorialización fue recibida con bombos y platillos, los gobiernos celebraban con beneplácito el maridaje de los satélites con la informática y los medios de comunicación social. Por primera vez podían saltarse las telecomunicaciones locales. Desde mucho antes IBM ensayaba estos logros. Las formas de comunicación con sus sedes en otros países eran directas. No requería de la mediación de los servicios nacionales de telecomunicación. Con internet el salto fue prodigioso. El sistema nervioso político, económico, educativo y cultural está siendo rehecho a nivel mundial. Los grandes usufructuarios han sido las potencias económicas, culturales y militares. Una exigencia a los países periféricos fue que tenían que vender sus sistemas de telecomunicación y rehacer todo el entramado jurídico a la medida de las firmas premiadas con su adquisición. A Nicaragua la hora le llegó en 1995.

Las desavenencias actuales entre gobiernos y empresas forman parte de los reacomodos a nivel planetario. Mientras el poder de los accionistas de estas pocas empresas crece y se expande, la clase política ve empequeñecida su influencia y poder. Desconozco si están conscientes de los riesgos que supone para la humanidad que unos cuantos empresarios, a quienes solo interesa el dinero (como dice Jonás Kron se corre el riesgo que Facebook “haga de la industria financiera lo que hizo de la privacidad”, la pulverizó), sean los encargados de decidir todo cuanto acontezca en el mundo. El premio nobel de economía, Joseph Stiglitz, manifestó que “existe la posibilidad de explotar los datos derivados de las transacciones de Libra, como cualquiera de los datos que caen en poder de Facebook; esto reforzaría su poder de mercado, y debilitaría todavía más nuestra seguridad y privacidad. Tal vez Facebook prometa que no lo harán, pero ¿quién va a creerles?”.

La afinidad en los argumentos de los responsables de bancos centrales, gobernantes y economistas apuntan en una sola dirección: la moneda que pretende lanzar al mercado Facebook es una cuestión de soberanía. Cuando todos pensábamos que habiendo sido rebajada su condición a casi nada, la soberanía viene a ser la principal objeción invocada para paralizarla —no sabemos por cuánto tiempo—. Los planes de Zuckerberg tendrán que ser pospuestos. Existen otros inconvenientes relacionados con la seguridad de las transacciones —lavado de dinero, prácticas ilícitas, explotación de datos obtenidos de las operaciones realizadas a través de Libra— así como la falta de normas que regulen su funcionamiento en conjunto con dificultades relacionadas con los intereses del sector financiero. Están alarmados. Temen ver reducidas sus ganancias millonarias. Sienten pavor frente a una moneda que tiende a desplazarlos.

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