Opinion

Los desafíos del papa

Acelerar la transformación de la Iglesia y de su incidencia en la solución de los grandes problemas que confronta la humanidad

Ningún jefe de Estado ni de Gobierno de las principales potencias mundiales, ni personalidad alguna en la historia, ha tenido el recibimiento, apoyo popular, reconocimiento del espectro político-social más amplio, y cobertura mediática ininterrumpida a nivel global, como el que tuvo el papa Francisco en su histórica gira de 10 días a Cuba, Estados Unidos y la ONU. Tocó la razón y el sentimiento de millones de personas donde estuvo, y de cientos de millones pegados a la televisión en todo el planeta. En 10 días conquistó la mente y los corazones de cientos de millones y capturó la atención de una buena parte del mundo entero. Pero después de la enormidad de semejantes logros, enfrenta ahora desafíos aún mayores.

Con su exitosa mediación que posibilitó superar el conflicto de cinco décadas y media entre Estados Unidos y Cuba, y comenzar la apertura del mundo a Cuba y viceversa, el papa contribuyó a abrir mejores perspectivas para la democracia y la prosperidad del pueblo cubano. Al no criticar al régimen en sus discursos públicos, ni reunirse con el liderazgo de la disidencia, ni salir en defensa de aquellos detenidos y reprimidos durante su visita, varios adentro y afuera de Cuba se decepcionaron. Pero el gobierno indultó a 3,522 presos como “gesto humanitario” antes de la visita del papa, entre los cuales no figuran presos políticos, 53 de los cuales fueron liberados meses atrás. El papa tiene que cuidar el proceso que apenas comienza. Con gran apoyo y legitimidad nacional e internacional es ahora el gran interlocutor del poder, y la Iglesia la gran mediadora entre el régimen y el pueblo en el complejo y largo proceso democratizador.

Ningún presidente de ninguna potencia mundial ha sido recibido en las escalinatas del avión como lo fue el papa por el presidente de Estados Unidos, ni con el magistral discurso de reconocimiento y bienvenida como el que le dedicó en el Jardín de Rosas de la Casa Blanca. Y ningún mandatario extranjero invitado a hablar a una sesión conjunta del Congreso de Estados Unidos les dijo a los legisladores del país más rico del mundo con 46 millones de pobres: “Ustedes son el rostro de su pueblo, sus representantes. Y están llamados a defender y custodiar la dignidad de sus conciudadanos en la búsqueda constante y exigente del bien común”. Y después de citarles la Declaración de Independencia de Estados Unidos –“sostenemos como evidentes estas verdades que todos los hombres son creados iguales…”– les dijo: “Si es verdad que la política debe servir a la persona humana, se sigue que no puede ser esclava de la economía y de las finanzas”.

Y en Naciones Unidas se refirió a la crisis ecológica que “junto con la destrucción de buena parte de la diversidad, puede poner en peligro la existencia misma de la especie humana” refiriéndose a la guerra como “la negación de todos los derechos”, llamando a evitarla asegurando “el imperio incontestado del derecho y el infatigable recurso a la negociación, a los buenos oficios y al arbitraje como propone la Carta de Naciones Unidas”. Y agregó: “La casa común de todos los hombres debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables…”.

Y el papa fue también al encuentro de su propia Iglesia y de sus pecados: “Los crímenes y pecados de los abusos sexuales a menores no pueden ser mantenidos en secreto por más tiempo. Me comprometo a la celosa vigilancia de la Iglesia para proteger a los menores y prometo que todos los responsables rendirán cuentas”. Pero estos crímenes que claman justicia al cielo deben comenzar a ser juzgados en la tierra. No basta que rindan cuentas, deben ser juzgados penalmente como cualquier ciudadano. Y que los culpables en vida, después de siglos de abuso, vayan a la cárcel. Además, su sólida concepción de la igualdad no se extiende a la comunidad LGBTI, dañando la consistencia y legitimidad de su mensaje de inclusión. Y en materia de control de la natalidad y educación sexual la posición de la Iglesia sigue estando rezagada. En estos tres temas, este papa seguirá teniendo respuestas pendientes.

Después de dos años y medio de un papado que comenzó por cambiar la forma de vivir y actuar del mismo papa, ha comenzado a transformar la Iglesia y su forma de relacionarse con creyentes y no creyentes, con otras Iglesias, con los ciudadanos y con diferentes poderes de la Tierra. Pareciera que su lema fuera hay que transformar a la Iglesia para transformar al mundo.

Con la enorme credibilidad, legitimidad y fuerza moral y política acumulada en sus primeros dos años y medio, multiplicadas globalmente en esta extraordinaria y exitosa gira, el papa confronta ahora desafíos aún mayores: acelerar la transformación de la Iglesia y su incidencia en la solución de los grandes problemas que confronta la humanidad, en pleno siglo XXI.

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